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miércoles, 15 de abril de 2015

Los antifilósofos




Entre los filósofos más interesantes, están aquellos que, después de Lacan, llamo antifilósofos. En las páginas que siguen se verá la definición que propongo de ellos. Lo importante es que los considero como incitadores, ya que compelen a los otros filósofos a no olvidar dos cosas:

1. Que las condiciones de la filosofía, o sea las verdades que ésta atestigua, son siempre contemporáneas. Es en el tumulto del tiempo donde un filósofo construye nuevos conceptos, y no puede relajar su atención, contentarse con lo que ya está ahí, contribuir al mantenimiento de los órdenes establecidos, sin caer de inmediato en lo que constituye la peor amenaza para el devenir de su disciplina: su absorción, su digestión por parte de los saberes académicos. El antifilósofo nos recuerda que un filósofo es un militante político, en general odiado por las potencias constituidas y por sus siervos; un esteta, que va al encuentro de las creaciones más improbables; un amante cuya vida sabe zozobrar por un hombre o por una mujer; un erudito, que frecuenta los despliegues más violentamente paradójicos de las ciencias. Y que produce sus catedrales de ideas en esta efervescencia, en esta in-disposición y en esta rebelión.

2. Que el filósofo asume la voz del maestro. No es, no puede ser el participante modesto de los trabajos de un equipo, el laborioso docente de una historia cerrada, el demócrata de los debates. Su palabra, tan seductora como violenta, es autoritaria: compromete a seguir, desasosiega y convierte. El filósofo está presente como tal en lo que enuncia, no se sustrae, incluso si esa presencia es también la de una ejemplar sumisión al deber racional.

Alain Badiou - La Antifilosofía de Wittgenstein


sábado, 28 de marzo de 2015

Badiou




La amistad es un amor calmo; el amor, una amistad excesiva.

El amor es un gesto muy fuerte porque significa que hay que aceptar que la existencia de otra persona se convierta en nuestra preocupación.

Entre el amor y la política hay más una tensión que una fusión, porque es verdad que los enamorados están solos en el mundo, no están con la comunidad.

El amor es una insurrección que te arranca de tu condición de existencia ordinaria y te saca de la experiencia individual, porque ves el mundo a dos, en lugar de a uno. Es salir del individuo.

El amor saca a la luz lo que es una diferencia. En el amor aceptamos ponernos de a dos para explorar no ya lo que creían los románticos, es decir, la fusión, sino lo que es aceptar la diferencia del otro, aceptarla apasionadamente.

El sentido del amor es una experimentación radical de la diferencia y es la construcción totalmente singular de la diferencia. En el amor usted trata de saber qué es realmente ser dos, crear una nueva visión del mundo, enfrentar la cuestión sobre cómo se ve el mundo siendo dos. No es lo mismo ver de a dos que ver de a uno, no es el mismo mundo.

El amor está amenazado por la sociedad contemporánea. Esa sociedad bien quisiera sustituir el amor por una suerte de régimen comercial de pura satisfacción sexual, erótica, etc. Entonces, el amor debe ser reinventado para defenderlo. El amor debe reafirmar su valor de ruptura, su valor de casi locura, su valor revolucionario como nunca lo hizo antes. No hay que dejar que el amor sea domesticado por la sociedad actual –que siempre busca domesticarlo–.

En el amor hay que ser fiel al encuentro con el otro porque vamos a crear un mundo a partir de ese encuentro. Claro, el mundo ejerce una presión contraria y nos dice "cuidado, defiéndase, no se deje abusar por el otro". Con eso se nos está diciendo "vuelvan al comercio ordinario". Entonces, como esa presión es muy fuerte, el hecho de mantener el timón hacia el rumbo, de mantener vivo un elemento de excepción, es ya extraordinario. Hay que pelear por conservar lo excepcional que nos ocurre.

Alain Badiou

sábado, 3 de enero de 2015

Tipo bien definido




"Hay que reinventar el amor,  ya se sabe."

Arthur Rimbaud,  Una temporada en el infierno


Es importante que un filósofo recuerde las infinitas oportunidades de la vida en que él es como cualquier otro. Si las olvida, la tradición teatral, en especial la comedia, se las recordará de manera tal vez algo brutal. 
Existe, en efecto, un tipo bien definido sobre las tablas: El del filósofo enamorado, en quien toda la sabiduría estoica, toda la desconfianza argumentada respecto de las pasiones se pulverizan porque una mujer radiante acaba de entrar en el salón y él ha sido fulminado para siempre.


