El maestro y el pájaro
Un sabio maestro quería evaluar la madurez y comprensión de sus tres alumnos más dedicados.
Un día, los llamó, le entregó a cada uno un pequeño pájaro vivo y un cuchillo, y les dio la siguiente orden:
—Llévense esta ave a un lugar donde nadie los vea, mátenla y regresen a mostrarme que cumplieron la tarea.
Los jóvenes salieron entusiasmados por demostrar su obediencia.
El primer alumno corrió hacia una cueva oscura y profunda al pie de una montaña. Miró hacia todos lados, comprobó que estaba completamente solo y mató al pájaro.
El segundo alumno esperó a que se hiciera medianoche, entró a la habitación más remota de su casa, apágó las velas y, en la absoluta oscuridad donde nadie podía observarlo, mató al pájaro.
Horas más tarde, los dos primeros estudiantes regresaron ante el maestro con las aves muertas, satisfechos de haber cumplido la orden al pie de la letra.
Sin embargo, el tercer alumno tardó mucho más en regresar.
Finalmente apareció, sosteniendo al ave intacta y con vida entre sus manos, visiblemente apenado.
—Maestro —dijo el tercer alumno agachando la cabeza—, intenté cumplir con tu orden, pero fracasé. Fui al bosque más denso, entré a las cúpulas oscuras de los templos, cerré los ojos en las noches sin luna... pero no pude encontrar ningún lugar donde nadie me estuviera viendo.
—¿Por qué lo dices? —preguntó el maestro con una sonrisa.
—Porque a donde quiera que vaya, Dios (o el ave misma, o mi propia conciencia) siempre me está mirando, y yo mismo soy testigo de lo que hago. No existe ningún lugar verdaderamente oculto.
El maestro, complacido, le dijo a la clase: —Los dos primeros entendieron la lección con los ojos del cuerpo, pero él la entendió con los ojos del alma. No se necesita vigilancia externa para actuar bien cuando uno comprende que jamás se está fuera de la mirada divina ni de la propia conciencia.

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