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viernes, 18 de abril de 2025

Acéptalo todo!

 


"Ni siquiera ha crecido la hierba. No se puede ser vagabundo y artista y al mismo tiempo un burgués sano y cuerdo. Si quieres embriaguez, ¡Acepta también la resaca! Si quieres sol y bellas fantasías, ¡Acepta también la suciedad y el hastío! Todo está dentro de ti, el oro y el barro, el deleite y la pena, la risa infantil y la angustia mortal. ¡Acéptalo todo, no te aflijas por nada, no intentes rehuir nada! No eres un burgués, tampoco eres un griego, no eres armónico y dueño de ti mismo, eres un pájaro en plena tormenta. ¡Déjala rugir! ¡Déjate llevar! ¡Cuánto has mentido! ¡Cuántos miles de veces, incluso en tus libros y poesías, has fingido ser el armonioso y sabio, el feliz, el iluminado! ¡Lo mismo han fingido ser los héroes al atacar en la guerra, mientras las entrañas les temblaban! ¡Dios mío, qué siniestro y fanfarrón es el hombre, sobre todo el artista, sobre todo el poeta, sobre todo yo!”

Hermann Hesse

lunes, 24 de junio de 2019

Puerta Abierta




Todo fenómeno terrestre es una metáfora, y toda metáfora es una puerta abierta por la que el alma, si está dispuesta, puede penetrar en el interior del mundo, donde tú y yo, y el día y la noche, somos todos uno.

Hermann Hesse



Prólogo a «Sinclairs Notizbuch»




Sinclair fue el seudónimo que elegí, en la época de prueba más amarga de mi vida, para algunos de mis ensayos escritos durante la guerra de 1914 y luego para el «Demian», pensando en el amigo y benefactor de Hölderlin en Homburg, cuyo nombre me era querido desde joven, y que poseía para mí una magia secreta. Bajo el signo de «Sinclair» se halla para mí, aún hoy, aquella época candente, la agonía de un mundo hermoso e irrecuperable, el despertar, en un principio doloroso, después aceptado plenamente, a una nueva comprensión del mundo y de la realidad, el descubrimiento súbito de la unidad bajo el signo de la polaridad, de la coincidencia de los antagonismos, tal como los maestros del ZEN la trataron de traducir a fórmulas mágicas hace miles de años en China.

Hermann Hesse - Escritos sobre Literatura

Brújula Interior




Todo libro que leemos hace oscilar nuestra brújula interior –aseguraba Hesse en sus apuntes sobre literatura–; todo espíritu ajeno nos muestra desde qué puntos tan diferentes cabe contemplar el mundo. […] Pero luego hay que arrojarlo todo por la borda y pasear un rato por el bosque, observar el tiempo y las plantas, las nieblas y los vientos, y reencontrar en sí el punto sosegado a partir del cual el mundo adquiere unidad.

Hermnann Hesse


lunes, 24 de diciembre de 2018

Navidad




Desde antes de mi recuerdo de la Tradicional Festividad, siempre sentí un vago recelo en la época navideña, una amargura en mis labios. He aquí algo muy hermoso pero no del todo auténtico, algo universalmente aceptado y respetado, pero que sin embargo me inspiraba una secreta desconfianza.

Y ahora que llega la cuarta Navidad en tiempo de guerra, no puedo quitarme esa amargura que siento en la boca. Ciertamente voy a celebrar la Navidad, porque tengo hijos y no los voy a privar de la celebración; pero la festejaré con el mismo espíritu con que lo hacemos con los prisioneros de guerra, como un gesto oficial, una concesión a lo tradicional, una brizna de sentimentalismo. Durante los tres años pasados hemos tratado a estos infortunados prisioneros de guerra como endurecidos criminales, y ahora les entregamos unos paquetes y cajas bonitas con recortes de ramitas verdes. Esto es conmovedor y a veces yo mismo me siento afectado. Imagino la sensación del prisionero que recibe un pequeño regalo, la nube de recuerdos que vienen a su mente al ver la ramita verde. Sin embargo, en el fondo esto también es sentimentalismo.

Todo el año mantenemos a los prisioneros confinados, aunque no han hecho nada sino dejarse sorprender por el enemigo, y luego en Navidad visitamos a estos cientos de miles o millones de prisioneros con tiernos obsequios y les recordamos la fiesta del amor. Ésta es la forma en que tratamos a nuestros hijos. Una vez al año los invitamos a participar en la legendaria festividad del amor divino; durante una noche, bajo el árbol de Navidad nos manifestamos atentos y amorosos con ellos, mientras que todo el resto del año los tenemos sujetos y a raya.

