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sábado, 30 de noviembre de 2013

La Noche de Getsemaní - Capítulo X (final)




X

En Pascal todo ha cambiado radicalmente. En otros momentos temía más que nada a la "razón" con sus sentencias, a la conciencia con sus "implacables" juicios. Ahora, sentencias y juicios ya no existen para él. Podríamos tal vez expresarnos con fuerza aún mayor: Pascal parece que siente cómo todo cuanto está prohibido por la razón y por la conciencia sea precisamente aquello que especialmente necesitamos. pero aquí, quizá, sería menester hacer una reserva para no dar pretexto a interpretaciones falsas. Recordemos que Pascal -al contrario que Descartes y otros filósofos- bajo el nombre de verdad no comprendía lo que cada uno podría ver cuando se la mostraran. Dios -afirma Pascal- quiere que algunos vean, que otros permanezcan ciegos. Y el ser ciegos o videntes no depende de nuestra voluntad: Dios engaña a quien quiere engañar, y no disponemos de ningún medio para obligarlo a revelar la verdad a todos. En consecuencia, la verdad no necesita esconderse a los hombres: vaga entre ellos, sin velo alguno, y quien no debe verla, no la verá: quiere decir que le falta el órgano necesario.
Quizá no esté fuera de lugar aquí cómo la teoría pascaliana del conocimiento no es tan original como puede parecer a primera vista. No es que Pascal la haya tomado de otros, la descubrió él personalmente o, para decir mejor, la encontró precisamente donde nadie va a buscar una teoría del conocimiento: esto es, en las Santas Escrituras. Pero otros filósofos, hasta paganos, habían ya dudado de algo. Platón decía a Diógenes que no tenía el "órgano" necesario para ver las "ideas"; y Plotino sabía que la verdad no era un "juicio obligatorio para todos". Para ver la verdad, enseñaba, hay que "sobrevolar" todas las cosas obligatorias, elevarse "más allá" de la razón y de la conciencia. Todo ello fue dicho por Platón y por Plotino, pero la historia nos ha hecho llegar cosas muy distintas. La historia nos dice: Platón nos enseña que la mayor desdicha consiste en volverse misólogos (o sea hostíl a la razón); y Plotino: arké un lógos kai pánta lógos (el principio es la razón, y todo es razón). La historia ha rechazado el resto como inútil, y las teorías contemporáneas del conocimiento (si bien apoyan casi todas a Platón y tienen en gran cuenta a Plotino) toman como punto de partida el aristotélico: "verdad es aquello que puede enseñarse a todos".
Ahora bien, Pascal afirmaba que no se puede comprender nada de la obra de Dios sin tener claro en la mente que él quiere "cegar" a algunos e "iluminar" a otros. Me parece que Pascal no lo ha dicho todo. Parece que Dios ya "ciega", ya "ilumina" a un único y mismo hombre: en consecuencia, ese hombre ya ve la verdad, ya no la ve. Y muy comunmente sucede que el hombre, al mismo tiempo, vea y no vea. Por esto, en las "últimas" preguntas -así como nos explica Pascal- no hay, no puede haber y no debe haber nada estable, nada cierto: y precisamente por esto él mismo parece formado de contradicciones. Pascal mismo nos hace saber que los pensamientos le acuden a la mente y le huyen según el capricho de ellos. En la serie sistemática de las deducciones sobrias que componen su teoría de la "apuesta" fulguran de pronto las palabras absurdas: "volverse autómatas". En una página glorifica la razón; en otra, brutal y desdeñosamente vuelve a colocarla en el lugar que le corresponde. Y el "Yo" declarado "odiable", y del que dice que "la verdadera y única virtud consiste en odiarlo", este "Yo" se vuelve la cosa más preciosa del mundo, mucho más preciosa que todas las virtudes abandonadas por Pascal a los discípulos de Pelagio y a los habitadores de los establos. La máxima: "El corazón tiene razones que la razón no conoce" se mezcla con todo, provocando las más inesperadas y milagrosas transformaciones. En realidad, volviendo su tesis, con igual derecho podría decirse: "La razón tiene razones que el corazón no conoce" Efectivamente es así. La razón hace oír sus exigencias sin tener en cuenta al corazón, y otro tanto hace el corazón sin tener en cuenta a la razón. El "corazón" -mas, ¿qué es este corazón misterioso?- dice con Job: "Si se colocara mi dolor sobre una balanza, se lo vería más pesado que la arena del mar". La razón contesta: "Si en una balanza se pusiera el dolor, aunque fuera el del universo entero, no podría levantar un solo granito de arena"
He aquí una nueva controversia, y de nuevo no se sabe quién la decidirá. La razón insiste: "El hombre es un débil junco perdido en los espacios infinitos: el menor soplo de viento, una gota de agua pueden matarlo; pero el viento, la gota de agua, el mismo universo inmenso no se dan cuenta de su fuerza, ni de la debilidad del hombre: por tanto, su fuerza es ilusoria e ínfima." ¿Es ésta una argumentación? ¿Se puede discutir y luchar con la evidencia? Naturalmente, la razón se opone: reconoce fuerza demostrativa solamente a esas verdades abstractas a la que no pueden destruir ni la gota de agua ni el universo inmenso. Tal potencia aniquiladora es para la razón una potencia delante de la cual -ateniéndose a sus leyes- todos deben inclinarse devotamente. La razón enseño a Pascal -y, antes aún, a los filósofos griegos- que el "yo es odiable" por no ser eterno, porque conoce la ghénesis y la ftorá, el nacimiento y la muerte; por ella le fue inspirada su ley fundamental: "Hay que tender a lo general". Tal regla ha servido como sonda y como base a toda la filosofía antigua y moderna, y sin ella no son posibles ni la ética ni la teoría del conocimiento. Pero el "corazón" odia lo "general". Delante de cualquier amenaza o promesa de la razón, no quiere tender a lo "general", así como no quiere reconocerle las cualidades de suprema legisladora. Pascal recurre a las "verdades" halladas en la Biblia para derrotar con su ayuda la razón y sus exigencias. Vosotros consideráis evidente que haya un fin para todo lo que tiene principio. Y halláis la muerte un acontecimiento tan "natural" como todos los otros acontecimientos naturales. Pero vuestra "evidencia" no es más que vuestra ceguera. Descartes, en su sabia ingenuidad, ha creído que Dios no quiere y no puede engañar a los hombres: una cosa así le está prohibida por la teoría del conocimiento y por la ética de los paganos. Pero ahora sabemos que hay otra teoría del conocimiento y otra ética; sabemos que Dios puede y quiere engañar a los hombres. Y su mayor engaño -del que fue víctima el mismo divino Platón- consiste en esta persuación: que todo lo que tiene un principio tiene también que tener un fin; y que, en consecuencia, la muerte es el hecho natural entre los hechos naturales. Por cierto, muchas cosas que tienen un principio tienen también un fin; pero no todas. Y en realidad, la muerte ("comprendida" por la razón como necesaria consecuencia de los principios por ella establecidos) es la cosa más incomprensible y menos natural de todo cuanto observamos en el mundo. Aún menos natural, el hecho de que los hombres hayan podido aceptar las verdades de la razón, amar lo "general", las "leyes", y odiar su propio "Yo"; que hayan podido experimentar tal interés por las verdades "abstractas" como para olvidar su propio destino: "La inmortalidad del alma nos preocupa tanto, nos toca tan profundamente, que hay que haber perdido el juicio para no preocuparse por saber que es" Y aún: "Nada es tan importante para el hombre como la eternidad. Y así, en nada es cosa natural hallar hombres indiferentes ante la pérdida de la vida y ante el peligro de una eternidad de miserias. Éstos, delante de todas las otras cosas, se muestran muy diferentes: medrosos aún para las más leves, las preven, las sienten; y aquel que pasa tantos días y tantas noches en la ira y en la desesperación por la pérdida de una dignidad o por alguna ofensa imaginaria a su honor, es el mismo que, tranquilo y sin emoción, sabe que ha de perderlo todo con la muerte. Es monstruoso advertir, en el mismo corazón y al mismo tiempo, tanta sensiblidad por las cosas mínimas, y tanta extraña insensibilidad por las mayores. Tal incomprensible aturdimiento y tal sobrenatural amodorramiento revelan una fuerza omnipotente que los produce.
Veis como cualquier cosa se altera en la mente de Pascal. La ética y la teoría del conocimiento griego, con su aversión por todo lo que es irracional, con su afirmación de que el "yo es odiable", con su tendencia a lo "general", con su creencia en el carácter "natural" de la muerte pierden todo su poder. Donde la "filosofía" encuentra la verdad y advierte la evidencia absoluta, Pascal ve el "aturdimiento" y el "sobrenatural amodorramiento". Y tal vez, ahora, ya no nos atreveremos a repudiar su exorcismo: "Humíllate, razón impotente". ¿Cómo podrá nunca el hombre librarse de los encantos sobrenaturales, si nuestras "verdades eternas" nos procuran solamente "aturdimiento" y "amodorramiento"; si vivimos en un reino hechizado? Despreciamos las supersticiones, estamos convencidos de que los exorcismos son absurdos: he aquí todavía otra de nuestras "verdades eternas". Pero esto podía valer mientras nuestra teoría del conocimiento y nuestra ética se apoyaban en la hipótesis de que Dios debía ser verídico y debía, a igual que los hombres, someterse a una ley superior. Ahora, si Dios quiere que unos sean ciegos y otros videntes, la cosa cambia de aspecto por entero: el exorcismo aparece como el único medio -si bien "sobrenatural"- para romper las evidencias-errores creados por una fuerza otro tanto sobrenatural; y la búsqueda de la verdad no debe ser ya una tranquila y desapasionada investigación. De ahora en adelante hay que confesar que solamente aquellos que "buscan gimiendo" lo hacen útilmente; de ahora en adelante el abismo del que no podía defenderse Pascal y su loco terror frente a este abismo son más deseables que la "estabilidad" y la "seguridad". Solamente el horror que el hombre experimenta cuando siente desaparecer la tierra bajo sus pies, y el de cuando cae en una profundidad sin fin pueden conducirlo a la "loca" resolución de repudiar la "ley" y de sublevarse contra todas las verdades reconocidas. He aquí por qué, en sus Pensamientos, Pascal habla largamente de las terribles condiciones de nuestra existencia terrenal.
La razón repite sus propias verdades: A = A - La parte es más pequeña que el todo - Dos magnitudes iguales a una tercera son iguales entre sí - Lo que tiene un principio tiene que tener un fin - La moral exige que la virtud se satisfaga en sí misma - que el yo humano, hostil por su naturaleza a cualquier ley, sea vuelto a la obediencia - que Dios mismo se someta a la ley…todas cosas que Pascal comprende; son cosas que sabe: vivió en las dos Romas, en la secular y en la espiritual; pasó tanto por la escuela de Epicteto y de Montaigne como por la de Descartes, así como pasaron todos sus tímidos amigos de Port-Royal. Hizo suyas todas las verdades abstractas y eternas, aprendiendo a reducirlas a una única verdad, por los hombres llamada Dios; aprendió que, entre los hombres, no hubo nunca otro Dios, y que el "poder de las llaves" fue confiado por Dios mismo a aquel que, en una sola noche, renegó de Él tres veces.
En el juicio final Pascal aprendió aún otra cosa. En contestación a su ruego: "Haz (oh Señor) que me considere en esta enfermedad como en una especie de muerte, separado del mundo, privado de todo lo que fue objeto de mi apego, solo ante vuestra presencia", Dios le ha enviado aquella "conversión de su corazón" por él esperada. "Solo ante vuestra presencia": de este deseo que Pascal experimenta de ponerse cara a cara con Dios (Plotino: fughé m´nu pros mónon) nació la decisión de llamar a Roma y al mundo a la presencia de Dios. He aquí lo que lo apartó del camino habitual; lo que le dio fuerza y audacia necesarias para hablar imperiosamente a la razón, que no admite ningún amo; lo que le ha enseñado a aplicar a los juicios netos y precisos su mágico: "Disípate", "humíllate, razón impotente". Se puede, y aún se debe, sacrificar todo para hallar a Dios; y lo primero nuestras "verdades eternas y abstractas", con que la filosofía positiva, en consideración a su abstracción -cierta- y su eternidad solamente presupuesta-, sustituye a Dios. Nunca se le podrá perdonar a Descartes, no se le debe perdonar: los hombres, por su culpa, fueron de nuevo cegados, reconducidos hacia aquel maravilloso "aturdimiento" y hacia aquel "amodorramiento" de que nos ha hablado Pascal. ¿Cómo sustraer el mundo al torpor? ¿Cómo arrancar a los hombres del poder de la muerte? ¿Quién inyectará la fuerza activa al exorcismo "Disípate"? ¿Quién nos ayudará a hacer de la "falta de claridad" nuestra "profesión"? ¿Quién nos dará la gran abundancia de renunciar a los bienes de la razón, de "volvernos autómatas"? ¿Quién hará que el dolor de Job venza en peso a la arena del mar?
Pascal contesta: "Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo". Dios mismo ha agregado sus sufrimientos a los de Job, y, hacia el fin del mundo, el dolor divino y humano, victoriosos, superarán el peso de la arena del mar. Durante esta espera -y aquí se halla lo esencial de la filosofía pascaliana, tan distinta de todo lo que habitualmente designamos con este nombre- "no buscamos la seguridad y la estabilidad" en nuestro mundo embrujado; no quedamos tranquilos; no dormimos…Tal mandamiento no es válido para todos, sino solamente para algunos y raros "elegidos" o "mártires". Si también ellos, a su vez, se duermen, como lo hizo ya el gran apóstol durante la noche memorable, el sacrificio de Dios habrá sido inútil, y la muerte triunfará definitivamente y para siempre. 

