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domingo, 27 de septiembre de 2015

San Francisco de Asis




Desde tiempos remotos han vivido ocasionalmente sobre la tierra grandes y maravillosas personalidades, que no se empeñaron en hacerse fama mediante extraordinarios hechos puntuales o a través de obras poéticas y de libros. Sin embargo estos espíritus tuvieron una inmensa influencia sobre pueblos y épocas enteras; todos los conocían, hablaban de ellos con fervor y deseaban saber más sobre sus personas. Su nombre y alguna noticia de su existencia estuvieron así en boca de todos, y tampoco con el correr de los siglos llegaron nunca a perderse, pese al ir y venir y a la mutación de los tiempos. Pues aquellas personas así labradas no ejercían su influjo a través de obras o discursos o artes dispersas, sino meramente porque toda su vida parecía haber nacido de un único gran espíritu propio y se desplegaba ante la vista de todos como una luminosa y divina imagen y ejemplo.
Estos seres ejemplares,aún cuando no hayan realizado ni una sola gran obra visible, se adueñaron y conquistaron los corazones de manera inolvidable por medio de sus vidas, pues guiaron la totalidad de su quehacer y de su existencia a partir de un único espíritu superior, del mismo modo que un arquitecto y artista lleva infaliblemente a cabo una catedral o un palacio, no según sus correspondientes caprichos o vacilantes humores, sino siguiendo un pensamiento claro y un vívido plan. Todas ellas fueron almas fogosas y potentes, consumidas por una fuerte sed de infinito y eternidad que no les concedía descanso ni bienestar hasta que no reconocieron, por fuerza de las costumbres y los modos de sus días y de sus contemporáneos,una ley eterna según la cual regir sus acciones y esperanzas...
En aquel tiempo lejano, al que denominamos aevum medium o Medioevo, se fueron alzando entre los espíritus y los pueblos fuerzas colosalmente hostiles, y los países se hallaban atravesados por los temblores y los gemidos de las penurias bélicas y las grandes batallas. Sangrienta discordia ardía entre los reyes y los Papas, las ciudades combatían a los gobernantes, la nobleza y la plebe se hallaban aquí y allí en amarga querella. Y la Iglesia romana,como patrona del mundo, estaba más afanosamente ocupada en armamentos, alianzas y nunciaturas, excomuniones y castigos, que en la paz de las almas. Entre los angustiados pueblos surgió una profunda escasez. En varios lugares aparecieron nuevos maestros y comunidades, que hacían frente a las duras persecuciones de la Iglesia sin importarles su propia vida; otros siguieron en masa las violentas campañas hacia la tierra prometida. En ninguna parte había una guía o una seguridad, y la impresión era que el occidente y corazón de la Tierra, pese a su brillo exterior, estaba cerca de desangrarse.
Entonces sucedió que en Umbría, un joven desconocido, presa de dilemas morales y con una profunda humildad, decidió en su fuero interior, de modo ingenuo y desinteresado, ser con su vida un modesto y fiel discípulo del Redentor. Los feligreses lo siguieron, al principio dos y tres, luego cientos, más tarde muchos miles, y de ése humilde hombre de Umbría partió una luz de vida y una fuente de renovación y amor sobre la Tierra, de la que un rayo brilla aún en nuestros días.
Era él Giovanni Bernardone, llamado San Francisco de Asís, un soñador, héroe y poeta. De él se ha conservado un solo rezo o canción, pero en lugar de palabras y versos escritos nos ha legado el recuerdo de su vida sencilla y pura, que se ubica en belleza y silenciosa grandeza muy por encima de muchas obras poéticas. Por eso es que quien cuente su vida no precisa más palabras o reflexiones, de las que entonces yo me abstengo ahora con alegría.

Hermann Hesse - San Francisco de Asís


miércoles, 15 de octubre de 2014

Tiempo al tiempo




"El corazón es un músculo pausado. Es diferente de todos los demás músculos. ¿Cuántas flexiones puedes hacer antes de que los músculos de tus brazos y abdomen estén tan cansados que tengas que detenerte? Pero el músculo del corazón seguirá trabajando mientras vivas. No se cansa porque cada latido incorpora una fase de descanso. Nuestro corazón físico trabaja pausadamente.

Y cuando hablamos del corazón en un sentido más amplio, la idea de un ocio vivificante siempre está presente. No debemos olvidar que situar el ocio y el descanso en el centro de nuestra vida es lo que nos permitirá mantenernos jóvenes. 

A la vista de esto, el ocio no es un privilegio sino una virtud. No es el privilegio de unos pocos que pueden permitirse tener tiempo, sino la virtud de todos los que están dispuestos a conceder tiempo a lo que lleva tiempo: dar a cada tarea el tiempo que necesita."


Hermano David Steindl-Rast, en "Gratefulness, the Heart of Prayer" ("La gratitud, el corazón de la plegaria")

http://www.sophiaonline.com.ar


sábado, 3 de mayo de 2014

Asaph, llamado el Orador de Tiro




¿Qué diré yo de su discurso? Tal vez algo en su persona prestaba poder a sus palabras e influían en el ánimo de quienes lo escuchaban. Porque Él era apuesto y el resplandor del día estaba en su semblante.
Hombres y mujeres se extasiaban contemplándolo, más que escuchando su argumento. Pero a veces, Él hablaba con la potencia de un espíritu, y ese espíritu tenía autoridad sobre quienes lo escuchaban.
Yo había oído en mi juventud a los oradores de Roma y Atenas y Alejandría. El jóven Nazareno no se parecía a ninguno.
Juntaba sus palabras con un aire destinado a subyugar el oído, pero cuando lo escuchabais vuestro espíritu os abandonaba y se echaba a vagar por regiones no visitadas hasta entonces.
Contaría una historia o relataría una parábola, y nunca se había oído en Siria nada semejante a sus historias y parábolas. Parecía hilarlas fuera de las épocas como el tiempo mismo hila los años y las generaciones.
Empezaría una historia diciendo: "El labrador fue al campo a sembrar sus semillas"
O bien: "Había una vez un hombre rico que tenía muchas viñas"
O bien: "Un pastor contó sus ovejas al anochecer y encontró que le faltaba una."
Y tales palabras adentrarían a sus oyentes en lo más simple de sus egos y en lo más remoto de sus días.
En lo hondo del corazón todos somos labradores, y a todos nos encantan las viñas. Y en los campos de pastoreo de nuestra memoria hay un pastor y un rebaño y la oveja perdida.
Y está la reja del arado y el lagar y la era.
Conocía la fuente de nuestro más antiguo ego, y el hilo consistente de que estaba tejido.
Los oradores griegos y los romanos hablaban a sus oyentes de la vida tal como se presentaba a la mente. El Nazareno hablaba de un anhelo fervoroso que residía en el corazón.
Ellos veían la vida con ojos solo un poco más claros que los vuestros y los míos. Él veía en la luz de Dios.
A menudo pienso que Él hablaba a las multitudes como una montaña hablaría a la llanura.
Y en su discurso había un poder que escapaba al dominio de los oradores de Atenas o de Roma.

Del libro "Jesus, el Hijo del Hombre", de Khalil Gibran


Me encanta este libro, con pequeñas historias contadas por los que vivieron en el tiempo en que vivió Jesús... convivieron con él. Cada uno ve una cosa distinta y nos muestran un Jesús humano, de una dimensión gigantesca... pero humano, lo que para mí lo hace más grande aún que esa figura imposible que necesitó la iglesia para sus fines.
En esta historia esta contado el poder de oratoria de un tipo especial, los símbolos eternos a los que apela para llegar a su auditorio, esos que, a pesar del paso de los siglos, siguen estando ahí, siempre. Están los oradores seculares ocupados, como hoy día, de las cuestiones básicas de la supervivencia... del comer y volar para comer. Y también está, en la imagen de la montaña y la llanura, lo que nunca podrá ser contado, lo que ningún poder de oratoria podrá nunca transmitir. ¿Cómo la montaña le va a contar de las alturas a la llanura?, es imposible... solo puede contar algo que mueva imperceptiblemente el entendimiento del que escucha y, tal vez, ese desasosiego que genere en algunos que perciban que su entendimiento es escaso, termine por empujarlos a crucificar a aquel que se atrevió a contar un mundo que estaba más allá de lo que ellos podrían ver.


viernes, 2 de mayo de 2014

Santiago, el Hijo de Zebedeo

(Extracto)



... Entonces, en ese preciso instante, Judas Iscariote se adelantó, se aproximó a Jesús y dijo:
"Mira: los reinos de este mundo son vastos; y ve que las ciudades de David y Salomón habrán de prevalecer sobre los romanos. Si tu quieres ser el Rey de los judíos, estaremos junto a ti con espada y escudo, y venceremos al intruso".

Pero, cuando Jesús oyó esto se volvió hacia Judas, y su rostro se llenó de ira. Y habló con vos terrible como el trueno del cielo, y dijo: 
"Apártate de mí, Satanás. ¿Crees tú que he descendido el curso de los años para gobernar en un hormiguero por un día?"
"El mío es un trono que está más allá de vuestra visión. Aquel cuyas alas ciñen la tierra ¿buscará albergue en un nido abandonado y olvidado?"
"Será el dotado de vida, honrado y exaltado por los que usan mortajas?"
"Mi reino no es de este mundo, y mi sol se levanta sobre las calaveras de vuestros antepasados."
"Si buscáis algo que no sea el reino del espíritu, será mejor para vosotros que me dejéis aquí, y bajéis a las cuevas de vuestros muertos, donde las cabezas coronadas de antaño conservan sus cortes en las tumbas, y puede que estén todavía confiriendo honores a los huesos de vuestros antepasados."
"Te atreves a tentarme con una corona de escoria, cuando mi frente busca las pléyades, o cualquier cosa menos vuestros abrojos?."
"Si no fuera por un sueño soñado por una raza olvidada, no sufriría yo que vuestro sol se levantare sobre mi paciencia, ni que vuestra luna arrojara mi sombra sobre vuestros senderos."
"Si no fuera por el deseo de una madre, me hubiera yo despojado de los pañales, y me habría escapado retornando al espacio."
"Y, si no fuera por la pena de todos vosotros, no me habría quedado a llorar."
"¿Quién eres y qué eres, Judas Iscariote? ¿Y por qué me tientas?"
"¿Me has pesado realmente en la balanza, y has encontrado en mí a alguien para conducir legiones de pigmeos y guiar los carros de guerra de las sombras contra un enemigo que acampa solamente en vuestro odio y no marcha a parte alguna si no es en vuestro miedo?"
"Demasiados gusanos se arrastran a mis pies, y no les doy batalla. estoy cansado de la burla, y cansado de compadecer a los reptiles que me tienen por cobarde porque no quiero ir de aquí para allá entre sus fortificadas murallas y torres."
"Lástima es que sea de toda necesidad que deba tener yo lástima hasta el mismo final. Ojalá pudiera encaminar mis pasos hacia un mundo más grande, residencia de grandes hombres. pero, ¿cómo podré?"
"Vuestro sumo sacerdote y vuestro emperador quisieran mi sangre. Quedarán satisfechos antes de que me vaya. No sería yo quien cambiase el curso de la ley. No sería yo quien gobernara sobre locos."
"Dejad a la ignorancia que se reproduzca hasta que se canse de su propio vástago."
"Dejad al ciego guiar al ciego hasta la trampa."
"Y dejad que los muertos entierren a sus muertos hasta que la tierra se atragante con su propio fruto amargo."
"Mi reino no es de la tierra. Mi reino estará donde dos o tres de vosotros os encontréis en el amor y en la admiración hacia el encanto de la vida, en gozosa armonía y en recuerdo mío."