Alain Badiou ,  Elogio del amor

jueves, 20 de noviembre de 2014

Las cuatro condiciones de la filosofía




... He planteado que el filósofo sin duda debe ser un científico advertido, un aficionado a los poemas y un militante político, pero también que debe asumir que el pensamiento jamás es separable de las violentas peripecias del amor. Científico, artista, militante y amante, tales son los papeles que la filosofía exige de su sujeto. Y, a eso, es a lo que he llamado las cuatro condiciones de la filosofía.

(...un elogio del amor, propuesto por un filósofo que, como Platón, al que siempre cito,
piensa que “quien no comience por el amor, jamás sabrá lo que es la filosofía”.)

Alain Badiou




domingo, 29 de junio de 2014

Encuentro y Fidelidad




En el amor hay que ser fiel al encuentro con el otro porque vamos a crear un mundo a partir de ese encuentro. Claro, el mundo ejerce una presión contraria y nos dice "cuidado, defiéndase, no se deje abusar por el otro". Con eso se nos está diciendo "vuelvan al comercio ordinario". Entonces, como esa presión es muy fuerte, el hecho de mantener el timón hacia el rumbo, de mantener vivo un elemento de excepción, es ya extraordinario. Hay que pelear por conservar lo excepcional que nos ocurre.

Alain Badiu



Obstinada Aventura




"Digamos que el amor es una obstinada aventura. El lado aventurero es necesario, pero no lo es menos la obstinación. Dejarse caer al primer obstáculo, a la primera divergencia seria, en los primeros aburrimientos, no es sino una desfiguración del amor. Un amor verdadero es aquel que triunfa duraderamente, a veces duramente, sobre los obstáculos que el espacio, el mundo y el tiempo le proponen."

Alain Badiu


sábado, 28 de junio de 2014

Verdad del Amor




Precedentemente ha recordado que Platón ya había atendido al particular vínculo entre amor y verdad. Pero, según usted, ¿en qué es el amor un “procedimiento de verdad”?

En efecto, sostengo que el amor es lo que, en mi jerga de filósofo, yo llamo un “procedimiento de verdad”, es decir, una experiencia en la que un cierto tipo de verdad se construye. Esta verdad es muy simplemente la verdad sobre lo Dos. La verdad de la diferencia como tal. Y pienso que el amor -lo que yo llamo la “escena de lo Dos”- es esta experiencia. En este sentido, todo amor que acepta la prueba, que acepta la duración, que acepta justamente esa experiencia del mundo desde el punto de la diferencia produce a su manera una verdad nueva sobre la diferencia. Esta es la razón por la que todo amor verdadero interesa a la humanidad entera, por muy humilde que pueda ser en apariencia, por muy escondida que parezca. ¡Sabemos bien que las historias de amor apasionan a todo el mundo! El filósofo debe preguntarse por qué nos apasionan.
¿Por qué todos esos filmes, todas esas novelas, enteramente consagradas a historias de amor? Tiene que haber algo universal en el amor para que todas esas historias interesen a un público tan inmenso. Lo que hay de universal es que todo amor propone una nueva experiencia de verdad sobre lo que es ser dos y no uno. Que el mundo pueda ser encontrado y experimentado de otro modo que mediante una conciencia solitaria, he ahí de lo que cualquier amor nos da una nueva prueba. Y esta es la razón por la que nosotros amamos el amor, tal y como lo decía San Agustín, amamos amar, pero amamos también que otros amen. Simplemente, porque amamos las verdades. Ahí está lo que da todo su sentido a la filosofía: la gente ama las verdades, incluso cuando no saben que las aman.

Esa verdad parece tener que ser dicha, usted ha hablado de amor “declarado”. Según usted, en el amor necesariamente hay una etapa de la declaración. ¿Por qué es tan importante el hecho de tener que decir el amor?