La Noche de Getsemaní, León Chestov - Editorial Sur, Buenos Aires 1958




La Noche de Getsemaní - Capítulo IX




IX

La característica más sorprendente de la filosofía de Pascal (filosofía tan poco semejante a eso que, entre los hombres, se ha convenido en considerar como verdad) consiste en el esfuerzo por librarse de la razón. Por cuanto reprimido el control de Port-Royal y por las tradiciones griegas de la teología, y aplicado a dar a sus afirmaciones carácter "obligatorio" -o sea justificarlas delante del tribunal de la razón-, siempre su "último" pensamiento (a través de la cadena de argumentos de que hizo uso, como conviene a un apologista que tome por principio la hipótesis de que la verdad divina -a igual que la humana- se encuentra en la "ley" a la que cada "Yo odiable" debe obedecer de manera absoluta) termina por estallar en una aguda disonancia. Hasta en su famosa Apuesta, en la que se propone demostrar matemáticamente que la razón quiere del hombre la fe; hasta en ese razonamiento arquitecturado tan "científicamente" pronuncia -como si repentinamente olvidara su tema- esa frase que ha escandalizado tanto: "Naturalmente, ello os hará creer y os volverá autómatas". Si su imaginario interlocutor contesta: "precisamente eso temo", Pascal rebate, con la mirada clara y serena, como si en verdad se tratara de algo del todo natural: "¿Por qué? ¿Qué tienes que perder? ¿Qué pierdes si renuncias a la razón? Si estas palabras la hubiera dicho otro y no Pascal, nos encogeríamos de hombros, con una estruendosa carcajada. Evidentemente, tales palabras son de un tonto o de un loco. Pero no en vano tales expresiones pascalianas, como "volverse autómatas", "¿qué tienes que perder?" provocan alarma tal aún entre nuestros contemporáneos, a medias adormecidos y hechizados por los encantos de las teorías modernas del conocimiento. Así como, según nuestro parecer, en estas palabras -como en la caja de Pandora- están todas las absurdidades posibles, también están todos los horrores. Destapad la caja, y a la luz del sol saldrán todos esos non pudet, quia pudendum est, prorsus credibile quia ineptum, certum quia impossibile, y junto con cada "Yo" humano considerado por la razón sumiso y silencioso, los numerosos "Yo" que el mismo Pascal temía y odiaba con tanta fuerza. Con todo ello Pascal apotolma kai leghei, se atrevió y dijo, olvidando todos los terrores y todas las desdichas que nos amenazan, dijo lo que quería decir. Escribamos mas bien que no olvida y que, con cognición de causa, camina hacia el enemigo. La razón puede muy bien intentarlo todo para convencerlo, pero es inútil. Sus alabanzas o sus amenazas no logran el propósito. ¿De dónde proviene ello? ¿Que sea, según la expresión de Platón, una reminiscencia -anámnesis- o bien eso que nosotros desdeñosamente llamamos hoy atavismo? Pascal recuerda la narración bíblica de la caída, y sobre él la razón no tiene poder. Como les sucede a los demás, como poco antes le sucedía a él mismo, ya no tiene miedo de que se le considere un tonto; se burla de la virtud satisfecha de sí misma, y de sus fieles vasallos, los habitantes de los establos. recordemos su retroceso delante de la única verdad abstracta proclamada por el Renacimiento, el odio por Descartes, el desprecio por el Summum bonum de los antiguos filósofos.
Existe solo un medio para evitar todo esto: renunciar a las veritates aeternae, a los frutos del árbol del conocimiento; "volverse autómatas", no creer en nada de cuanto afirma la razón; evitar aquellos puntos que poseen las "luces", porque la luz hace ver la mentira; amar las tinieblas: No se nos reproche la falta de claridad, porque nosotros la profesamos". Pascal, inspirado por la revelación bíblica, crea una "teoría del conocimiento" que por entero quema las naves con nuestras ideas sobre la esencia de la verdad. La primera, fundamental premisa, el axioma del conocimiento, es éste: todo hombre normal puede ver la verdad cuando se le muestra. Pascal, para quien la Biblia es la principal fuente del conocimiento, declara: "si no se toma como principio el que Dios ha querido (Port-Royal, naturalmente, ha salteado este "querido") cegar a unos para iluminar a otros, nada se puede comprender de sus obras". Nadie, creo, en toda la historia de la filosofía se ha atrevido a proclamar "principio" más ofensivo para nuestra razón, y hasta Pascal nunca llegó a tanta temeridad (excepto cuando habla del Summum bonum de los filósofos y de los caballos que realizan, es sus establos, el ideal de la virtud estoica). Repito que la condición fundamental de la posibilidad del conocimiento consiste en esto: la verdad puede ser vista por todo hombre normal. Así la había formulado Descartes: Dios no quiere ser engañador ni puede serlo. Ahora Pascal afirma que Dios puede ser engañador y quiere serlo. A algunos, algunas veces, revela la verdad; pero ciega deliberadamente a la mayor parte de los demás, para que la verdad no les llegue. ¿Quién tiene razón: Pascal o Descartes? He aquí aún la maldita pregunta que ya muchas veces nos ha embarazado: ¿cómo decidir? ¿y quién decidirá dónde se encuentra la verdad? No podemos dirigirnos a la razón, ni siquiera podemos dirigirnos, a igual que Descartes, a la moral: la moral nos dice que engañar a los hombres sería indigno de Dios; ahora Pascal nos dice que el establo es el lugar de la moral. estamos reducidos a la desesperación, y Pascal triunfa. esperaba este momento. Ebrio de gloria puede gritar: "Humíllate razón impotente; calla naturaleza imbécil. Aprended que el hombre excede infinitamente al hombre, y aprended de vuestro señor vuestra real condición, que ignoráis". era lo que necesitaba Pascal Siente que "esta hermosa razón corrompida ha corrompido todo"; siente que en librarse reside la única salvación del hombre. hasta que la razón se convierta en aquello por lo que nos laudabiles vel vituperabiles sumus; hasta que encontremos el Summum bonum en sus alabanzas, y el Summum malum en sus quejas, no saldremos de nuestra situación desesperada.
"La razón tiene un hermoso gritar: no puede dar valor a las cosas". Nuestra razón, con las verdades que le son propias, hace de nuestro mundo el reino encantado de la mentira. Vivimos como tantos hechizados, y lo sentimos. Pero sobre todo tememos el despertar, y los esfuerzos que hacemos para permanecer en nuestro sopor, cegados por Dios o, para decir mejor, por las "verdades" que nuestro antepasado recogió del árbol prohibido, los consideramos como la actividad natural de nuestra alma. Consideramos como amigos nuestros y benefactores a aquellos que nos ayudan a dormir, que nos acunan, que glorifican nuestro sueño; y en aquellos que tratan de despertarnos vemos a nuestros acérrimos enemigos, casi como malechores. No queremos pensar, no queremos estudiarnos a nosotros mismos, para no ver la realidad verdadera. He aquí por qué el hombre acepta cualquier cosa con tal de evitar la soledad. Busca a sus semejantes, a los hombres que sueñan, con la esperanza de que los "sueños en común" (Pascal no teme decir "sueños en común") lo confirme aún en sus ilusiones. En consecuencia, el hombre odia sobre todo la Revelación, por ser ella el "despertar", la liberación de las cadenas impuestas por las verdades "abstractas", a las que los descendientes del decaído Adán se han habituado a tal punto que no pueden percibir la vida fuera de ellas. La filosofía ve el bien supremo en un reposo perfecto, o sea en un sueño profundo sin visiones inquietantes. Por esto, con mucho cuidado aleja de sí lo incomprensible, lo enigmático, lo misterioso, y evita todas esas preguntas para las que la gente no tiene respuestas listas.
Pascal, en cambio, en las cosas incomprensibles y enigmáticas que nos circundan ve la señal de una existencia mejor, y considera blasfemo cualquier intento que se haga para simplificar la vida, para llevar lo que no se conoce a lo conocido. Recordad lo que nos dice Pascal en sus Pensamientos: A cualquier sujeto a que aplique su mente, la realidad se arranca, se rompe, pierde todo significado, toda unidad interior: si la nariz de Cleopatra hubiera sido un poco más corta, la historia universal habría sido distinta; nuestra justicia tiene por límite un arroyo: de este lado de él no se debe matar; pero del otro lado está permitido matar; los reyes y los jueces son tan miserables como los súbditos y los acusados, etc. Éste no es un "juego de la inteligencia": todo ello tiene raíces profundas en su alma. Realmente está convencido de que la historia universal se encuentra determinada por accidentes ínfimos; y realmente lo ve así. Si viviera en nuestros días, en los que todos ven en la historia universal -repitiendo a Hegel- el desarrollo del espíritu, no renegaría de sus palabras. Si Hegel y Pascal fueran enfrentados (hipótesis admitida por nosotros), ¿quién puede decir que el tribunal supremo no hallaría mayor "penetración" en la breve frase pascaliana que en los grandes volúmenes hegelianos?
¿No podéis comprenderlo, no podéis aceptarlo? Sin embargo, si deseáis estar con Pascal disponéis de un solo camino: "volveros como autómatas" y, con él, repetir continuamente las palabras que encantan: "Humíllate, razón impotente; calla, naturaleza imbécil". El tribunal supremo ignora nuestras veritates aeternae. Precisamente de él recibe Pascal instrucciones y la autorización de repudiar nuestra razón impotente y nuestra naturaleza estúpida. Escuchadlo: "¡Gran asombro produce, sin embargo, cómo el misterio más alejado de nuestro entendimiento, esto es aquel de la transmisión del pecado (original), sea algo sin lo cual no podemos tener conocimiento alguno de nosotros mismos! Porque no hay nada que más choque a nuestra razón cuanto el decir que el pecado del primer hombre haya vuelto culpables a aquellos que parecían incapaces de tener parte en él, tan alejados están de la primera fuente. No solo nos parece imposible una transmisión así, sino que también nos parece injustísima; ¿qué hay, en realidad, más contrario a las reglas de nuestra justicia mezquina que condenar eternamente a un niño incapaz de razón, por un pecado en que parece ha tenido muy poca parte, desde el momento en que ha sido cometido seis mil años antes de su nacimiento?. por cierto, nada nos choca más duramente que una doctrina como ésta; sin embargo, sin este misterio, el más incomprensible de todos, somos incomprensibles a nosotros mismos. El nudo de nuestra condición extrae de este abismo sus giros y sus volutas; de modo que el hombre es más inconcebible sin este misterio de cuanto este misterio es inconcebible al hombre"
El pensamiento que constituye el fondo de esta página nunca llegará a alcanzar esas verdades eternas comunicadas a los hombres por las luces de la razón. Pascal lo sabe exactamente. Nada fuera del misterio de la caída y del pecado original podría indignar más nuestra razón y nuestra conciencia (él mismo nos lo hace notar). El pecado original se nos aparece como una encarnación de todo lo que consideramos inmoral, vergonzoso, absurdo, imposible; sin embargo- nos dice Pascal-, aquí está la verdad mayor. A igual que Tertuliano y que Lutero, claramente ve todos los pudet, ineptum, impossibile que forman la narración bíblica; y ello no obstante nos declara: Non pudet, prorsus credibile est..., y hasta la última palabra, el triunfal: certum. En esta misma afirmación está la "conversión" de Pascal: lo confirma la hoja de papel que llevaba cosida en su ropa. Aquí se aparta definitivamente de la verdad griega: "Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, no de los filósofos y de los sabios"; de esta manera, con estas frases breves, puestas rápidamente sobre el papel, formula el resultado al que llegó.
Así, siempre es el mismo "abismo", el mismo inextricable nudo de contradicciones inconciliables. Todo hay allí; y también la frase terrible: "Dios, por qué me has abandonado?", y las lágrimas de alegría, y las dudas, y la certidumbre.
Y, por encima de todo esto, un deseo único, loco y apasionado: olvidar el universo, olvidarlo todo, excepto a Dios; olvidar toda regla, toda ley, todas esas verdades eternas y abstractas en que la filosofía coloca nuestro bien supremo; soportar todos los sufrimientos físicos, y también los morales, para alcanzar la meta: "Eternamente en la alegría por un día de prueba en la tierra"
La libertad perdida por Adán y la primera bendición de Dios deben ser restituidas al "Yo odiable". Y junto a estos grandes dones del Creador, ¡no tienen ningún valor nuestras terrenas "verdades eternas", nuestras virtudes!