Luego se volvió de pronto hacia Judas y le dijo: 
"Atrás, hombre. Apártate. Tus reinos nunca tendrán cabida en mi reino."

Era ya el crepúsculo, y Él, dirigiéndose a nosotros, nos dijo:
"Descendamos. La noche se nos viene encima. Caminemos a la luz mientras la luz esté con nosotros"...

... "Esta noche los zorros tendrán sus madrigueras, y los pájaros del aire sus nidos; pero el Hijo del Hombre no tiene en la tierra dónde apoyar la cabeza. Y la verdad es que ahora quisiera estar a solas. Si lo deseáis, podréis hallarme de nuevo junto al lago donde os encontré."

Entonces nos alejamos de Él con pesadumbre en los corazones, porque no era nuestro deseo dejarlo.
Muchas veces nos detuvimos y nos volvimos hacia Él y lo vimos en solitaria majestad, caminando rumbo al oeste.
El único de nosotros que no se volvió a contemplarlo en su soledad, fue Judas Iscariote.
Y desde ese día Judas se volvió sombrío y distante. Me pareció que había peligro en las cuencas de sus ojos.

Del libro Jesús, el Hijo del Hombre, de Khalil Gibran



viernes, 22 de noviembre de 2013

La Noche de Getsemaní - Capítulo VII




VII

Pascal se afana demasiado para convencernos de que "el yo es odiable"; en realidad, emplea todas sus fuerzas para defender nuestro "Yo" contra las exigencias de las verdades abstractas y eternas. En esta lucha, su cinturón de hierro es solamente un arma; otras armas son su enfermedad y su "abismo", que los admiradores quisieran eliminar de su biografía. Si no hubiera encontrado el "abismo", podríamos decir que Pascal habría sido el de las Provinciales. Mientras un hombre siente bajo los pies tierra firme no se expone al riesgo de chocar con la razón y la moral. Solamente condiciones de vida excepcionales pueden librarnos de las verdades abstractas y eternas que regulan el universo. Sin "locura" no nos volvemos contra la ley. Recordemos a nuestro Nietzsche, que invoca de los dioses la "locura", pues le era necesario matar la ley; o, para hablar de manera que es la suya, tenía que anunciar a Roma y al mundo su "más allá del bien y del mal"
Hay que tener estas cosas delante de los ojos de la mente para comprender el odio de Pascal por el estoicismo, por los discípulos de Pelagio; para comprender el impulso que lo lleva hacia san Agustín; y, por medio de san Agustín, al apóstol san Pablo; y, por medio de san Pablo, a ese pasaje de Isaías, a esa narración bíblica de la caída a la que se unió san Pablo. La misma pregunta hallada por Lutero un siglo antes se le presenta también a Pascal: ¿de dónde proviene la salvación del hombre? ¿de sus obras, esto es, de su sumisión a las leyes eternas, o bien de esa fuerza misteriosa que se llama -en el no menos misterioso lenguaje de los teólogos- la gracia de Dios? El problema de Lutero hizo sobresaltar a Europa, a todo el mundo cristiano. Entonces parecía que no podía ya existir ningún problema, parecía que la historia -desde mucho tiempo- hubiera logrado resolverlos todos, eliminando así todos esos problemas que se presentan al hombre. Desde más de mil años Pelagio estaba condenado, y san Agustín, era considerado por todos como una incontestable autoridad. ¿Qué se hacía, entonces, necesario? En efecto, la victoria no era con san Agustín, sino con Pelagio: el mundo aceptaba vivir sin Dios, pero no podía existir sin la "ley"; era posible venerar a san Pablo y las Santas Escrituras, pero había que vivir según la moral de los estoicos y la doctrina de Pelagio. Ello apareció muy claramente en la famosa disputa surgida entre Lutero y Erasmo a propósito del libre arbitrio. Erasmo, con la sutileza y la perspicacia que le eran propias, de súbito -en su diatriba de De libero arbitrio- había propuesto a Lutero el terrible dilema: si nuestras buenas obras (o sea una vida de acuerdo con las leyes de la razón y de la moral) no nos salvan, y si para salvarse existe solamente la gracia de Dios, quien arbitraria y libremente da esta gracia a algunos rehusándola a otros, ¿dónde está, entonces, la justicia? ¿Quién se tomará la molestia de una vida justa? ¿Cómo justificar un Dios que del arbitrio mismo hace un principio? Erasmo no quería discutir ni con la biblia ni con san Pablo. Condenaba, a igual que todos, a Pelagio y aceptaba la doctrina de san Agustín sobre la gracia, pero no podía admitir este monstruoso pensamiento: que Dios se encuentre "más allá del bien y del mal"; que nuestro "libre arbitrio", nuestro consentimiento en someternos a las leyes no se tenga en cuenta delante del tribunal supremo; que, por fin, delante de Dios el hombre sea desposeído de toda defensa, hasta de la justicia. Así escribía Erasmo, así pensaban y aún piensan casi todos los hombres; antes bien, sencillamente, podría decirse: todos los hombres.
A la diatriba de Erasmo contestó Lutero con el De servo arbitrio, su libro más fuerte y terrible. Como muy raramente sucede en las disputas, Lutero no solo no busca debilitar la argumentación de su adversario, sino -al contrario- hace todo lo posible por reforzarla. Con una insistencia mayor que la de Erasmo subraya la "incongruencia" de la doctrina de san Pablo respecto de la gracia. Son de Lutero estas afirmaciones, inauditas por su temeridad: Hic est fidei summus gradus, credere illum esse clementem qui tam paucos salvat, tam multos damnal; credere justum qui sua voluntate nos necessario damnabiles facit, ut videatur, referente Erasmo, delectari cruciatibus miserorum et odio potius quam amore dignus. Si igitur possem ulla ratione comprehendere, quomodo is Deus misericors est, qui tantam iram et iniquitatem ostendit, non esset opus fide (El más alto grado de la fe consiste en creer clemente a aquel que salva tan pocas almas y que condena tantas; creer justo a aquel que por su voluntad nos hace necesariamente condenables, de modo que parece -como dice Erasmo- extraer goce de nuestras torturas, y digno mas bien de odio que de amor. Ahora, si se pudiera comprender con un sistema cualquiera cómo puede ser misericordioso un Dios semejante, que muestra tanta cólera y tanta iniquidad, no habría necesidad de fe.)
A Erasmo se lo oía quejarse de la "incongruencia" y de la "injusticia"; a Lutero (lo veis) lo entusiasma; Erasmo, con sus objeciones, le ha dado las alas, le ha inspirado la audacia de decir lo que había callado hasta entonces. Lutero, como Pascal, tenía su "abismo"; y, por muchos años, como Pascal, se había defendido usando una "silla": y la "ley" era su "silla". El repentino descubrimiento de que la ley no salva, que solamente es -en la superficie del abismo- una telaraña delgada que esconde por un período determinado la perdición, fue su más profunda y horripilante experiencia. Lutero era un monje, había aceptado y observado conscientemente los difíciles votos monásticos, en la esperanza de salvar su alma con las propias "obras buenas". Y el mismo Lutero, como contó luego, se convenció de repente que, al aceptar esos votos, había contrariado la voluntad de Dios y perdido su alma. semejante experiencia es tan extraordinaria, tan poco semeja a lo que generalmente sucede a los hombres, que muchos rehusan prestarle fe, o la interpretan de manera tal de poderla "conciliar con nuestras habituales ideas respecto de la vida interior de los hombres". Pero se puede, debe creerse a Lutero. No tenemos el derecho de repudiar una experiencia, aunque sea extraordinaria, aunque sea contraria a todas nuestras ideas a priori. Ya he señalado cómo la misma cosa le ha sucedido a Nietzsche, y cómo aquí se encuentra el origen de su frase "más allá del bien y del mal", que sencillamente es una moderna traducción de la sola fide de Lutero. O nosotros nos engañamos, y por mucho, o bien la visión de san Pablo a lo largo del camino de Damasco es un caso análogo: a san Pablo, que perseguía a Cristo en nombre de la "ley", Él se le apareció de "repente" (¡Oh, cuán precioso es este de "repente" y cuán poco la filosofía sabe utilizarlo, a causa del error de sus métodos tradicionales, y por el temor que experimenta delante del "Yo" irracional!), y está claro que la ley había venido "para que aumentara el delito" (ina pleonáse to paráptoma). Es difícil imaginarnos la sacudida sufrida por el hombre al imaginar semejante "descubrimiento", y más difícil aún el imaginarnos cómo el hombre puede -después- continuar viviendo. La ley, las leyes guían el mundo; recordamos que Horacio, junto con los estoicos, afirmaba: Si totus illabatur orbis,impavidum ferient ruinae; Hegel, a igual que él, se jacta del mismo valor que los filósofos paganos, y de no temer, aunque el cielo se le cayera sobre la cabeza. Pero con las leyes que sostienen el cielo, caen en la misma caída las leyes que sostienen el valor y las virtudes paganas. Sin embargo, estas virtudes ¿son en verdad virtudes? ¿No tiene razón san Agustín cuando dice: Virtutes gentium potius vitia sun? ¿Y Horacio, Epicteto, Marco Aurelio y nuestro Hegel son los hombres menos virtuosos del mundo, dignos de ser imitados? Con Lutero, ¿no deben todos quizá repetir la confesión, la terrible traducción que nos da de su voto monástico: Ecce, Deus, tibi voveo impietatem et blasphemiam per totam meam vitam? (He aquí, Dios mío, que para toda mi vida te consagro la perversidad y la blasfemia). La sumisión a la ley es el original de toda perversidad; y el máximo de la perversidad consiste en hacer divinas las leyes, estas "verdades eternas y abstractas que dependen de la única verdad" de que nos ha hablado Pascal.
Pero también en la Biblia -se nos dirá- hay algunas leyes que Moisés trae del Sinaí: ¿para qué sirven? Dejemos hablar a Lutero, quien nos dirá lo que Pascal oye en el tribunal supremo delante del cual presenta su causa contra Roma y contra el mundo: Deus est Deus humilium, oppressorum, desperatorum et eorum, qui prorsus in nihilo redacti sunt, ejusque natura est exaltare humiles, cibare esurientes, illuminare caecos, miseros et afflictos consolari, peccatores justificare, mortuos vivificari, desperatos et damnatos salvari, etc. Est enim creator omnipotens ex nihilo faciens omnia. Ad hoc autem suum naturale et proprium opus non sinit eum pervenire nocentissima pestis illa, opinio justiciae, quae non vult esse peccatrix, immunda, misera et damnata, sed justa, sancta, etc. Ideo oportet Deum adhibere malleum istum, legem scilicet, quae frangat, contundat, conterat et prorsus ad nihilum redigat hanc belluam cum sua vana fiducia, sapientia, justitia, potentia, ut tandem suo malo discat se perditam et damnatam (Dios es el Dios de los humildes, de los oprimidos, de los desesperados y de aquellos que están enteramente desheredados; su naturaleza es la de exaltar a los humildes, nutrir a los hambrientos, iluminar a los ciegos, consolar a los pobres y a los afligidos, justificar a los pecadores, resucitar a los muertos, salvar a los desesperados y a los condenados… En realidad es el creador omnipotente que de la nada ha hecho todas las cosas. Pero en el llevar a cabo la tarea que le es propia y natural es impedido por la más dañosa de las pestes: la conciencia de la justicia, que no quiere reconocerse pecadora, inmunda, miserable y condenada, sino justa, santa… Es necesario entonces que Dios traiga este martillo -o sea la ley- que rompe, aplasta, maja y reduce enteramente a la nada semejante bestia salvaje con su inútil confianza, su sabiduría, su justicia, su poder, para que se sepa por fin perdida y condenada por su mal). Tales son los orígenes y el destino de la "ley", de eso que los filósofos reputan es la verdad eterna y abstracta, por ello última y divina. Pero he aquí la conclusión de Lutero: Ideo quando disputandum est de justitia, vita et salute aeterna omnino removenda est ex oculis lex, quasi nunquam fuerit aut futura sit, sed prorsus nihil est (Cuando debe discutirse en torno a la justicia, la vida y la salvación eterna, es menester totalmente alejar la ley de nuestros ojos, como si nunca hubiera existido, o no deba nunca existir; como, en una palabra; si nada fuera). Con pesar, no puedo citar todo lo que dice Lutero en su comentario a la Epístola a los Gálatas, a propósito de las palabras de san Pablo: Lex propter transgressionem apposita est. Toda su lucha con Roma, de una audacia nunca vista, ha sido una lucha con la "ley", con las verdades "abstractas y eternas", a las que el catolicismo -aún después de la condena de Pelagio- no ha podido nunca renunciar. Él mismo, mejor aún que sus adversarios, comprendía hasta qué punto se había dejado arrastrar. Claramente veía abrirse bajo sus pies un abismo que amenazaba tragarlo, no solo a él, sino tragar también al mundo. A igual que todos, sabía que la "ley" es la base de todo. Y escribió: Nec ego ausim ita legem appellare, sed putarem esse summum blasphemiam in Deum, nisi Paulus prius hoc fecisset. (No me habría atrevido a definir de esta manera a la ley, sino que la habría considerado la mayor blasfemia a Dios, si ya antes no lo hubiera hecho Pablo.)
No estuvo menos afligido san Pablo por su descubrimiento; tampoco él se habría atrevido a decir lo que dijo, si no se hubiera podido -a su vez- "apoyar" en el profeta Isaías, cuya temeridad lo atraía y lo asombraba al mismo tiempo. "Isaías se atrevió y dijo -Esaias de apotolma kai leghei-: fui encontrado por aquellos que no me buscaban. Claramente me manifesté a aquellos que nada pedían de mí." ¿Cómo aceptar tales afirmaciones temerarias? Dios, Dios mismo falta a la ley suprema de la justicia: se manifiesta a aquellos que no piden, es hallado por aquellos que no lo buscan. ¿Es acaso posible tratar con un Dios hecho de este modo, el Dios de los filósofos, esto es, la verdad abstracta y única? ¿Y no han tenido razón el Renacimiento, que se había apartado del Dios de la Biblia, y Descartes, que -propenso a las aspiraciones de su tiempo- ha intentado "prescindir de Dios"? ¿Y Pascal, que llamaba a los hombres delante del tribunal del Altísimo, no ha traicionado la obra humana común, no es un apóstata? ¿Dónde está la verdad? ¿Qué hay que elegir?


