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martes, 11 de diciembre de 2018

Quitarse de en medio




La verdadera perfección parece imperfecta,
mas es perfecta en ella misma.
La verdadera plenitud parece vacía,
mas su presencia es plena.

La verdadera rectitud parece torcida.
La verdadera sabiduría parece estupidez.
El verdadero arte parece casual.

El Maestro permite que las cosas sucedan.
Se amolda a los eventos tal cual llegan.
Se quita de en medio
y deja que el Tao hable por sí mismo.


Lao Tse - Tao Te King , Capítulo 45


domingo, 7 de octubre de 2018

Misterio




"- Todo saldrá bien. 
- ¿Cómo? 
- No lo se, es un misterio."

Shakespeare Apasionado


De cierto modo, nada puede salir mal. No hay manera. El Tao es aquello de lo que nada puede escapar, dijo Lao Tse en su clásico milenario, y dio en el centro de una verdad descomunal. Solo nuestras expectativas pueden verse defraudadas, puede parecernos que las cosas se tuercen sin acompañar tal o cual forma prevista por nuestra mente o nuestros sentimientos... pero nada puede salir mal, todo sigue su curso. La tarea sería intentar acompañar ese curso, copiar lo más fielmente posible sus curvas y contra-curvas, y así, evitar sufrir. Puede pensarse en el sufrimiento como un sensor de cuánto estamos desviándonos del camino? Quizás...

sábado, 15 de septiembre de 2018

Judo, El Camino Amable




La filosofía de la fortaleza de la debilidad que pasó, con el budismo zen, desde China hasta Japón ha inspirado las fascinantes formas de autodefensa conocidas con los nombres de judo y aikido. La palabra judo está compuesta de ju, que significa "amable", y do (la versión japonesa de la palabra china Tao), que significa "camino". En este sentido, pues, el judo es el "camino amable", es decir, la filosofía del Tao aplicada al ámbito de la autodefensa. Los principios sobre los que se asienta el judo se deriban de la filosofía taoísta. Uno de los aspectos más importantes en este sentido es un respeto exquisito por el equilibrio de la naturaleza, que se cuida mucho de no pertubar. En lugar de ello, se apresta a descubrir lo que ocurre y busca a continuación el modo más adecuado de adaptarse.
Difícilmente incurrirá el taoísmo, dicho en otras palabras, en errores tan garrafales como la aniquilación completa de un insecto o el transplante de conejos a un país como Australia sin haber advertido previamente que carecían de enemigo natural. La experiencia ha demostrado las desastrosas consecuencias de decisiones tan poco respetuosas con el equilibrio de la naturaleza. Por ello una de las primeras cosas que se ve obligado a aprender  el aprendiz de judo o de aikido es la filosofía del equilibrio, en la que, como ya hemos dicho, se asienta el Tao.
Este principio se pone claramente de relieve cuando tratamos de levantar algo muy pesado. Estaríamos locos si, ignorando las leyes del equilibrio, tratásemos de levantarlo desde arriba. Convendrá, si queremos levantar algo, cogerlo desde más abajo de su centro de gravedad. En este principio básico se asienta el judo. Su visión del equilibrio nos enseña a caminar sin perder jamás el centro. Nuestras piernas conforman, en ese sentido, la base de un triángulo en cuyo vértice está nuestro cuerpo, de modo que, cuando nos desplazamos, debemos tratar de mantener siempre, si no queremos perder el equilibrio, los pies aproximadamente bajo los hombros. Y esta no solo es una práctica excelente para el judo, sino también para toda nuestra vida cotidiana.
El segundo principio, más allá de la comprensión y el mantenimiento del equilibrio, consiste en no oponernos a la fuerza. No debemos, pues, cuando alguien nos ataca, enfrentarnos directamente a él. En lugar de ello convendrá, basándonos en el mencionado principio del equilibrio, servirnos de la fuerza misma de nuestro oponente (como hace el torero con el toro) para provocar su caída.
La idea del judo, en este sentido, no consiste tanto en defendernos de los ataques que recibamos y devolver un golpe con otro, sino en aprovecharnos, por el contrario, de la fuerza de nuestro oponente. De este modo, cuando llega el adversario, nuestra receptividad se sirve de su mismo impulso para hacerle perder el equilibrio y, haciéndole caer en su propia trampa, provocar su caída.
La misma delicadeza se pone de manifiesto cuando observamos el modo en que un gato sube a un árbol. Y, cuando baja, se deja caer, completamente relajado, hasta posarse con suavidad en el suelo. Pero si, al bajar del árbol, el gato se tensara, acabaría en el suelo como un saco de huesos rotos.
Todos, según el Tao, estamos cayendo, en todos los momentos de nuestra vida, de un árbol. Es como si en el momento del nacimiento, nos hubiesen arrojado desde lo alto de un precipicio y estuviésemos siempre cayendo, sin que nada pudiera detener nuestra caída. Convendrá pues que, en lugar de vivir en un estado de crispación crónica y de querer aferrarnos a cualquier cosa, dado que el mundo es impermanente y está también cayendo con nosotros, aprendamos a no ofrecer resistencia y comportarnos como gatos.

Alan Watts - Qué es el Tao


jueves, 1 de junio de 2017

El viejo Lao




Lao Tsé no fundó ninguna escuela, al contrario de lo que hizo Confucio. No sentía ni el deseo ni la necesidad de hacerlo. Porque no tenía la intención de difundir una doctrina. Vislumbró para sí las grandes conexiones universales, y vertió dificultosamente lo visto en palabras, abandonando a otros espíritus afines de épocas posteriores la tarea de seguir independientemente sus indicaciones, y contemplar por sí mismos el conjunto del mundo, las verdades que había descubierto...
En todos los tiempos han existido pensadores que levantaron la vista por encima de los fenómenos pasajeros de la vida humana, hacia el sentido eterno del proceso cósmico, cuya grandeza desafía toda conceptualización; en él encontraron la paz y el alivio que resultan de la capacidad de restarle importancia a la así llamada seriedad de la vida, una seriedad que carece de valor esencial intrínseco. Pero son unas pocas personas aisladas; por su misma naturaleza, esta manera de interpretar la vida no se puede cultivar en masa...
En épocas posteriores hubo incluso varios discípulos fieles de Confucio que, impulsados por los golpes del infortunio, volvieron a reflexionar sobre el sentido de la vida, abandonaron todo el lujo y la pena del mundo, y se retiraron a un tranquilo rincón en la montaña o a orillas del mar, buscando en las líneas del Tao Te King una explicación para sus vivencias.
Cerca de Tsing-Tao se encuentra una montaña llamada Lao Shan que la literatura china elogia como la Isla de los Santos. En ella, románticos barrancos cobijan monasterios recónditos, disimulados entre bosques de bambú y envueltos en una vegetación casi subtropical, desde los cuales la vista abarca la amplitud del mar azul. En aquella soledad montañosa, más de un alto cargo fracasado en las intrigas de la corte imperial encontró la paz interior mediante la contemplación de la naturaleza pura y la interpretación de los aforismos del Tao Te King.

