Mostrando entradas con la etiqueta Saint-Exupèry. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Saint-Exupèry. Mostrar todas las entradas

jueves, 11 de octubre de 2018

Dicen...




Nada tiene sentido si no mezclo en ello mi cuerpo y mi espíritu. No hay aventura si no me comprometo en ella.

Antoine de Saint-Exupèry - Ciudadela

Cartas a una Amiga Inventada




Ya ves que no soy un tipo simpático. Sirvo todo lo más para pilotar en solitario sobre algún recorrido cuanto más lejano mejor.

Antoine de Saint-Exupèry - Cartas a una Amiga Inventada



lunes, 23 de mayo de 2016

Ley y significación




El gran error es no reconocer que la ley es significación de las cosas, no ritmo más o menos estéril en ocasión de éstas cosas. De legislar sobre el amor he hecho nacer tal forma de amor. Mi amor está dibujado por las mismas sujeciones que le impongo. La ley puede, pues, ser costumbre lo mismo que gendarme.

Antoine de Saint-Exupéry - Ciudadela, Cap. XCI


domingo, 22 de mayo de 2016

Sobre la verdad




-Soy aquel que, como el niño, tienta y busca un lenguaje. La verdad no me ha aparecido. Pero mi lenguaje, como tu montaña, es simple para los hombres, y por sí mismos hacen de él la verdad.

-Te vuelves amargo, geómetra.

-Hubiera querido descubrir en el universo la huella de un divino manto y, palpando fuera de mi una verdad, como un Dios que se hubiera ocultado largo tiempo a los hombres, hubiera querido atraparla por el paño del hábito y arrancarle el velo del rostro para mostrarla. Pero no me ha sido dado descubrir otra cosa que a mí mismo.


Antoine de Saint-Exupéry - Ciudadela, Cap. LXXVIII


martes, 23 de junio de 2015

Mi muralla...




Es tiempo, en efecto, que te instruya sobre el hombre.
Hay en los mares del norte hielos flotantes que tienen el espesor de montañas; pero del macizo solo emerge una cresta minúscula en la luz del sol. El resto duerme. Así del hombre, del que has esclarecido solo una parte miserable con la magia de tu lenguaje. Porque la sabiduría de los siglos ha forjado claves para apoderarse de él. Y conceptos para aclararlo. Y de tiempo en tiempo llega aquel que lleva a tu conciencia una parte aún no formulada, con la ayuda de una clave nueva...
Pero la palabra que obra no es la que se dirige a la débil parte esclarecida, sino que expresa la parte todavía oscura y que no tiene aún lenguaje. Y es por esto que los pueblos van hacia donde el lenguaje del hombre enriquece la parte enunciable. Porque ignoras el objeto de tu inmenso afán de alimento. Pero yo te lo aporto y lo comes. Y el lógico habla de locura; porque su lógica de ayer no le permite comprender.
Mi muralla es el poder que organiza sus provisiones subterráneas y las trae a la conciencia. Porque tus necesidades son oscuras e incoherentes y contradictorias. Buscas la paz y la guerra, las reglas del juego para gozar del juego y la libertad para gozar de ti mismo. La opulencia para satisfacerte con ella y el sacrificio para hallarte en él, La conquista de las provisiones para la conquista y el disfrute de las provisiones para las provisiones. La salud para claridad de tu espíritu y las victorias de la carne para el lujo de tu inteligencia y de tus sentidos. El fervor de tu hogar y el fervor en la evasión. La caridad en consideración a las heridas, y la herida del individuo en consideración al hombre. El amor construido en la fidelidad impuesta y el descubrimiento del amor fuera de la fidelidad. La igualdad en la justicia, y la desigualdad en la ascensión. Pero a todas esas necesidades en desorden como la rocalla dispersa, ¿qué árbol fundarás capaz de absorberlas y ordenarlas, y de todo lograr un hombre? ¿Qué basílica construirás que use esas piedras?
Mi muralla es la semilla antes que te la proponga. Y la forma del tronco y las ramas. Tanto más durable el árbol, pues organizará mejor los surcos de la tierra. Tanto más durable tu imperio que absorberá mejor lo que de ti se propone. Y vanas son las murallas de piedra cuando son tan solo escamas de un muerto.


Antoine de Saint-Exupéry - Ciudadela


Calculistas...