Cap I: http://castalia-tegularius.blogspot.com.ar/2013/09/la-noche-de-getsemani.html
Cap II: http://castalia-tegularius.blogspot.com.ar/2013/09/la-noche-de-getsemani-capitulo-ii.html
Cap III: http://castalia-tegularius.blogspot.com.ar/2013/09/la-noche-de-getsemani-capitulo-iii.html
Cap IV: http://castalia-tegularius.blogspot.com.ar/2013/09/la-noche-de-getsemani-capitulo-iv.html
Cap V: http://castalia-tegularius.blogspot.com.ar/2013/11/la-noche-de-getsemani-capitulo-v.html
Cap VI: http://castalia-tegularius.blogspot.com.ar/2013/11/la-noche-de-getsemani-capitulo-vi.html
Cap VIII: http://castalia-tegularius.blogspot.com.ar/2013/11/la-noche-de-getsemani-capitulo-viii.html
Cap IX: http://castalia-tegularius.blogspot.com.ar/2013/11/la-noche-de-getsemani-capitulo-ix.html
Cap X: http://castalia-tegularius.blogspot.com.ar/2013/11/la-noche-de-getsemani-capitulo-x-final.html


jueves, 21 de noviembre de 2013

La Noche de Getsemaní - Capítulo VI




VI

Pascal se atrevió a hacerlo: de aquí el carácter paradojal, de aquí también la fuerza, el potente atractivo ejercido por su filosofía. Las alabanzas y las aprobaciones, los lamentos y reproches de la razón (de esa razón qua nos laudabiles vel vituperabiles sumus, y que, ateniéndonos a la doctrina de los estoicos y de los discípulos de Pelagio, es única en poder elevar o disminuir a los hombres), de repente se vuelven para él adiáfora, indiferentes.
La inversión es total. Indiferente, según la concepción griega, era lo real; para Pascal, indiferente es el reino de las ideas. El Summum bonum de los filósofos se vuelve para él objeto de burlas continuas y extremadamente mordaces: "Aquellos que os creen", escribe de esos filósofos, "son los más vacíos y los más estúpidos..." Y aún, con tono más provocador y fuerte: "Los animales", dice en alguna parte, "no se admiran entre ellos. Un caballo no admira a su compañero. No es que les falte emulación en la carrera, pero no comporta consecuencias: porque, vueltos al establo, el más lento y desgarbado no cede su avena al otro, como los hombres quieren que se haga con ellos. La virtud de aquellos se satisface en sí misma." De este modo Pascal encuentra el ideal de los estoicos -la virtud como recompensa de sí misma- realizado en los establos. Se sabe que san Agustín experimentaba desmesurado disgusto por el estoicismo, denigrándolo de todas las maneras, siempre, viniera o no viniera a cuento. Si no pronunció la frase que se le atribuyó largamente: virtutes gentium splendida vitia sunt (las virtudes de los gentiles son vicios maravillosos), manifestó por lo menos un juicio casi semejante: virtutes gentium potios vitia sunt (las virtudes de los gentiles son mas bien vicios). Sin embargo, nunca se le ocurrió buscar o encontrar la realización del ideal estoico cerca de los animales: estaba demasiado apegado a la filosofía antigua, y su "cristianismo" estaba demasiado embebido de helenismo.
Tampoco a Pascal le fue fácil sustraerse al poder de la ideología que dominaba en su época. Se ríe de los estoicos; se siente indignado por la virtud "que se satisface en sí misma", o, para decirlo con lenguaje moderno, por la "moral independiente": encuentra que su lugar está en el establo, encuentra que corresponde a los caballos y no a los hombres. Ello no le impide declarar, hasta la saciedad: "El yo es odiable", principio en que la moral está otro tanto contenida plenamente como en este otro que ridiculiza y rechaza: "La virtud se satisface en sí misma". Toda moral, sea la de Epícteto o de Marco Aurelio, de Kant o de Hegel, alcanza la propia fuerza en el odiar el yo humano. ¿Qué quiere decir esto? ¿Pascal vuelve, como san Agustín, a la moral? ¿A las teorías de Pelagio? Así piensan muchos críticos, deseando ver en él un moralista; pero es un grave error.
Por cierto, Pascal había heredado de la filosofía antigua la idea de que "el yo es odiable". Ello no obstante, el odio de nuestro yo tiene para él un significado muy distinto de aquel que le dan todos los filósofos, antiguos y modernos. Su sumisión al destino no tiene nada en común con la de los estoicos; lo mismo su ascetismo, que provocó, y provoca todavía, tanta irritación hasta entre sus más fervientes admiradores. Los estoicos perseguían el "Yo", y realmente lo perseguían, para matarlo y aniquilarlo, porque solamente con este criterio podían asegurar el triunfo de sus "ideas" y de sus principios.
Para que un principio pueda celebrar su victoria definitiva es menester que ya nadie luche contra él, que ya nadie lo contradiga. Ahora, desde el comienzo de los siglos, ¿quién si no este "Yo" se ha opuesto al principio del estoicismo y lo ha combatido? ¿Qué enemigo le ha procurado mayor afán y más inquietud? En la creación del Señor, el "Yo" es la cosa más "irracional": personifica la no sumisión. Pascal lo sabe, no olvida las palabras: Subjicite et dominamini -somete y domina- que Dios, luego de la bendición, había dirigido al primer hombre. ¿Estaría tal vez a punto de abandonar al hombre al poder de los principios absolutos y muertos? Escuchadlo: "Aunque un hombre estuviera persuadido de que las proporciones de los números son verdades abstractas, eternas, dependientes de una primera verdad en que subsisten y que llamamos Dios, no me parecería muy adelantado para su salvación" Así habla Pascal, mientras toda la nueva filosofía, que deriva de la antigua, no ha hecho mas que soñar (después de Descartes, y también antes que él) en poder expresar en fórmulas matemáticas la esencia de la creación. Una verdad única, eterna y abstracta, de donde brotan -con inexorable naturalidad- muchas verdades igualmente abstractas e igualmente eternas: y bien, no podríais hallar definición mejor del ideal de la nueva filosofía. Efectivamente, hasta hoy, trescientos años después de Descartes, los hombres no han progresado ni un paso en la realización de este ideal, pero lo aprecian tanto que lo veneran y lo cuidan como si ya lo hubieran realizado: Nasciturus pro jam nato habetur (Que se considere nacido al que debe nacer). Pero Pascal, que ha llevado un ideal así a la presencia del tribunal supremo, donde no se tiene en cuenta ni nuestra "miserable justicia" ni nuestra "razón incurablemente presuntuosa", declara: Aunque lograseis procuraros estas eternas y abstractas verdades, que tan bien se entrelazan las unas a las otras, su valor sería nulo. No os ayudarían a salvar vuestra alma.
La razón y la moral protestan: Lo cierto, si es inútil al alma, ¿sería quizás menos cierto? ¿lo cierto se pondrá al servicio del alma? ¿hay alguien suficientemente descarado para rehusarse a obedecer a la moral y difamar a la justicia? La verdad y la moral son autónomas, y legisladoras ellas mismas. No se someten, no obedecen: mandan. Han brotado de esa razón de la que Pascal mismo decía no había mas terrible que desobedecerlas. ¿Qué, entonces, se yergue contra la razón, contra sus eternas y abstractas verdades? ¡El alma! O sea este "Yo" ínfimo, que Pascal -pasado a través de la escuela de Epicteto- nos enseña a odiar. En efecto, se ve, con evidencia perfecta, que nada sabría humillar mejor las tendencias "egoístas" del hombre que la verdad abstracta y eterna anunciada por los filósofos; en consecuencia, si fuera necesario buscar el principio capaz de domar la oposición de individuos revoltosos, no se podría inventar un Dios más eficaz que el dios griego, propuesto a Pascal por los "filósofos". Nada podría servir mejor para "domar" que el Summum bonum de ellos, sobre todo el Bien Supremo de Epicteto y de sus discípulos hasta Marco Aurelio, el filósofo laureado. En efecto, vivir a la manera de los estoicos, conforme con la naturaleza -té fúsei- quiere decir: vivir según la razón, esto es, contra la naturaleza. Los estoicos hasta habrían aprobado el cinturón de hierro de Pascal, que simbolizaba su voluntad de someter su "Yo" a una, o más, verdades eternas y abstractas. A igual que Pascal, los estoicos veían claramente esto: sin matar antes nuestro "Yo", no se habría obtenido nunca ninguna unidad, ningún orden. Infinitamente numerosos son estos "Yo" humanos; cada uno se considera como el centro del universo, y exige que nos comportemos en sus relaciones como si fuera el único que existe. Evidentemente, no hay ninguna posibilidad de conciliar y de satisfacer todas estas exigencias. Hasta que no se suprima el "Yo", habrá siempre -en de la unidad y de la armonía- un caos y una "incongruencia" increíbles. Deber de la razón es precisamente el de introducir el orden en la creación, y por ello ha recibido la potestad de exigir obediencia. A ella se debe -siempre para que haya orden en el mundo- la creación de la moral, y con ésta ha codividido sus prerrogativas supremas. La suerte última del hombre consiste en humillarse frente a las exigencias de la razón y de la moral, de someterse a sus principios autónomos. Tal obediencia contiene en sí, contemporáneamente, nuestro supremo bien, Summum bonum.
Los filósofos (hago notar) enseñaron todo esto, y Pascal -después de ellos- lo repite. Pero es singular su modo de seguirlos: aún repitiendo sus palabras, dice exactamente lo contrario de lo que ellos enseñan. Pascal no muestra ningún interés por esa tranquilidad que la razón y la moral prometen a los hombres. A sus ojos significa solamente el fin, el no-ser, la muerte. De aquí proviene esa enigmática regla "metodológica" suya: Buscar gimiendo, de la que no oiréis hablar ni en los manuales de lógica contemporánea de Pascal, y tampoco en las obras modernas. Por lo contrario: el sabio debe olvidar sus deseos, sus temores, sus esperanzas y estar pronto a aceptar una verdad cualquiera, que -por su misma esencia- ignora la necesidad del hombre. Todo ello es de tal modo obvio, que en el Discurso del Método no se dice casi una palabra. Verdad es que en Bacon se hallan varias consideraciones sobre todas las especies de Idola que impiden nuestras investigaciones objetivas; pero solamente Spinoza (casi como si contestara a Pascal, de quien, probablemente, nunca oyó hablar) declara con impaciencia e irritación: Non ridere, non lugere, neque detestari sed intelligere (No hay que reír ni llorar ni odiar, sino comprender).
Pascal pretende otra cosa: hay absolutamente que ridere, hay absolutamente que lugere, hay absolutamente que detestari; si no de nada valdrán vuestras búsquedas. ¿Dónde alcanzó Pascal el poder de hacer brotar semejantes exigencias, que -quizás- no poseen significado alguno? La pregunta es fundamental: nacen aquí todas las divergencias entre Pascal y la filosofía moderna. Adoptando la regla metodológica pascaliana tendréis una verdad; adoptando la de Spinoza tendréis otra, del todo distinta. Spinoza tenía como ideal la inteligencia; y para él, en realidad, el "Yo" ha sido siempre "odiable". En efecto, nuestro "Yo" -nunca debemos olvidarlo- es la cosa menos domable, y por ello la más incomprensible, la más irracional que hay en el mundo. La "comprensión" se vuelve posible solamente cuando el "Yo" humano está despojado de todos sus derechos particulares, de todas sus prerrogativas, cuando se vuelve una "cosa" o un "hecho" en medio de otras cosas o hechos de la naturaleza. Hay que elegir: por una parte el orden ideal e intangible con sus verdades eternas y abstractas, orden rechazado por Pascal y cuya adopción nos lleva a considerar la idea "medieval" de la salvación del alma como la encarnación de todas las absurdidades: por otra parte, un "Yo" caprichoso, descontento, inquieto, agitado, y que no consiente en reconocer por encima de él el poder de "verdades" materiales o ideales. Quien asumiera la tarea de alcanzar la comprensión, debería (con los estoicos y con los otros maestros antiguos) ahuyentar el "Yo", odiarlo y matarlo, para poder así hacer posible la realización del orden objetivo del mundo. Pero ¿puede odiar el "Yo", quien (a igual que Pascal) en la "comprensión" ve solamente el principio de la muerte, y descubre que la vocación propia consiste en luchar contra la muerte? En el "Yo" y únicamente en él, en su irracionalidad, se encuentra la esperanza de que no es imposible llegar a disipar la hipnosis de la verdad matemática propuesta por algunos filósofos (seducidos por aquello que de "abstracto" y de "eterno" hay en ella) para ocupar el lugar de Dios.


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Cap II: http://castalia-tegularius.blogspot.com.ar/2013/09/la-noche-de-getsemani-capitulo-ii.html
Cap III: http://castalia-tegularius.blogspot.com.ar/2013/09/la-noche-de-getsemani-capitulo-iii.html
Cap IV: http://castalia-tegularius.blogspot.com.ar/2013/09/la-noche-de-getsemani-capitulo-iv.html
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Cap VII: http://castalia-tegularius.blogspot.com.ar/2013/11/la-noche-de-getsemani-capitulo-vii.html
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sábado, 9 de noviembre de 2013

