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sábado, 10 de mayo de 2025



Lo que me atraía no era la belleza externa cuantificable e impersonal, sino algo más absoluto que se hallaba en el interior. De la misma manera que hay quien ama secretamente los diluvios, los terremotos o los apagones, yo prefería ese algo recóndito que alguien del sexo opuesto emitía hacia mí. A ese algo voy a llamarlo aquí 'magnetismo'. Una fuerza que te atrae y te absorbe, te guste o no te guste, quieras o no.

Haruki Murakami,

Al sur de la frontera, al oeste del sol.

sábado, 6 de octubre de 2018

Corazón




El corazón de las personas es como un pozo muy profundo. Nadie sabe lo que hay en el fondo. Sólo podemos imaginárnoslo mirando la forma de las cosas que, de vez en cuando, suben a la superficie.

Murakami

Me gusta esto. Hay quienes se han impuesto la tarea de sacar a la superficie todo lo que su propio pozo tiene en el oscuro fondo... pero lo que puede sacarse pareciera no tener límites!. 
Los hechos que vivimos, cada historia, son el recipiente con el que pescar algo de esa profundidad y tratar de sacarlo a la luz. 
Qué es primero, el recipiente o lo que debo pescar? Elijo el recipiente para ese ejemplar especial que debe ser pescado?; o, por el contrario, saco del fondo aquello que puede introducirse en los recipientes unidos a mi cuerda? Puede eso invisible en el fondo del pozo, de alguna manera misteriosa, influir mi elección del recipiente? Incluso sin que que yo sepa que estoy siendo influenciado? En otras palabras, puede el pez elegir al pescador?
Se pueden pensar estas tonterías sin costo alguno?

Platos Rotos




"Pero lo que ya ha sucedido es igual que un plato roto en mil pedazos. Por muy esfor­zadamente que lo intentes, ya no podrás devolverlo a su estado original."

Murakami

Nunca más de aquel modo, las cosas no van hacia atrás, lo que vuelva no será nunca una vuelta, será una nueva forma, algo totalmente nuevo. Pero al mismo tiempo estará implícito aquel primer tiempo, aquella primera vez... pero revisitada con otros ojos y nos tocará de diferente manera...

martes, 31 de marzo de 2015

Tempestad




"A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo intentando evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. Como una danza macabra con a Muerte antes del amanecer. Y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y que no guarde relación contigo. Esta tormenta, en definitiva, eres tú. Es algo que se encuentra en tu interior. Lo único que puedes hacer es resignarte, meterte en ella de cabeza, taparte con fuerza los ojos y las orejas para que no se te llenen de arena e ir atravesándola paso a paso. Y en su interior no hay sol, ni luna, ni dirección, a veces ni siquiera existe el tiempo. Allí solo hay una arena blanca y fina, como polvo de huesos, danzando en lo alto del cielo. Imagínate una tormenta como ésta. Y tú en verdad la atravesarás, claro está. La violenta tormenta de arena. La tormenta de arena metafísica y simbólica. Pero por más metafísica y simbólica que sea, te rasgará cruelmente la carne como si de mil cuchillas se tratase. Muchas personas han derramado allí su sangre y tu, asimismo, derramarás allí la tuya. Sangre caliente y roja. Y esa sangre se verterá en tus manos. Tu sangre y, también, la sangre de los demás. Y cuando la tormenta de arena haya pasado, tu no comprenderás cómo has logrado cruzarla con vida. ¡No! Ni siquiera estarás seguro de que la tormenta haya cesado de verdad. Pero una cosa si quedara clara. Y es que la persona que surja de la tormenta no será la misma persona que penetró en ella. Y ahí estriba el significado de la tormenta de arena." 

 Haruki Murakami - Kafka en la orilla


jueves, 16 de octubre de 2014

Lo que tiene que quedar




Las cartas no son más que un trozo de papel. Aunque se quemen, en el corazón siempre queda lo que tiene que quedar; por más que las guardes, lo que no tiene que quedar desaparece.