"Porque yo os lo digo: la torre, la ciudad o el imperio crecen como el árbol. Son manifestaciones de la vida puesto que precisan del hombre para nacer. Y el hombre cree calcular. Y cree que la razón gobierna la erección de sus piedras, cuando la ascensión de esas piedras nace primero de su deseo. Y la ciudad está contenida en él, en la imagen que lleva en el corazón, como el árbol está contenido en su simiente. Y sus cálculos solo sirven para vestir su deseo. E ilustrarlo. Porque no explicáis el árbol si mostráis el agua que ha bebido, los surcos minerales que ha succionado y el sol que le presta su fuerza. Y no explicáis la ciudad si decís: "He aquí por qué esta cúpula no se desploma... he aquí los cálculos de los arquitectos..." Porque si la ciudad debe nacer siempre se hallarán calculistas que calculen exactamente. Pero son únicamente servidores. Y si los empujáis a primer plano, creyendo que las ciudades salen de sus manos, ninguna ciudad surgirá desde la arena. Saben cómo nacen las ciudades, mas no saben por qué. Pero arrojad al conquistador ignorante y a su pueblo sobre la tierra áspera y rocallosa: si volvéis mas tarde brillará al sol la ciudad de treinta cúpulas... Y las cúpulas se mantendrán de pie como las ramas del cedro. Porque el deseo del conquistador se habrá transmutado en la ciudad de las cúpulas, y habrá encontrado, como medios, vías y caminos, todos los calculistas que deseaba."


Antoine de Saint-Exupéry - Ciudadela


martes, 19 de mayo de 2015

No quiero saber




Agay (Var)         

Eso es... —sabias resoluciones, cartas rotas en pedazos, durante dos años cuántas cartas rotas— y luego, junto al fuego, a medianoche, todas las resoluciones ceden. Y me permito el lujo de una imprudencia y de un pequeño fracaso. Y sorbo un té bien azucarado. Y me perfumo junto a este fuego que huele a eucaliptos y a resina. Creo incluso que sonrío, sonrío dulcemente, para mis barbas, porque no siento vergüenza...         

¿Qué contarte? Me siento bien a medias. Junto a ti esta noche hubiera estado sin hablar durante una hora. Ocupado en no dejar escapar un pensamiento dormido, saboreándolo sin decírmelo. Pensamiento dulce mientras está dormido. ¡Me has enseñado a engañarme a mí mismo! Así que me veo obligado a escribirte una carta que no significa absolutamente nada. Algunos pasos en el jardín. O una carta despertador, cuando uno se estira, cuando todavía no se sabe bien por qué es encantador vivir.         

Lo que más deseo es no esperar nada. En Toulouse me veía impelido hacia mi buzón, desde el otro lado de la ciudad, a cada hora. A veces regresaba de Marruecos después de tres días de ausencia. Tres días inmensos durante los cuales todas las mujeres del mundo habrían tenido tiempo de escribirme. ¡Esto me aumentaba las oportunidades para una sola! Me gustaba dar esta oportunidad de tres días.         
Se me preparaba una sorpresa y yo me iba de paseo para no estorbar. Ingenuo de mí. Verdaderamente era un muchacho muy desgraciado. Y escribiría por la noche, desde el café Lafayette, cartas en las que escondía secretos bajo la entonación de las palabras. Y cuando decía “Alicante”, Alicante con su sol y sus naranjas... ¡Era tan sonriente, era tan transparente como un rostro! Y durante aquel invierno, todas las primaveras que denuncié en el mundo —en Málaga, en Cartagena—, todas las primaveras que reconocía... Estaba loco.

Ya que lo que más deseaba era no comprender nada. Mis secretos tan mal defendidos no corrían ningún peligro. Más tarde se me escribía al Senegal: “Mándame pronto otras cartas, me gustan tanto tus cartas...” Y estaba celoso de mis cartas, me parecía a aquel hombre que, por tacto, había ofrecido como falsa una piedra preciosa. Se aprovechaban. Le agradecían la piedra falsa. “Envíame otra pronto...” y “qué sinvergüenza que no me manda más”.  Pobre hombre.         

Claro. Habría preferido que me trocearan a cachos antes que volver a escribir.         

Pero la calma que traen consigo los años, tantas cosas ocurridas, a lo mejor las casablanquesas, o una cierta vejez del corazón, todo ello, en fin... No tiene quizá importancia ya.         

Sin duda miento un poco.         

Sin duda hubo aquel truco poco leal de la canción de la “Vida Parisién” y el ensayo traidor de otra canción a la guitarra. La que sin duda Dalila cantaba para cortar la melena de Sansón. Sansón se daba cuenta del truco ¡imagínate! Pero la canción le gustaba más que la melena.         