La Noche de Getsemaní - Capítulo V





V

Pascal chocó por primera vez con Roma cuando escribió las Cartas Provinciales. Desde el comienzo parece que empieza la defensa de la propia causa. Pero ello es inexacto. En las provinciales defiende a Port-Royal (Jansenio, Arnauld, Nicole) y la obra "común". por ello su alcance histórico es tan grande: aún hoy muchos críticos ven en ellas el verdadero mérito de Pascal. Emprende la lucha contra los jesuitas armado con pruebas intelectuales y morales: por tanto, por encima de sí y de Roma reconoce una instancia común, o sea la razón, ciertamente la moral; y en una de sus últimas cartas deja escapar la confesión de no tener necesidad de nada y de no temer a nadie: pero la confesión ha sido hecha a escape, y no bate a sus enemigos con esa arma. Ni Port-Royal ni otros (ni siquiera el espíritu más penetrante) podrían discernir en las Provinciales la frase terrible: Ad te, Domine, appello: y ésta es la frase inspiradora de sus Pensamientos. Por el contrario, en sus cartas (a igual que Arnauld, Nicole y otros) tiene un único deseo: decir, y solamente decir lo que semper ubique et ab omnibus creditum est. Toda su fuerza consiste en esto: sentir sobre los hombros -con razón o sin ella- no el apoyo problemático de Dios, muy lejano y por nadie visto, sino la real aprobación de todos los hombres que piensan de manera razonable y justa. Todos comprenden como "una gracia suficiente de nombre e insuficiente de hecho" es un ridículo y clamoroso absurdo.
Más tarde, al escribir los Pensamientos, habrá hecho suyo el convencimiento de que no hay que contar con el apoyo de "todos", y que el semper ubique et ab omnibus no es mejor que la "gracia suficiente de nombre y no de hecho".
Dirá: "Somos tan presuntuosos que, en la tierra, quisiéramos ser conocidos por todos, aún por aquellos que llegarán cuando nosotros ya no existamos; y somos tan vanidosos que nos divierte y nos satisface la estima de cinco o seis personas que nos rodean." No creáis que este "nosotros" se diga por educación, que con este "nosotros" Pascal quiera decir "ellos", es decir los demás y no él mismo. No, realmente habla de sí mismo. Mientras escribía las Provinciales, precisamente a él la aprobación de cinco o seis personas que estaban en torno le bastaba para darle la sensación de ser aprobado por el universo entero: por los hombres vivos en ese momento y por aquellos que aún habrían de venir. Si todavía os queda alguna duda, leed otro pasaje, donde tal pensamiento está expresado con plena franqueza y donde nada hay que intuir: "La vanidad tiene tales raíces en el corazón de un hombre, que un soldado, un jornalero, un pinche de cocina, un ganapan se jactan y quieren tener, cada uno de ellos, sus propios admiradores; y hasta los filósofos los quieren. Y aquellos que escriben en contra, quieren ufanarse de haber escrito bien, y aquellos que los leen quieren el de haberlos leído; y yo, que escribo estas líneas, tengo quizá deseo semejante..." Aquí todo es claro e incontrastable: si el hombre habla, escribe, incluso piensa, no es para aprender a encontrar la verdad. Aquí abajo nadie se interesa por la verdad; en el lugar de la verdad se desean juicios cómodos, útiles o convenientes al mayor número "posible" de hombres, de modo que, si no puedes hablar urbi et orbi, si te resulta imposible hacerte oír y aceptar por Roma y por el universo entero, la aprobación de cinco o seis personas debe bastarte: Port-Royal para Pascal, una remota villa para César. De éste modo quedará a salvo la ilusión del semper ubique et ab omnibus y podremos considerarnos como posesores de una verdad "ecuménica".
En las Provinciales no se halla ni siquiera una palabra relativa al "abismo". Pascal tiene solo un propósito: hacer de manera que la razón y la moral estén de parte suya, y de parte de sus amigos de Port-Royal. En conjunto, las Provinciales están a la altura de la época, y los historiadores consideran estas cartas como un acontecimiento conforme con la condición humana. No hay en ellas -repito- ninguna huella del "abismo" y mucho menos de un propósito de sustituir la razón por el arbitrio de un ser fantástico.
He aquí por qué, hablando con más exactitud, en las Provinciales no hallamos al verdadero Pascal y a su "idea". Cuando polemiza con los jesuitas no dice nada de sí mismo, y vilipendia solamente las tesis ridículas o insoportables de sus adversarios o, mejor, de los enemigos de Port-Royal. Llama a los jesuitas delante del tribunal del buen sentido y de la moral; si no pueden justificarse, quiere entonces decir que son culpables y que deben callar. Condenados por un tribunal así, ¿puede ser que se permanezca, sin embargo, en el propio derecho? Sobre este punto Pascal nada dice. Y mantiene un silencio igual, casi absoluto, en lo que a la "salvación por medio de la fe", en lo que a esa enigmática concepción de la "gracia" de acuerdo con la cual hay que renegar de todo lo que los hombres consideran razonable y justo. Tales reflexiones están reservadas a la obra futura, a la "apología del cristianismo". Si Pascal la hubiera llevado a término, habría cumplido con su deber en forma muy inferior a todo lo que habría hecho con los pensamientos que nos han llegado. Mientras ágilmente los escribía, olvidaba que en la tierra los hombres piensan y deben pensar solamente para los otros. Imposible olvidar esto en una apología; el intento de una apología es el de obtener una adhesión "universal", si no real, por lo menos imaginaria, sino del "universo entero", por lo menos -como dijo Pascal- de cinco o seis personas, la de un grupo de íntimos. Ahora bien, gran parte de sus Pensamientos no podía contar con una semejante, aunque limitada, adhesión. Sabemos que Port-Royal los censuró severamente. Así, hasta el mismo Port-Royal era incapaz de aceptar estas verdades nuevas. Y en realidad, una apología debe ser escrita por un hombre que, debajo de los pies, siente tierra firme y no un abismo; por un hombre que puede justificar a Dios ante Roma y el mundo, y no por quien llama al mundo y a Roma a la presencia del tribunal divino. He aquí por qué la interpretación bíblica propuesta por Pascal en sus Pensamientos no solo no convenía a Roma, que emitía leyes, sino al entero universo, casi a su mitad: ni siquiera convenía a la pequeña comunidad jansenista, la que, si bien devotamente fiel a san Agustín (y quizá precisamente porque le era devotamente fiel), pretendía al igual que Roma y de manera otro tanto igual la potestas clavium. Ya dije que san Agustín nunca se atrevió a rehusar a la razón sus derechos soberanos: tan grande era el poder que ejercían sobre él las tradiciones del estoicismo y del neoplatonismo, para adoptar enteramente las ideas de los estoicos. Sabiéndolo, Pascal escribe: "San Agustín. Nunca se sometería la razón si no estimara que hay casos en que debe someterse. Justo es entonces que se someta cuando juzga que debe someterse." Como muy bien advirtió un comentarista de Pascal, estas palabras están ligadas de modo directo con el siguiente pasaje de la carta CXX de san Agustín: "Que la fe deba preceder a la razón, también éste es principio razonable. Porque, si tal precepto no es razonable, significa entonces que es irrazonable: ¡No quiera Dios cosa semejante! Si entonces razonablemente la fe (para alcanzar alturas que no podemos aún tocar) precede a la razón, es por tanto evidente que la misma razón, por la que hemos sido persuadidos de ello, precede a la fe."