Existe una descripción de los famosos parajes de Lao Shan, difundida únicamente en estos monasterios en forma de copias, de las que me procuré un ejemplar. Data de aquellaos tiempos salvajes en que la decadente dinastía Ming fue suplantada por la casa del soberano actual. Un censor imperial aprovechó el involuntario ocio de su edad avanzada para confeccionar estas descripciones. Casi cada renglón exhala la influencia del "Viejo". Nada más empezar, los propósitos de la introducción reflejan su característico espíritu: "Todo ser recibe su verdadero valor por el hecho de poder brillar con luz propia gracias al contacto con las profundidades del fondo cósmico. Pero: el gran arte no conoce el adorno, la gran VIDA no es aparente, la piedra preciosa tiene una cáscara áspera. ¿Cómo es posible conciliar esto? Comprendiendo que la verdadera luz no precisa ser reconocida por el hombre, sino que más bien se avergüenza de su luminosidad. La importancia de las cosas buenas del Cielo y la Tierra no se basa en su posible utilidad para los fines humanos. Incluso se puede decir que lo que no posee tanta grandeza intrínseca que desde afuera no se le pueda añadir nada, no merece la calificación de grande."...
...El japonés arriba mencionado dice de sí mismo: "Aunque nacido dos mil años más tarde, me esforcé, a lo largo de mi vida, en contribuir a la realización de las enseñanzas de Confucio, las cuales seguía con toda fidelidad. Pero se puede decir que sobreestimé mis fuerzas. Ahora tengo casi setenta años y se aproxima el final de mis días. Mi voluntad sigue firme, pero las fuerzas de mi cuerpo se están debilitando. Aquí me veo, sentado, contemplando la permutabilidad de todas las condiciones y observando cómo todo camina hacia su declive. Y aunque surgiera entre nosotros un sabio, tampoco sería ya capaz de arreglar las cosas. Vivimos la misma coyuntura otoñal de aquel tiempo en que Lao Tan escribió sus cinco mil palabras. En esta fase terminal más vale el "No-hacer" del "Viejo" que el "SENTIDO de los reyes antiguos"


Extracto de la introducción de Richard Wilhelm a su versión del Tao Te King, Editorial Sirio S.A., ISBN 84-7808-057-0



sábado, 7 de mayo de 2016

Momento presente



... todos, aunque no lo sepan.


Permitan que sus oídos oigan cualquier cosa que quieran oír. Simplemente dejen que sus tímpanos vibren con cualquier sonido que haya. Y, de la misma manera que llevan a cabo eso, dejen que su mente piense lo que quiera pensar. Y vayan con ello. Vayan con el fluir de los pensamientos. Verán que al cabo de un rato resulta imposible no hacerlo así, porque incluso su resistencia a hacerlo es parte del fluido del pensamiento, y se acompaña a sí mismo. Cuando descubran que también la resistencia es parte del fluir -verán que era redundante decir, "vayan con ello"- no existirá nada separado de ello que vaya con ello.
Lo mismo reza en cuanto a la consideración del paso del tiempo. Lo que hacemos ahora es en lo que hemos puesto la atención del flujo de experiencia tal y como se desarrolla en estos instantes. Y en esta especie de consideración, en esta especie de contemplación, se obtiene la sensación de estar en el presente, observando lo que sucede. Solo momentáneamente los pensamientos se preocupan por el pasado o por el futuro. Podemos preocuparnos por algo que va a pasar, y en lugar de escuchar el sonido de mi voz, ustedes están pensando sobre mañana. Podrían comprobarlo y decir: "No, no debo hacerlo, debo volver al ahora". Pero aquí se aplica exactamente el mismo principio de girar la rueda de la bicicleta *: si caemos en el pasado, girará hacia ese lado; si caemos en el futuro, lo hará en ese sentido. Y ello es así porque nuestras consideraciones sobre el pasado suceden ahora, al igual que las que tienen al futuro como objetivo. Al igual que no podemos dejar de ir con la corriente, tampoco podemos salir del presente. No hay ningún otro sitio en el que estar.

Alan Watts - Salir de la Trampa



* Este es el mismo proceso que aprender a montar en bicicleta. Porque caigan por el lado que caigan, sea la derecha o la izquierda, siempre se tuerce la rueda hacia el lado en que se cae.



lunes, 21 de marzo de 2016

La elegancia del mono




En el curso de sus peregrinaciones entre los cinco picos cubiertos  por brumas centelleantes, Zhuangzi se cruzó con el rey y su séquito, que habían ido a hacer una comida campestre a orillas del lago de la Tranquilidad celestial. El sabio llevaba puesto un vestido de tela toscamente remendada, sus sandalias agujereadas estaban atadas con trozos de cordel.
-¡En qué miseria has caído, Maestro!-, exclamó el monarca.
-La indigencia no es desamparo -contestó Zhuangzi-. La única desgracia de un sabio es no poder transmitir su comprensión del Tao. ¡Esta época no es fausta para los filósofos, eso es todo!
-¿Qué quieres decir? -preguntó el rey.
-Cuando el mono está en los árboles, vuela de rama en rama, tan airoso como un pájaro. ¡Pero cuando se desplaza entre monte bajo y hierbas altas, su paso es ridículo! Así como el sabio que no tiene adeptos entre los príncipes de su tiempo pasea andrajoso. ¡Pero qué importa! Si tiene discípulos que ponen en práctica sus palabras, su corazón está plenamente satisfecho. ¡En ésto consiste su verdadera riqueza, pues el conocimiento que transmites te pertenece para la eternidad!

Cuentos de los sabios taoístas - Pascal Fauliot


viernes, 4 de diciembre de 2015

Mente de principiante




Cada vez que entro en el Dojo voy a recibir la misma lección, del mismo curso, del mismo grado.
debo ser el mas tonto de la clase, otros van pasando, iluminándose, progresando, cada vez más sabios, más bodisatvas, más monjes que yo.

hoy aqui, ennegrecido por el humo de los miles de inciensos quemados a mi lado, surgiendo de mi primer zazen, atado a mis primeras dudas adolescentes para no desviarme, para no errar, siguiendo el camino que no conduce a ninguna parte.

siempre entrando con el pie izquierdo, con mi gasho infinito, concentrado en el gesto para que no sea automático, maquinal. siempre la misma postura una y otra vez hasta el final de mis dias y mis noches, concentrado para que sea una postura nacida de las entrañas y no una pose para la foto.

otros comprenden, yo no comprendo nada, veinte años de zazen y sigo tonto como el primer dia, en un pasmo constante ante ese torbellino cambiante a la que llaman vida.