La noche sigue dulcemente su curso y dulcemente también me duermo yo. Desconfío de mis confidencias. Me inquieta haber olvidado mis grandes rencores: esto es grave. Quizá me guste también mi debilidad. No quiero saber si he caído o no en la trampa. Sansón que no osa moverse, romper el hilo. Sansón maravillado de ser el guarda que ha caído en la trampa del cazador de pájaros. 

Antoine


martes, 28 de abril de 2015

Festín de bodas




Mientras lo contemplaba, mi padre hablo:

- Sabes lo que es el festín de bodas, así que los invitados y los amantes lo han abandonado. El amanecer muestra el desorden que dejaron. Las jarras rotas, las mesas desordenadas, el fuego extinguido, todo conserva el sello de un tumulto que se ha endurecido. Pero leyendo esas huellas -me dijo mi padre- no aprenderás nada sobre el amor.

"Al pesar y dar vueltas el libro del Profeta -me dijo además-, al detenerse sobre el dibujo de los caracteres o sobre el oro de las ilustraciones, el iletrado pierde lo esencial, que no es el objeto vano, sino la sabiduría divina. Como lo esencial del cirio no es la cera que deja trazas, sino la luz."

... Lo que importa no se evidencia en la ceniza. No te detengas más sobre esos cadáveres. No hay nada aquí...

Antoine de Saint-Exupéry - Ciudadela


miércoles, 21 de enero de 2015

Juzgar por los materiales




No juzgarás según la suma. Nada puede esperarse, me dices, de aquellos. Son grosería, afán de lucro, egoísmo, falta de valentía, fealdad. Pero así puedes hablarme delas piedras, las cuales son rudeza, dureza, peso triste y espesor, mas no de lo que sacas de las piedras: estatua o templo. He visto demasiado que el ser no funcionaba casi nunca como lo hacían prever sus partes y, ciertamente, si tomas aparte a cada uno de los que forman las poblaciones próximas, descubres que cada uno odia la guerra, no desea dejar su hogar, porque quiere a sus hijos y a su esposa y las comidas de cumpleaños, ni verter la sangre porque es bueno, y alimenta a su perro, y acaricia a su asno, ni saquear a otro porque observas que solo quiere su propia casa y lustra sus maderas y pinta sus paredes y embalsama con flores su jardín, y me dirás pues: representan en el mundo el amor de la paz... Y sin embargo, su imperio es una gran sopera donde hierve la guerra. Y su bondad, y su dulzura, y su piedad por el animal herido, y su emoción ante las flores solo son ingredientes de una magia que prepara el entrechocar de armas, como acontece con cierta mezcla de nieve, de madera barnizada y de cera caliente que prepara los grandes latidos de tu corazón, aunque la captura aquí, como en otras partes, no esté en la esencia de la celada.
¿Juzgas al árbol por sus materiales? Si vienes a hablarme del naranjo ¿me criticas su raíz, o el gusto de su fibra, o lo viscoso o rugoso de su corteza, o la arquitectura de sus ramas? No te importan los materiales. Juzgas al naranjo por la naranja.
Así sucede con los que tú persigues. Separados son éste, ese y aquél. Me río. Su árbol me fabrica cada tanto almas de espadas dispuestas a sacrificar el cuerpo en los suplicios, contra la cobardía de la mayoría, y miradas lúcidas que despojan de inútiles atributos a la verdad, como de su cáscara al fruto y, en contra del apetito vulgar de la mayoría, te observan las estrellas desde la ventana de su buhardilla y viven de un hilo de luz; entonces estoy satisfecho. Porque yo veo condición donde tú ves litigio. El árbol es condición del fruto, la piedra del templo y los hombres condición del alma que irradia sobre la tribu. Y tal como en la bondad y el suave ensueño y el amor de la casa de aquellos, fácilmente iré a plantar mi taco porque, a pesar de la apariencia, solo se trata de ingredientes, para la sopera, de peste, de crimen y de hambre. Perdonaré a los otros su ausencia de bondad o su rechazo del ensueño o su escaso amor por las casas (pues es posible que hayan sido nómadas mucho tiempo) si acontece que esos ingredientes sean condición de la nobleza de algunos. Y de eso nada sé prever por el encadenamiento de palabras y palabras; pues no hay lógica que haga pasar de una etapa a otra.