Haruki Murakami.


sábado, 4 de octubre de 2014

Sobre encontrarse a la chica 100% perfecta una bella mañana de abril




Una bonita mañana de Abril, en una estrecha calle del barrio chic de Harujuku en Tokio, me crucé andando con la chica 100% perfecta.
Diciendo la verdad, ella no era tan guapa.
No destaca de una manera concreta. Sus ropas no tienen nada especial. La parte de atrás de su pelo todavía está aplastada por haber dormido. No es joven, tampoco. Debe estar cerca de los treinta, nada cercano a una chica, hablando con propiedad. Pero aún así, lo sé desde 50 metros a la distancia: Ella es la mujer 100% perfecta para mí.
En el momento en que la veo, siento un retumbar en mi pecho y mi boca está tan seca como un desierto.
Quizás ustedes tengan su particular tipo favorito de chica – perfecta con tobillos delgados, digamos, o grandes ojos, o dedos graciosos, o se vean atraídos sin una razón, por aquellas que se toman su tiempo con cada comida.
Yo tengo mis propias preferencias, por supuesto. Algunas veces en un restaurante, cuando me doy cuenta, estoy mirando a una chica de la mesa de al lado a la mía porque me gusta la forma de su nariz.
Pero nadie puede insistir en que la chica perfecta se corresponde con algún modelo preconcebido. Aunque me gustan mucho las narices, no puedo recordar la forma de la nariz de ella, o incluso si ella tenía una. Todo lo que puedo recordar con certeza es que ella no era una gran belleza. Es extraño.
“Ayer en la calle me crucé con una chica perfecta”, le digo a alguien.
“¿Sí?” el dice. “¿Guapa?”
“No realmente”
“¿Tu tipo favorito, entonces?”
“No lo sé. No parece que recuerde algo de ella: la forma de sus ojos o el tamaño de su pecho”
“Extraño”
“Sí. Extraño”
“De cualquier manera”, él dice ya aburrido, “¿que hiciste, hablaste con ella? ¿La seguiste?”
“No. Solo me crucé con ella en la calle”.
Ella iba hacia el Oeste, y yo hacia el Este. Era una bonita mañana de Abril.
Hubiera deseado hablar con ella. Media hora hubiera sido todo: sólo preguntarle por ella, hablarle de mí, y – lo que más me habría gustado hacer -, explicarle las complejidades del destino que condujo a nuestro encuentro en una estrecha calle en Harajuku una bonita mañana de Abril de 1981.
Después de hablar, habríamos comido en cualquier sitio, quizás visto una película de Woody Allen, o parado en un bar de hotel para tomar unos cocktails. Con algo de suerte, podríamos haber acabado en la cama.
La potencialidad llama a la puerta de mi corazón.
¿Cómo me puedo aproximar a ella? ¿Qué le debería decir?
“Buenos días, señora. ¿Piensa que podría compartir media hora de conversación conmigo?”. Ridículo. Hubiera sonado como un vendedor de seguros.
“Perdóneme, ¿sabría por casualidad si hay una tintorería abierta las 24 horas en el barrio?”. No, igual de ridículo. No llevo ni ropa sucia, en primer lugar. ¿Quién va a creerse una cosa así?
Quizás, la simple verdad lo haría. ”Buenos días. Usted es la chica perfecta para mí.”
No, ella no lo creería. Incluso si lo creyese, ella no querría hablar conmigo.
“Perdón”, podría decir, “puede ser que sea la mujer perfecta para ti, pero tu no eres el hombre perfecto para mí.” Podría pasar. Y si me encontrase en esa situación, probablemente me querría morir. Nunca me recuperaría de ese shock. Tengo 32 y esto es lo que significa hacerse mayor.
Pasamos frente a una floristería. Una cálida, y suave brisa de aire toca mi piel. El asfalto está húmedo y siento el olor de las rosas. No me atrevo a hablarle. Ella viste un jersey blanco, y en su mano derecha sostiene un sobre blanco que carece de sello. Por lo que deduzco que ha escrito a alguien una carta, quizás estuvo toda la noche escribiendo, a juzgar por las ojeras en sus ojos. El sobre podría contener todos los secretos que ella hubiese tenido siempre.
Avanzo un poco más y me doy la vuelta. Ella se pierde entre la multitud.