Sho Gu


martes, 1 de diciembre de 2015

Daños colaterales




"... hoy en día experimentamos lo que podríamos llamar una "ley de los retornos decrecientes". Cada vez, por ejemplo, queremos desplazarnos más deprisa y por ello nos esforzamos en reducir la distancia que hay entre el lugar en el que estamos y el lugar al que queremos llegar. Pero ese intento acaba provocando un par de efectos que no deberíamos soslayar. En primer lugar, todos los lugares conectados por los viajes de avión a reacción tienden a uniformarse. Cuanto más deprisa vamos desde Los Ángeles hasta Hawái, más se asemeja Hawái a Los Ángeles. Por ello, precisamente, los turistas suelen preguntar: "¿Todavía sigue siendo virgen?" queriendo decir con ello: "¿Sigue valiendo la pena viajar o nos encontraremos allí como si estuviéramos en casa?"
Y si empezamos a considerar -en segundo lugar- nuestros objetivos vitales como si de destinos se tratara, es decir, como puntos a los que debemos llegar, esa actitud acaba socavando la importancia de cualquier punto intermedio. Y esto es como si, en lugar de darle un plátano entero, solo le diese los dos extremos, lo que, sin duda, resulta bastante menos satisfactorio. Pero eso es precisamente lo que ocurre cuando, en nuestro empeño por hacer del mundo un lugar más cómodo para vivir, nos enfrentamos a nuestro medio ambiente y nos esforzamos en acabar con las limitaciones impuestas por el tiempo y el espacio."

Alan Watts - Qué es el Tao


lunes, 3 de agosto de 2015

Tao Te King - Capítulo 1

Versión de Richard Wilhelm


I

El sentido que puede expresarse
no es el SENTIDO eterno.
El nombre que puede pronunciarse
no es el nombre eterno.
El No-ser es el comienzo de Cielo y Tierra.
y el Ser, la Madre de los seres individuales.
El camino del No-ser
lleva a contemplar la maravillosa esencia,
el del Ser,
a contemplar los espacios limitados.
Originalmente, los dos son uno,
su única diferencia radica en el nombre.
La unidad de ambos se denomina misterio.
El enigma más profundo del misterio
es la puerta por donde entran todas las maravillas.


Richard Wilhelm agrega, en su versión con comentarios del Tao Te King:

Lao Tse parte de la Unidad, en eso es un monista decidido (todo el pensamiento chino, dicho sea de paso, es, en el fondo, monista, a pesar de la preeminente doctrina de las fuerzas duales, las cuales se limitan a actuar en el mundo manifestado). La Unidad es el punto más alto que puede alcanzar el pensamiento, es el misterio de misterios, la puerta por donde surgen todas las energías... Dentro de la Unidad se encuentran incluidos todos los contrarios, aún sin separar. Ella es lo que se suele llamar el No-comienzo, que se sitúa antes del comienzo original. El Uno, como tesis, genera al Dos, la antítesis (los pares opuestos de Luz y Oscuridad, Masculino y Femenino, Positivo y Negativo, etc.), y de este par de opuestos nace como tercer elemento el mundo visible.


jueves, 4 de junio de 2015

La Vía del Bandido




Un aprendiz de ladrón se unió a la banda del viejo Zhi, un famoso bandido que, desde hacía décadas, atracaba a los ricos y permitía la subsistencia de más de ocho mil almas. Una noche durante un banquete, el nuevo recluta preguntó al patriarca de los truhanes cuál era el secreto de su éxito. El viejo Zhi vació su copa, se limpió la barba con la manga y contestó:

-¿Acaso todo arte verdadero no es una Vía que conduce al Tao? Debes saber que la maestría de nuestro oficio descansa sobre cinco virtudes: la inspiración, la valentía, la bondad, la prudencia y la justicia.

-Pero, jefe -contestó el novato-, ¡Eso no es, sin embargo, lo que se espera de un bandido!

-Cállate, ignorante, y escucha qué principios debe cultivar un maestro ladrón que desee alcanzar una edad respetable. Adivinar dónde se encuentra una gran talega, ésa es la inspiración. Ser el primero en introducirse en los lugares, ésa es la valentía. Ser el último en retirarse para cubrir a sus hombres, ésa es la bondad. Saber sopesar si el golpe es demasiado arriesgado, ésa es la prudencia. Repartir el botín de forma equitativa, ésa es la justicia.


Cuentos de los sabios taoístas - Pascal Fauliot, Paidós Orientalia


lunes, 4 de mayo de 2015

Mensajes del Tao




El canto de los pájaros y los sonidos de los insectos son formas de transmitir la verdad a la mente. Las flores y las hierbas nos transmiten los mensajes del Tao.
El erudito, puro y claro de mente y sereno y abierto de corazón, debe nutrirse de todo.
Pero si quieres saber de dónde vienen las flores, no olvides que eso es algo que ni siquiera sabe el dios de la primavera.

Alan Watts - Qué es el Tao?

Quizás una flor




Necesitamos desesperadamente valorar, junto al elemento agresivo y masculino representado por la espada, el elemento femenino receptivo simbolizado quizás por una flor. Después de todo, los sentidos humanos no son cuchillos ni ganchos, sino  el velo blando del ojo, el delicado tambor del oído y la suave piel que recubre nuestro cuerpo y las yemas de los dedos. Son los elementos delicados y receptivos los que nos permiten conocer el mundo.
Gracias pues a una combinación de debilidad y blandura, el conocimiento llega hasta nosotros.
En lugar de luchar pues, dicho de otro modo, con la naturaleza para conquistarla y en lugar de esforzarnos en mantenerla a distancia a través de la objetividad, como si de un enemigo se tratara, tenemos que ponernos de acuerdo con ella para cortejarla y descubrir que solo abrazándola podemos llegar a conocerla.

Alan Watts - Qué es el Tao?


domingo, 29 de marzo de 2015

Los dos monjes




Dos monjes, Tanzán y Ekido, viajaban juntos por un camino embarrado. Llovía a cántaros y sin parar. Al llegar a un cruce se encontraron con una preciosa muchacha, vestida con un kimono y un ceñidor de seda, incapaz de vadear el camino.
-Vamos, muchacha -dijo Tanzán sin más. Y, levantándola en sus brazos sobre el barro, la pasó al otro lado.