lunes, 25 de noviembre de 2013

La Noche de Getsemaní - Capítulo VIII




VIII

Henos de frente a las mayores dificultades que encuentra la historia del pensamiento humano. El hecho mismo de formular la pregunta, tal como la he formulado parece inadmisible. ¿Qué hay que elegir? ¡Como si la verdad "objetiva" tuviera en cuenta lo que es mejor o lo que es peor! Como si dependiera de los hombres elegir entre Dios, el creador omnipotente que extrajo de la nada el universo con un libre acto de su voluntad, y la "ley", principio eterno y abstracto, del que el universo y los seres derivan con esa igual ineluctabilidad que, en matemáticas, hace brotar toda la serie de los teoremas, de las proposiciones y de los axiomas. ¡Cuál es la fuerza de estos "mejor" y de estos "peor" frente a la verdad objetiva? Y luego -si puede formularse pregunta semejante- ¿a quién le es dado contestar? ¿A Aristóteles y Descartes? ¿A Isaías y san Pablo? por más que sean pensadores geniales o profetas inspirados, son también hombres, y no puede confiarse a ellos el poder de decidir la suerte de la creación. En realidad, los pensadores geniales y los profetas inspirados han sido muchos: ¿quién podrá garantizarnos que lleguen a un acuerdo sobre una misma solución? Por cierto, no se pondrán de acuerdo, puesto que ahora están en desacuerdo. Para que el acuerdo fuera posible sería necesario abolir todos esos "mejor y todos esos "peor". Ellos han sido siempre el principio de la desunión y de la lucha (al igual que cada "Yo" humano). Sería menester por ello someterse a un principio impersonal y carente de pasión, de modo tal que quedara por encima de los "mejor" y de los "peor", y que -al mismo tiempo- poseyera ese carácter obligatorio que asegura la obediencia, in saecula saeculorum, aún de parte de los seres más recalcitrantes. Es el camino elegido por los filósofos y, seguramente, no sin "bastantes razones". Por los elogios y por las amenazas de la razón fueron obligados a olvidar enteramente la existencia del Déspota.
Por completo distinto es el caso de Pascal. Como al profeta Isaías y como a san Pablo, tampoco a él se le concedió elegir. Y no poseía ninguna "razón suficiente" para tomar su decisión. En un momento dado, una fuerza y un choque incomprensibles lo impulsaron justamente en dirección contraria a aquella a que se aferran los hombres. Y el choque enigmático experimentado por Pascal no se asemeja en nada al que ordinariamente tal palabra significa; y en cuanto a la dirección, si queremos comprenderla hay que olvidar los antiguos valores de la palabra. Recordamos lo que nos refieren sus biógrafos y los "solitarios" que se le acercaron: su enfermedad terrible, "incongruente"…Hasta sus directores jansenistas lo habían cuidado de la enfermedad y habían tratado de esconderle el abismo.
Parece que la "enfermedad" y el "abismo" hayan sido ese choque enigmático, ese don benéfico sin los cuales Pascal no habría descubierto nunca sus verdades. Como Nietzsche, puede repetir: "A una enfermedad debo mi filosofía". Todos los Pensamientos no son más que una descripción del abismo. Un gran milagro ha sucedido delante de nuestros ojos. Pascal se acostumbra al abismo y comienza a amarlo. La tierra firme falta debajo de sus pies, y ello asusta, asusta terriblemente. Queda sin sostén, un precipicio se ha abierto bajo sus pies, y brota un grito agudo: "¡Dios, Dios, por qué me has abandonado?" Parece que todo ha terminado. Efectivamente, algo termina, pero otra cosa comienza. Nuevas e incomparables fuerzas se han manifestado, han nacido nuevas revelaciones. Desvanecidos los sostenes sólidos, ya no es posible caminar como una vez se caminaba; hay, entonces, que volar. En una empresa semejante, las viejas verdades abstractas, tan sólidamente entrelazadas por el milenario trabajo del pensamiento, no solamente no ayudan al hombre, sino que lo estorban. Estas veritaes aeternae son para él el estorbo más grave; inexorablemente, no dejan nunca de repetir que el hombre -por su misma naturaleza- debe caminar y no volar; tender hacia la tierra, no hacia el cielo; y repiten que allá, donde reinan el horror y la angustia, no se puede encontrar nada bueno. Al no haber cosa más terrible que la violación de la "ley" y que la desobediencia al soberano autócrata (la razón, qua nos laudabiles vel vituperabiles sumus), es entonces necesario abandonar las tentaciones temerarias, someterse humildemente a lo inevitable, divisar en esta humildad la virtud, y en esta virtud buscar nuestro "Bien Supremo". La sumisión a las leyes de la razón y a la moral razonable es el intento más elevado del hombre. Dios, Dios mismo, delante de todo y por sobre todo, exige del hombre sumisión y obediencia.
A los ojos de los hombres Pascal es uno de esos raros e incomprensibles elegidos que sintieron (o a quienes ha sido concedido sentir) cómo la "obediencia" es el comienzo de todos los horrores terrestres, el comienzo de la muerte. "La ley ha llegado para que el delito aumente", nos dice el apóstol san Pablo; la ley es solamente un martillo en las manos de Dios para romper la natural seguridad del hombre, que cree que hay principios eternos, abstractos y soberanos por encima de los seres vivientes. O bien: la ley llegó cuando el hombre, olvidado del consejo dado por Dios, acercándose al árbol del bien y del mal cogió y saboreó sus frutos: estos innumerables pudet, ineptum, impossibile, que sostienen el edificio de nuestra ciencia. La luz de la ciencia, desconocida antes de la caída hizo conocer al hombre sus límites: le indicó los pretendidos límites de lo posible y de lo imposible, de lo que está permitido y de lo que no lo está; le mostró el principio enigmático y el fin inevitable. Hasta que no tuvo "luz", no tuvo límites; todo era posible, todo era "perfecto", como está escrito en la Biblia; había un principio, pero no había un fin, y la palabra "necesidad" tenía tan poco sentido como el que tiene, hoy, la palabra "libertad". La luz lleva consigo la vergüenza delante de la desnudez paradisíaco, y el miedo de la noche terrenal. Es imposible "explicar" todo esto a los hombres. Toda explicación es una aclaración, y la aclaración muestra hasta aquello de que hay que liberarse, y contra lo que es necesario luchar. Descartes buscaba cosas claras y precisas, los filósofos antiguos hicieron divina a la razón, y todos nosotros queremos la claridad y seguimos a la razón que nos devela todos los misterios, excepto uno: la existencia de un abismo bajo nuestros pies. Hasta los solitarios de Port-Royal, compañeros de Pascal, rehusan aceptar la narración bíblica de la caída en toda su extensión enigmática. de acuerdo con ellos -y alguna vez Pascal habla de la misma manera-, el pecado del primer hombre no ha sido el de haber probado del árbol del conocimiento del bien y del mal; por el contrario, habría sido un bien, porque el saber es el Summum bonum por encima del cual no hay nada en el mundo. La desdicha sobrevino solamente porque Dios tuvo la fantasía de prohibir al hombre que tocara ese árbol. El pecado original consiste en la desobediencia de Adán. Dios, a igual que los hombres, a igual que esas esencias ideales creadas por los hombres -la razón y la moral- perdona todo, menos la desobediencia. Así, si Dios hubiera prohibido comer ciruelas o peras, y si Adán le hubiera desobedecido, las consecuencias no habrían sido distintas: las enfermedades, los dolores, por fin la muerte. Y la raza de Adán habría sido tan responsable de su desobediencia como lo es hoy. Así se interpreta habitualmente la caída, desde que una interpretación semejante ha sido formulada por los hombres formados en el helenismo. En Dios quiere descubrirse el principio "absoluto" y "abstracto"; y este principio -como todos esos que conocemos- castiga automáticamente, por tanto implacablemente, todos los intentos que los seres vivientes hacen para alejarse -siguiendo una elección libre- de las leyes emanadas de él. Así, no obstante las palabras del profeta Isaías y las epístolas de san Pablo, se interpretaba la Biblia. En ello no hay nada que pueda maravillar: desde que la razón (esta razón, llegada a formar parte de un mundo a causa del error de Adán) se pone a interpretar la Biblia, necesariamente sustituye a esa Revelación que le es extraña con sus propias verdades. Y como la Revelación debe ser "razonable", Dios mismo teme los veredictos de la razón, ¡y en sus alabanzas halla el propio Summum bonum!