Pascal, que desea ligarse con san Agustín, repite este pensamiento con formas diversas. Así: "Nada es más conforme a la razón que un semejante negar la razón". Y aún, casi como si lanzara un desafío a sí mismo: "Al genio como a idiota se los tacha igualmente de locos. Aparte de la mediocridad nada es bueno..., salir del camino trillado quiere decir salir de la humanidad..." Cuando Montaigne predica ideas de este tipo: "Permaneced en el camino común", etc., es de veras normal. La filosofía de Montaigne, como él mismo confesaba, es solamente un suave almohadón que favorece un sueño profundo. Estaba destinado a cantar el "justo medio", que Aristóteles -padre de la filosofía "científica"- había transmitido a la humanidad. Pero Pascal no duerme, ni dormirá: los sufrimientos de Cristo no lo dejarán dormir hasta el fin del mundo. ¿Podrá la razón bendecir, o, por lo menos, justificar, una decisión tan loca? La razón es la encarnación del "justo medio". Y nunca, con ninguna condición, firmará de buena gana el acta de su abdicación. Se la puede obligar, pero todos los medios de persuasión no pesarán sobre ella, porque -por su naturaleza misma- es la única fuente de las pruebas. Que san Agustín diga lo que quiera: pero a la razón le repugna más que nada ceder los propios derechos a la fe, su enemiga eterna. La famosa controversia entre san Agustín y Pelagio es el mejor comentario a esta verdad; y esa controversia sirvió a Pascal como punto de partida para sus investigaciones. ¿Qué querían los discípulos de Pelagio? Solo una cosa: "reconciliar" la fe con la razón. Pero como la reconciliación solamente podía ser ilusoria, por fin se vieron obligados a someter a la fe a la razón. La tesis principal de ellos es ésta: Quod ratio arguit non potest auctoritas vindicare (Lo que la razón, la fe no puede reivindicarlo). Sosteniendo tal principio, los discípulos de Pelagio repetían justamente la conclusión de la filosofía griega, o para decir mejor, de la filosofía común del género humano, que, en Europa, por primera vez se había encontrado delante del dilema fatal: ¿qué debe hacer el hombre? ¿Tener confianza en la razón invariable, que le es inmanente y que en sí misma encuentra los principios eternos, o bien, por encima de ella, reconocer el poder de un Ente vivo y, en consecuencia, "contingente" y "caprichoso" (desde el momento en que todo lo que vive es "contingente" y "caprichoso")? Cuando Platón declaraba que el volverse misólogos es la más grave desgracia posible al hombre, ya decía lo que más tarde debía enseñar Pelagio. Tal tesis se la había dejado Sócrates, su grande e incomparable maestro. Y se la había dejado no solo a él: todas las escuelas filosóficas de Grecia habían recibido de Sócrates el mismo mandamiento: no podemos fiarnos de nada y de nadie; todo nos puede engañar; solo la razón no nos engañará; solo ella puede poner un límite a nuestra inquietud, procurarnos una base estable, y la seguridad.
En realidad, Sócrates no ha sido nunca tan coherente como se piensa de costumbre. En algunas importantes, importantísimas circunstancias de su vida, y sin esconderlo por nada, ha desobedecido a la razón, escuchando la voz de un ser enigmático al que llamaba su demonio. Es igualmente cierto que Platón -en lo que a esto concierne- fué aún menos coherente que Sócrates. Su filosofía roza siempre la mitología y frecuentemente se confunde con ella. Pero la "historia" no aceptó el demonio de Sócrates y purificó la filosofía de Platón, quitándole sus mitos. Por una parte, el "porvenir" pertenecía a Aristóteles y, por otra, a los estoicos, a estos augustos socráticos que -en su angustia- supieron satisfacer mejor los gustos de la historia, logrando así acaparar para ellos la conciencia de la humanidad pensante. De Sócrates y Platón los estoicos habían sacado todo lo que se puede sacar en defensa de la razón. Y empleaban siempre el mismo argumento que Sócrates (el más sabio entre los hombres, reconocido como tal por Dios mismo, el dios pagano que le había confiado -por intermedio de su oráculo- las llaves del reino celeste) había desarrollado algunas horas antes de morir: el volverse misólogos es la mayor desdicha que pueda golpear a un hombre.
¿Habéis perdido las riquezas, la gloria, los padres, la patria? Todo eso es nada. Pero si habéis renunciado a la razón, habéis perdido todo. Porque los amigos, la gloria, la patria, las riquezas son todas cosas transitorias; alguien, o el "azar", nos las ha dado sin interpelarnos antes y, a cada momento, aún sin consultarnos, puede volver a tomarlas. Pero la razón no nos la ha dado nadie, no nos pertenece ni a mí ni a ti, no la hallas en los amigos, o en los enemigos, o en los padres, o en los extraños: no está aquí o allá, no está antes o después. La razón está en cada lugar y siempre, en todos y por encima de todo. Solamente hay que aprender a amar a esta razón eterna, siempre igual a sí misma, nunca sometida a nadie; debe el hombre ver en ella la propia esencia: entonces, en este mundo antes enigmático y terrible no habrá ya nada de misterioso y asustador. Ya no habrá motivo para temer al invisible Déspota que en un tiempo era la fuente de todos los bienes y el creador de los destinos humanos. Tan fuerte y omnipotente era este déspota, que sus bienes eran apreciados y sus amenazas asustaban. Pero si nos decidimos a amar solamente los dones de la razón, a reconocer como cosa preciosa solamente sus alabanzas o sus lamentos (la razón, dirán los discípulos de Pelagio, es eso por lo que nos laudabiles vel vituperabiles sumus), y al considerar los dones del déspota carente de importancia -adiáfora- ¿quién, entonces, podrá decirse igual al hombre? ¡El hombre que logra emanciparse de Dios! Desde ese punto de vista Sócrates, Platón, Aristóteles, los epicúreos (recordad el De rerum natura de Lucrecio), los estoicos y todas las escuelas griegas han estado unánimes. Los estoicos (sobre todo aquellos de tendencias platónicas, Epicteto y Marco Aurelio) no han hecho otra cosa que concentrar la atención sobre el pensamiento antiguo; se han apoyado, por decirlo así, y demasiado, en él. Pero la naturaleza humana no puede soportar una cosa semejante: lo demasiado, en todo, le repugna.
Sin embargo, queda firme el hecho de que Sócrates y Platón son los antepasados de los estoicos; que Aristóteles está tan cerca del estoicismo como puede estarlo cualquier estoico puro. Antes bien, digamos que Aristóteles ha logrado hacerse cargo y salvar a esa razón objetiva y autónoma "descubierta" por Sócrates. En efecto, a creado la teoría del "justo medio", ha enseñado a los hombres esa gran verdad por la que no hay que cansar a la razón -si se la quiere mantener íntegra- con interrogantes que superan sus fuerzas. Mejor: Aristóteles enseñó a los hombres a formular cualquier interrogante de manera tal que no importe prejuicios a los derechos soberanos de la razón. Ha inventado esa ficción (veritatem aeternam) por la que las preguntas a las que no se puede contestar son preguntas en sí mismas carentes de sentido: por tanto, inexistentes. Los hombres -desde Aristóteles a nuestros días- formulan preguntas a propósito de esas cosas sobre las cuales la razón permite que se formulen. Para nosotros, como para los estoicos, todo el resto es adiáforon, indiferente. El exponente más notable de la nueva filosofía, que (con razón) se consideraba continuador de la obra de Aristóteles, ofrece, como primer e irremovible mandamiento de la filosofía, la indiferencia estoica para todo eso que sucede en el mundo. En su lógica -que, al mismo tiempo, es también una ontología- erige en principio la regla de Horacio: Si fractus illabatur orbis, impavidum ferient ruinae.
Y no solamente Hegel, sino también el primer llegado entre nuestros contemporáneos (admitido que piensa, y que se decide a pensar de manera franca), deberá repetir las palabras de Hegel. En suma: lo que es cierto para los antiguos, permanece cierto para nosotros; las ideas de que vivimos son las del estoicismo. Perezcan los hombres y los mundos, los reinos y los pueblos; aniquílese lo real, lo animado, lo inanimado, todo ello es adiáforon, indiferente; todo está a salvo, con tal de que nadie trate de arañar el reino del ideal donde la razón y sus leyes gobiernan incontrastadas. La razón es anterior al mundo, sus leyes son ideales, sus principios son eternos; y no se han tomado a nadie. Cuando ella establece: pudet, todos deben avergonzarse; cuando establece: ineptum, todos deben indignarse; cuando establece: impossibile, todos deben inclinarse. Protestar es insensato, apelar es inadmisible. Lo dijo Pelagio: quod ratio arguit, non potest auctoritas vindicare; y, recordémoslo, san Agustín repite a Pelagio; y Pascal, de cuando en cuando, hallaba que era mejor desobedecer al Déspota que desobedecer a la razón. En efecto, una alabanza de la razón es lo que de más grande pueda tocarle en suerte al hombre, ya sea en la tierra como en el cielo. Y un reproche de la razón es para el hombre el peor mal. ¿Puede ser de otro  modo? ¿Se puede, en el dominio de la filosofía, vencer al estoicismo, repudiar las teorías de Pelagio? E, invirtiendo el pensamiento de Pascal, ¿puede decirse, podrá alguna vez decirse: el Déspota ordena más imperiosamente que la razón? Porque, si has desobedecido a la razón, serás solamente un estúpido; pero, si has desobedecido al Déspota, perderás tu alma.


