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jueves, 7 de mayo de 2026

sábado, 15 de junio de 2019

Hombre Invisible




Ginebra, 6 de mayo de 1986

Queridos amigos de la agencia EFE:

             Les envío estas líneas para que las publiquen donde quieran. Lo hago para terminar de una vez por todas con el asedio de los periodistas y con las llamadas y las preguntas de las que estoy cansado.
            Soy un hombre libre. He resuelto quedarme en Ginebra, porque Ginebra corresponde a los años más felices de mi vida. Mi Buenos Aires sigue siendo el de las guitarras, el de las milongas, el de los aljibes, el de los patios. Nada de eso existe ahora. Es una gran ciudad como tantas otras. En Ginebra me siento misteriosamente feliz. Eso nada tiene que ver con el culto de mis mayores y con el esencial amor a la patria. Me parece extraño que alguien no comprenda y respete esta decisión de un hombre que ha tomado, como cierto personaje de Wells, la determinación de ser, un hombre invisible.
Con todo aprecio se despide de ustedes


Jorge Luis Borges



sábado, 23 de marzo de 2019

Paraíso perdido




"No hay otros paraísos que los paraísos perdidos..."


Jorge Luis Borges


Y siempre queremos volver al paraíso perdido...

jueves, 14 de marzo de 2019

De la salvación por las obras




En un otoño, en uno de los otoños del tiempo, las divinidades del Shinto se congregaron, no por primera vez, en Izumo. Se dice que eran ocho millones pero soy un hombre muy tímido y me sentiría un poco perdido entre tanta gente. Por lo demás, no conviene manejar cifras inconcebibles. Digamos que eran ocho, ya que el ocho es, en estas islas, de buen agüero.
Estaban tristes, pero no lo mostraban, porque los rostros de las divinidades son kanjis que no se dejan descifrar. En la verde cumbre de un cerro se sentaron en rueda. Desde su firmamento o desde una piedra o un copo de nieve habían vigilado a los hombres. Una de las divinidades dijo:
Hace muchos días, o muchos siglos nos reunimos aquí para crear el Japón y el mundo. Las aguas, los peces, los siete colores del arco, las generaciones de las plantas y de los animales, nos han salido bien. Para que tantas cosas no los abrumaran, les dimos a los hombres la sucesión, el día plural y la noche una. Les otorgamos asimismo el don de ensayar algunas variaciones. La abeja sigue repitiendo colmenas; el hombre ha imaginado instrumentos: el arado, la llave, el calidoscopio. También ha imaginado la espada y el arte de la guerra. Acaba de imaginar un arma invisible que puede ser el fin de la historia. Antes que ocurra ese hecho insensato, borremos a los hombres.
Se quedaron pensando. Otra divinidad dijo sin apuro:
Es verdad. Han imaginado esa cosa atroz, pero también hay ésta, que cabe en el espacio que abarcan sus diecisiete sílabas.
Las entonó. Estaban en un idioma desconocido y no pude entenderlas.
La divinidad mayor sentenció:
Que los hombres perduren.
Así, por obra de un haiku, la especie humana se salvó.