Cap I: http://castalia-tegularius.blogspot.com.ar/2013/09/la-noche-de-getsemani.html
Cap II: http://castalia-tegularius.blogspot.com.ar/2013/09/la-noche-de-getsemani-capitulo-ii.html
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viernes, 22 de noviembre de 2013

La Noche de Getsemaní - Capítulo VII




VII

Pascal se afana demasiado para convencernos de que "el yo es odiable"; en realidad, emplea todas sus fuerzas para defender nuestro "Yo" contra las exigencias de las verdades abstractas y eternas. En esta lucha, su cinturón de hierro es solamente un arma; otras armas son su enfermedad y su "abismo", que los admiradores quisieran eliminar de su biografía. Si no hubiera encontrado el "abismo", podríamos decir que Pascal habría sido el de las Provinciales. Mientras un hombre siente bajo los pies tierra firme no se expone al riesgo de chocar con la razón y la moral. Solamente condiciones de vida excepcionales pueden librarnos de las verdades abstractas y eternas que regulan el universo. Sin "locura" no nos volvemos contra la ley. Recordemos a nuestro Nietzsche, que invoca de los dioses la "locura", pues le era necesario matar la ley; o, para hablar de manera que es la suya, tenía que anunciar a Roma y al mundo su "más allá del bien y del mal"
Hay que tener estas cosas delante de los ojos de la mente para comprender el odio de Pascal por el estoicismo, por los discípulos de Pelagio; para comprender el impulso que lo lleva hacia san Agustín; y, por medio de san Agustín, al apóstol san Pablo; y, por medio de san Pablo, a ese pasaje de Isaías, a esa narración bíblica de la caída a la que se unió san Pablo. La misma pregunta hallada por Lutero un siglo antes se le presenta también a Pascal: ¿de dónde proviene la salvación del hombre? ¿de sus obras, esto es, de su sumisión a las leyes eternas, o bien de esa fuerza misteriosa que se llama -en el no menos misterioso lenguaje de los teólogos- la gracia de Dios? El problema de Lutero hizo sobresaltar a Europa, a todo el mundo cristiano. Entonces parecía que no podía ya existir ningún problema, parecía que la historia -desde mucho tiempo- hubiera logrado resolverlos todos, eliminando así todos esos problemas que se presentan al hombre. Desde más de mil años Pelagio estaba condenado, y san Agustín, era considerado por todos como una incontestable autoridad. ¿Qué se hacía, entonces, necesario? En efecto, la victoria no era con san Agustín, sino con Pelagio: el mundo aceptaba vivir sin Dios, pero no podía existir sin la "ley"; era posible venerar a san Pablo y las Santas Escrituras, pero había que vivir según la moral de los estoicos y la doctrina de Pelagio. Ello apareció muy claramente en la famosa disputa surgida entre Lutero y Erasmo a propósito del libre arbitrio. Erasmo, con la sutileza y la perspicacia que le eran propias, de súbito -en su diatriba de De libero arbitrio- había propuesto a Lutero el terrible dilema: si nuestras buenas obras (o sea una vida de acuerdo con las leyes de la razón y de la moral) no nos salvan, y si para salvarse existe solamente la gracia de Dios, quien arbitraria y libremente da esta gracia a algunos rehusándola a otros, ¿dónde está, entonces, la justicia? ¿Quién se tomará la molestia de una vida justa? ¿Cómo justificar un Dios que del arbitrio mismo hace un principio? Erasmo no quería discutir ni con la biblia ni con san Pablo. Condenaba, a igual que todos, a Pelagio y aceptaba la doctrina de san Agustín sobre la gracia, pero no podía admitir este monstruoso pensamiento: que Dios se encuentre "más allá del bien y del mal"; que nuestro "libre arbitrio", nuestro consentimiento en someternos a las leyes no se tenga en cuenta delante del tribunal supremo; que, por fin, delante de Dios el hombre sea desposeído de toda defensa, hasta de la justicia. Así escribía Erasmo, así pensaban y aún piensan casi todos los hombres; antes bien, sencillamente, podría decirse: todos los hombres.
A la diatriba de Erasmo contestó Lutero con el De servo arbitrio, su libro más fuerte y terrible. Como muy raramente sucede en las disputas, Lutero no solo no busca debilitar la argumentación de su adversario, sino -al contrario- hace todo lo posible por reforzarla. Con una insistencia mayor que la de Erasmo subraya la "incongruencia" de la doctrina de san Pablo respecto de la gracia. Son de Lutero estas afirmaciones, inauditas por su temeridad: Hic est fidei summus gradus, credere illum esse clementem qui tam paucos salvat, tam multos damnal; credere justum qui sua voluntate nos necessario damnabiles facit, ut videatur, referente Erasmo, delectari cruciatibus miserorum et odio potius quam amore dignus. Si igitur possem ulla ratione comprehendere, quomodo is Deus misericors est, qui tantam iram et iniquitatem ostendit, non esset opus fide (El más alto grado de la fe consiste en creer clemente a aquel que salva tan pocas almas y que condena tantas; creer justo a aquel que por su voluntad nos hace necesariamente condenables, de modo que parece -como dice Erasmo- extraer goce de nuestras torturas, y digno mas bien de odio que de amor. Ahora, si se pudiera comprender con un sistema cualquiera cómo puede ser misericordioso un Dios semejante, que muestra tanta cólera y tanta iniquidad, no habría necesidad de fe.)
A Erasmo se lo oía quejarse de la "incongruencia" y de la "injusticia"; a Lutero (lo veis) lo entusiasma; Erasmo, con sus objeciones, le ha dado las alas, le ha inspirado la audacia de decir lo que había callado hasta entonces. Lutero, como Pascal, tenía su "abismo"; y, por muchos años, como Pascal, se había defendido usando una "silla": y la "ley" era su "silla". El repentino descubrimiento de que la ley no salva, que solamente es -en la superficie del abismo- una telaraña delgada que esconde por un período determinado la perdición, fue su más profunda y horripilante experiencia. Lutero era un monje, había aceptado y observado conscientemente los difíciles votos monásticos, en la esperanza de salvar su alma con las propias "obras buenas". Y el mismo Lutero, como contó luego, se convenció de repente que, al aceptar esos votos, había contrariado la voluntad de Dios y perdido su alma. semejante experiencia es tan extraordinaria, tan poco semeja a lo que generalmente sucede a los hombres, que muchos rehusan prestarle fe, o la interpretan de manera tal de poderla "conciliar con nuestras habituales ideas respecto de la vida interior de los hombres". Pero se puede, debe creerse a Lutero. No tenemos el derecho de repudiar una experiencia, aunque sea extraordinaria, aunque sea contraria a todas nuestras ideas a priori. Ya he señalado cómo la misma cosa le ha sucedido a Nietzsche, y cómo aquí se encuentra el origen de su frase "más allá del bien y del mal", que sencillamente es una moderna traducción de la sola fide de Lutero. O nosotros nos engañamos, y por mucho, o bien la visión de san Pablo a lo largo del camino de Damasco es un caso análogo: a san Pablo, que perseguía a Cristo en nombre de la "ley", Él se le apareció de "repente" (¡Oh, cuán precioso es este de "repente" y cuán poco la filosofía sabe utilizarlo, a causa del error de sus métodos tradicionales, y por el temor que experimenta delante del "Yo" irracional!), y está claro que la ley había venido "para que aumentara el delito" (ina pleonáse to paráptoma). Es difícil imaginarnos la sacudida sufrida por el hombre al imaginar semejante "descubrimiento", y más difícil aún el imaginarnos cómo el hombre puede -después- continuar viviendo. La ley, las leyes guían el mundo; recordamos que Horacio, junto con los estoicos, afirmaba: Si totus illabatur orbis,impavidum ferient ruinae; Hegel, a igual que él, se jacta del mismo valor que los filósofos paganos, y de no temer, aunque el cielo se le cayera sobre la cabeza. Pero con las leyes que sostienen el cielo, caen en la misma caída las leyes que sostienen el valor y las virtudes paganas. Sin embargo, estas virtudes ¿son en verdad virtudes? ¿No tiene razón san Agustín cuando dice: Virtutes gentium potius vitia sun? ¿Y Horacio, Epicteto, Marco Aurelio y nuestro Hegel son los hombres menos virtuosos del mundo, dignos de ser imitados? Con Lutero, ¿no deben todos quizá repetir la confesión, la terrible traducción que nos da de su voto monástico: Ecce, Deus, tibi voveo impietatem et blasphemiam per totam meam vitam? (He aquí, Dios mío, que para toda mi vida te consagro la perversidad y la blasfemia). La sumisión a la ley es el original de toda perversidad; y el máximo de la perversidad consiste en hacer divinas las leyes, estas "verdades eternas y abstractas que dependen de la única verdad" de que nos ha hablado Pascal.
Pero también en la Biblia -se nos dirá- hay algunas leyes que Moisés trae del Sinaí: ¿para qué sirven? Dejemos hablar a Lutero, quien nos dirá lo que Pascal oye en el tribunal supremo delante del cual presenta su causa contra Roma y contra el mundo: Deus est Deus humilium, oppressorum, desperatorum et eorum, qui prorsus in nihilo redacti sunt, ejusque natura est exaltare humiles, cibare esurientes, illuminare caecos, miseros et afflictos consolari, peccatores justificare, mortuos vivificari, desperatos et damnatos salvari, etc. Est enim creator omnipotens ex nihilo faciens omnia. Ad hoc autem suum naturale et proprium opus non sinit eum pervenire nocentissima pestis illa, opinio justiciae, quae non vult esse peccatrix, immunda, misera et damnata, sed justa, sancta, etc. Ideo oportet Deum adhibere malleum istum, legem scilicet, quae frangat, contundat, conterat et prorsus ad nihilum redigat hanc belluam cum sua vana fiducia, sapientia, justitia, potentia, ut tandem suo malo discat se perditam et damnatam (Dios es el Dios de los humildes, de los oprimidos, de los desesperados y de aquellos que están enteramente desheredados; su naturaleza es la de exaltar a los humildes, nutrir a los hambrientos, iluminar a los ciegos, consolar a los pobres y a los afligidos, justificar a los pecadores, resucitar a los muertos, salvar a los desesperados y a los condenados… En realidad es el creador omnipotente que de la nada ha hecho todas las cosas. Pero en el llevar a cabo la tarea que le es propia y natural es impedido por la más dañosa de las pestes: la conciencia de la justicia, que no quiere reconocerse pecadora, inmunda, miserable y condenada, sino justa, santa… Es necesario entonces que Dios traiga este martillo -o sea la ley- que rompe, aplasta, maja y reduce enteramente a la nada semejante bestia salvaje con su inútil confianza, su sabiduría, su justicia, su poder, para que se sepa por fin perdida y condenada por su mal). Tales son los orígenes y el destino de la "ley", de eso que los filósofos reputan es la verdad eterna y abstracta, por ello última y divina. Pero he aquí la conclusión de Lutero: Ideo quando disputandum est de justitia, vita et salute aeterna omnino removenda est ex oculis lex, quasi nunquam fuerit aut futura sit, sed prorsus nihil est (Cuando debe discutirse en torno a la justicia, la vida y la salvación eterna, es menester totalmente alejar la ley de nuestros ojos, como si nunca hubiera existido, o no deba nunca existir; como, en una palabra; si nada fuera). Con pesar, no puedo citar todo lo que dice Lutero en su comentario a la Epístola a los Gálatas, a propósito de las palabras de san Pablo: Lex propter transgressionem apposita est. Toda su lucha con Roma, de una audacia nunca vista, ha sido una lucha con la "ley", con las verdades "abstractas y eternas", a las que el catolicismo -aún después de la condena de Pelagio- no ha podido nunca renunciar. Él mismo, mejor aún que sus adversarios, comprendía hasta qué punto se había dejado arrastrar. Claramente veía abrirse bajo sus pies un abismo que amenazaba tragarlo, no solo a él, sino tragar también al mundo. A igual que todos, sabía que la "ley" es la base de todo. Y escribió: Nec ego ausim ita legem appellare, sed putarem esse summum blasphemiam in Deum, nisi Paulus prius hoc fecisset. (No me habría atrevido a definir de esta manera a la ley, sino que la habría considerado la mayor blasfemia a Dios, si ya antes no lo hubiera hecho Pablo.)
No estuvo menos afligido san Pablo por su descubrimiento; tampoco él se habría atrevido a decir lo que dijo, si no se hubiera podido -a su vez- "apoyar" en el profeta Isaías, cuya temeridad lo atraía y lo asombraba al mismo tiempo. "Isaías se atrevió y dijo -Esaias de apotolma kai leghei-: fui encontrado por aquellos que no me buscaban. Claramente me manifesté a aquellos que nada pedían de mí." ¿Cómo aceptar tales afirmaciones temerarias? Dios, Dios mismo falta a la ley suprema de la justicia: se manifiesta a aquellos que no piden, es hallado por aquellos que no lo buscan. ¿Es acaso posible tratar con un Dios hecho de este modo, el Dios de los filósofos, esto es, la verdad abstracta y única? ¿Y no han tenido razón el Renacimiento, que se había apartado del Dios de la Biblia, y Descartes, que -propenso a las aspiraciones de su tiempo- ha intentado "prescindir de Dios"? ¿Y Pascal, que llamaba a los hombres delante del tribunal del Altísimo, no ha traicionado la obra humana común, no es un apóstata? ¿Dónde está la verdad? ¿Qué hay que elegir?