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miércoles, 9 de octubre de 2013

De la esposa de Pilato a una dama romana




Iba yo paseando con mis doncellas por los huertos de las afueras de Jerusalén cuando lo vi entre unos pocos hombres y mujeres sentados a su alrededor, y les hablaba en un lenguaje que yo solo a medias entendía.
Pero una no necesita de un lenguaje para percibir una columna de luz o una montaña de cristal. El corazón conoce lo que la lengua nunca puede proferir y el oído jamás puede oír.
El hablaba a sus amigos de amor y de poder. Sé que les hablaba de amor porque había melodía en su voz, y sé que les hablaba de poder porque había ejércitos en sus ademanes. Y El era tierno, aunque ni siquiera mi esposo pudo haber hablado con semejante autoridad.
Cuando El me vio pasar, interrumpió un instante su discurso y me dirigió una mirada de amable indulgencia. Y me sentí humillada, y en mi alma supe que había pasado junto a un dios.
Después de ese día su imagen visitó mi intimidad cada vez que me sustraía a la sociedad de hombres y mujeres; y sus ojos buscaban mi alma cuando mis propios ojos estaban cerrados. Y su voz rige la quietud de mis noches.
Estoy por siempre cautiva, y hay paz en mi pesar y libertad en mis lágrimas.
Amiga bienamada, nunca viste tú a ese hombre y nunca lo verás.
El partió mas allá de nuestros sentidos; pero, de entre todos los hombres, El es ahora el más próximo a mí.

Extraído del libro "Jesus, el hijo del hombre", de Khalil Gibran.


Nataniel




Dicen que Jesús de Nazaret era manso y humilde. Dicen que Él, aunque justo y recto, era temeroso, si bien era a menudo tomado por fuerte y poderoso; y que cuando estaba en presencia de hombres de autoridad no era sino un cordero entre leones.
Pero yo digo que Jesús tenía dominio sobre los hombres y que El lo sabía y lo proclamaba entre las colinas de Galilea y en las ciudades de Judea y Fenicia.
¿Qué hombre dócil y blando podría decir: "Yo soy la vida y el camino a la verdad?"
¿Qué hombre manso y humilde podría decir: "Yo estoy en Dios, nuestro Padre; y nuestro Dios, el Padre, está en mí?"
¿Qué hombre inadvertido de su propia fuerza hubiera dicho: "Aquel que no cree en mí no cree en esta vida ni en la vida eterna?"
¿Qué hombre inseguro del mañana proclamaría: "Vuestro mundo pasará y no será más que cenizas dispersas antes de que se extinga el eco de mis palabras?"
¿Dudaba El acaso de sí mismo cuando dijo a quienes querían comprometerlo con una ramera: "Aquel que esté sin pecado que arroje la primera piedra?"
¿Temía a la autoridad cuando echó a los cambistas del atrio del templo, aunque estaban con la licencia de los sacerdotes?"
¿Estaban rotas sus alas cuando dijo a gritos: "Mi reino está por encima de vuestros reinos terrenales?"
¿Estaba El buscando albergue en las palabras cuando repetía una y otra vez: "Destruid este templo y lo reconstruiré en tres días?"
¿Era cobarde El que agitaba su mano en la cara de los poderosos llamándolos "mentirosos, ruines, inmundos y degenerados?"
Un hombre lo bastante osado como para decir estas cosas a quienes gobernaban en Judea, ¿podría ser considerado manso y humilde?
No, por cierto. El águila no construye su nido en el sauce llorón. Y el león no busca su guarida entre los helechos.
Me asquea y se me revuelven las entrañas cuando oigo a los pusilánimes llamar a Jesús manso y humilde para justificar su propia flaqueza; y cuando el humillado, para sentirse consolado y acompañado habla de Jesús como de un gusano que brillara a su lado.
Si, mi corazón se asquea frente a tales hombres. Prefiero llevar mi prédica al cazador vigoroso y al indomeñable espíritu montaráz.

Extraído del libro "Jesus, el hijo del hombre", de Khalil Gibran.




martes, 8 de octubre de 2013

Pecado




"La palabra griega con que en el Nuevo Testamento se designa el pecado es Antinomia o Anomia, que significa errar el punto o, como en arquería, errar el blanco..."

Extraído del libro Nueve Meditaciones de Alan Watts

Muy interesante... errar el punto. 

En el I Ching (y también en los clásicos taoístas) errar el punto es que nuestro accionar no acompañe al devenir universal, a lo que el tiempo "pide". No es una acción definida y fija sino, por el contrario, cada momento requiere acciones diferentes para adaptarse al Tao, ser versátil... y la ley no emana de un centro religioso, o político, sino del propio universo, de la corriente de energía universal y es la misma que mueve todo lo que es. A veces hay que ser yang, a veces yin, otras un poco de cada cosa, todo fluye y se modifica y requiere que estemos abiertos a poder interpretar ese flujo y movernos con él... en él.

Muy interesante...