Jorge Luis Borges


Alguien sueña




¿Qué habrá soñado el Tiempo hasta ahora, que es, como todos los ahoras, el ápice? 
Ha soñado la espada, cuyo mejor lugar es el verso. 
Ha soñado y labrado la sentencia, que puede simular la sabiduría. 
Ha soñado la fe, ha soñado las atroces Cruzadas. 
Ha soñado a los griegos que descubrieron el diálogo y la duda. 
Ha soñado la aniquilación de Cartago por el fuego y la sal. 
Ha soñado la palabra, ese torpe y rígido símbolo. 
Ha soñado la dicha que tuvimos o que ahora soñamos haber tenido. 
Ha soñado la primer mañana de Ur. 
Ha soñado el misterioso amor de la brújula. 
Ha soñado la proa del noruego y la proa del portugués. 
Ha soñado la ética y las metáforas del más extraño de los hombres, el que murió una tarde en una cruz. 
Ha soñado el sabor de la cicuta en la lengua de Sócrates. 
Ha soñado esos dos curiosos hermanos, el eco y el espejo. 
Ha soñado el libro, ese espejo que siempre nos revela otra cara. 
Ha soñado el espejo en que Francisco López Merino y su imagen se vieron por última vez. 
Ha soñado el espacio. 
Ha soñado la música, que puede prescindir del espacio. 
Ha soñado el arte de la palabra, aún más inexplicable que el de la música. 
Ha soñado una cuarta y la fauna singular que la habita. 
Ha soñado el número de la arena. 
Ha soñado los números transfinitos, a los que no se llega contando. 
Ha soñado al primero que en el trueno oyó el nombre de Thor. 
Ha soñado las opuestas caras de Jano, que no se verán nunca. 
Ha soñado la luna y los dos hombres que caminaron por la luna. 
Ha soñado el pozo y el péndulo. 
Ha soñado a Walt Whitman, que decidió ser todos los hombres como la divinidad de Spinoza. 
Ha soñado el jazmín, que no puede saber que lo sueñan. 
Ha soñado las generaciones de las hormigas y las generaciones de los reyes. 
Ha soñado la vasta red que tejen todas las arañas del mundo. 
Ha soñado el arado y el martillo, el cáncer y la rosa, las campanadas del insomnio y el ajedrez. 
Ha soñado la enumeración que los tratadistas llaman caótica y que, de hecho, es cósmica, porque todas las cosas están unidas por vínculos secretos. 
Ha soñado a mi abuela Frances Haslam en la guarnición de Junín, a un trecho de las lanzas del desierto, leyendo su Biblia y su Dickens. 
Ha soñado que en las batallas los tártaros cantaban. 
Ha soñado la mano de Hokusai, trazando una línea que será muy pronto una ola. 
Ha soñado a Yorick, que vive para siempre en unas palabras del ilusorio Hamlet. 
Ha soñado los arquetipos. 
Ha soñado que a lo largo de los veranos, o en un cielo anterior a los veranos, hay una sola rosa. 
Ha soñado las caras de tus muertos, que ahora son empañadas fotografías. 
Ha soñado la primer mañana de Uxmal. 
Ha soñado el acto de la sombra. 
Ha soñado las cien puertas de Tebas. 
Ha soñado los pasos del laberinto. 
Ha soñado el nombre secreto de Roma, que era su verdadera muralla. 
Ha soñado la vida de los espejos. 
Ha soñado los signos que trazará el escriba sentado. 
Ha soñado una esfera de marfil que guarda otras esferas. 
Ha soñado el calidoscopio, grato a los ocios del enfermo y del niño. 
Ha soñado el desierto. 
Ha soñado el alba que acecha. 
Ha soñado el Ganges y el Támesis, que son nombres del agua. 
Ha soñado mapas que Ulises no habría comprendido. 
Ha soñado a Alejandro de Macedonia. 
Ha soñado el muro del Paraíso, que detuvo a Alejandro. 
Ha soñado el mar y la lágrima. 
Ha soñado el cristal. 
Ha soñado que Alguien lo sueña.

Jorge Luis Borges



sábado, 13 de octubre de 2018

La Rosa de Paracelso

"— ¿En qué otro sitio estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear otro sitio que no sea el Paraíso? ¿Crees que la Caída es otra cosa que ignorar que estamos en el Paraíso?"




“…Paracelso se quedó solo. Antes de apagar la lámpara y de sentarse en el fatigado sillón, volcó el tenue puñado de ceniza en la mano cóncava y dijo una palabra en voz baja….”