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jueves, 21 de noviembre de 2013

La Noche de Getsemaní - Capítulo VI




VI

Pascal se atrevió a hacerlo: de aquí el carácter paradojal, de aquí también la fuerza, el potente atractivo ejercido por su filosofía. Las alabanzas y las aprobaciones, los lamentos y reproches de la razón (de esa razón qua nos laudabiles vel vituperabiles sumus, y que, ateniéndonos a la doctrina de los estoicos y de los discípulos de Pelagio, es única en poder elevar o disminuir a los hombres), de repente se vuelven para él adiáfora, indiferentes.
La inversión es total. Indiferente, según la concepción griega, era lo real; para Pascal, indiferente es el reino de las ideas. El Summum bonum de los filósofos se vuelve para él objeto de burlas continuas y extremadamente mordaces: "Aquellos que os creen", escribe de esos filósofos, "son los más vacíos y los más estúpidos..." Y aún, con tono más provocador y fuerte: "Los animales", dice en alguna parte, "no se admiran entre ellos. Un caballo no admira a su compañero. No es que les falte emulación en la carrera, pero no comporta consecuencias: porque, vueltos al establo, el más lento y desgarbado no cede su avena al otro, como los hombres quieren que se haga con ellos. La virtud de aquellos se satisface en sí misma." De este modo Pascal encuentra el ideal de los estoicos -la virtud como recompensa de sí misma- realizado en los establos. Se sabe que san Agustín experimentaba desmesurado disgusto por el estoicismo, denigrándolo de todas las maneras, siempre, viniera o no viniera a cuento. Si no pronunció la frase que se le atribuyó largamente: virtutes gentium splendida vitia sunt (las virtudes de los gentiles son vicios maravillosos), manifestó por lo menos un juicio casi semejante: virtutes gentium potios vitia sunt (las virtudes de los gentiles son mas bien vicios). Sin embargo, nunca se le ocurrió buscar o encontrar la realización del ideal estoico cerca de los animales: estaba demasiado apegado a la filosofía antigua, y su "cristianismo" estaba demasiado embebido de helenismo.
Tampoco a Pascal le fue fácil sustraerse al poder de la ideología que dominaba en su época. Se ríe de los estoicos; se siente indignado por la virtud "que se satisface en sí misma", o, para decirlo con lenguaje moderno, por la "moral independiente": encuentra que su lugar está en el establo, encuentra que corresponde a los caballos y no a los hombres. Ello no le impide declarar, hasta la saciedad: "El yo es odiable", principio en que la moral está otro tanto contenida plenamente como en este otro que ridiculiza y rechaza: "La virtud se satisface en sí misma". Toda moral, sea la de Epícteto o de Marco Aurelio, de Kant o de Hegel, alcanza la propia fuerza en el odiar el yo humano. ¿Qué quiere decir esto? ¿Pascal vuelve, como san Agustín, a la moral? ¿A las teorías de Pelagio? Así piensan muchos críticos, deseando ver en él un moralista; pero es un grave error.
Por cierto, Pascal había heredado de la filosofía antigua la idea de que "el yo es odiable". Ello no obstante, el odio de nuestro yo tiene para él un significado muy distinto de aquel que le dan todos los filósofos, antiguos y modernos. Su sumisión al destino no tiene nada en común con la de los estoicos; lo mismo su ascetismo, que provocó, y provoca todavía, tanta irritación hasta entre sus más fervientes admiradores. Los estoicos perseguían el "Yo", y realmente lo perseguían, para matarlo y aniquilarlo, porque solamente con este criterio podían asegurar el triunfo de sus "ideas" y de sus principios.
Para que un principio pueda celebrar su victoria definitiva es menester que ya nadie luche contra él, que ya nadie lo contradiga. Ahora, desde el comienzo de los siglos, ¿quién si no este "Yo" se ha opuesto al principio del estoicismo y lo ha combatido? ¿Qué enemigo le ha procurado mayor afán y más inquietud? En la creación del Señor, el "Yo" es la cosa más "irracional": personifica la no sumisión. Pascal lo sabe, no olvida las palabras: Subjicite et dominamini -somete y domina- que Dios, luego de la bendición, había dirigido al primer hombre. ¿Estaría tal vez a punto de abandonar al hombre al poder de los principios absolutos y muertos? Escuchadlo: "Aunque un hombre estuviera persuadido de que las proporciones de los números son verdades abstractas, eternas, dependientes de una primera verdad en que subsisten y que llamamos Dios, no me parecería muy adelantado para su salvación" Así habla Pascal, mientras toda la nueva filosofía, que deriva de la antigua, no ha hecho mas que soñar (después de Descartes, y también antes que él) en poder expresar en fórmulas matemáticas la esencia de la creación. Una verdad única, eterna y abstracta, de donde brotan -con inexorable naturalidad- muchas verdades igualmente abstractas e igualmente eternas: y bien, no podríais hallar definición mejor del ideal de la nueva filosofía. Efectivamente, hasta hoy, trescientos años después de Descartes, los hombres no han progresado ni un paso en la realización de este ideal, pero lo aprecian tanto que lo veneran y lo cuidan como si ya lo hubieran realizado: Nasciturus pro jam nato habetur (Que se considere nacido al que debe nacer). Pero Pascal, que ha llevado un ideal así a la presencia del tribunal supremo, donde no se tiene en cuenta ni nuestra "miserable justicia" ni nuestra "razón incurablemente presuntuosa", declara: Aunque lograseis procuraros estas eternas y abstractas verdades, que tan bien se entrelazan las unas a las otras, su valor sería nulo. No os ayudarían a salvar vuestra alma.
La razón y la moral protestan: Lo cierto, si es inútil al alma, ¿sería quizás menos cierto? ¿lo cierto se pondrá al servicio del alma? ¿hay alguien suficientemente descarado para rehusarse a obedecer a la moral y difamar a la justicia? La verdad y la moral son autónomas, y legisladoras ellas mismas. No se someten, no obedecen: mandan. Han brotado de esa razón de la que Pascal mismo decía no había mas terrible que desobedecerlas. ¿Qué, entonces, se yergue contra la razón, contra sus eternas y abstractas verdades? ¡El alma! O sea este "Yo" ínfimo, que Pascal -pasado a través de la escuela de Epicteto- nos enseña a odiar. En efecto, se ve, con evidencia perfecta, que nada sabría humillar mejor las tendencias "egoístas" del hombre que la verdad abstracta y eterna anunciada por los filósofos; en consecuencia, si fuera necesario buscar el principio capaz de domar la oposición de individuos revoltosos, no se podría inventar un Dios más eficaz que el dios griego, propuesto a Pascal por los "filósofos". Nada podría servir mejor para "domar" que el Summum bonum de ellos, sobre todo el Bien Supremo de Epicteto y de sus discípulos hasta Marco Aurelio, el filósofo laureado. En efecto, vivir a la manera de los estoicos, conforme con la naturaleza -té fúsei- quiere decir: vivir según la razón, esto es, contra la naturaleza. Los estoicos hasta habrían aprobado el cinturón de hierro de Pascal, que simbolizaba su voluntad de someter su "Yo" a una, o más, verdades eternas y abstractas. A igual que Pascal, los estoicos veían claramente esto: sin matar antes nuestro "Yo", no se habría obtenido nunca ninguna unidad, ningún orden. Infinitamente numerosos son estos "Yo" humanos; cada uno se considera como el centro del universo, y exige que nos comportemos en sus relaciones como si fuera el único que existe. Evidentemente, no hay ninguna posibilidad de conciliar y de satisfacer todas estas exigencias. Hasta que no se suprima el "Yo", habrá siempre -en de la unidad y de la armonía- un caos y una "incongruencia" increíbles. Deber de la razón es precisamente el de introducir el orden en la creación, y por ello ha recibido la potestad de exigir obediencia. A ella se debe -siempre para que haya orden en el mundo- la creación de la moral, y con ésta ha codividido sus prerrogativas supremas. La suerte última del hombre consiste en humillarse frente a las exigencias de la razón y de la moral, de someterse a sus principios autónomos. Tal obediencia contiene en sí, contemporáneamente, nuestro supremo bien, Summum bonum.
Los filósofos (hago notar) enseñaron todo esto, y Pascal -después de ellos- lo repite. Pero es singular su modo de seguirlos: aún repitiendo sus palabras, dice exactamente lo contrario de lo que ellos enseñan. Pascal no muestra ningún interés por esa tranquilidad que la razón y la moral prometen a los hombres. A sus ojos significa solamente el fin, el no-ser, la muerte. De aquí proviene esa enigmática regla "metodológica" suya: Buscar gimiendo, de la que no oiréis hablar ni en los manuales de lógica contemporánea de Pascal, y tampoco en las obras modernas. Por lo contrario: el sabio debe olvidar sus deseos, sus temores, sus esperanzas y estar pronto a aceptar una verdad cualquiera, que -por su misma esencia- ignora la necesidad del hombre. Todo ello es de tal modo obvio, que en el Discurso del Método no se dice casi una palabra. Verdad es que en Bacon se hallan varias consideraciones sobre todas las especies de Idola que impiden nuestras investigaciones objetivas; pero solamente Spinoza (casi como si contestara a Pascal, de quien, probablemente, nunca oyó hablar) declara con impaciencia e irritación: Non ridere, non lugere, neque detestari sed intelligere (No hay que reír ni llorar ni odiar, sino comprender).
Pascal pretende otra cosa: hay absolutamente que ridere, hay absolutamente que lugere, hay absolutamente que detestari; si no de nada valdrán vuestras búsquedas. ¿Dónde alcanzó Pascal el poder de hacer brotar semejantes exigencias, que -quizás- no poseen significado alguno? La pregunta es fundamental: nacen aquí todas las divergencias entre Pascal y la filosofía moderna. Adoptando la regla metodológica pascaliana tendréis una verdad; adoptando la de Spinoza tendréis otra, del todo distinta. Spinoza tenía como ideal la inteligencia; y para él, en realidad, el "Yo" ha sido siempre "odiable". En efecto, nuestro "Yo" -nunca debemos olvidarlo- es la cosa menos domable, y por ello la más incomprensible, la más irracional que hay en el mundo. La "comprensión" se vuelve posible solamente cuando el "Yo" humano está despojado de todos sus derechos particulares, de todas sus prerrogativas, cuando se vuelve una "cosa" o un "hecho" en medio de otras cosas o hechos de la naturaleza. Hay que elegir: por una parte el orden ideal e intangible con sus verdades eternas y abstractas, orden rechazado por Pascal y cuya adopción nos lleva a considerar la idea "medieval" de la salvación del alma como la encarnación de todas las absurdidades: por otra parte, un "Yo" caprichoso, descontento, inquieto, agitado, y que no consiente en reconocer por encima de él el poder de "verdades" materiales o ideales. Quien asumiera la tarea de alcanzar la comprensión, debería (con los estoicos y con los otros maestros antiguos) ahuyentar el "Yo", odiarlo y matarlo, para poder así hacer posible la realización del orden objetivo del mundo. Pero ¿puede odiar el "Yo", quien (a igual que Pascal) en la "comprensión" ve solamente el principio de la muerte, y descubre que la vocación propia consiste en luchar contra la muerte? En el "Yo" y únicamente en él, en su irracionalidad, se encuentra la esperanza de que no es imposible llegar a disipar la hipnosis de la verdad matemática propuesta por algunos filósofos (seducidos por aquello que de "abstracto" y de "eterno" hay en ella) para ocupar el lugar de Dios.