sábado, 28 de septiembre de 2013

La Noche de Getsemaní - Capítulo IV




IV

Todo ello lo comprendió Pascal en el tribunal del Altísimo. Lo comprendió y lo aceptó sin oponer resistencia, aunque -por cierto- no lo haya "comprendido" mejor que aquellos que lo critican, indignándose por el carácter pasatista de su pensamiento. Aparecía a los hombres, y aparece aún, como un energúmeno, un fanático. Por tanto, si hubiéramos conservado el derecho de juzgarlo, no nos costaría nada ponerlo en estado de acusación.
Pero (ventajoso o no) hace poco hemos recordado el non pudet quia pudendum est: es decir que, por lo menos alguna vez, no hay que tener vergüenza aún cuando el mundo entero gritara, a una voz: "Es vergonzoso". Y por lo demás, sabemos que Pascal había llevado su propia causa delante del tribunal de Dios, que había aceptado la cosa más vergonzosa entre las que los hombres consideraban vergonzosas. Al escuchar a Pascal estamos obligados, voluntariamente o no, a controlar todos nuestros pudet, ineptum, impossibile, todas nuestras veritates aeternae.
Siempre hay que recordar que Pascal no ha elegido en nada el propio destino, sino que ha sido elegido por el destino. Pascal, al glorificar la crueldad y la implacabilidad, glorificaba a Dios mismo, a ese Dios que lo había sometido -a igual que a Job en tiempos idos- a pruebas inauditas. Al tejer las alabanzas de lo "incongruente", celebraba también a Dios, que lo había privado del consuelo de la razón. Y cuando colocaba todas sus esperanzas en lo "imposible", solo Dios podía inspirarle semejante locura. Recordemos, por otra parte, lo que fue su vida. Sus biógrafos nos dicen: aunque desde 1647 hasta su muerte han transcurrido casi quince años, puede no obstante decirse que bien poco vivió en este lapso, habiéndole las enfermedades y los ininterrumpidos sufrimientos dejado dos o tres años de intervalo, y ni siquiera de óptima salud, pues nunca tuvo salud muy buena. Fue un intervalo de languidez más soportable, y durante el cual no era del todo incapaz de trabajar. Su hermana cuenta: "Algunas veces nos decía que nunca había pasado, desde los dieciocho años, un día sin sufrir". También el prefacio de Port-Royal atestigua: "Durante todo su vida las enfermedades casi nunca le dejaron un día sin dolor"
¿Qué era, quién había creado semejante tortura continua? ¿Y por qué? Queremos creer que no se puede formular la pregunta en esta forma. Nadie había premeditado la tortura de Pascal, y ella no podía servir para nada. Aquí no hay y no puede haber, para nosotros, ninguna pregunta. Pero para Pascal, así como para el mítico Job o para Nietzsche, hasta hace poco vivo entre nosotros, justo aquí y solamente aquí se esconden todas esas preguntas que pueden tener alguna importancia para el hombre. Si no creemos pasatista a Pascal, o mítico a Job, aceptemos por lo menos el testimonio de Nietzsche, que está en una posición de "vanguardia". Nos dirá: "Sin duda alguna, en lo que a mi enfermedad concierne, debo mucho más a ésta que a mi salud. Le debo toda mi filosofía. Solo un gran dolor es el extremo liberador del alma. Enseña una gran duda. Solamente un gran dolor, un largo y lento dolor que parece consumirnos encima de una lenta hoguera; sólo este dolor nos impulsa, a nosotros los filósofos, a descender a nuestras profundidades íntimas y a repudiar todo lo que hay de confiable, de sencillo, de convencional, de medicinal: en suma, todo aquello en que nosotros mismos, tal vez, habíamos otras veces colocado nuestra humanidad". Con igual derecho Pascal habría podido repetir textualmente semejantes palabras de Nietzsche. Por lo demás, el mismo lo dice en su admirable oración "para pedir a Dios el buen uso de las enfermedades". Pascal "creyente" y Nietzsche "descreído"; Pascal, con todos sus pensamientos dirigidos al pasado, al medioevo, y Nietzsche, que vivía solamente en el futuro, están perfectamente de acuerdo en sus testimonios. Y no solo están tan cerca en sus testimonios: sus "filosofías" (para quien sabe apartarse de las palabras y distinguir aún bajo dos apariencias distintas una esencia idéntica) parecen casi coincidir. Solamente hay que recordar lo que los hombres olvidan más voluntariamente, hecho que -una vez- el monje Lutero expresó con mucha fuerza en su comentario a la epístola a los Romanos, escrito bastante tiempo antes de romper con la Iglesia: "Blasphemiae… aliquanto gratiores sonent in aure Dei quam ipsum Alleluya vel quaecumque laudis jubilatio. Quanto enim horribilior et fedior est blasphemia, tanto est Deo gratior" (Las blasfemias resuenan alguna vez más agradables al oído de Dios que el mismo Aleluya o cualquier alabanza. Y cuanto más horrible y repugnante es la blasfemia, tanto más agradable a Dios)
Comparando las horribiles blasphemiae de Nietzsche con las laudis jubilationes de Pascal, tan distintas entre ellas, ambas tan indiferentes al oído del hombre de hoy y (si se da fe a Lutero) tan familiares, tan gratas a Dios, se comienza a pensar que esta vez -quizá- la historia "inteligente" resulte engañada, y que a despecho de sus sentencias ese Pascal por ella eliminado resucite en la persona de Nietzsche, dos siglos después. ¿O bien, a pesar de todo, la historia ha alcanzado su intento?¿Que Nietzsche esté destinado a la suerte de Pascal? Todos lo admiran, pero ¿quién lo comprende? Sin duda, nadie. Puede ser, y probablemente lo sea. También Nietzsche, con la razón, había recurrido a lo contingente, a lo caprichoso, a lo incierto; contra los "juicios sintéticos a priori" de Kant, a la "voluntad de potencia"; también él enseñaba: non pudet quia pudendum est, que había traducido con "mas allá del bien y del mal"; también él encontraba su alegría en lo "incongruente" y buscaba la certidumbre donde los hombres ven lo "imposible".
El abate Boileau nos cuenta que Pascal "creía divisar siempre un abismo a su izquierda y, para tranquilizarse, hacía poner allí una silla: conozco de buena fuente este episodio. Sus amigos, su confesor, su director le decían que no había nada que temer, que solo se trataba de quimeras de una fantasía agotada por un estudio abstracto y metafísico; Pascal admitía todo esto; pero, un cuarto de hora después, nuevamente se abría ese precipicio que lo aterraba".
No es posible verificar hecho semejante; pero, si nos atenemos a la obra de Pascal, hay que convenir en que el abate dice la verdad. Todo cuanto Pascal escribió nos prueba que siempre veía y sentía bajo los pies un abismo en vez de tierra firme (aún una analogía singular entre el destino de Pascal y el de Nietzsche). En esta narración puede advertirse una sola inexactitud: parece que el abismo no se encontraba "a la izquierda" de Pascal, sino debajo de sus pies. El resto está contado o intuido con mucha veracidad.
Parece que es cierto que Pascal, para defenderse del precipicio, usaba una silla: "Corramos alegremente", no lo dice el abate, sino el mismo Pascal, "hacia el precipicio, después de habernos puesto algo delante de los ojos para no verlo". Por ello, si la narración del abate es una paparrucha, es una paparrucha elegida por un clarividente, por un espíritu que sabía ver en esas tinieblas donde, para los demás, todo se confunde en una gris indiferencia.
Resulta cierto que Pascal no ha tenido nunca un solo día carente de sufrimientos, que casi no ha conocido el sueño (también Nietzsche); igualmente resulta cierto que en vez de sentir tierra firme bajo sus pies (sensación común a los hombres), se sentía sin sostenes por encima de un precipicio, y habría caído en un abismo sin fondo cuando se hubiera abandonado a su tendencia "natural". Todos sus Pensamientos cuentan esto, y nada más que esto, De aquí sus temores excepcionales, tan inatendidos (recordad su grito: "El eterno silencio de estos espacios infinitos me aflige..."); esos temores de los cuales ni sus amigos ni sus confesores sabían darse cuenta.
Su "realidad" no se asemeja en nada a la de todo el resto del mundo. Por lo general, todos los hombres están bien, solamente muy raramente experimentan un dolor penoso o una angustia, y conciben temores solo cuando tienen un fundamento; siempre sienten bajo los pies tierra firme, y las caídas al abismo las conocen solo por haberlas oído, o bien - si han tenido experiencia- es experiencia breve, que huye de la memoria.
¿Pero es que la realidad ya no es real cuando no es habitual? ¿ Y tenemos el derecho de no admitir determinadas condiciones de vida solamente porque se encuentran raramente? Los prácticos no se interesan por las excepciones; a ellos solo les importa la regla, y lo que continuamente se repite. Pero los deberes de la filosofía son diversos. Si un hombre, inopinadamente, cayera en la tierra y supiera contarnos cómo viven, en otros mundos, seres que no se nos asemejan, este hombre sería para nosotros algo de inmenso valor. Pascal, al igual que Nietzsche, es el hombre que viene de otro mundo: un mundo que nuestra filosofía solo puede soñar, y tan distinto del nuestro que eso que para nosotros es regla, allá aparece solo como excepción, y donde ocurren continuamente hechos que entre nosotros nunca se verifican, o casi nunca. Entre nosotros nunca ocurre que los hombres caminen sobre un precipicio: entre nosotros se camina sobre tierra firme. Por esto la gravedad y las leyes fundamentales de nuestro mundo: todo tiende hacia el centro. Entre nosotros no se verifica nunca que un hombre viva en tortura perpetua. En general, entre nosotros las cosas fáciles se alternan con las difíciles, y a cada esfuerzo siguen la calma y el descanso. En cambio, allá ninguna cosa es fácil, todas son difíciles; no hay calma, no hay reposo; siempre se está en estado de alarma; no existe el sueño, sino una ininterrumpida vigilia. ¿Hallaremos allí esas verdades que estamos acostumbrados a venerar aquí entre nosotros? Todo nos dice que nuestras verdades habituales son hallá otras tantas mentiras, y lo que nosotros desechamos, allá es recogido, buscado como el intento supremo.
Aquí el tribunal supremo es Roma, y la razón es el criterio supremo. Allá el único juez es aquél a quien Pascal gritó: Ad te, Domine, appello. Por tanto, no busquemos seguridad y estabilidad.


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Cap II: http://castalia-tegularius.blogspot.com.ar/2013/09/la-noche-de-getsemani-capitulo-ii.html
Cap III: http://castalia-tegularius.blogspot.com.ar/2013/09/la-noche-de-getsemani-capitulo-iii.html
Cap V: http://castalia-tegularius.blogspot.com.ar/2013/11/la-noche-de-getsemani-capitulo-v.html
Cap VI: http://castalia-tegularius.blogspot.com.ar/2013/11/la-noche-de-getsemani-capitulo-vi.html
Cap VII: http://castalia-tegularius.blogspot.com.ar/2013/11/la-noche-de-getsemani-capitulo-vii.html
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jueves, 26 de septiembre de 2013