 En su taller que abarcaba las dos habitaciones del sótano, Paracelso pidió a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios, que le enviara un discípulo. Atardecía. El escaso fuego de la chimenea arrojaba sombras irregulares. Levantarse para encender la lámpara de hierro era demasiado trabajo. Paracelso, distraído por la fatiga, olvidó su plegaria. La noche había borrado los polvorientos alambiques y el atanor cuando golpearon la puerta. El hombre, soñoliento, se levantó, ascendió la breve escalera de caracol y abrió una de las hojas. Entró un desconocido. También estaba muy cansado. Paracelso le indicó un banco; el otro se sentó y esperó. Durante un tiempo no cambiaron una palabra.

El maestro fue el primero que habló:

– Recuerdo caras del Occidente y caras del Oriente – dijo no sin cierta pompa. No recuerdo la tuya. ¿Quién eres y qué deseas de mí?

– Mi nombre es lo de menos -replicó el otro -. Tres días y tres noches he caminado para entrar en tu casa. Quiero ser tu discípulo. Te traigo todos mis haberes.

Sacó un talego y lo volcó sobre la mesa. Las monedas eran muchas y de oro. Lo hizo con la mano derecha. Paracelso le había dado la espalda para encender la lámpara. Cuando se dio vuelta advirtió que la mano izquierda sostenía una rosa. La rosa lo inquietó.

Se recostó, juntó la punta de los dedos y dijo:

– Me crees capaz de elaborar la piedra que trueca todos los elementos en oro y me ofreces oro. No es oro lo que busco, y si el oro te importa, no serás nunca mi discípulo.

– El oro no me importa- respondió el otro.

– Estas monedas no son más que una parte de mi voluntad de trabajo. Quiero que me enseñes el Arte. Quiero recorrer el camino que conduce a la Piedra.

Paracelso dijo con lentitud:

– El camino es la Piedra. El punto de partida es la Piedra. Si no entiendes estas palabras, no has empezado aún a entender. Cada paso que darás es la meta.

El otro miró con recelo. Dijo con voz distinta:

– Pero… ¿hay una meta?

Paracelso se rió.

– Mis detractores, que no son menos numerosos que estúpidos dicen que no, y me llaman un impostor. No les doy la razón, pero no es imposible que sea un iluso. Sé que “hay” un Camino.

Hubo un silencio, y dijo el otro:

– Estoy listo a recorrerlo contigo, aunque debamos caminar muchos años. Déjame cruzar el desierto. Déjame divisar siquiera de lejos la Tierra Prometida, aunque los astros no me dejen pisarla. Quiero una prueba antes de emprender el camino.

– ¿Cuándo?- preguntó con inquietud Paracelso.

– Ahora mismo – contestó con brusca decisión el discípulo.

Habían empezado hablando en latín; ahora, en alemán. El muchacho elevó en el aire la rosa.

– Es fama -dijo – que puedes quemar una rosa y hacerla resurgir de la ceniza, por obra de tu arte. Déjame ser testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te daré después mi vida entera.

– Eres muy crédulo- dijo el maestro-. No he menester de la credulidad; exijo la fe.

El otro insistió.

– Precisamente porque no soy crédulo quiero ver con mis ojos la aniquilación y la resurrección de la Rosa.

Paracelso la había tomado, y al hablar jugaba con ella.

– Eres crédulo – dijo-. ¿Dices que soy capaz de destruirla?

– Nadie es incapaz de destruirla – dijo el discípulo.

– Estás equivocado. ¿Crees, por ventura, que algo puede ser devuelto a la nada? ¿Crees que el primer Adán en el Paraíso pudo haber destruido una sola flor o una brizna de hierba?

– No estamos en el Paraíso – habló tercamente el muchacho; – aquí, bajo la luna, todo es mortal.

Paracelso se había puesto de pie e inquirió:

– ¿En qué otro sitio estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear un sitio que no sea el Paraíso? ¿Crees que la Caída es otra cosa que ignorar que estamos en el Paraíso?

– Una rosa puede quemarse- desafió el discípulo.