Antoine de Sait-Exupéry - Ciudadela, Cap. CCXVII


domingo, 5 de octubre de 2014

Descripción de un amor




En el último cajón de mi cómoda, al fondo, encerradas con llave, hay cuatrocientas cincuenta y tres cartas de mujer. Son cartas de amor, dirigidas a mí, todas de la misma mujer, de una mujer a la que ya no amo desde hace mucho tiempo, a la que no he visto más, que no sé dónde está. Son cuatrocientas cincuenta y tres cartas de amor; son todo lo que queda de un gran amor.

Ese cajón lleno de cartas me turba. Yo no soy un sentimental. Soy muy frío: más observador que apasionado. De esas cartas, cenizas de un fuego, he hecho tema de estudio. Todo puede ser objeto científico. Quiero librarme de ellas de esta manera. Si las destruyera permanecerían allí como un vano lamento de mi corazón vacío.

Ante todo he empezado numerándolas una a una. Son cuatrocientas cincuenta y tres, ni una más, ni una menos, de eso estoy seguro. Las he puesto por orden cronológico: van de 1903 a 1906. Las he atado en paquetes, mes por mes: enero 1903, cuatro; febrero 1903, dieciocho; marzo 1903, treinta y dos, y así sucesivamente. Crecen, crecen; a medida que pasan los meses, los paquetes son cada vez mayores. El máximo es el del mes de junio de 1904: cincuenta y siete cartas. Pero con el 1905 los paquetes adelgazan y llegamos al mes de octubre de 1906: una sola, la última, ¡si Dios quiere!

Las he pesado también (porque las cartas más espirituales y líricas tienen, según los empleados de correos, su peso), las he pesado cuidadosamente, unas cuantas a la vez; son en total 6.740 gramos; más de seis kilos y medio, casi siete kilos. Es un peso discreto para un amor, y si tuviera que llevarlo en un saco todo junto, no haría mucho camino.

He contado, también, una a una, las páginas. El número de las páginas es espantoso: las mujeres escriben con una facilidad de la que no tenemos idea. Para ellas, las palabras, tanto habladas como escritas, no son monedas sagradas, sino céntimos que se pueden gastar a todas horas con la más byroniana prodigalidad. Es verdad que esta mujer tenía una escritura muy grande y dejaba mucho espacio entre líneas, pero, a pesar de todo, no puedo convencerme de que sólo en cuatrocientas cincuenta y tres cartas haya podido escribir tres mil doscientas noventa páginas. Ninguna carta tiene menos de cuatro páginas y hay bastante de ocho, de diez, de doce e incluso de dieciséis. Las cuentas salen, pero el asombro sigue siendo grande igualmente. Pienso que si hubiera tenido que escribir todas esas páginas seguidas —esas tres mil doscientas noventa páginas—, aunque hubiera podido escribir diez por hora, habría invertido trescientas veintidós horas, es decir, trece días y trece noches seguidas, sin descansar nunca. Creo que su amor, aunque es grandísimo, no hubiese resistido semejante prueba.

No he tenido la paciencia, ni el tiempo, de contar las palabras y las sílabas, pero mis investigaciones no se han detenido aquí. He observado, por ejemplo, con cierto interés que los tipos de papel y de los sobres son cuatro. Algunas cartas están en papel hecho a mano, gordo y pesado, de color amarillo marfil viejo; otras, en papel pergamino, con sobres largos y bajos; otras, en feísimo papel comercial blanco, pobre y filamentoso. Pero la mayoría está en un papel ligero, a la inglesa, encerradas en aquellos sobres azul oscuro impresos por dentro con trazos grises y negros para que no se puedan leer las palabras desde fuera.

Tampoco he olvidado el lado cómico de mi epistolario. Todo este papel ha sido fabricado, vendido al por mayor y luego revendido al detalle. Según mis cálculos, que creo bastante exactos, porque también yo he probado varios tipos de papel de cartas, considero que el costo total del papel asciende a unas diecinueve liras y algunos céntimos. No es una suma despreciable para quien no sea muy rico. Con diecinueve liras se pueden hacer muchas cosas, sin comprar papel de cartas. Entran, por lo menos, cinco novelas francesas de tres cincuenta cada una.

Pero el gasto del papel es lo de menos. Cada una de estas cartas tiene un sello. De estas cuatrocientas cincuenta y tres cartas, hay ciento doce que vienen de ciudades lejanas y trescientas cuarenta y una que vienen de la misma ciudad donde vivo yo. Se trata, pues, de ciento doce sellos de quince céntimos, que equivalen a dieciséis liras con ochenta céntimos, y de trescientos cuarenta y un sellos de un céntimo, que importan diecisiete liras con cinco céntimos. Sumándolo todo, papel y sellos, se ve que el gasto sostenido por aquella pobre mujer enamorada es de unas cincuenta y dos liras.