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sábado, 9 de noviembre de 2013

La Noche de Getsemaní - Capítulo V





V

Pascal chocó por primera vez con Roma cuando escribió las Cartas Provinciales. Desde el comienzo parece que empieza la defensa de la propia causa. Pero ello es inexacto. En las provinciales defiende a Port-Royal (Jansenio, Arnauld, Nicole) y la obra "común". por ello su alcance histórico es tan grande: aún hoy muchos críticos ven en ellas el verdadero mérito de Pascal. Emprende la lucha contra los jesuitas armado con pruebas intelectuales y morales: por tanto, por encima de sí y de Roma reconoce una instancia común, o sea la razón, ciertamente la moral; y en una de sus últimas cartas deja escapar la confesión de no tener necesidad de nada y de no temer a nadie: pero la confesión ha sido hecha a escape, y no bate a sus enemigos con esa arma. Ni Port-Royal ni otros (ni siquiera el espíritu más penetrante) podrían discernir en las Provinciales la frase terrible: Ad te, Domine, appello: y ésta es la frase inspiradora de sus Pensamientos. Por el contrario, en sus cartas (a igual que Arnauld, Nicole y otros) tiene un único deseo: decir, y solamente decir lo que semper ubique et ab omnibus creditum est. Toda su fuerza consiste en esto: sentir sobre los hombros -con razón o sin ella- no el apoyo problemático de Dios, muy lejano y por nadie visto, sino la real aprobación de todos los hombres que piensan de manera razonable y justa. Todos comprenden como "una gracia suficiente de nombre e insuficiente de hecho" es un ridículo y clamoroso absurdo.
Más tarde, al escribir los Pensamientos, habrá hecho suyo el convencimiento de que no hay que contar con el apoyo de "todos", y que el semper ubique et ab omnibus no es mejor que la "gracia suficiente de nombre y no de hecho".
Dirá: "Somos tan presuntuosos que, en la tierra, quisiéramos ser conocidos por todos, aún por aquellos que llegarán cuando nosotros ya no existamos; y somos tan vanidosos que nos divierte y nos satisface la estima de cinco o seis personas que nos rodean." No creáis que este "nosotros" se diga por educación, que con este "nosotros" Pascal quiera decir "ellos", es decir los demás y no él mismo. No, realmente habla de sí mismo. Mientras escribía las Provinciales, precisamente a él la aprobación de cinco o seis personas que estaban en torno le bastaba para darle la sensación de ser aprobado por el universo entero: por los hombres vivos en ese momento y por aquellos que aún habrían de venir. Si todavía os queda alguna duda, leed otro pasaje, donde tal pensamiento está expresado con plena franqueza y donde nada hay que intuir: "La vanidad tiene tales raíces en el corazón de un hombre, que un soldado, un jornalero, un pinche de cocina, un ganapan se jactan y quieren tener, cada uno de ellos, sus propios admiradores; y hasta los filósofos los quieren. Y aquellos que escriben en contra, quieren ufanarse de haber escrito bien, y aquellos que los leen quieren el de haberlos leído; y yo, que escribo estas líneas, tengo quizá deseo semejante..." Aquí todo es claro e incontrastable: si el hombre habla, escribe, incluso piensa, no es para aprender a encontrar la verdad. Aquí abajo nadie se interesa por la verdad; en el lugar de la verdad se desean juicios cómodos, útiles o convenientes al mayor número "posible" de hombres, de modo que, si no puedes hablar urbi et orbi, si te resulta imposible hacerte oír y aceptar por Roma y por el universo entero, la aprobación de cinco o seis personas debe bastarte: Port-Royal para Pascal, una remota villa para César. De éste modo quedará a salvo la ilusión del semper ubique et ab omnibus y podremos considerarnos como posesores de una verdad "ecuménica".
En las Provinciales no se halla ni siquiera una palabra relativa al "abismo". Pascal tiene solo un propósito: hacer de manera que la razón y la moral estén de parte suya, y de parte de sus amigos de Port-Royal. En conjunto, las Provinciales están a la altura de la época, y los historiadores consideran estas cartas como un acontecimiento conforme con la condición humana. No hay en ellas -repito- ninguna huella del "abismo" y mucho menos de un propósito de sustituir la razón por el arbitrio de un ser fantástico.
He aquí por qué, hablando con más exactitud, en las Provinciales no hallamos al verdadero Pascal y a su "idea". Cuando polemiza con los jesuitas no dice nada de sí mismo, y vilipendia solamente las tesis ridículas o insoportables de sus adversarios o, mejor, de los enemigos de Port-Royal. Llama a los jesuitas delante del tribunal del buen sentido y de la moral; si no pueden justificarse, quiere entonces decir que son culpables y que deben callar. Condenados por un tribunal así, ¿puede ser que se permanezca, sin embargo, en el propio derecho? Sobre este punto Pascal nada dice. Y mantiene un silencio igual, casi absoluto, en lo que a la "salvación por medio de la fe", en lo que a esa enigmática concepción de la "gracia" de acuerdo con la cual hay que renegar de todo lo que los hombres consideran razonable y justo. Tales reflexiones están reservadas a la obra futura, a la "apología del cristianismo". Si Pascal la hubiera llevado a término, habría cumplido con su deber en forma muy inferior a todo lo que habría hecho con los pensamientos que nos han llegado. Mientras ágilmente los escribía, olvidaba que en la tierra los hombres piensan y deben pensar solamente para los otros. Imposible olvidar esto en una apología; el intento de una apología es el de obtener una adhesión "universal", si no real, por lo menos imaginaria, sino del "universo entero", por lo menos -como dijo Pascal- de cinco o seis personas, la de un grupo de íntimos. Ahora bien, gran parte de sus Pensamientos no podía contar con una semejante, aunque limitada, adhesión. Sabemos que Port-Royal los censuró severamente. Así, hasta el mismo Port-Royal era incapaz de aceptar estas verdades nuevas. Y en realidad, una apología debe ser escrita por un hombre que, debajo de los pies, siente tierra firme y no un abismo; por un hombre que puede justificar a Dios ante Roma y el mundo, y no por quien llama al mundo y a Roma a la presencia del tribunal divino. He aquí por qué la interpretación bíblica propuesta por Pascal en sus Pensamientos no solo no convenía a Roma, que emitía leyes, sino al entero universo, casi a su mitad: ni siquiera convenía a la pequeña comunidad jansenista, la que, si bien devotamente fiel a san Agustín (y quizá precisamente porque le era devotamente fiel), pretendía al igual que Roma y de manera otro tanto igual la potestas clavium. Ya dije que san Agustín nunca se atrevió a rehusar a la razón sus derechos soberanos: tan grande era el poder que ejercían sobre él las tradiciones del estoicismo y del neoplatonismo, para adoptar enteramente las ideas de los estoicos. Sabiéndolo, Pascal escribe: "San Agustín. Nunca se sometería la razón si no estimara que hay casos en que debe someterse. Justo es entonces que se someta cuando juzga que debe someterse." Como muy bien advirtió un comentarista de Pascal, estas palabras están ligadas de modo directo con el siguiente pasaje de la carta CXX de san Agustín: "Que la fe deba preceder a la razón, también éste es principio razonable. Porque, si tal precepto no es razonable, significa entonces que es irrazonable: ¡No quiera Dios cosa semejante! Si entonces razonablemente la fe (para alcanzar alturas que no podemos aún tocar) precede a la razón, es por tanto evidente que la misma razón, por la que hemos sido persuadidos de ello, precede a la fe."