-Aún queda el fuego en la chimenea. Si arrojamos esta rosa a las brasas, creerías que ha sido consumida y que la ceniza es verdadera. Te digo que la rosa es eterna y que solo su apariencia puede cambiar. Me bastaría una palabra para que la vieras de nuevo.

– ¿Una palabra?- dijo con extrañeza el discípulo-. El atanor está apagado y están llenos de polvos los alambiques. ¿Qué harías para que resurgiera?

Paracelso lo miró con tristeza.

– El atanor está apagado – repitió – y están llenos de polvo los alambiques. En este tramo de mi larga jornada uso de otros instrumentos.

– No me atrevo a preguntar cuáles son – dijo el otro con astucia o con humildad.

– Hablo del que usó la divinidad para crear los cielos y la tierra y el invisible Paraíso en que estamos, y que el pecado original nos oculta. Hablo de la Palabra que nos enseña la ciencia de la Kabalah.

El discípulo dijo con frialdad:

– Te pido la merced de mostrarme la desaparición y aparición de la rosa. No me importa que operes con alquitaras o con el Verbo.

Paracelso reflexionó. Al cabo, dijo:

– Si yo lo hiciera, dirías que se trata de una apariencia impuesta por la magia de tus ojos. El prodigio no te daría la fe que buscas: Deja, pues, la rosa.

El joven lo miró, siempre receloso. El maestro alzó la voz y le dijo:

– Además, ¿quién eres tú para entrar en la casa de un maestro y exigirle un prodigio? ¿Qué has hecho para merecer semejante don?

El otro replicó, tembloroso:

– Ya sé que no he hecho nada. Te pido en nombre de los muchos años que estudiaré a tu sombra que me dejes ver la ceniza y después la rosa. No te pediré nada más. Creeré en el testimonio de mis ojos.

Tomó con brusquedad la rosa encarnada que Paracelso había dejado sobre el pupitre y la arrojó a las llamas. El color se perdió y solo quedó un poco de ceniza.

Durante un instante infinito esperó las palabras y el milagro.

Paracelso no se había inmutado. Dijo con curiosa llaneza:

– Todos los médicos y todos los boticarios de Basilea afirman que soy un embaucador. Quizá están en lo cierto. Ahí está la ceniza que fue la rosa y que no lo será.

El muchacho sintió vergüenza. Paracelso era un charlatán o un mero visionario y él, un intruso, había franqueado su puerta y lo obligaba ahora a confesar que sus famosas artes mágicas eran vanas.

Se arrodilló, y le dijo:

– He obrado imperdonablemente. Me ha faltado la fe, que el Señor exigía de los creyentes. Deja que siga viendo la ceniza. Volveré cuando sea más fuerte y seré tu discípulo, y al cabo del Camino veré la rosa.

Hablaba con genuina pasión, pero esa pasión era la piedad que le inspiraba el viejo maestro, tan venerado, tan agredido, tan insigne y por ende tan hueco. ¿Quién era él, Johannes Grisebach, para descubrir con mano sacrílega que detrás de la máscara no había nadie?

Dejarle las monedas de oro sería una limosna. Las retomó al salir. Paracelso lo acompañó hasta el pie de la escalera y le dijo que en esa casa siempre sería bienvenido. Ambos sabían que no volverían a verse.

Paracelso se quedó solo. Antes de apagar la lámpara y de sentarse en el fatigado sillón, volcó el tenue puñado de ceniza en la mano cóncava y dijo una palabra en voz baja.

Y la rosa resurgió.


Jorge Luis Borges

Leído en
https://www.arsgravis.com/la-rosa-de-paracelso-de-j-l-borges/





domingo, 22 de enero de 2017

17 Haikus




Después de un viaje a Japón, el escritor argentino Jorge Luis Borges publicó en su libro La cifra (1981) estos 17 haikus:

1

Algo me han dicho
la tarde y la montaña.
Ya lo he perdido.

2

La vasta noche
no es ahora otra cosa
que una fragancia.