Pero ¿dónde dejamos la tinta? Para escribir tres mil doscientas noventa páginas se necesitan, por lo menos, cuatro botellas de tinta. Pongamos que cada botella valga solamente sesenta céntimos, y el gasto total asciende a casi cincuenta y cinco liras. Yo creo, en efecto, que el gasto vivo, en dinero, de este amor ha sido, para mi corresponsal, un poco superior a las cincuenta y cinco liras, y juraría que no puede haber llegado a sesenta. Su valor actual es indudablemente bastante menor, casi nulo. El papel escrito no es muy buscado y hay quien lo paga apenas a dos céntimos el kilo. De todo el epistolario yo no sacaría más de sesenta y cinco céntimos como máximo. Está claro que no vale la pena desprenderse de un recuerdo tan poético por tan poco.

Sin embargo, hay algo más —tanto para un historiador como para un poeta— en estas cartas de lo que había cuando eran simples cajas de papeles en la tienda del papelero. Hay todas las palabras escritas, hay toda la pasión de tres años, hay una cantidad enorme de imágenes, de adjetivos y de besos: hay, en suma, para abreviar, un poco de la vida profunda de un hombre y de una mujer. ¡Y todo eso ya no vale nada!

Siento que soy inmensamente idiota con todos esos cálculos y esas reflexiones. Yo estoy hecho así. No soy un sentimental. Soy un observador de las cosas. Cuando veo un muerto, pienso en cuánto habrán gastado los parientes en todas aquellas medicinas que no lo han podido salvar, y cuando una madre llora, busco adivinar cuántos decilitros de lágrimas verterá en una jornada, comprendida la noche. ¿Qué quieren? Yo estoy hecho así: no soy un sentimental.

Y estas cuatrocientas cincuenta y tres cartas de amor, encerradas con llave en el último cajón de mi cómoda, me fastidian un poco. No quisiera tenerlas y no quisiera quemarlas. Y he hecho todo lo que he podido para sacármelas del alma. Lo he contado y calculado todo y, sin embargo, hay algo en el fondo de mi corazón que muge y gime y no está satisfecho. Pero no hago caso. Yo no soy un sentimental.


En El piloto ciego
Traducción:  Paloma Alonso Alberti




Líbreme Dios de ver el mundo de esta manera, de verlo a la manera de los que todo lo miden y cuantifican con escalas ridículamente palpables... inexistentes abstracciones.
Prefiero verlo en las definiciones que solo logran reducir un poco eso intangible, el vacío tras las máscaras, que solo definen por lo no dicho, por la ausencia de palabras...
En la disección se perdió el alma, como bien dice Sait-Exupéry:

"Morada de los hombres ¿ quien te fundara sobre la razón? ¿ Quién será capaz, según la lógica de construirte? Existes y no existes. Eres y no eres. Estas hecha de materiales dispares; pero es preciso inventarte para descubrirte. Igual que aquel que destruyo su casa con la pretensión de conocerla posee solo un montón de piedras, de ladrillos y tejas, y no sabe que servicio esperar de ese montón de ladrillos, de piedras y tejas, pues le falta la invención que los domina el Alma y el corazón del Arquitecto. Porque faltan a la piedra el Alma y el corazón del hombre."

Antoine de Saint-Exupéry, en Ciudadela



"El mensaje de las cartas son sus palabras, el texto sobre la memoria, pero el trasfondo es su urgencia, el corazón del amante y el riesgo de alguna empresa que lleva la misiva a algún destinatario. Una carta le roba el sueño a un enamorado y agita un corazón más allá del horizonte, aunque hay distancias cortas que suelen ser fulminantes. También las misivas cambian el curso de la guerra o terminan conflictos, suelen ser despedidas o audaces propuestas. Un papel que supera el miedo, salva una vida, un imperio, tal vez mantiene un amor lejano, incendia un corazón en la provincia más pura del amor o salda alguna cuenta, que no necesariamente tiene que ver con dinero o cosa material alguna. Una carta puede ser una lápida o una rosa encendida.