Porque la declaración se inscribe en la estructura del acontecimiento. Primero, tenemos un encuentro. Ya he dicho que el amor comienza por el carácter absolutamente contingente y azaroso del encuentro. Es, verdaderamente, el juego del amor y del azar. Y son ineluctables. Existen siempre, a pesar de la propaganda de la que hemos hablado. Pero el azar, en un momento dado, debe ser fijado. Debe comenzar una duración, justamente. Es un problema, cuasi metafísico, muy complicado: ¿cómo un puro azar en el punto de partida va a devenir en el punto de apoyo de una construcción de verdad? ¿cómo esa cosa que no era previsible y parecía ligada a las imprevisibles peripecias de la existencia, sin embargo, va a convertirse en el completo sentido de dos vidas mezcladas, emparejadas, que van a hacer la experiencia prolongada del constante (re)nacimiento del mundo por mediación de la diferencia? ¿Cómo se pasa del puro encuentro a la paradoja de un sólo mundo en el que se descifra que somos dos? En realidad es todo un misterio, Y, por otra parte, ello alimenta también el escepticismo con respecto al amor. ¿Por qué, se dirá, hablar de gran verdad a propósito del hecho, banal, de que alguien, manos a la obra, haya encontrado a su compañero o compañera? Ahora bien, es justamente eso lo que es preciso sostener: una acontecimiento de apariencia insignificante, pero que en realidad es un acontecimiento radical de la vida microscópica, es portador, en su obstinación y en su duración, de una significación universal. Es verdad, sin embargo, que el “azar debe ser fijado”. Es una expresión de Mallarmé: “El azar al fin es fijado...” Él no lo dice a propósito del amor, lo dice a propósito del poema. Pero también se puede aplicar al amor y a la declaración de amor, con las terribles dificultades y angustias diversas que se le asocian. Bien mirado, las afinidades entre poema y declaración de amor son bien conocidas. En los dos casos, hay un riesgo enorme que se endosa al lenguaje. Se trata de pronunciar una palabra cuyos efectos, en la existencia, pueden ser prácticamente infinitos. Y este es, también, el deseo del poema. Las palabras más simples se cargan entonces de una intensidad casi insostenible. Declarar el amor es pasar del acontecimiento encuentro al comienzo de una construcción de verdad. Es fijar el azar del encuentro bajo la forma de un comienzo. Y, por lo general, lo que ahí comienza dura tanto tiempo, está tan cargado de novedad y de experiencia del mundo que, retrospectivamente, no del todo como contingente y azaroso, como sucede con todo principio, sino prácticamente como una necesidad. Así que el azar es fijado: la absoluta contingencia del encuentro con alguien que no conocía acaba por tomar la altura de un destino. La declaración de amor es el paso del azar al destino, y es esa la razón por la que es tan peligrosa, tan cargada de una especie de angustia espantosa. La declaración de amor, por otra parte, no sólo tiene lugar una única vez, puede ser larga, difusa, confusa complicada, declarada y re-declarada, y abocada a ser re-declarada una vez más. Es el momento en que el azar es fijado. Donde uno se dice: lo que ha pasado aquí, este encuentro, los episodios de este encuentro, yo se los voy a declarar al otro. Le voy a declarar que aquí ha pasado algo que, al menos para mí, me compromete. Y ahí está: yo te amo. Si “yo te amo” es una astucia para acostarse con alguien, y lo que puede llegar tampoco es una astucia, entonces, ¿qué es? ¿Qué es lo que se dice ahí? No es del todo simple decir “te amo”. Se tiene la costumbre de considerar este pequeño miembro de la frase como absolutamente usado e insignificante. Por otro lado, a veces, para decir “te amo” se prefieren emplear otras palabras menos usadas o más poéticas. Pero siempre es para decir: de lo que era un azar yo voy a sacar otra cosa. Voy a sacar una duración, una obstinación, un compromiso, una fidelidad. Entonces, fidelidad es una palabra que yo empleo aquí en mi jerga filosófica retirándola de su contexto habitual. Significa justamente el paso de un encuentro azaroso a una construcción tan solida como si hubiese sido necesaria.

A propósito de esto, es importante citar el hermoso libro de André Gorz, Lettre à D. Histoire d'un amour, declaración de amor del filósofo a su mujer, Dorine, relato de un amor que, si puedo decirlo, duró desde siempre. He aquí las primeras líneas: “Vas a cumplir ochenta años. Has empequeñecido seis centímetros, sólo pesas cuarenta y cinco kilos y siempre eres bella, graciosa y deseable. Hace cincuenta y nueve años que vivimos juntos y te amo más que nunca. De nuevo llevo en el hueco de mi pecho un vacío devorador que sólo calma el calor de tu cuerpo contra el mío”.
¿Qué sentido da usted a la fidelidad?