Ekido no dijo ni una sola palabra, hasta que, ya de noche, llegaron al monasterio. Entonces no pudo resistir más.

-Los monjes como nosotros -le dijo a Tanzán- no deben acercarse a las mujeres, sobre todo si son bellas jovencitas. Es peligroso. ¿Por qué lo hiciste?

-Yo la dejé allí -contestó Tanzán-. ¿Es que tú todavía la llevas?

Anónimo japonés




miércoles, 25 de marzo de 2015

El gurú tramposo




...Los atractivos de ser un gurú tramposo son numerosos. Están los del poder y la riqueza, a los que se añade la satisfacción de ser un actor sin necesidad de escenario, que convierte en un drama la "vida real". No es, además, una empresa ilegal,como vender acciones de empresas inexistentes, hacerse pasar por médico o falsificar cheques.
No existen cualificaciones reconocidas y oficiales para ser gurú, aunque ahora que algunas universidades ofrecen cursos de meditación y yoga Kundalini, quizá pronto sea necesario pertenecer a la Fraternidad Norteamericana de Gurús. Pero un auténtico y hábil tramposo debiera eludir todo eso e inventar una disciplina completamente nueva más allá de toda forma conocida de enseñanza esotérica.
Hay que comprender desde el principio que el gurú tramposo cubre una auténtica necesidad y realiza un servicio público indiscutible. Millones de personas buscan afanosamente un verdadero padre-mago, sobre todo en una época en que los clérigos y los psiquiatras son poco convincentes y no parecen tener el valor de sus convicciones o sus fantasías. Quizá han perdido ánimo debido a una valoración excesiva de la virtud de la sinceridad, como si un pintor sintiera la necesidad de dar a sus paisajes la fidelidad de la fotografía...

...Un gurú tramposo es, ciertamente, un ilusionista, pero podríamos preguntarnos si el arte no es otra cosa que ilusión. Si el universo es solo una vasta mancha de Rorschach sobre la que proyectamos nuestras medidas e interpretaciones, y si el pasado y el futuro carecen de existencia real, un ilusionista es simplemente un artista creativo que cambia la interpretación colectiva de la vida, e incluso la mejora. La realidad es, sobre todo, aquello que un pueblo o una cultura conciben como tal. El dinero, que en sí mismo carece de valor, depende por entero de la fe colectiva para que sea válido. El pasado tiene vigencia solo porque otros creen en él, y el futuro parece importante únicamente porque estamos imbuidos de la engañosa noción de que sobrevivir durante largo tiempo, con minucioso cuidado, es preferible a sobrevivir un breve período sin ninguna responsabilidad y muchas excitaciones. En realidad, todo se reduce a una cuestión de hábitos cambiantes.
Tal vez,entonces, un tramposo puede ser alguien que libera realmente a la gente de su participación más masoquista en la ilusión colectiva, sobre el principio homeopático del "pelo del perro que te muerde". Incluso los gurús auténticos imponen a sus discípulos ejercicios psicológicos imposibles para demostrar la irrealidad del yo, y podría argüirse que también ellos son tramposos sin proponérselo, puesto que se han criado en culturas sin los beneficios desilusionadores del "conocimiento científico" que, como observan los ecologistas, no tiene unos resultados muy satisfactorios. Tal vez todo se reduzca a la antigua creencia de que el mismo Dios es un tramposo que se engaña eternamente a sí mismo por medio del maya y tiene las sensaciones de que es un ser humano, un gato o un insecto, ya que no puede culminarse ningún arte que no imponga ciertas reglas y limitaciones.Un Dios plenamente infinito e ilimitado no tendría límite alguno y por lo mismo no podría manifestar poder o amor. En consecuencia, la omnipotencia debe incluir el poder de autolimitación, hasta el punto de olvidar que se está limitando y hacer así que las limitaciones parezcan reales. Pudiera ser que los estudiantes y gurús auténticos estén del lado de los engañados, mientras que los falsos gurús son los engañadores... y uno debe efectuar su elección.
Propongo este problema como una especie de koan zen, al estilo de "¿Qué es la realidad más allá de lo positivo y lo negativo?" ¿Cómo evitará ser un engañado o un engañador? ¿Cómo se librará de la ilusión del yo sin intentarlo o no intentarlo? Si necesita la gracia de Dios para salvarse ¿Cómo obendrá la gracia para obtener la gracia? ¿Quién responderá a estas preguntas si usted mismo es una ilusión? El apuro del hombre es la oportunidad de Dios

El gallo canta al anochecer.
A medianoche, el sol brillante.

El Gurú Tramposo - Alan Watts


miércoles, 4 de marzo de 2015

Las dos manos de Dios




"Los que practican el bien sin su correlativo, el mal, o el buen gobierno sin su correlativo, el mal gobierno, no comprenden los grandes principios del universo ni las condiciones a las cuales está sujeta toda creación. Es como hablar de la existencia del cielo sin la de la tierra, o del principio negativo (yin) sin el positivo (yang), lo cual es claramente absurdo. Tales personajes, sino ceden a la discusión, deben ser tontos o bribones."

Chuang-Tzu, XVII

La descripción basada en los hechos depende de la suposición de que pueda haber un observador independiente y objetivo que pueda considerar el mundo objetivamente. Pero se trata de una suposición, aunque sea muy útil dentro de ciertos límites. La situación física que en gran parte se escabulle por la red del lenguaje basado en los hechos, es que no existe ningún observador que sea independiente. El conocimiento no es el encuentro entre dos cosas separadas: un sujeto conocedor y un objeto conocido. El conocimiento, o mejor dicho, el conocer, es una relación en la que el conocedor y lo conocido son como los polos de un campo magnético. Los seres humanos tienen conciencia de un mundo porque es la clase de mundos que engendra organismos conocedores, y solo por eso. La humanidad no es una cosa, y el mundo otra distinta; siempre ha sido difícil para nosotros comprender que un organismo está tan implicado en su entorno, que la evolución de una criatura tan compleja e inteligente como el hombre nunca podría haber ocurrido sin una evolución recíproca de este entorno. Un hombre inteligente demuestra, sin necesidad de recurrir a causa sobrenatural alguna, un universo inteligente.