La epístola romántica rodó con ríos de lágrimas, fue escrita por quemantes yemas, corazones atribulados, afiebrados, perdidos literalmente o ganados por y para el amor irremediablemente. La carta no es una condición de persona alguna en especial, es más bien un viejo y recurrido recurso para expresar intimidad, cercanía y llegar directamente al destinatario y objetivo. Un simple papel doblado y encerrado en un sobre con el nombre y la dirección del destinario(a) y que sólo a dos suele interesar.


Cartas bajo el sello del compromiso eterno, escritas palabra por palabra, esas que pesan, que el tiempo convierte en más que ligeros gramos de papel. Llegan inflamadas a las manos, en llamas, por el amor o la guerra, arden por los cuatro costados de la flama. Hay cartas que ponen a temblar el papel y el rostro del destinatario, son el ojo del huracán que llevan sus palabras. Esquelas románticas que el viento de la historia las sigue soplando. Las palabras no mienten en las cartas de amor. Hay cartas que incluyen las espinas y las lágrimas." 

Extraído de: http://www.letralia.com/ciudad/gabrielli/080206.htm

Si, las palabras solo alcanzan para definir un contorno borroso y vacío y, muchas veces, solo llevan a confusión. Por eso en el fondo de su corazón hay algo que muge y gime...y no está satisfecho

sábado, 27 de septiembre de 2014

Ocasiones perdidas




Si te diese una fortuna ya hecha, como ocurre con una herencia inesperada, ¿en qué te engrandecería? Si te diese la perla negra del fondo de los mares, fuera del ceremonial de las zambullidas, ¿en qué te engrandecería? No engrandeces sino con lo que transformas, pues eres simiente. No hay regalo para ti. Por eso quiero tranquilizarte, a ti que te desesperas por las ocasiones perdidas. No hay ocasiones perdidas. Alguno esculpe el marfil y transforma el marfil en rostro de diosa o de reina que conmueve al corazón. Otro cincela el oro puro, y acaso el perfil que obtiene es menos patético a los hombres. Ni al uno ni al otro les fueron dados el marfil o el oro. Uno y otro han sido sólo camino, senda y pasaje. No hay para ti sino materiales de una basílica por construirse. Y no careces de piedras. Así el cedro no carece de tierra. Pero la tierra puede carecer de cedros y trocarse en páramo pedregoso. ¿De qué te quejas? No hay ocasión perdida porque su misión es ser simiente. Si no dispones de oro, esculpe marfil. Si no dispones de marfil, esculpe madera. Si no dispones de madera, recoge una piedra.
El ministro opulento de vientre y pesado de párpados que separé de mi pueblo no encontró, en su dominio, sus carretillas de oro y los diamantes de sus sótanos, una sola ocasión para usarlos. Pero alguno, al tropezar con un canto rodado tropieza con la ocasión maravillosa.
El que se queja de que el mundo le faltó, faltó él al mundo. El que se queja de que el amor no lo colmó, se equivoca sobre el amor: el amor no es regalo por recibir. La ocasión de amar nunca te falta. Puedes tornarte soldado de una reina. La reina no necesita conocerte para que estés colmado. He visto a mi geómetra enamorado de las estrellas. Él transformaba en ley para el espíritu un hilo de luz. Era vehículo, vía y pasaje. Era abeja de una estrella florida de la que hacía su miel. Lo he visto morir feliz a causa de unos signos y figuras en los cuales se había transmutado. Así el jardinero de mi jardín que hizo abrir una nueva rosa. Un geómetra puede faltar a las estrellas. Un jardinero puede faltar al jardín. Mas tu no careces ni de estrellas, ni de jardines, ni de redondos cantos dorados en los labios de los mares. No me digas que eres pobre...

Antoine de Saint-Exupéry - Ciudadela,extracto del capítulo CC


martes, 9 de septiembre de 2014

Morada de los hombres




"Morada de los hombres ¿ quien te fundara sobre la razón? ¿ Quién será capaz, según la lógica de construirte? Existes y no existes. Eres y no eres. Estas hecha de materiales dispares; pero es preciso inventarte para descubrirte. Igual que aquel que destruyo su casa con la pretensión de conocerla posee solo un montón de piedras, de ladrillos y tejas, y no sabe que servicio esperar de ese montón de ladrillos, de piedras y tejas, pues le falta la invención que los domina el Alma y el corazón del Arquitecto. Porque faltan a la piedra el Alma y el corazón del hombre."