3

¿Es o no es
el sueño que olvidé
antes del alba?

4

Callan las cuerdas.
La música sabía
lo que yo siento.

5

Hoy no me alegran
los almendros del huerto.
Son tu recuerdo.

6

Oscuramente
libros, láminas, llaves
siguen mi suerte.

7

Desde aquel día
no he movido las piezas
en el tablero.

8

En el desierto
acontece la aurora.
Alguien lo sabe.

9

La ociosa espada
sueña con sus batallas.
Otro es mi sueño.

10

El hombre ha muerto.
La barba no lo sabe.
Crecen las uñas.

11

Ésta es la mano
que alguna vez tocaba
tu cabellera.

12

Bajo el alero
el espejo no copia
más que la luna.

13

Bajo la luna
la sombra que se alarga
es una sola.

14

¿Es un imperio
esa luz que se apaga
o una luciérnaga?

15

La luna nueva
ella también la mira
desde otro puerto.

16

Lejos un trino.
El ruiseñor no sabe
que te consuela.

17

La vieja mano
sigue trazando versos
para el olvido.


Jorge Luis Borges


[...] Este número 17 coincide curiosamente con el número de las sílabas que componen cada haiku japonés. No sé si esto es intencionado o si se trata de pura coincidencia. [...]




miércoles, 1 de junio de 2016

Kafka y sus Precursores




Yo premedité alguna vez un examen de los precursores de Kafka. A éste, al principio, lo pensé tan singular como el fénix de las alabanzas retóricas; a poco de frecuentarlo, creí reconocer su voz o sus hábitos, en textos de diversas literaturas y de diversas épocas. Registraré unos pocos aquí, en orden cronológico.

El primero es la paradoja de Zenón contra el movimiento. Un móvil que está en A (declara Aristóteles) no podrá alcanzar el punto B, porque antes deberá recorrer la mitad del camino entre los dos, y antes la mitad de la mitad, y antes, la mitad de la mitad, y así hasta el infinito; la forma de este ilustre problema es, exactamente, la de El Castillo, y el móvil y la flecha y Aquiles son los primeros personajes kafkianos de la literatura. En el segundo texto que el azar de los libros me deparó, la afinidad no está en la forma sino en el tono. Se trata de un apólogo de Han Yu, prosista del siglo IX, y consta en la admirable Anthologie raisonée de la littérature chinoise (1948) e Margoulié. Ese es el párrafo que marqué, misterioso y tranquilo: "Universalmente se admite que el unicornio es un ser sobrenatural y de buen agüero; así lo declaran las odas, los anales, las biografías de varones ilustres y otros textos cuya autoridad es indiscutible. Hasta los párvulos y las mujeres del pueblo saben que el unicornio constituye un presagio favorable. Pero este animal no figura entre los animales domésticos, no siempre es fácil encontrarlo, no se presta a una clasificación. No es como el caballo o el toro, el lobo o el ciervo. En tales condiciones, podríamos estar frente al unicornio y no sabríamos con seguridad que lo es. Sabemos que tal animal con crin es caballo y que tal animal con cuernos es toro. No sabemos como es el unicornio."

El tercer texto procede de una fuente más previsible; los escritos de Kierkegaard. La finalidad mental de ambos escritores es cosa de nadie ignorada; lo que no se ha destacado aún, que yo sepa, es el hecho de que Kierkegaard, como Kafka, abundó en parábolas religiosas de tema contemporáneo y burgués. Lowrie, en su Kierkegaard, transcribe dos. Una es la historia de un falsificador que revisa, vigilado incesantemente, los billetes del Banco de Inglaterra; Dios, de igual modo, desconfiaría de Kierkegaard y le habría encomendado una misión, justamente por haber avezado el mal.