Alan Watts -  Las dos manos de dios, Ed. Kairós


martes, 13 de enero de 2015

Soltar el cuchillo




- Las minúsculas partículas que forman el vasto universo no son en absoluto minúsculas. 
- Tampoco el vasto universo es vasto. 
- Son éstos conceptos de la mente, que es como un cuchillo, que siempre reducen poco a poco el alcance del Tao, intentando hacerlo aprensible y manejable. 
- Pero lo que está más allá de la forma es inaprensible y lo que está más allá del conocimiento es inmanejable. 
- Sin embargo, existe este consuelo: 
- Quien suelte el cuchillo encontrará el Tao en la punta de sus dedos. 

Hua Hu Ching


Simple y desapegado




- ¿Te atrae un perfume más que otro? ¿Prefieres este aroma o aquel sentimiento? ¿Es sagrada tu práctica y profano tu trabajo? Entonces tu mente está separada: de sí misma, de la unidad, del Tao. 

- Mantén tu mente libre de divisiones y distinciones. 

- Cuando tu mente es simple y está desapegada y silenciosa, todas las cosas pueden existir en armonía y puedes empezar a percibir la verdad sutil.

Hua Hu Ching

martes, 2 de diciembre de 2014

Cenizas




El té llega hirviendo a la mesa de trabajo, lo colocas al lado del ordenador y piensas: “Vigilaré cómo alcanza la temperatura que me permite beberlo sin quemarme”. Pero el brebaje se apacigua a traición. Basta con que entre un correo electrónico y cedas a la curiosidad de echarle un ojo, para que se te escape el instante en el que cruza la frontera entre lo ardiente y lo cálido. Como siempre, te lo has vuelto a perder. Así también la leche se calienta. Pones el cazo al fuego, piensas: “No dejaré de observarla hasta que hierva”. Pero hierve justo en el instante en el que cierras los ojos por culpa de un estornudo. Con malicia. Así viene y se va la noche; así el verano da paso al otoño, la adolescencia a la juventud y la juventud a la madurez. Así viene y se va la lluvia, vienen y se van las preocupaciones y el dolor lumbar. Así entras en el sueño y de ese modo sales de él a la vigilia. Observas detenidamente al recién nacido y antes de que te des cuenta ya está hirviendo, para luego, también a tus espaldas, enfriarse. Te lo encuentras en la calle, años después, le das la mano y la tiene helada. Cualquier miércoles te llaman por teléfono y está en el tanatorio...
...Esta frase que usted, si ha llegado hasta aquí, lee ahora mismo son sus cenizas.

Juanjo Millás.
Cenizas (Fragmento)

viernes, 17 de octubre de 2014

El Barquero




Junto a este río deseo quedarme -pensó Siddharta-. Es el mismo por el que un amable barquero me condujo al camino de los humanos, de los niños. Me dirigiré a su vivienda. Desde su choza me encaminó entonces hacia una nueva vida, que ahora ya está vieja y muerta. ¡Que mi nuevo camino también empiece desde allí.

Observaba la corriente con cariño, su verde transparencia, sus ondas cristalinas, con dibujos llenos de misterio. Contempló las perlas claras que subían desde el fondo, las burbujas que flotaban en la superficie, el espejo del azul del cielo. El río también le miraba con sus mil ojos, verdes, blancos, ambarinos, celestes. ¡Cuánto amaba aquella corriente! ¡Cuántas cosas le agradecía! Desde el interior de su corazón escuchaba la voz que despertaba de nuevo y le decía:

¡Ama a este río! ¡Quédate con él! ¡Aprende de él!

¡Oh, sí! Siddharta quería aprender del río, deseaba escucharlo. Le parecía que el que comprendiera a esta corriente y sus secretos, también entendería muchas otras cosas, muchos secretos, todos los misterios.

Hoy únicamente podía conocer un secreto del río: el que se apoderó de su alma. Se daba cuenta de que el agua corría y corría, siempre se deslizaba y, sin embargo, siempre se encontraba allí, en todo momento. ¡Y no obstante, siempre era agua nueva! ¿Quién podía comprenderlo? Siddharta, no; tan sólo tenía una vislumbre, escuchaba un recuerdo lejano, unas voces divinas.

Siddharta se levantó. El rugido del hambre en el estómago se hacía insoportable. Mientras sufría, continuó su camino a lo largo de la ribera, contra la corriente, escuchando el rumor y los alaridos de su estómago.

Cuando llegó a la lancha de cruce, la halló dispuesta para la salida.

A su lado estaba el mismo barquero que había conducido al joven samana. Siddharta le reconoció al momento; también el barquero había envejecido mucho.

¿Quieres pasarme? -preguntó.

El barquero se sorprendió al ver a un hombre tan distinguido viajar solo y a pie. Le acogió en su barca y abandonó la orilla.

Has elegido una vida muy bella -declaró el viajero-. Debe de ser muy hermoso vivir junto a estas aguas y deslizarse por su superficie.

El remero se balanceó sonriente y repuso:

Es hermoso, señor, como tú dices, ¿pero acaso no es bella la vida toda y todos los trabajos?

Quizá. Pero yo envidio el tuyo.

¡Oh! Pronto te cansarías. Esto no es para gentes elegantes.

Siddharta sonrió.

Ya me miraste una vez por mis ropajes y además, con desconfianza. ¿No te gustaría aceptarlos, barquero, puesto que a mí me molestan? Debes saber que no tengo con qué pagarte.

El señor bromea -dijo el barquero, festivo.

No bromeo, amigo. Mira, ya una vez crucé en tu barca por el río, gracias a tu bondad. Hazlo también hoy y acepta mis vestidos como pago.

¿Y el señor piensa seguir su viaje sin vestidos?

Lo que me gustaría es no proseguir el viaje. Lo que más me apetecería, barquero, es que me dieras un delantal, y así podría quedarme como ayudante tuyo, o mejor, como tu aprendiz, pues primero debo aprender a llevar la barca.

Durante largo tiempo el barquero observó al forastero, como si buscara algo.

Ahora te reconozco -manifestó por fin-. En otra ocasión dormiste en mi choza, hace mucho tiempo, quizá más de veinte años. Yo te llevé al otro lado del río y nos despedimos como buenos amigos. ¿No fuiste un samana? De tu nombre no me acuerdo.

Me llamo Siddharta, y era un samana cuando me viste por última vez.

Bien venido seas, Siddharta. Yo me llamo Vasudeva. Espero que también hoy seas mi invitado, que duermas en mi choza y me cuentes de dónde vienes y por qué te molestan tus elegantes ropas.

Habían alcanzado el centro del río y Vasudeva tuvo que remar con más fuerza para ir contra la corriente. Su trabajo era tranquilo, y él bogaba con su mirada fija en la proa de la barca, con sus brazos curtidos.