Ahora, por supuesto, sé exactamente que debería haberle dicho. Habría sido un discurso largo, demasiado quizás para haberlo desarrollado adecuadamente. Las ideas que se pasan por la cabeza no son nunca muy prácticas.
Bien. Hubiera comenzado “Erase una vez” y terminado “Una triste historia, ¿no cree?”
Erase una vez, un chico y una chica. El chico tenia 18 años y la chica 16. Él no era especialmente guapo, y ella tampoco. Solo eran un hombre y una mujer solitarios como todos los demás. Pero ellos creían con todo su corazón que en alguna parte del mundo había un hombre y una mujer perfectos para ellos. Sí, ellos creían en un milagro. Y ese milagro ocurrió realmente.
Un día los dos se encontraron en una esquina de una calle.
“Esto es increíble,” él dijo “Te he estado buscando toda mi vida. No lo creerás, pero tú eres la mujer perfecta para mí.”
“Y tú”, dijo ella, “eres el hombre perfecto para mí, exactamente como te había soñado en cada detalle. Es como un sueño.”
Se sentaron en un banco del parque, se cogieron de las manos, y se contaron sus historias el uno al otro hora tras hora. Ellos ya no estaban más solos. Habían encontrado y sido encontrados por su pareja perfecta. Qué cosa maravillosa es encontrar y ser encontrado por tu pareja perfecta. Es un milagro, Un milagro cósmico.
Mientras conversaban sentados, sin embargo, una pequeña, pequeña sombra de duda enraizó en sus corazones: ¿Estaba bien que los sueños de alguien se hicieran realidad tan fácilmente?
Y así, cuando se produjo una pausa momentánea en su conversación, el chico le dijo a la chica: “Vamos a probarlo para nosotros una vez. Si realmente somos el amor perfecto del otro, entonces alguna vez, en algún lugar, nos encontraremos otra vez sin duda. Y cuando pase, sabremos que somos la pareja perfecta, y nos casaremos. ¿Qué piensas?”
“Sí,” dijo ella, “eso es exactamente lo que deberíamos hacer.”
Y entonces se separaron, ella fue al Este, y él al Oeste.
La prueba que habían acordado, sin embargo, era innecesaria. No la deberían haber realizado, porque eran real y verdaderamente la pareja perfecta, y era un milagro que se hubiesen encontrado Pero era imposible para ellos saberlo, jóvenes como eran.
Las frías, indiferentes olas del destino continuaron sacudiéndolos despiadadamente.
Un invierno, el chico y la chica cayeron enfermos de una terrible gripe, y después de luchar entre la vida y la muerte, perdieron la memoria de sus años más tempranos. Cuando se dieron cuenta sus cabezas estaban vacías.
Fueron dos brillantes y decididos jóvenes, sin embargo, y gracias a sus esfuerzos constantes fueron capaces de adquirir otra vez el conocimiento y el sentimiento que les posibilitó volver como miembros hechos y derechos a la sociedad. Gracias a Dios, se convirtieron en ciudadanos que sabían como utilizar el metro, o ser capaces de enviar una carta especial al correo.
También experimentaron el amor otra vez; algunas veces, como mucho al 75% u 85%.
El tiempo pasó con una rapidez espantosa, y pronto el muchacho tuvo 32 años, la muchacha 30.
Una preciosa mañana de Abril, en busca de una taza de café para comenzar el día, el muchacho andaba del Oeste al Este, mientras la muchacha, teniendo la intención de enviar una carta, andaba del Este al Oeste, los dos sobre la misma estrecha calle del barrio de Harajuku en Tokio.
Se cruzaron en el centro mismo de la calle.
El destello más débil de sus memorias perdidas brilló tenuemente por un breve momento en sus corazones. Cada uno sintió un retumbar en su pecho. Y ellos supieron:
Ella es la mujer perfecta para mí
Él es el hombre perfecto para mí.
Pero el brillo de sus memorias era demasiado débil, y sus pensamientos ya no tenían la claridad de catorce años antes.
Sin una palabra, se cruzaron, desapareciendo entre la multitud. Para siempre.
Una triste historia, ¿no cree?
Si, eso es, eso es lo que debería haberle dicho.