¿No tiene la fidelidad un sentido mucho más considerable que la sola promesa de no acostarse con algún otro? ¿No muestra esto precisamente que el “yo te amo” inicial no tiene necesidad de ninguna consagración particular, el compromiso de construir una duración, a fin de de que al encuentro se le libre de su azar? Mallarmé veía el poema como “el azar vencido palabra por palabra”. En el amor, la fidelidad designa esta larga victoria: el azar del encuentro vencido día a día en la invención de una duración, en el nacimiento de un mundo. ¿Por qué, generalmente, se dice : te amaré siempre? A condición de que no sea una astucia, desde luego. Y, obviamente, los moralistas son demasiado cínicos, diciendo que en realidad jamás es verdad. Pues bien, hay gente que se ama siempre, y son muchos más de los que se cree, y muchos más de los que se dicen. Y todo el mundo sabe que decidir, sobre todo unilateralmente, el final de un amor es siempre un desastre, sean cuales sean las excelentes razones que se pongan por delante. El abandonar un amor sólo llegó una vez en mi existencia. Era mi primer amor y, progresivamente, he ido siendo tan consciente de que este abandono era una falta que he vuelto hacia ese amor inaugural, aunque tarde, demasiado tarde -se aproximaba la muerte de la amada- pero con una intensidad y una necesidad incomparables.
Después de esto, jamás he renunciado. Ha habido dramas, desgarramientos e incertidumbres, pero jamás he abandonado un amor. Y creo estar bien seguro, desde el punto de aquellas a quien he amado, de que realmente ha sido parta siempre. Así pues, íntimamente, sé que la polémica escéptica es inexacta. Y, segundo, si el el “te amo” es siempre, en muchos aspectos, un “te amo para siempre” es que, en efecto, fija el azar en el registro de la eternidad. ¡No tengamos miedo de las palabras! La fijación del azar es un anuncio de eternidad. En cierto sentido, todo amor se declara eterno: la eternidad está contenida en la declaración... Todo el problema está en inscribir, después, esta eternidad en el tiempo. Porque, en el fondo, el amor es eso: una declaración de eternidad que debe realizarse o desplegarse como pueda en el tiempo. Una irrupción de la eternidad en el tiempo. Y es por esta razón por la que es un sentimiento tan intenso. Entiendo que los escépticos más bien nos hacen reír porque si se intenta renuncia al amor, no creer más en él, sería un verdadero desastre subjetivo, y todo el mundo lo sabe. La vida, hay que decirlo, ¡sería absolutamente descolorida! Por tanto, el amor sigue siendo una potencia. Una potencia subjetiva. Una de las raras experiencias en que, a partir de un azar inscrito en el instante, uno tiene una proposición de eternidad. “Siempre” es la palabra por la cual, de hecho, se dice la eternidad. Porque no se puede saber lo quiere decir este “siempre” ni cual es su duración. “Siempre” quiere decir “eternamente”. Simplemente es un compromiso en el tiempo, porque habría que ser Claudel para creer que dura más allá del tiempo, en el fabuloso mundo de después de la muerte. Pero la eternidad sí que puede existir en el tiempo mismo de la vida, y el amor, cuya esencia es la fidelidad en el sentido yo le doy a esta palabra, es lo que viene a probarlo. ¡La felicidad, en suma! Sí, la felicidad amorosa es la prueba de que el tiempo puede albergar la eternidad. Como también son pruebas el entusiasmo político cuando se participa en una acción revolucionaria, el placer que liberan las obras de arte y la alegría casi sobrenatural de la que una da prueba cuando al fin se comprende, en profundidad, una teoría científica.

Pongamos que el amor es el acontecimiento de lo Dos como tal, la “escena del Dos”. ¿Y el
niño? ¿No viene el niño a alterar o romper esta “escena de lo Dos”? ¿No es el Uno que conjunta
al Dos de los amantes, pero igualmente un Tres que puede prolongarlos pero también separarlos?