Siddharta se hallaba sentado y le observaba; recordó entonces que ya en aquel su último día de samana, habíase despertado en su corazón el amor hacia aquel hombre. Agradecido aceptó la invitación de Vasudeva. Cuando llegaron a la orilla le ayudó a atar la barca en los postes; después el barquero le invitó a entrar en la cabaña y le ofreció pan y agua. Siddharta lo comió con gusto, como también los frutos del mango, que le ofreció el barquero.

Ya cerca del atardecer se sentaron los dos en un tronco de la orilla y Siddharta contó al barquero su origen y su vida, tal y como la había visto hoy en aquella hora de desesperación. El relato duró hasta altas horas de la noche.

Vasudeva escuchó con suma atención. Lo comprendió todo, el origen, la niñez, todo el aprendizaje, la búsqueda, la alegría y la miseria. Entre las muchas virtudes del barquero, destacaba la de saber escuchar como pocas personas. Sin decir palabras, Siddharta notó que Vasudeva asimilaba todas sus explicaciones, sosegado, abierto, esperando sin perder una sola palabra, sin impaciencias, sin críticas ni elogios: únicamente escuchaba.

Siddharta sintió la felicidad de confesarse a tal oyente, de hundir en su corazón su propia vida, la propia búsqueda, el propio sufrimiento.

Al finalizar el relato, sin embargo, cuando habló del árbol junto al río y de su profundo desfallecimiento, del sagrado Om y de cómo después del sueño se había sentido mucho mejor, el barquero escuchó con doble atención, totalmente entregado, con los ojos cerrados.

No obstante, Siddharta enmudeció, transcurrió un largo silencio hasta que Vasudeva empezó a decir:

Es lo que yo me imaginaba. El río te ha hablado. También es amigo tuyo, también él te habla. Esa es una buena señal, muy buena. Quédate conmigo, Siddharta, amigo. Tenía una esposa, su cama está junto a la mía; pero ha muerto ya hace mucho tiempo, y vivo solo. Convive conmigo: hay sitio y comida para ambos.

Te lo agradezco -declaró Siddharta-. Te lo agradezco y acepto. Y también te doy las gracias por haberme escuchado tan bien. Hay pocas personas que sepan escuchar, y no encontré a nadie que lo hiciera como tú. También quiero aprender esto de ti.

Lo aprenderás -contestó Vasudeva-, pero no de mí. Yo lo aprendí del río, a ti también te lo enseñará. El río lo sabe todo y todo se puede aprender de él. Mira, ya te has enterado por el agua de que es necesario dirigirse hacia abajo, descender, buscar la profundidad. El rico y distinguido Siddharta se convierte en remero; el sabio brahmán Siddharta se convierte en barquero; también eso te lo ha enseñado el río. Progresarás asimismo con el resto.

Después de una larga pausa, preguntó Siddharta:

¿Qué resto, Vasudeva?

Se ha hecho tarde -contestó-. Vayamos a dormir. No te puedo decir yo el resto, amigo. Ya lo sabrás, quizá ya los has estudiado. Mira, yo no soy un sabio, y no sé hablar y tampoco pensar. Sólo sé escuchar y ser piadoso: no he aprendido otra cosa. Si lo supiera decir y enseñar, quizá fuera un sabio; así, sin embargo, sólo soy un barquero y mi deber es cruzar a la gente por este río. He cruzado a muchos, a miles, y para todos ellos mi río sólo ha sido un obstáculo en sus itinerarios. Viajaban por dinero y negocios, iban a bodas y romerías; el río se interponía en su camino y el barquero estaba allí para pasarlos rápidamente sobre ese obstáculo. Pero para algunos entre miles, para muy pocos, el río dejaba de ser un obstáculo; ellos han oído su voz, la han escuchado, y el río se ha convertido para ellos en algo sagrado, igual que para mí. Y ahora vámonos a descansar, Siddharta.

Siddharta se quedó con el barquero y aprendió a manejar la barca; y si no tenía trabajo con la barca, ayudaba a Vasudeva en el campo de arroz, recogía la madera, cosechaba los frutos del bananero. Aprendió a construir un remo, y a reparar la embarcación, y a trenzar cestos. Estaba alegre por todo lo que aprendía y los días y los meses pasaban con rapidez.

Pero, más de lo que podía enseñarle Vasudeva, le instruía el río. De él aprendía continuamente. Sobre todo le enseñó a escuchar, a atender con el corazón tranquilo, con el alma serena y abierta, sin pasión, sin deseo, sin juicio ni opinión.

Le gustaba vivir al lado de Vasudeva, y a veces cambiaba unas palabras, pocas, pero bien pensadas. Vasudeva no era amigo de palabras: pocas veces lograba hacerle hablar.

¿También has aprendido tú -le preguntó una vez-, has aprendido del río el secreto de que no existe el tiempo?

El rostro de Vasudeva se iluminó con una radiante sonrisa.

Sí, Siddharta -contestó-. ¿Quieres decir esto: que el río está en todas partes a la vez? ¿En su fuente y en la desembocadura, en la cascada, en la balsa, en la catarata, en el mar, en la montaña, en todas partes a la vez? ¿Y que para él sólo existe el presente y desconoce la sombra del futuro?

Eso es -repuso Siddharta-. Y cuando lo conocí, descubrí mi vida, que también era un niño, y el niño Siddharta, el hombre Siddharta, el viejo Siddharta sólo estaban separados por sombras, por nada real. Y tampoco los nacimientos anteriores de Siddharta eran pasado, ni su muerte y su renacimiento al Brahma han sido futuro. Nada fue, ni será; todo es, todo tiene esencia y presente.

Siddharta hablaba encantado: la inspiración le había producido una profunda felicidad. Mas, ¿no era tiempo todo el sufrimiento? ¿No era todo él temor y tortura, el tiempo? ¿No se superaba y alejaba todo lo difícil y hostil en el mundo, si se superaba el tiempo, si se lo anulaba? Había hablado gozoso. Pero Vasudeva le sonrió con el rostro iluminado e hizo un gesto de afirmación. En silencio pasó su mano por el hombro de Siddharta y regresó a su trabajo.

Y otra vez, cuando en la estación de las lluvias el río crecía y el rugido aumentaba poderoso, manifestó Siddharta:

¿Verdad, amigo, que el río tiene muchas, muchísimas, voces? ¿No posee la voz de un rey y de un guerrero, la de un toro y la de un pájaro nocturno, la de una pantera y la de un hombre que suspira, y otras voces más?

Así es -declaró Vasudeva-. Todas las voces de la creación están en el río.

Y puedes descifrar lo que dicen -continuó Siddharta- cuando oyes sus diez mil tonos a la vez?