El sujeto de otra son las expedientes al Polo Norte. Los párrocos habrían declarado desde los púlpitos que participar en tales expediciones conviene a la salud eterna del alma. Habrían admitido, sin embargo, que llegar al Polo es difícil y tal vez imposible y que no todos pueden acometer la aventura. Finalmente, anunciarían, que cualquier viaje de Dinamarca a Londres, digamos en el vapor de la carrera-, o un paseo dominical en coche de plaza, son, bien mirados, verdaderas expediciones al Polo Norte, La cuarta de las Prefiguraciones la hallé en el poema Fears and Scruples de Browning, publicado en 1876. Un hombre tiene, o cree tener, un amigo famoso. Nunca lo ha visto y el hecho es que éste no ha podido, hasta el día de hoy, ayudarlo, pero se cuentan rasgos suyos muy nobles, y circulan cartas auténticas. Hay quien pone en duda los rasgos, y los grafólogos afirman la apocrifidad de las cartas. El hombre, en el último verso, pregunta: "¿Y si este amigo fuera Dios?".

Mis notas registran asimismo dos cuentos. Uno pertenece a las Histories désobligeantes de León Bloy y refiere el caso de unas personas que abundan en globos terráqueos, en atlas, en guías de ferrocarril y en baúles, y que mueren sin haber logrado salir de su pueblo natal. El otro se titula Carcassonne y es obra de Lord Dunsany. Un invencible ejército de guerreros parte de un castillo infinito, sojuzga reinos y ve monstruos y fatiga los desiertos y las montañas, pero nunca llegan a Carcasona, aunque alguna vez la divisan. (Este cuento es, como fácilmente se advertirá, el estricto reverso del anterior; en el primero, nunca se sale de una ciudad; en el último, no se llega).

Si no me equivoco, las heterogéneas piezas que he enumerado se parecen a Kafka; si no me equivoco, no todas se parecen entre sí. Este último hecho es el más significativo. En cada uno de esos textos está la idiosincrasia de Kafka, en grado mayor o menor, pero si Kafka no hubiera escrito, no la percibiríamos; vale decir, no existiría. El poema Fears and Scruples de Browning profetiza la obra de Kafka, pero nuestra lectura de Kafka afina y desvía sensiblemente nuestra lectura del poema. Browning no lo leía.

Como ahora nosotros lo leemos. En el vocabulario crítico, la palabra precursor es indispensable, pero habría que tratar de purificarla de toda connotación de polémica o rivalidad. El hecho es que cada escritor crea sus precursores. Su labor modifica nuestra concepción del pasado, como ha de modificar el futuro. En esta correlación nada importa la identidad o la pluralidad de los hombres. El primer Kafka de Betrachtung es menos precursor del Kafka de los mitos sombríos y de las instituciones atroces que Browning o Lord Dunsany.


Jorge Luis Borges. Kafka y sus precursores. Otras Inquisiciones.


sábado, 6 de febrero de 2016

Delia Elena San Marco



Nos despedimos en una de las esquinas del Once. Desde la otra vereda volví a mirar; usted se había dado vuelta y me dijo adiós con la mano. Un río de vehículos y de gente corría entre nosotros; eran las cinco de una tarde cualquiera; cómo iba yo a saber que aquel río era el triste Aqueronte, el insuperable.
Ya no nos vimos y un año después usted había muerto.
Y ahora yo busco esa memoria y la miro y pienso que era falsa y que detrás de la despedida trivial estaba la infinita separación.
Anoche no salí después de comer y releí, para comprender estas cosas, la última enseñanza que Platón pone en boca de su maestro. Leí que el alma puede huir cuando muere la carne.
Y ahora no sé si la verdad está en la aciaga interpretación ulterior o en la despedida inocente.
Porque si no mueren las almas, está muy bien que en sus despedidas no haya énfasis.
Decirse adiós es negar la separación, es decir: Hoy jugamos a separarnos pero nos veremos mañana. Los hombres inventaron el adiós porque se saben de algún modo inmortales, aunque se juzguen contingentes y efímeros.
Delia: alguna vez anudaremos ¿junto a qué río? este diálogo incierto y nos preguntaremos si alguna vez, en una ciudad que se perdía en una llanura, fuimos Borges y Delia.