Pascal, que desea ligarse con san Agustín, repite este pensamiento con formas diversas. Así: "Nada es más conforme a la razón que un semejante negar la razón". Y aún, casi como si lanzara un desafío a sí mismo: "Al genio como a idiota se los tacha igualmente de locos. Aparte de la mediocridad nada es bueno..., salir del camino trillado quiere decir salir de la humanidad..." Cuando Montaigne predica ideas de este tipo: "Permaneced en el camino común", etc., es de veras normal. La filosofía de Montaigne, como él mismo confesaba, es solamente un suave almohadón que favorece un sueño profundo. Estaba destinado a cantar el "justo medio", que Aristóteles -padre de la filosofía "científica"- había transmitido a la humanidad. Pero Pascal no duerme, ni dormirá: los sufrimientos de Cristo no lo dejarán dormir hasta el fin del mundo. ¿Podrá la razón bendecir, o, por lo menos, justificar, una decisión tan loca? La razón es la encarnación del "justo medio". Y nunca, con ninguna condición, firmará de buena gana el acta de su abdicación. Se la puede obligar, pero todos los medios de persuasión no pesarán sobre ella, porque -por su naturaleza misma- es la única fuente de las pruebas. Que san Agustín diga lo que quiera: pero a la razón le repugna más que nada ceder los propios derechos a la fe, su enemiga eterna. La famosa controversia entre san Agustín y Pelagio es el mejor comentario a esta verdad; y esa controversia sirvió a Pascal como punto de partida para sus investigaciones. ¿Qué querían los discípulos de Pelagio? Solo una cosa: "reconciliar" la fe con la razón. Pero como la reconciliación solamente podía ser ilusoria, por fin se vieron obligados a someter a la fe a la razón. La tesis principal de ellos es ésta: Quod ratio arguit non potest auctoritas vindicare (Lo que la razón, la fe no puede reivindicarlo). Sosteniendo tal principio, los discípulos de Pelagio repetían justamente la conclusión de la filosofía griega, o para decir mejor, de la filosofía común del género humano, que, en Europa, por primera vez se había encontrado delante del dilema fatal: ¿qué debe hacer el hombre? ¿Tener confianza en la razón invariable, que le es inmanente y que en sí misma encuentra los principios eternos, o bien, por encima de ella, reconocer el poder de un Ente vivo y, en consecuencia, "contingente" y "caprichoso" (desde el momento en que todo lo que vive es "contingente" y "caprichoso")? Cuando Platón declaraba que el volverse misólogos es la más grave desgracia posible al hombre, ya decía lo que más tarde debía enseñar Pelagio. Tal tesis se la había dejado Sócrates, su grande e incomparable maestro. Y se la había dejado no solo a él: todas las escuelas filosóficas de Grecia habían recibido de Sócrates el mismo mandamiento: no podemos fiarnos de nada y de nadie; todo nos puede engañar; solo la razón no nos engañará; solo ella puede poner un límite a nuestra inquietud, procurarnos una base estable, y la seguridad.
En realidad, Sócrates no ha sido nunca tan coherente como se piensa de costumbre. En algunas importantes, importantísimas circunstancias de su vida, y sin esconderlo por nada, ha desobedecido a la razón, escuchando la voz de un ser enigmático al que llamaba su demonio. Es igualmente cierto que Platón -en lo que a esto concierne- fué aún menos coherente que Sócrates. Su filosofía roza siempre la mitología y frecuentemente se confunde con ella. Pero la "historia" no aceptó el demonio de Sócrates y purificó la filosofía de Platón, quitándole sus mitos. Por una parte, el "porvenir" pertenecía a Aristóteles y, por otra, a los estoicos, a estos augustos socráticos que -en su angustia- supieron satisfacer mejor los gustos de la historia, logrando así acaparar para ellos la conciencia de la humanidad pensante. De Sócrates y Platón los estoicos habían sacado todo lo que se puede sacar en defensa de la razón. Y empleaban siempre el mismo argumento que Sócrates (el más sabio entre los hombres, reconocido como tal por Dios mismo, el dios pagano que le había confiado -por intermedio de su oráculo- las llaves del reino celeste) había desarrollado algunas horas antes de morir: el volverse misólogos es la mayor desdicha que pueda golpear a un hombre.
¿Habéis perdido las riquezas, la gloria, los padres, la patria? Todo eso es nada. Pero si habéis renunciado a la razón, habéis perdido todo. Porque los amigos, la gloria, la patria, las riquezas son todas cosas transitorias; alguien, o el "azar", nos las ha dado sin interpelarnos antes y, a cada momento, aún sin consultarnos, puede volver a tomarlas. Pero la razón no nos la ha dado nadie, no nos pertenece ni a mí ni a ti, no la hallas en los amigos, o en los enemigos, o en los padres, o en los extraños: no está aquí o allá, no está antes o después. La razón está en cada lugar y siempre, en todos y por encima de todo. Solamente hay que aprender a amar a esta razón eterna, siempre igual a sí misma, nunca sometida a nadie; debe el hombre ver en ella la propia esencia: entonces, en este mundo antes enigmático y terrible no habrá ya nada de misterioso y asustador. Ya no habrá motivo para temer al invisible Déspota que en un tiempo era la fuente de todos los bienes y el creador de los destinos humanos. Tan fuerte y omnipotente era este déspota, que sus bienes eran apreciados y sus amenazas asustaban. Pero si nos decidimos a amar solamente los dones de la razón, a reconocer como cosa preciosa solamente sus alabanzas o sus lamentos (la razón, dirán los discípulos de Pelagio, es eso por lo que nos laudabiles vel vituperabiles sumus), y al considerar los dones del déspota carente de importancia -adiáfora- ¿quién, entonces, podrá decirse igual al hombre? ¡El hombre que logra emanciparse de Dios! Desde ese punto de vista Sócrates, Platón, Aristóteles, los epicúreos (recordad el De rerum natura de Lucrecio), los estoicos y todas las escuelas griegas han estado unánimes. Los estoicos (sobre todo aquellos de tendencias platónicas, Epicteto y Marco Aurelio) no han hecho otra cosa que concentrar la atención sobre el pensamiento antiguo; se han apoyado, por decirlo así, y demasiado, en él. Pero la naturaleza humana no puede soportar una cosa semejante: lo demasiado, en todo, le repugna.
Sin embargo, queda firme el hecho de que Sócrates y Platón son los antepasados de los estoicos; que Aristóteles está tan cerca del estoicismo como puede estarlo cualquier estoico puro. Antes bien, digamos que Aristóteles ha logrado hacerse cargo y salvar a esa razón objetiva y autónoma "descubierta" por Sócrates. En efecto, a creado la teoría del "justo medio", ha enseñado a los hombres esa gran verdad por la que no hay que cansar a la razón -si se la quiere mantener íntegra- con interrogantes que superan sus fuerzas. Mejor: Aristóteles enseñó a los hombres a formular cualquier interrogante de manera tal que no importe prejuicios a los derechos soberanos de la razón. Ha inventado esa ficción (veritatem aeternam) por la que las preguntas a las que no se puede contestar son preguntas en sí mismas carentes de sentido: por tanto, inexistentes. Los hombres -desde Aristóteles a nuestros días- formulan preguntas a propósito de esas cosas sobre las cuales la razón permite que se formulen. Para nosotros, como para los estoicos, todo el resto es adiáforon, indiferente. El exponente más notable de la nueva filosofía, que (con razón) se consideraba continuador de la obra de Aristóteles, ofrece, como primer e irremovible mandamiento de la filosofía, la indiferencia estoica para todo eso que sucede en el mundo. En su lógica -que, al mismo tiempo, es también una ontología- erige en principio la regla de Horacio: Si fractus illabatur orbis, impavidum ferient ruinae.
Y no solamente Hegel, sino también el primer llegado entre nuestros contemporáneos (admitido que piensa, y que se decide a pensar de manera franca), deberá repetir las palabras de Hegel. En suma: lo que es cierto para los antiguos, permanece cierto para nosotros; las ideas de que vivimos son las del estoicismo. Perezcan los hombres y los mundos, los reinos y los pueblos; aniquílese lo real, lo animado, lo inanimado, todo ello es adiáforon, indiferente; todo está a salvo, con tal de que nadie trate de arañar el reino del ideal donde la razón y sus leyes gobiernan incontrastadas. La razón es anterior al mundo, sus leyes son ideales, sus principios son eternos; y no se han tomado a nadie. Cuando ella establece: pudet, todos deben avergonzarse; cuando establece: ineptum, todos deben indignarse; cuando establece: impossibile, todos deben inclinarse. Protestar es insensato, apelar es inadmisible. Lo dijo Pelagio: quod ratio arguit, non potest auctoritas vindicare; y, recordémoslo, san Agustín repite a Pelagio; y Pascal, de cuando en cuando, hallaba que era mejor desobedecer al Déspota que desobedecer a la razón. En efecto, una alabanza de la razón es lo que de más grande pueda tocarle en suerte al hombre, ya sea en la tierra como en el cielo. Y un reproche de la razón es para el hombre el peor mal. ¿Puede ser de otro  modo? ¿Se puede, en el dominio de la filosofía, vencer al estoicismo, repudiar las teorías de Pelagio? E, invirtiendo el pensamiento de Pascal, ¿puede decirse, podrá alguna vez decirse: el Déspota ordena más imperiosamente que la razón? Porque, si has desobedecido a la razón, serás solamente un estúpido; pero, si has desobedecido al Déspota, perderás tu alma.