El rostro de Vasudeva sonreía feliz, se inclinó hacia Siddharta y le dijo al oído lo que el sagrado Om le había comunicado: lo mismo que antes había dicho a Siddharta.

La sonrisa de Siddharta se parecía cada vez más a la del barquero; era casi igual de brillante, expresaba casi la misma felicidad, brillaba igual en sus mil pequeñas arrugas; era equivalente en inocencia y en madurez.

Muchos de los viajeros, al ver a los dos barqueros, los tenían por hermanos. A menudo se sentaban por la noche en el tronco, junto a la orilla; en silencio escuchaban el susurro del agua, que para ellos ya no era la corriente, sino la voz de la vida, de la existencia, de lo que siempre será. Y a veces ocurría que al escuchar ambos al río, pensaban en las mismas cosas, en una conversación de anteayer, en un viajero cuya cara y destino les interesaba, en la muerte, en su niñez; y los dos, en el mismo instante que habían escuchado del río algo bueno, se miraban mutuamente, pensando ambos exactamente igual, se sentían felices ante la misma contestación por idéntica pregunta.

Algunos de los viajeros percibían que de la barca y de los barqueros emanaba algo especial. A veces ocurría que un viajero, después de haber observado la cara de los barqueros, empezaba a narrar su vida, sus pesares, confesaba sus pecados y terminaba pidiendo consuelo y consejo. En otras ocasiones, les pedían permiso para quedarse una noche con ellos y así poder escuchar la voz del río. También sucedía que llegaban curiosos a los que les habían contado que en ese lugar vivían dos sabios, o magos, o santos. Los curiosos preguntaban entonces, pero no recibían ninguna contestación; y tampoco encontraban que fueran magos ni sabios, y sólo hallaban a dos ancianos amables, que parecían mudos, extraños y seniles. Los curiosos se reían y comentaban entre sí la buena fe y la necedad de la plebe, que propagaba rumores sin fundamento.

Los años pasaban y nadie se entretenía en contarlos. Un día llegaron unos monjes, discípulos de Gotama, del buda, y pidieron que les cruzaran a la otra orilla del río; los barqueros se enteraron por ellos que les había llegado la noticia de que el majestuoso estaba enfermo de gravedad y pronto moriría su última muerte humana, para entrar en la redención.

No pasó mucho tiempo, y llegó un nuevo grupo de monjes hasta la barca, y otro, y monjes y viajeros no hablaban de otra cosa sino de Gotama y su próxima muerte. De todas partes llegaba la gente atraída como por arte de magia, para presenciar la muerte del gran buda, como si se tratara de ir a una campaña o a la coronación de un rey; todos dirigían sus pasos hacia el lugar en donde debería suceder algo prodigioso, donde el más perfecto de ese tiempo debía entrar en la gloria.

Durante esos días, Siddharta pensaba frecuentemente en el moribundo, en el gran profesor cuya voz había avisado a los pueblos, había despertado a millares de gentes; en ese tono que también escuchó Siddharta, igual que contempló su sagrado rostro. Pensaba en él como en un viejo amigo, veía el camino de perfección ante sus ojos, y sonriendo recordaba las palabras que de joven había dirigido al majestuoso. Ahora le parecían términos orgullosos e impertinentes: los recordaba sonriente. Hacía ya mucho que no se sentía separado de Gotama, cuya doctrina no había querido aceptar. No, el que realmente quiere encontrar, y por ello busca, no puede aceptar ninguna doctrina. Pero el que ha encontrado, ya puede aceptar cualquier doctrina, cualquier camino u objetivo; a éste ya no le separa nada de los miles restantes que viven en lo eterno, que respiran lo divino.

Uno de esos días, cuando tantos peregrinaban hacia el buda moribundo, también lo hizo Kamala, que en otros tiempos fue la más bella cortesana. Hacía ya tiempo que se había retirado de su vida anterior; había regalado su jardín a los monjes de Gotania, se había refugiado en su doctrina y pertenecía al número de las amigas y bienhechoras de los peregrinos. Junto con el pequeño Siddharta, su hijo, se había puesto en camino al recibir la noticia de la próxima muerte de Gotama. Iba a pie y vestida con sencillez. Con su chiquillo andaba por la orilla del río; pero el niño se cansó pronto, quería regresar, descansar, comer. Estaba impaciente y lloriqueaba. Kamala tuvo que detenerse varias veces, el pequeño se hallaba acostumbrado a imponer su voluntad, y Kamala debía darle comida y consuelo. El niño no comprendía por qué tenía que hacer aquella penosa y triste peregrinación con su madre, hacia un lugar desconocido, hacia un hombre extraño, pero que era un santo y se estaba muriendo. ¿Qué le importaba al chiquillo que se muriera?

Los peregrinos no se hallaban lejos de la barca de Vasudeva cuando el pequeño Siddharta obligó a descansar otra vez a su madre. También Kamala se encontraba fatigada, y mientras el muchacho se comía un plátano, sentóse ella en el suelo, cerró un poco los ojos y se dispuso a descansar.

Pero de improviso, Kamala lanzó un grito de dolor; el muchacho la miró asustado y vio cómo las mejillas de su madre estaban pálidas de horror. Debajo de su vestido asomó una pequeña serpiente negra, que acababa de morder a Kamala.

Los dos juntos echaron a correr en busca de otros seres humanos, y pronto llegaron cerca de la barca. Allí se desplomó Kamala, pues no pudo continuar en pie. El niño abrazó y besó a su madre mientras no cesaba de gritar; también Kamala pidió socorro hasta que sus gritos llegaron a oídos de Vasudeva, que se encontraba junto a la barca. Se les acercó rápidamente, cogió a la mujer entre sus brazos y la llevó a la barca, mientras el pequeño corría a su lado. Pronto llegaron a la choza donde se encontraba Siddharta encendiendo el fuego de la cocina.

Levantó la vista y lo primero que vio fue al niño, que le recordaba de una manera extraña cosas pasadas. Seguidamente contempló a Kamala, a la que reconoció inmediatamente, a pesar de encontrarse desmayada en brazos del barquero. Ahora comprendió también que el rostro del pequeño le llamó la atención porque era su propio hijo, y el corazón le saltó dentro del pecho.

Lavaron la herida de Kamala, pero ya estaba negra, el vientre de la mujer se había hinchado. Le dieron a beber una tisana. Poco a poco Kamala volvió en sí; yacía en el lecho de Siddharta, en la choza. Inclinado a su lado se encontraba Siddharta, el que en otros tiempos la había amado tanto.

Le parecía un sueño. Sonriente miró el rostro de su amigo; únicamente percatóse de su situación poco después. Recordó la mordedura ... y llamó temerosa al pequeño.