Jorge Luis Borges - El hacedor


lunes, 11 de enero de 2016

Lo nuestro




Amamos lo que no conocemos, lo ya perdido.
El barrio que fue las orillas.
Los antiguos, que ya no pueden defraudarnos, porque son mito y esplendor.
Los seis volúmenes de Schopenhauer, que no acabaremos de leer.
El recuerdo, no la lectura, de la segunda parte del Quijote.
El oriente, que sin duda no existe para el afghano, el persa o el tártaro.
Nuestros mayores, con los que no podríamos conversar durante un cuarto de hora.
Las cambiantes formas de la memoria, que está hecha de olvido.
Los idiomas que apenas desciframos.
Algún verso latino o sajón, que no es otra cosa que un hábito.
Los amigos que no pueden faltarnos, porque se han muerto.
El ilimitado nombre de Shakespeare.
La mujer que está a nuestro lado y que es tan distinta.
El ajedrez y el álgebra, que no sé.

Jorge Luis Borges

Los conjurados




"Sé que he perdido tantas cosas que no podría contarlas y que esas perdiciones, ahora, son lo que es mío. Sé que he perdido el amarillo y el negro y pienso en esos imposibles colores como no piensan los que ven. Mi padre ha muerto y está siempre a mi lado. Cuando quiero escandir versos de Swinburne, lo hago, me dicen, con su voz. Sólo el que ha muerto es nuestro, sólo es nuestro lo que perdimos. Illón fue, pero Illón perdura en el hexámetro que la plañe. Israel fue cuando era una antigua nostalgia. Todo poema, con el tiempo, es una elegía. Nuestras son las mujeres que nos dejaron, ya no sujetos a la víspera, que es zozobra, y a las alarmas y terrores de la esperanza. No hay otros paraísos que los paraísos perdidos."

Jorge Luis Borges - Los conjurados


viernes, 2 de octubre de 2015

Tiempo




El tiempo es la sustancia de la que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrastra, pero yo soy el río, es un tigre que me devora, pero yo soy el tigre, es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego.

Jorge Luis Borges


miércoles, 9 de septiembre de 2015

Juicio Final




El día del Juicio Final, Dios juzga a todos y a cada uno de los hombres.
Cuando llama a Manuel Cruz, le dice:

- Hombre de poca fe. No creíste en mí. Por eso no entrarás en el Paraíso.
- Oh Señor --contesta Cruz--, es verdad que mi fe no ha sido mucha. Nunca he creído en vos, pero siempre te he imaginado.
Tras escucharlo, Dios responde:
- Bien, hijo mío, entrarás en el cielo; mas no tendrás nunca la certeza de hallarte en él.


Jorge Luis Borges - Adolfo Bioy Casares, en "Cuentos Breves y Extraordinarios"


domingo, 7 de junio de 2015

Prefijado




"Todos los hechos que pueden ocurrirle a un hombre, desde el instante de su nacimiento hasta el de su muerte, han sido prefijados por él. Así, toda negligencia es deliberada, todo casual encuentro una cita, toda humillación una penitencia, todo fracaso una misteriosa victoria, toda muerte un suicidio. No hay consuelo más hábil que el pensamiento de que hemos elegido nuestras desdichas."

Así dice Borges y acuerdo con él. 