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Cap II: http://castalia-tegularius.blogspot.com.ar/2013/09/la-noche-de-getsemani-capitulo-ii.html
Cap III: http://castalia-tegularius.blogspot.com.ar/2013/09/la-noche-de-getsemani-capitulo-iii.html
Cap IV: http://castalia-tegularius.blogspot.com.ar/2013/09/la-noche-de-getsemani-capitulo-iv.html
Cap VI: http://castalia-tegularius.blogspot.com.ar/2013/11/la-noche-de-getsemani-capitulo-vi.html
Cap VII: http://castalia-tegularius.blogspot.com.ar/2013/11/la-noche-de-getsemani-capitulo-vii.html
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sábado, 28 de septiembre de 2013

La Noche de Getsemaní - Capítulo IV




IV

Todo ello lo comprendió Pascal en el tribunal del Altísimo. Lo comprendió y lo aceptó sin oponer resistencia, aunque -por cierto- no lo haya "comprendido" mejor que aquellos que lo critican, indignándose por el carácter pasatista de su pensamiento. Aparecía a los hombres, y aparece aún, como un energúmeno, un fanático. Por tanto, si hubiéramos conservado el derecho de juzgarlo, no nos costaría nada ponerlo en estado de acusación.
Pero (ventajoso o no) hace poco hemos recordado el non pudet quia pudendum est: es decir que, por lo menos alguna vez, no hay que tener vergüenza aún cuando el mundo entero gritara, a una voz: "Es vergonzoso". Y por lo demás, sabemos que Pascal había llevado su propia causa delante del tribunal de Dios, que había aceptado la cosa más vergonzosa entre las que los hombres consideraban vergonzosas. Al escuchar a Pascal estamos obligados, voluntariamente o no, a controlar todos nuestros pudet, ineptum, impossibile, todas nuestras veritates aeternae.
Siempre hay que recordar que Pascal no ha elegido en nada el propio destino, sino que ha sido elegido por el destino. Pascal, al glorificar la crueldad y la implacabilidad, glorificaba a Dios mismo, a ese Dios que lo había sometido -a igual que a Job en tiempos idos- a pruebas inauditas. Al tejer las alabanzas de lo "incongruente", celebraba también a Dios, que lo había privado del consuelo de la razón. Y cuando colocaba todas sus esperanzas en lo "imposible", solo Dios podía inspirarle semejante locura. Recordemos, por otra parte, lo que fue su vida. Sus biógrafos nos dicen: aunque desde 1647 hasta su muerte han transcurrido casi quince años, puede no obstante decirse que bien poco vivió en este lapso, habiéndole las enfermedades y los ininterrumpidos sufrimientos dejado dos o tres años de intervalo, y ni siquiera de óptima salud, pues nunca tuvo salud muy buena. Fue un intervalo de languidez más soportable, y durante el cual no era del todo incapaz de trabajar. Su hermana cuenta: "Algunas veces nos decía que nunca había pasado, desde los dieciocho años, un día sin sufrir". También el prefacio de Port-Royal atestigua: "Durante todo su vida las enfermedades casi nunca le dejaron un día sin dolor"
¿Qué era, quién había creado semejante tortura continua? ¿Y por qué? Queremos creer que no se puede formular la pregunta en esta forma. Nadie había premeditado la tortura de Pascal, y ella no podía servir para nada. Aquí no hay y no puede haber, para nosotros, ninguna pregunta. Pero para Pascal, así como para el mítico Job o para Nietzsche, hasta hace poco vivo entre nosotros, justo aquí y solamente aquí se esconden todas esas preguntas que pueden tener alguna importancia para el hombre. Si no creemos pasatista a Pascal, o mítico a Job, aceptemos por lo menos el testimonio de Nietzsche, que está en una posición de "vanguardia". Nos dirá: "Sin duda alguna, en lo que a mi enfermedad concierne, debo mucho más a ésta que a mi salud. Le debo toda mi filosofía. Solo un gran dolor es el extremo liberador del alma. Enseña una gran duda. Solamente un gran dolor, un largo y lento dolor que parece consumirnos encima de una lenta hoguera; sólo este dolor nos impulsa, a nosotros los filósofos, a descender a nuestras profundidades íntimas y a repudiar todo lo que hay de confiable, de sencillo, de convencional, de medicinal: en suma, todo aquello en que nosotros mismos, tal vez, habíamos otras veces colocado nuestra humanidad". Con igual derecho Pascal habría podido repetir textualmente semejantes palabras de Nietzsche. Por lo demás, el mismo lo dice en su admirable oración "para pedir a Dios el buen uso de las enfermedades". Pascal "creyente" y Nietzsche "descreído"; Pascal, con todos sus pensamientos dirigidos al pasado, al medioevo, y Nietzsche, que vivía solamente en el futuro, están perfectamente de acuerdo en sus testimonios. Y no solo están tan cerca en sus testimonios: sus "filosofías" (para quien sabe apartarse de las palabras y distinguir aún bajo dos apariencias distintas una esencia idéntica) parecen casi coincidir. Solamente hay que recordar lo que los hombres olvidan más voluntariamente, hecho que -una vez- el monje Lutero expresó con mucha fuerza en su comentario a la epístola a los Romanos, escrito bastante tiempo antes de romper con la Iglesia: "Blasphemiae… aliquanto gratiores sonent in aure Dei quam ipsum Alleluya vel quaecumque laudis jubilatio. Quanto enim horribilior et fedior est blasphemia, tanto est Deo gratior" (Las blasfemias resuenan alguna vez más agradables al oído de Dios que el mismo Aleluya o cualquier alabanza. Y cuanto más horrible y repugnante es la blasfemia, tanto más agradable a Dios)
Comparando las horribiles blasphemiae de Nietzsche con las laudis jubilationes de Pascal, tan distintas entre ellas, ambas tan indiferentes al oído del hombre de hoy y (si se da fe a Lutero) tan familiares, tan gratas a Dios, se comienza a pensar que esta vez -quizá- la historia "inteligente" resulte engañada, y que a despecho de sus sentencias ese Pascal por ella eliminado resucite en la persona de Nietzsche, dos siglos después. ¿O bien, a pesar de todo, la historia ha alcanzado su intento?¿Que Nietzsche esté destinado a la suerte de Pascal? Todos lo admiran, pero ¿quién lo comprende? Sin duda, nadie. Puede ser, y probablemente lo sea. También Nietzsche, con la razón, había recurrido a lo contingente, a lo caprichoso, a lo incierto; contra los "juicios sintéticos a priori" de Kant, a la "voluntad de potencia"; también él enseñaba: non pudet quia pudendum est, que había traducido con "mas allá del bien y del mal"; también él encontraba su alegría en lo "incongruente" y buscaba la certidumbre donde los hombres ven lo "imposible".
El abate Boileau nos cuenta que Pascal "creía divisar siempre un abismo a su izquierda y, para tranquilizarse, hacía poner allí una silla: conozco de buena fuente este episodio. Sus amigos, su confesor, su director le decían que no había nada que temer, que solo se trataba de quimeras de una fantasía agotada por un estudio abstracto y metafísico; Pascal admitía todo esto; pero, un cuarto de hora después, nuevamente se abría ese precipicio que lo aterraba".
No es posible verificar hecho semejante; pero, si nos atenemos a la obra de Pascal, hay que convenir en que el abate dice la verdad. Todo cuanto Pascal escribió nos prueba que siempre veía y sentía bajo los pies un abismo en vez de tierra firme (aún una analogía singular entre el destino de Pascal y el de Nietzsche). En esta narración puede advertirse una sola inexactitud: parece que el abismo no se encontraba "a la izquierda" de Pascal, sino debajo de sus pies. El resto está contado o intuido con mucha veracidad.
Parece que es cierto que Pascal, para defenderse del precipicio, usaba una silla: "Corramos alegremente", no lo dice el abate, sino el mismo Pascal, "hacia el precipicio, después de habernos puesto algo delante de los ojos para no verlo". Por ello, si la narración del abate es una paparrucha, es una paparrucha elegida por un clarividente, por un espíritu que sabía ver en esas tinieblas donde, para los demás, todo se confunde en una gris indiferencia.
Resulta cierto que Pascal no ha tenido nunca un solo día carente de sufrimientos, que casi no ha conocido el sueño (también Nietzsche); igualmente resulta cierto que en vez de sentir tierra firme bajo sus pies (sensación común a los hombres), se sentía sin sostenes por encima de un precipicio, y habría caído en un abismo sin fondo cuando se hubiera abandonado a su tendencia "natural". Todos sus Pensamientos cuentan esto, y nada más que esto, De aquí sus temores excepcionales, tan inatendidos (recordad su grito: "El eterno silencio de estos espacios infinitos me aflige..."); esos temores de los cuales ni sus amigos ni sus confesores sabían darse cuenta.
Su "realidad" no se asemeja en nada a la de todo el resto del mundo. Por lo general, todos los hombres están bien, solamente muy raramente experimentan un dolor penoso o una angustia, y conciben temores solo cuando tienen un fundamento; siempre sienten bajo los pies tierra firme, y las caídas al abismo las conocen solo por haberlas oído, o bien - si han tenido experiencia- es experiencia breve, que huye de la memoria.
¿Pero es que la realidad ya no es real cuando no es habitual? ¿ Y tenemos el derecho de no admitir determinadas condiciones de vida solamente porque se encuentran raramente? Los prácticos no se interesan por las excepciones; a ellos solo les importa la regla, y lo que continuamente se repite. Pero los deberes de la filosofía son diversos. Si un hombre, inopinadamente, cayera en la tierra y supiera contarnos cómo viven, en otros mundos, seres que no se nos asemejan, este hombre sería para nosotros algo de inmenso valor. Pascal, al igual que Nietzsche, es el hombre que viene de otro mundo: un mundo que nuestra filosofía solo puede soñar, y tan distinto del nuestro que eso que para nosotros es regla, allá aparece solo como excepción, y donde ocurren continuamente hechos que entre nosotros nunca se verifican, o casi nunca. Entre nosotros nunca ocurre que los hombres caminen sobre un precipicio: entre nosotros se camina sobre tierra firme. Por esto la gravedad y las leyes fundamentales de nuestro mundo: todo tiende hacia el centro. Entre nosotros no se verifica nunca que un hombre viva en tortura perpetua. En general, entre nosotros las cosas fáciles se alternan con las difíciles, y a cada esfuerzo siguen la calma y el descanso. En cambio, allá ninguna cosa es fácil, todas son difíciles; no hay calma, no hay reposo; siempre se está en estado de alarma; no existe el sueño, sino una ininterrumpida vigilia. ¿Hallaremos allí esas verdades que estamos acostumbrados a venerar aquí entre nosotros? Todo nos dice que nuestras verdades habituales son hallá otras tantas mentiras, y lo que nosotros desechamos, allá es recogido, buscado como el intento supremo.
Aquí el tribunal supremo es Roma, y la razón es el criterio supremo. Allá el único juez es aquél a quien Pascal gritó: Ad te, Domine, appello. Por tanto, no busquemos seguridad y estabilidad.


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El Maestro y el Pájaro

  El maestro y el pájaro Un sabio maestro quería evaluar la madurez y comprensión de sus tres alumnos más dedicados.  Un día, los llamó, le ...