Esa una cuestión absolutamente profunda e interesante. Un amigo, Jérôme Bennaroch, que es un Judío del estudio, acepta mi tesis sobre el amor hasta un cierto punto. Siempre me dice: sí, vale, el amor es la prueba de lo Dos, es su declaración, su eternidad, pero hay un momento en que debe probarse en el orden de lo Uno. Es decir, que debe volver a lo uno. Y la figura a la vez simbólica y real de este Uno es el niño. El destino verdadero del amor es cuando se tiene al niño como la prueba de lo Uno. Yo opongo a su objeción muchas constataciones empíricas, en particular, el hecho de que, en ese caso, haya que denegar el carácter amoroso a las parejas estériles, homosexuales, etc. Después, más profundamente, le digo: en efecto, el niño forma parte del espacio del amor en tanto que es lo que, en mi jerga, yo llamo un punto. Un punto es un momento particular sobre el cual un acontecimiento se estrecha, donde, de alguna manera, debe volver a reinterpretarse el acontecimiento, como si volviera bajo una forma desplazada, modificada, pero obligándonos a “redeclararlo”. En suma, un punto es cuando las consecuencias de una construcción de verdad, ya sea política, amorosa, artística o científica, generalmente nos obligan a rehacer una elección radical, como al principio de todo, cuando aceptamos y declaramos el acontecimiento. Tenemos que volver a decir de nuevo “yo acepto este azar, lo deseo y lo asumo”. En el caso del amor hay que rehacer su declaración, y a menudo con toda urgencia. Se podría decir: hay que (re)hacer el punto. Pienso que el niño, el deseo del niño, el nacimiento, es eso. Forma parte del proceso amoroso, es evidente, bajo la forma de un punto para el amor. Se sabe que para toda pareja hay una prueba alrededor del nacimiento, que es a la vez un milagro y una dificultad. Alrededor del niño, y precisamente porque ves uno, va a desplegarse lo Dos. Lo Dos no va a poder continuar experimentándose en el mundo tal y como lo hacía antes de que tuviera que confrontarse con este punto. En absoluto niego que el amor sea secuencial, o dicho de otro modo que no ruede solo. Hay puntos, pruebas, tentaciones, apariciones nuevas y, cada vez, es necesario reinterpretar la “escena de lo Dos”, encontrar los términos de una nueva declaración. Inauguralmente declarado, el amor también debe ser “redeclarado”. Y esta es la razón por la cual el amor también está en el origen de las crisis existenciales violentas. Como todo procedimiento de verdad. Por cierto, desde este punto de vista la proximidad entre la política y el amor es asombrosa.

Alain Badiou - Elogio del Amor

El Amor Amenazado




“El amor está por reinventar, ya se sabe”
Arthur Rimbaud, Una temporada en el infierno, Delirios I

En un libro que se ha convertido en célebre, ¿De qué es Sarkozy el nombre?, usted sostiene que “el amor debe ser reinventado pero también, simplemente, defendido, porque se encuentra amenazado en todas partes”. ¿Amenazado por quién? Y ¿en qué sentido los viejos matrimonios acordados de hoy revisten, según usted, hábitos nuevos? Creo que una reciente publicidad para un sitio de encuentros por Internet le ha impresionado particularmente...

Es cierto, París ha sido cubierto de carteles de la página web de encuentros Meetic, carteles cuyos títulos me han interpelado. Puedo citar un cierto número de eslóganes de esta campaña publicitaria. El primero dice -y se trata de la tergiversación de una cita de teatro- “¡Encuentre el amor sin el azar!”. Y luego, hay otra: “¡Se puede estar enamorado sin caer enamorado!”. Así pues, nada de caída, ¿no es eso? Y, después, también está el de: “¡Usted puede perfectamente estar enamorado sin sufrir!” Y todo ello gracias a la página de encuentros Meetic... que nos propone -la expresión me pareció absolutamente notable- un “coaching amoroso”. Tendremos, pues, un entrenador que va a prepararnos para afrontar la prueba. Pienso que esta propaganda publicitaria depende de una concepción securitaria del “amor”. Es el amor asegurado a todo riesgo: usted tendrá el amor, pero como un asunto tan bien calculado, habrá seleccionado tan bien a su compañero cliqueando en Internet -evidentemente tendrá su foto, sus gustos en detalle, su fecha de nacimiento, su signo astrológico, etc.- que al término de esta inmensa combinación usted podrá decir: ¡ahora ya, con todo esto, no puede fallar... después de todo esto va a funcionar... ahora ya no hay ningún riesgo!” Y eso es propaganda, es teniendo interés como la publicidad se hace en ese registro. Ahora bien, obviamente yo estoy convencido de que el amor, en tanto que es un gusto colectivo, en tanto que es, para casi todo el mundo, la cosa que da a la vida intensidad y significación, yo pienso que el amor, en la existencia, no puede ser ese don que se hace a la ausencia total de riesgos. Me parece un poco como la propaganda por la guerra “cero muertos” que en algún momento hizo el ejército norteamericano.