Hay un "yo mismo" que, de alguna manera que desconozco, me lleva a elegir este camino y no aquel, a elegir esto que me hará feliz y aquello que me sumirá en la tristeza. Me señalará un camino y, al mismo tiempo, me cerrará el acceso al mismo, me encenderá de amor por aquello que es inalcanzable; obligándome a seguir un camino que, intuyo, me hará mejor, aún a costa de sufrir los tormentos más terribles. Como a los Hombres Sensibles de Flores, que de manera genial describió Alejandro Dolina, me ha sido asignado, ¿o debo decir me he asignado?, un camino que no siempre es claro y mucho menos feliz, al menos en los términos corrientes en que se entiende la felicidad. Pero me gusta creer que ese camino tan torcido me llevará a ser mejor de lo que soy y -¿por qué no decirlo, si alguna vez decidí poner mi corazón al desnudo?- me hace sentir especial. Lo que me atormenta, al mismo tiempo me protege y me da las fuerzas para seguir hasta cumplir con ese destino que, como decía Borges, yo mismo prefijé.

Como dice Alejandro Dolina en La Balada del Amor Imposible:

"Por eso, señores, si acaso atesoran ustedes uno de estos metejones locos, a no arrepentirse. Sigan soñando y esperando lo imposible. Aunque sepamos que nuestras ilusiones no habrán de cumplirse nunca, sigamos acariciándolas. Lo contrario sería - como pensaba Wimpy - confundir una ilusión con un pagaré. 
Será una larga jornada. Muchas veces tendremos ganas de contar nuestra pena, pero no podremos hacerlo, para no profanarla. Siempre estaremos solos y tristes, pero no es para tanto. Después de todo, ya se sabe que los únicos paraísos que existen son los paraísos perdidos."


Es el amor




"Es el amor. Tendré que ocultarme o huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz. La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única. ¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras, la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte para cantar sus mares y sus espadas, la serena amistad, las galerías de la Biblioteca, las cosas comunes, los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño?
Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.
Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.
Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
Ya los ejércitos me cercan las hordas.
(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.)
El nombre de una mujer me delata.
Me duele una mujer en todo el cuerpo."


Jorge Luis Borges


martes, 19 de mayo de 2015

Un ratito más...




Infinitamente existió Beatriz para Dante. Dante, muy poco, tal vez nada, para Beatriz.

Jorge Luis Borges


martes, 31 de marzo de 2015

El profeta, el pájaro y la red




Cuenta una tradición israelita que un profeta pasó junto a una red tendida; un pájaro que estaba allí cerca le dijo:
-Profeta del Señor, ¿en tu vida has visto un hombre tan simple como el que tendió esa red para cazarme, a mí que la veo?
El profeta se alejó. A su regreso, encontró al pájaro preso en la red.
-Es extraño -exclamó-. ¿No eras tú quien hace un rato decías tal y tal cosa?
-Profeta -replicó el pájaro-, cuando el momento señalado llega no tenemos ya ojos ni orejas.

AH'MED ET TORTUCHI, Siradj el Moluk
Del libro Cuentos Breves y Extraordinarios - Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares


Der Traum Ein Leben




El diálogo ocurrió en Adrogué. Mi sobrino Miguel que tendría cinco o seis años, estaba sentado en el suelo, jugando con la gata. Como todas las mañanas le pregunté:
-¿Qué soñaste anoche?
Me contestó:
-Soñé que me había perdido en un bosque y que al fin encontré una casita de madera. Se abrió la puerta y saliste vos.- Con súbita curiosidad me preguntó: -Decime, ¿qué estabas haciendo en esa casita?

Francisco Acevedo, Memorias de un bibliotecario (Burzaco, 1955)
Del libro Cuentos Breves y Extraordinarios - Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares


jueves, 12 de marzo de 2015

Elegía del recuerdo imposible




...Qué no daría yo por la memoria
de que me hubieras dicho que me querías
y de no haber dormido hasta la aurora,
desgarrado y feliz.

Jorge Luis Borges - Elegía del recuerdo imposible (extracto)


martes, 11 de noviembre de 2014

Palabra




La palabra habría sido en el principio un símbolo mágico, que la usura del tiempo desgastaría.

Jorge Luis Borges


Como estrellas

  "La mayoría de los seres humanos son como hojas que caen de los árboles: vuelan y revolotean por el aire, vacilan y por último se pre...