La Noche de Getsemaní - Capítulo III




III

Pascal cita delante del tribunal de Dios no solamente a Roma, sino a la razón misma. Justo delante del tribunal de Dios, y no ya delante del de la razón como, antes que él, lo habían hecho otros filósofos (y algunos lo hacen aún ahora). Si bien, a decir verdad, Pascal no conoció a muchos, a éstos los conocía. No era un erudito; y casi solo de Montaigne extraía toda su sabiduría de historiador y de filósofo. Pero, aunque alabara a Montaigne, aunque se arrodillara delante de él, comprendía muy claramente cuan inútil era recurrir a la razón en la lucha con la razón: porque al ser la razón juez supremo, se puede estar seguros de que no se rendirá voluntariamente y que se justificará siempre.
Pero ¿cómo debe interpretarse el juicio de Dios respecto de la razón? ¿En qué consiste semejante juicio; qué puede traer a los hombres? La razón nos da seguridad, certeza, invariabilidad; nos procura juicios claros y precisos, concretos y definidos. Al haber renegado de la razón y al haberla arrojado de su trono, ¿es posible confiar en alcanzar una invariabilidad y certeza mayores? Si así fuera, por cierto que seguiríamos voluntariamente a Pascal. Nos resultaría accesible, cercano, comprensible. Pero el juicio final en nada se asemeja a los juicios a que estamos acostumbrados en la tierra, y las sentencias del tribunal supremo en nada recuerdan las de los tribunales terrenos: precisamente como la verdad celeste en nada se asemeja a la terrena. Esta última es siempre igual a sí misma: ésta es la ley primera y constante no solo de nuestro pensamiento, sino de nuestra misma vida: lo saben el filósofo más sabio y el jornalero más humilde. La esencia de la verdad reside en su estabilidad y en su invariabilidad. Los hombres están convencidos de ello, hasta el punto de no saber imaginarse otro género de verdad. "Se aman las cosas seguras", dice Pascal; "gusta que el Papa sea infalible en la fe, y que los graves doctores lo sean en las costumbres, de modo de sentirse seguros". Nada en la tierra es más estimado que esta invariabilidad y esta seguridad. La estima que a ellas se tributa fue enseñada a los hombres por la razón, precisamente por esa razón que provee todas las seguridades y certidumbres necesarias para vivir tranquilamente y para dormir profundamente. Recordemos que las llaves terrenas del reino de los cielos le correspondieron en suerte a San Pedro y a sus sucesores precisamente porque Pedro sabía dormir, y dormía mientras Dios -descendido entre los hombres- se preparaba a morir en la cruz. Pero la agonía de Cristo no ha terminado aún. Continúa y durará hasta el fin del mundo. "No hay que dormir", nos dice Pascal. Nadie debe dormir. Nadie debe buscar lo que es estable y seguro. "Si no se debiera hacer nada, excepto por las cosas ciertas, no se debería hacer nada por la religión: puesto que no es cierta". Solo quien ha asumido el deber de distraer y no de atraer a sus semejantes hacia la "religión" podría hablar así. Parece que hubiera aquí algún error, un equívoco; parece que Pascal hubiera dicho otra cosa de la que quería decir. Pero no, no hay ningún error; en otro punto se expresa en modo más rudo, aún más decisivo: "Ardemos por el deseo de hallar un lugar estable y una base última de seguridad para construir una torre que se eleve al infinito. Pero todos nuestros cimientos se derrumban, y la tierra se abre hasta los abismos. NO BUSCAMOS, PUES, NINGUNA SEGURIDAD, NINGUNA ESTABILIDAD". He aquí lo que siente, lo que ve y prueba aquel que se ha decidido o, mejor, que ha sido condenado a no dormir hasta el fin de los sufrimientos de Cristo; y este fin llegará solamente con el fin del mundo. Tales son los mandamientos, éstas las verdades que se le revelan. Pero ¿podemos llamar verdad a lo que se le ha revelado a él? La verdad tiene por primera señal de reconocimiento la "seguridad" y la "invariabilidad". Una verdad que no es segura e inmutable es una contradictio in adjecto, porque justamente tales señales sirven para reconocer la mentira. La mentira no permanece nunca fiel a sí misma: ya es esto, ya aquello.
¿Ha llegado entonces Pascal a adorar la "mentira" y a repudiar la verdad?
No podría ser de otro modo, desde que el momento que la victoria sobre la razón le ha dado un punto de arranque para tal triunfo. Hace poco nos dijo: "Cuánto me gusta ver a esta razón soberbia humillada y suplicante". Y precisamente él, que ha hecho tanto ruido y suscitado mucha indignación, no tiene miedo de recomendar a los hombres un reniego total de la razón, como medio para llegar a lo cierto: "Ello os hará creer y os volverá autómatas". Sabemos de muchos intentos hechos para mitigar el valor de estas palabras: pero ninguno satisface, como, por lo demás, ninguno es necesario. Una vez para siempre renunciamos a estimar a Pascal "históricamente". No lo juzgamos. No nos convence que "sepamos" más o mejor que él, y por esto no tenemos derecho a extraer de él solo lo que responde al nivel de la ciencia de nuestro tiempo. Tal orgullo al juzgar, o tal insolencia, podría ser justificada en caso de que fuéramos atacados desde el punto de vista hegeliano, si buscáramos en la historia las huellas de un "desarrollo". Entonces, los hombres del pasado serían para nosotros como acusados, y nosotros -hombres del presente- seríamos para ellos como jueces aplicados a cumplir sin pasión las órdenes de la razón eterna e inmutable, sin tener que rendir cuentas a nadie. Pero Pascal no quiere reconocer por encima de él el poder legislativo de la razón; no nos reconoce el derecho de juzgar y pretende que comparezcamos -con él- delante del tribunal del Altísimo. Y nuestra seguridad, la seguridad de quien ha llegado al mundo después que él, no lo inquieta en nada, tal como lo deja indiferente el hecho de que nosotros estemos vivos y él, muerto. Su voz severa e imperiosa nos llega del más allá, donde su alma, sin paz en la tierra, halla asilo. Nuestras más incontestables, mejor probadas, más evidentes verdades, las veritatis aeternae, como a Descartes, antes que Pascal, gustaba llamarlas; éstas "verdades de la razón" como, después de Pascal, dirá Leibniz y, a continuación, los otros custodios legítimos de las ideas heredadas del Renacimiento; estas verdades nuestras nunca influyeron en él. Se puede estar seguros de que en él tendrían hoy una influencia aún menor que en un tiempo; ciertamente, el Pascal de ultratumba es mucho más libre y mucho más audaz de cuanto pudo serlo, cuando, vivo y entre los hombres, citaba a Roma y a la razón y a la humanidad y al universo al tribunal del Señor.
Órdenes llegan de Roma y de la razón: con que, no es menester seguirlas. Ésta es la lógica de Pascal. En otros tiempos, algo semejante le ocurrió a Tertuliano cuando exclamó, casi como si presintiera a Pascal: Crucifixus est Dei filius; non pudet, quia pudendum est. Et mortuus est Dei filius; prorsus credibile est, quia ineptum est. Et sepultus resurrexit; certum est, quia impossibile est. O sea, con otras palabras: No hay que avergonzarse cuando la razón dice: es vergonzoso; y cuando afirma: no tiene sentido, entonces la verdad se muestra; y donde indica una imposibilidad absoluta -allí y solo allí- se encuentra la certidumbre perfecta. Estando vivo, Tertuliano hablaba en esta forma, y han transcurrido casi dos mil años. ¿Pensais quizá que, una vez muerto, ha renegado de sus palabras, y que, por tanto, si hoy la razón declara "es vergonzoso", él considera que tengamos que avergonzarnos? ¿Y cuando decide: "es incongruente", debamos apartarnos? ¿Y que cuando decide: "es imposible", debamos cruzarnos de brazos? ¿Pensáis quizá que Descartes, Leibniz y nuestro maestro Aristóteles continúan aún hoy sosteniendo sus "verdades eternas", y que la lógica de ellos resulte delante de Dios tan irresistible como ya lo fue para los hombres?
Todo esto, se dirá, es hasta demasiado fantástico. No es posible comparar entre ellos a hombres que hace mucho tiempo han muerto: ni Pascal ni Tertuliano ni Descartes ni Leibniz defienden ya causa alguna. Si tenían una para defender, debían hacerlo aquí, en la tierra, y la historia -nacida en la tierra- no se deja en absoluto arrastrar hacia el cielo.
Hoy, y entre los hombres, todo eso puede ser justo, o sea que puede considerarse como verdadero. Pero nosotros, junto con Pascal (¿debo recordarlo aún?), hemos decidido llevar la controversia delante de otro tribunal. Ya no nos juzga la razón con sus "está permitido", "está prohibido", "es vergonzoso", y otras leyes y principios. Nos hemos colocado en el banquillo de los acusados, y, con nosotros, están ahí las leyes y los principios. Hemos reconocido iguales derechos a muertos y vivos: el juicio ya no compete a los hombres. Puede suceder también que no se comprenda la sentencia: Pascal nos dijo que no hay ni estabilidad ni seguridad; quizá, no hay mayor justicia. Deben olvidarse todos estos bienes terrenos. Lo que os será revelado "os hará creer y os volverá autómatas".
¿Deseais continuar siguiendo a Pascal? ¿o bien, en el límite de vuestra paciencia, preferís buscar otros maestros, más comprensibles y menos exigentes? No esperéis de Pascal ninguna dulzura, ninguna indulgencia. Tal como es infinitamente cruel hacia sí mismo, lo es hacia los demás. Si deseaís investigar en compañía suya os tomará consigo, pero declarandoos en seguida que tales búsquedas no os procurarán alegría alguna: "Apruebo solamente a aquellos que buscan gimiendo". Sus verdades (o las que él define sus verdades) son duras, penosas, implacables. No lleva consigo ningún aliento, ningún consuelo. Aniquila cualquier clase de consuelo. Apenas el hombre se detiene para descansar y volver en sí, aparece en seguida con su angustia: no hay que detenerse, no hay que descansar; hay que caminar, y caminar ininterrumpidamente. Estás cansado, extenuado; precisamente esto se quiere: hay que estar cansados, hay que hallarse en el límite de las fuerzas. "No daña el estar extenuados por la búsqueda inútil del verdadero bien, con tal que se puedan tender los brazos al liberador" Según Pascal, el mismo Dios lo ordena. "La guerra más cruel que Dios pueda hacer a los hombres mientras se hallen en esta tierra consiste en dejarlos sin la guerra que ha venido a traernos. 'He venido a traer la guerra', dice; y para iluminarnos respecto de esta guerra: 'He venido a traer el hierro y el fuego'. Antes de su llegada, el mundo vivía en esta falsa paz.
Tal es la lección de Pascal, para ser más exactos, de este modo nos participa todo lo que ha oído en el tribunal de Dios. Evita todo lo que es querido a los hombres. Los hombres aman la firmeza, él acepta la inconstancia; los hombres aman la tierra sólida, él elige el abismo; los hombres aprecian, sobre todo, la paz interior, él celebra la guerra y la tempestad; los hombres aspiran al descanso, él promete la fatiga, una fatiga sin término; los hombres van a la caza de verdades claras y precisas; él confunde todos los papeles, lo confunde todo, transformando la vida terrena en un caos horrible. ¿Qué le es necesario? Ya lo dijo: nadie debe dormir.


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Wabi sabi

Encontrar la belleza en la simplicidad, la paz en lo imperfecto, lo impermanente y lo incompleto: estas palabras te inspirarán a bajar el ri...