Antoine de Saint-Exupéry, en Ciudadela 


jueves, 3 de julio de 2014

Lazos divinos




Aquellos que a través de las cosas saben tocar los lazos divinos que las atan, no disponen de ese poder permanentemente. El alma está plena de sueño. El alma no ejercitada lo está más aún. ¿Cómo esperar de éstos que sean golpeados con la revelación como por el rayo? Porque solo encuentran el rayo quienes reciben de él su solución, quienes aguardaban ese rostro porque estaban construidos para ser abrasados.

Antoine de Saint-Exupéry - Ciudadela, Cap. CXX


El hombre es aquel...




Por cierto, probablemente muchos lenguajes te expliquen el mundo o a ti mismo. Y que se hagan la guerra. Cada uno coherente y sólido. Y sin que nada los desempate. Sin que esté tampoco en tu poder el argumentar contra tu adversario, porque tiene tanta razón como tú. Porque lucháis en nombre de Dios.
"El hombre es aquel que produce y consume..."
Y es verdad que produce y consume.
"El hombre es aquel que escribe poemas y aprende a leer los astros..."
Y es verdad que escribe poemas y estudia los astros.
"El hombre es aquel que solo encuentra en Dios la beatitud..."
Y es verdad que aprende la alegría en los monasterios.
Mas está por decir algo del hombre que contenga todos los enunciados, que dan nacimiento a los odios. Porque el campo de la conciencia es minúsculo y el que ha encontrado una fórmula cree que los otros mienten o están en el error. Pero todos tienen razón.

Sin embargo, como he aprendido con una evidencia soberana de mi vida de todos los días que producir y consumir es, como las cocinas del palacio, no lo más importante, sino únicamente lo más urgente, quiero el reflejo en mi principio. Pues la urgencia no me sirve de nada y podría decir también: "El hombre es aquel que no vale más que en buena salud...", y deducir una civilización en la cual bajo el pretexto de esa urgencia, instalo al médico como juez de las acciones y de los pensamientos del hombre. Mas también ahí, como he aprendido de mí mismo que la salud no era más que un medio y no un fin, quiero también el reflejo de esa jerarquía en mi principio. Porque si tu principio no es absurdo, probablemente traerá la necesidad de favorecer la producción y la consumición, o el anhelo de la disciplina por la salud. Pues lo mismo que la semilla, que es una, se diversifica según crece, lo mismo que la civilización de la imagen, que es una, te mueve según tu cuadro o tu estado, no hay nada que mi principio no gobierne a fin de cuentas.
Diré, pues, del hombre: "El hombre es aquel que no vale más que un campo de fuerza, el hombre es aquel que no comunica más que a través de los dioses que concibe y que gobiernan él y los otros, el hombre es aquel que no encuentra alegría más que cambiándose por su creación, el hombre es aquel que no muere dichoso más que si se delega, el hombre es aquel por quien agotan las provisiones y para quien es patético todo conjunto que quiere conocer y se embriaga si se encuentra, el hombre es aquel también que..."
Me conviene formularlo de tal manera que sus aspiraciones esenciales se vean sometidas y desarregladas. Porque si hay que arruinar el espíritu de creación para fundar el orden, ese orden no me concierne. Si hay que borrar el campo de fuerza para agrandar el perímetro de su vientre, ese perímetro de su vientre no me concierne. Igual que si hay que hacerlo podrir por el desorden para agrandarlo en su espíritu de creación, esa suerte de espíritu que se arruina a sí mismo, no me concierne. E igual que si hay que hacerlo perecer para exaltar ese campo de fuerza; porque entonces hay un campo de fuerza, pero no existe el hombre, y ese campo de fuerza ya no me concierne.
Luego, yo, el capitán que vela sobre la ciudad, hablaré esta noche acerca del hombre, y de la pendiente que crearé, nacerá la calidad del viaje.

Antoine de Saint-Exupéry - Ciudadela, Cap. CXLI


La Fuente Ausente




He deseado fundar en ti el amor al hermano. Y he fundado juntamente la tristeza de la separación del hermano. He deseado fundar en ti el amor a la esposa. Y he fundado en ti la tristeza de la separación de la esposa. He deseado fundar en ti el amor al amigo. Y he fundado juntamente en ti la tristeza de la separación del amigo, tal como aquel que construye las fuentes construye su ausencia.
Pero al descubrirte atormentado por la separación más que por cualquier otro mal, quise curarte e instruirte sobre la presencia. Pues la fuente ausente es más dulce aún para quien muere de sed que un mundo sin fuentes...