Según usted, ¿habría una correspondencia entre la guerra “cero muertos” y el amor “cero riesgos” de la misma manera que existe, para los sociólogos Richard Sennett y Zygmunt Bauman, una analogía entre el “yo no te comprometo” que dice el agente del capitalismo financiero al trabajador precarizado y el “yo no me comprometo” que pronuncia a su compañero o compañera el “amante” indiferente, en un mundo en el que los vínculos se hacen y se deshacen en beneficio de un libertinaje protegido y consumerista?

Todo ello es un poco el mismo mundo. La guerra “cero muertos”, el amor “cero riesgos”, nada de azar, nada de encuentro, ahí es donde yo veo, con los medios de una propaganda general, una primera amenaza sobre el amor, que yo llamaría la amenaza securitaria. Después de todo, no está lejos de ser un matrimonio acordado o arreglado. No lo es en nombre del orden familiar, mediante padres despóticos, sino en nombre de la seguridad personal, mediante un acuerdo previo que evita todo azar, todo encuentro, y finalmente toda poesía existencial, en nombre de la categoría fundamental de la ausencia de riesgos. Y después, la segunda amenaza que pesa sobre el amor, es la de denegarle toda importancia. La contrapartida de esta amenaza securitaria no es más que una variante del hedonismo generalizado, una variante de las figuras del goce. Se trata, así, de evitar cualquier prueba inmediata y profunda de la alteridad, donde el amor se teje. Añadamos, por lo mismo, y no pudiéndose nunca eliminar el riesgo para lo bueno, la propaganda de Meetic, como la de los ejércitos imperiales, consiste en decir que ¡el riesgo será para los otros! Si está usted bien preparado para el amor, según los cánones de la seguridad moderna, sabrá usted mandar a paseo al otro, que no está conforme con su confort de usted. Si él sufre es asunto suyo ¿no es eso? Es que él no está en la modernidad. Sucede de la misma manera que con el “cero muertos” de los militares occidentales. Las bombas que tiran desde el aire matan a cantidad de gente que tiene la mala suerte de vivir debajo. Pero son afganos, palestinos... No son modernos, claro. El amor securitario, como todo aquello cuya norma es la seguridad, es la ausencia de riesgos para todo aquel que tiene un buen seguro, un buen ejército, una buena policía, una buena psicología del goce personal, y es todo riesgo para aquel que tiene en frente. Se notará que por todas partes se nos explica que las cosas se hacen “para nuestra comodidad y nuestra seguridad”, desde los agujeros en las aceras hasta los controles de policía en los pasillos del metro. En el fondo, tenemos ahí a los dos enemigos del amor: la seguridad del contrato de seguros y la comodidad de los goces limitados.

Así pues, ¿habría una especie de alianza entre una concepción libertaria y una concepción liberal del amor?

En efecto, creo que liberal y libertario convergen en la idea de que el amor es un riesgo inútil. Y que se puede tener por un lado una cierta conyugalidad preparada que se proseguirá en la dulzura del consumo y, por el otro, acuerdos o arreglos sexuales placenteros y llenos de goce, haciendo economía de la pasión. Desde este punto de vista, realmente pienso que el amor, en el mundo tal cual es, se encuentra en ese asedio, en ese cerco y que está, a este respecto, amenazado. Y creo que es una tarea filosófica, entre otras, defenderlo. Lo que probablemente supone, como lo diría el poeta Rimbaud, que también deba ser reinventado. Y ello no puede ser una ofensiva por la simple conservación de las cosas. En efecto, el mundo está lleno de novedades y el amor debe ser también comprendido en esa innovación. Hay que reinventar el riesgo y la aventura contra la seguridad y la comodidad.

Alain Badiou - Elogio del Amor


Como estrellas

  "La mayoría de los seres humanos son como hojas que caen de los árboles: vuelan y revolotean por el aire, vacilan y por último se pre...