No te preocupes, está aquí -declaró Siddharta.

Kamala le miró a los ojos. Empezó a hablar con lengua pesada, debido a la paralización del veneno.

Te has vuelto viejo, querido -dijo-. Tus cabellos ya son grises. Pero aún pareces el joven samana que se acercó a mi jardín sin vestido y con los pies polvorientos. Te asemejas más a él ahora que cuando nos abandonaste a Kamaswami y a mí. Sobre todo en los ojos, Siddharta. Sí, yo también me he vuelto vieja ... ¿Me has reconocido?

Siddharta sonrío.

Al momento, Kamala querida.

Kamala señaló a su hijo y continuó:

¿Y a él? Es tu hijo.

Siddharta desvió la mirada y cerró los ojos.

El pequeño echóse a llorar. Siddharta lo sentó en sus rodillas y le dejó que llorase. Acarició sus cabellos y al contemplar el rostro infantil, se acordó de una oración de los brahmanes que había aprendido siendo niño. Empezó a pronunciarla lentamente, como un cántico; el pasado y la niñez le dictaban los versos. Y con ese canto monótono el niño se tranquilizó. De vez en cuando todavía lloriqueaba, pero por fin se durmió.

Siddharta lo depositó en la cama de Vasudeva. El barquero se hallaba en la cocina y preparaba un poco de arroz. Siddharta le miró y Vasudeva contestó con una leve sonrisa.

Morirá -balbuceó Siddharta, en voz baja.

Vasudeva afirmó con la cabeza. Su amable rostro se hallaba iluminado por el fuego de la cocina.

Kamala volvió en sí otra vez. El dolor le contraía el semblante, los ojos de Siddharta notaban el sufrimiento en su boca y en sus pálidas mejillas. Lo leía en silencio, con atención, esperando, entregado al sufrimiento. Kamala se percató y buscó su mirada.

Luego manifestó:

Ahora me doy cuenta de que tus ojos también han cambiado. ¿En qué conozco que tú eres Siddharta? Lo eres y no lo eres.

Siddharta no habló. En silencio fijó sus ojos en los de Kamala.

¿Lo has conseguido? -preguntó Kamala-. ¿Has encontrado la paz?

Siddharta sonrió y colocó su mano sobre la de Kamala.

Ya me doy cuenta -continuó Kamala-. Ya lo veo. Yo también encontraré la paz.

La has hallado -repuso Siddharta, en un susurro.

Kamala continuaba con la mirada fija en los ojos de Siddharta. Pensó que había querido peregrinar hacia Gotama para ver el rostro de una persona perfecta, para respirar la paz, y en vez de Gotama se había encontrado con Siddharta. Pero todo había salido bien, como si hubiera visto al perfecto e iluminado. Quiso decírselo a Siddharta, pero la lengua ya no le obedecía.

Continuó Siddharta mirándola en silencio, y notó cómo la vida se apagaba en sus ojos. Cuando el último dolor estremeció sus ojos y los veló al contraerse sus miembros por última vez, Siddharta le cerró los párpados con los dedos.

Durante mucho tiempo permaneció sentado mirando la cara de Kamala. Contempló su boca, cansada y vieja, con sus labios delgados, y se acordó de que en la primavera de su vida la había comparado con un higo recién abierto. Durante mucho tiempo leyó en el rostro pálido las arrugas del cansancio, se llenó de esa imagen y vio entonces su propia cara, igual de blanca y de marchita; a la vez pudo observar los dos rostros jóvenes, de labios rojos, de ojos ardientes ..., y la sensación de presente y simultaneidad le llenó totalmente, con un sentimiento de eternidad.

En ese momento sentía más profundamente que nunca el carácter indestructible de toda la vida, de la eternidad de cada instante.

Cuando se levantó, Vasudeva había preparado un poco de arroz. Pero Siddharta no comió. Prepararon un lecho en el establo, donde se hallaba la cabra, y Vasudeva se marchó a dormir. Siddharta, en cambio, salió y pasó toda la noche delante de la cabaña, escuchando al río que bañaba el pasado, rodeado a la vez de todos los tiempos de su vida. De vez en cuando, se acercaba a la puerta de la cabaña para saber si dormía el niño.

Muy pronto, de madrugada, aun antes de salir el sol, salió Vasudeva de la cuadra y se acercó a su amigo.

No has dormido -le dijo.

No, Vasudeva. He permanecido aquí y he escuchado la voz del río. Me ha dicho muchas cosas, me ha llenado profundamente con la idea de la unidad.

Has sufrido, Siddharta, pero veo que la tristeza no ha entrado en tu corazón.

No, amigo. ¿Cómo podría estar triste? Yo, que he sido rico y feliz, ahora lo soy todavía más. Me han regalado a mi hijo.

Bien venido sea tu hijo. Pero ahora, Siddharta, empecemos a trabajar, pues hay mucho por hacer. Kamala ha muerto en el lecho en que murió mi esposa. También haremos fuego en la misma colina en que encendí la hoguera para mi mujer.

Y mientras el niño seguía dormido, levantaron la pira.

Siddharta - Hermann Hesse


Tien Tse Fang




Tien Tse Fang se hallaba al servicio del marqués Wen, de Wei y a menudo consultaba a Chi Kung.
El marqués Wen dijo:
-Y este Chi Kung, ¿es tu maestro?
-No -dijo Tse Fang-, pero somos de la misma región. Al comentar el Tao con él he hallado que acierta con frecuencia, y por eso le consulto.
-Entonces , ¿no tienes ningún maestro? -dijo el marqués Wen.
Tse Fang replicó:
-Sí lo tengo
-Y, ¿quién es tu maestro?
-El maestro Shun, De la Muralla Oriental -respondió Tse Fang
-Entonces, porqué no has elogiado nunca a este gran maestro?
-En realidad es un hombre que encarna la Verdad -dijo Tse Fang-.Tiene la apariencia de hombre, pero la dimensión del Cielo. Está vacío y su ser es la Verdad; es puro y lo tiene todo. Saluda de manera apropiada a los que no tienen el Tao y se iluminan, pues sus vanidades quedan disueltas. ¿Cómo podría yo presentar sus pensamientos?...


Extracto de El Libro de Chuang Tse, versión de Martin Palmer y Elizabeth Breuilly


Esta historia me trae a la memoria a Vasudeva, el barquero, del Siddharta de Hermann Hesse,..


Como estrellas

  "La mayoría de los seres humanos son como hojas que caen de los árboles: vuelan y revolotean por el aire, vacilan y por último se pre...