Antoine de Saint-Exupéry - Ciudadela, Cap. CCXIX


lunes, 30 de junio de 2014

En Todo te Equivocas




"Aquel exige reconocimiento: hizo por ellos esto o lo otro... pero no hay tampoco don cosechado y provisión hecha. Tu don es circulación de uno a otro. Si no das más, nada diste. Me dirás: "Fui meritorio ayer y conservo el beneficio." Y contestaré "¡No! Habrías muerto con ese mérito si hubieses muerto ayer ciertamente; pero no has muerto ayer. Solo cuenta en que te has transmutado a la hora de la muerte. Del generoso que ayer eras, extrajiste de tí este mezquino de hoy. El que muera será mezquindad."
...Si el centinela se cansa de vigilar el horizonte y se duerme, la ciudad muere. No hay provisión de rondas ya cumplidas. No hay provisión de latidos reservados por tu corazón en algún lugar. Hasta tu granero no es provisión. Es escala. Y labras la tierra al mismo tiempo que la saqueas. Pero en todo te equivocas. Te imaginas descansar de la creación por el acopio de objetos creados en el museo. Apilas allí hasta a tu pueblo. Pero no hay objetos. Hay sentidos diversos de ese mismo objeto en distintas lenguas. No es una misma la piedra negra para el pescador, la cortesana o el mercader. El diamante vale cuando lo extraes, cuando lo vendes, cuando lo das, cuando lo pierdes, cuando lo encuentras, cuando adorna una frente para una fiesta. Nada sé del diamante común. El diamante de todos los días no es más que guijarro vacío. Y bien lo saben las que lo tienen. Ellas lo encierran en el más secreto cofre para que duerma. No lo sacan sino el día del cumpleaños del rey. Entonces se torna movimiento de orgullo. Ellas lo recibieron en la noche de la boda. Era movimiento de amor. Una vez fue milagro para quien rompió su ganga..."

Antoine de Sait-Exupéry - Ciudadela, Cap. CXCVI


Destinos Particulares




"Y creo, antes que nada, en los destinos particulares. Sin mezquindad por ser tan limitados. Porque esta flor única es la ventana abierta sobre el nacimiento de la primavera. Es la primavera transformada en flor. Porque nada sería para mí una primavera que no hubiera formado flores."

Antoine de Saint-Exupéry - Ciudadela, Cap. XXI


martes, 17 de junio de 2014

Nadador de las Indias




¿Dónde vas a buscar el tesoro, nadador de las Indias que tocas las perlas pero no sabes sacarlas a la luz? En el desierto en el que camino, yo, que estoy retenido, como un plomo, al suelo, no sabría descubrir nada. Pero para ti, mago, solo es un velo de arena, una apariencia...
"Santiago, ya es la hora"

Antoine de Saint-Exupéry - Correo del Sur


sábado, 14 de junio de 2014

Vestigio Salvaje





Cuando pasan los patos salvajes, en la época de las migraciones, provocan curiosas mareas sobre los territorios que dominan. Los patos domésticos, como atraídos por el gran vuelo triangular, amagan un salto inhábil. La llamada cerril ha despertado en ellos no sé que vestigio salvaje. Y he aquí los patos de la granja convertidos por un instante en aves migratorias. He aquí que en esa pequeña cabeza dura en que circulan humildes imágenes de chacras, de gusanos, de corral, se desenvuelven las extensiones continentales, el sabor de los vientos de alta mar y la geografía de los mares. El animal ignoraba que su cerebro fuese bastante vasto para contener tantas maravillas, pero he aquí que él bate las alas, desprecia el grano, desprecia los gusanos, y quiere ser pato salvaje.

Antoine de Saint-Exupéry - Tierra de Hombres


Tal como pasa con esos grandes espíritus de todas las épocas, que nos hacen sentir, con solo leer sus libros o escuchar su música, que podemos soñar con un mundo distinto... con un mundo en el que volar es más importante que comer y alcanzar poder en la bandada, como decía el Juan Salvador Gaviota de Richard Bach...

En los Límites de una Verdad




Una vez más he bordeado una verdad que no he comprendido. Me he creído perdido, he creído tocar el fondo de la desesperación y, una vez aceptado el renunciamiento, he conocido la paz. Parece, a esas horas, que uno se descubriera a sí mismo y que uno se transformara en su propio amigo. Nada podría ya prevalecer contra un sentimiento de plenitud que satisface en nosotros no sé qué necesidad esencial que no conocimos.

Antoine de Saint-Exupéry - Tierra de Hombres


Como estrellas

  "La mayoría de los seres humanos son como hojas que caen de los árboles: vuelan y revolotean por el aire, vacilan y por último se pre...