Haruki Murakami


sábado, 18 de enero de 2014

Tomar un nombre distinto

No es fácil convertirse en otra persona. Pero sí tomar un nombre distinto.

HARUKI MURAKAMI: KAFKA EN LA ORILLA



No es fácil convertirse en otra persona, no. Solo podemos jugar a usar otro nombre. Esta artimaña nos permite vernos de un modo distinto del que nos vemos habitualmente, que no es otra cosa que lo que nuestro entorno nos deja ver de nosotros mismos, lo que los espejos a nuestro alrededor nos devuelven como imágenes parciales para que armemos un conjunto que, de alguna manera nos explique. Ponernos otro nombre es un juego, como cuando éramos chicos y nos disfrazábamos... pero es un juego curioso porque, al tomar otro nombre, si jugamos seriamente, adoptamos otra personalidad, dejamos que este personaje tome el mando y tamice los reflejos de esos espejos de una manera distinta y, lógicamente, empezamos a "vernos" de otra manera, a "explicarnos" de otra manera... quizás de una manera más real, no tan dependiente de lo que se espera de cada uno de nosotros.
No es fácil convertirse en otra persona. Solo podemos tomar un nombre distinto pero, de esta manera, empezamos a convertirnos en ese otro que no dejábamos salir a causa de los reflejos que percibíamos desde nuestro yo "social", por llamarlo de alguna manera.
No es fácil convertirse en otra persona pero me gusta pensar que es nuestra tarea más importante...




lunes, 7 de octubre de 2013

Corazón




Extracto del libro "El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas", de Haruki Murakami

—Entonces, ¿tú tampoco entiendes lo que es el corazón?
—No siempre lo entiendo —dije. En ocasiones sólo logro entenderlo mucho después, cuando ya es demasiado tarde. La mayoría de las veces, las personas tenemos que tomar decisiones sin entender nuestro corazón, y esto nos hace titubear.
—A mí me parece que el corazón es algo muy imperfecto —dijo ella sonriendo.
—Sí, también a mí me lo parece. Es muy imperfecto —dije—. Pero deja huella. Y podemos seguir su rastro, del mismo modo que se siguen las pisadas sobre la nieve.
—¿Y adónde conducen?
—A uno mismo —respondí—. El corazón es así. Sin corazón no llegas a ninguna parte.

Si, el corazón es imperfecto... tan imperfecto e inexplicable que uno tiene miedo de seguirlo sin tomar algunos recaudos racionales. Pero, como dice el escrito, deja huella y podemos seguir su rastro. Las huellas que deja el corazón son indelebles, al menos a mi así me parecen o las percibo. En cambio las de la razón son esquivas y volátiles, cambiantes... fáciles de seguir y entender pero a poco que uno empieza a trabajar con ellas, a intentar seguirles el rastro, nos damos cuenta que no podemos fiarnos de ellas, salvo que tomemos la decisión de defenderlas aunque hayan perdido su significado. 
Como el autor del texto, creo que sin el corazón no llegamos a ninguna parte aunque, lo se por haberlo sufrido, tampoco es un guía perfecto. Uno puede perder el rumbo como con cualquier GPS si carga mal las coordenadas o, por un motivo cualquiera, pierde la clave para descifrar los mensajes que nos envía. Aún así me gusta emprender el camino, sobre todo aquel que es ineludible, con la guía del corazón y no de la razón...


Como estrellas

  "La mayoría de los seres humanos son como hojas que caen de los árboles: vuelan y revolotean por el aire, vacilan y por último se pre...