Cuando un prisionero de guerra me arroja a la cara el regalo de Navidad que le llevo y pisotea la ramita verde, tiene toda la razón de hacerlo. Y cuando nuestros hijos no están del todo capacitados para creer en nuestra emoción, en nuestra beatitud en presencia del divino Infante, y nos consideran un poco hipócritas y ridículos, también ellos tienen razón. Con excepción de unas cuantas gentes sinceramente religiosas, nuestras Navidades han sido desde hace tiempo simples gestos sentimentales. O peor aún, una oportunidad para hacer campañas publicitarias, un campo para empresas deshonestas, para fabricar licores.

¿Por qué? Porque para todos nosotros, la Navidad, la festividad del amor infantil, ha cesado de ser la expresión de un sentimiento sincero. Se ha convertido en todo lo contrario, en un sustituto del sentimiento, en una pobre imitación. Una vez al año nos comportamos como si diéramos gran importancia a los sentimientos nobles, como si nos alegráramos al gastar dinero por la festividad. En realidad, nuestra emotividad pasajera ante la belleza de tales sentimientos puede ser muy intensa; mientras más grande y genuina, mayor grado de sentimentalismo. Esto último representa nuestra actitud típica hacia la Navidad y hacia otras ocasiones aisladas en las que los vestigios cristianos todavía entran en nuestras vidas. Nuestro sentimiento en esas ocasiones es: ¡La idea del amor es algo magnífico! ¡Cuán verdadero es que sólo el amor nos puede redimir! ¡Y qué lástima que por nuestras circunstancias se nos permita el lujo de este noble sentimiento solamente una vez al año, porque nuestros negocios y otras preocupaciones de importancia nos apartan de la celebración durante todo el resto del año! Esta sensación tiene todos los visos del sentimentalismo. Porque es sentimental consolarnos con manifestaciones internas que no tomamos en serio al grado de hacer sacrificios por ellas y llevarlas a la práctica.


Cuando los sacerdotes y la gente piadosa se queja porque la fe se ha perdido en el mundo y la felicidad con ella, tienen razón. Nuestra actitud hacia todos los valores genuinamente humanos es más bárbara y falta de sensibilidad de todo aquello que el mundo ha visto durante siglos. Esto es patente en nuestra actitud religiosa, hacia el arte y en nuestro propio arte. Porque la opinión, tan ampliamente esparcida, que la Europa moderna se ha elevado a una altura sin precedente en el arte, o en la «cultura», también es una invención de nuestros cultos filistinos.

El hombre «culto» de hoy en día asume una actitud característica hacia las enseñanzas de Jesús: durante todo el año no les concede la menor atención, pero en la noche de Navidad se deja llevar por una vaga y melancólica memoria infantil, y se mece en un mar de sentimientos piadosos y mansos una o dos veces al año, por ejemplo, cuando escucha la Pasión según San Mateo y se inclina humildemente al mundo secreto y poderoso, pero inquietante, que ha olvidado hace mucho tiempo.

Todo el mundo lo reconoce, todos lo saben, y todos saben también que esto es muy triste. Se nos dice que los sucesos políticos y económicos son los culpables o el Estado o el militarismo, etc., etc. Porque hay que culpar a algo. Ninguna nación «quería la guerra», así como ningún país quería el día de catorce horas de trabajo, la escasez de habitaciones o el alto índice de la mortalidad infantil.

Antes de celebrar otra Navidad, antes de tratar otra vez de aplacar nuestro eterno y genuino anhelo a base de un sentimiento masivo de imitación, debemos enfrentarnos a nuestra desgraciada situación. Ninguna idea o principio es culpable por nuestra desdicha, por la nulidad, vulgaridad y vacío de nuestras vidas, por la guerra, el hambre y todo lo demás que es maligno y deprimente; nosotros somos los culpables. Y es solamente a través de nosotros mismos, a base de nuestra perspicacia y voluntad, que se puede lograr el cambio.

No importa que volvamos a las enseñanzas de Jesucristo y las volvamos a adoptar, o que busquemos otras formas. Por la forma en que afectan las enseñanzas de Jesús, de Lao-Tzu, de los Vedas y de Goethe, todas llegan a lo íntimo del corazón humano. No hay sino una sola doctrina. Una sola religión. Hay sólo una felicidad. Existen miles de formas, miles de heraldos, pero hay solamente una voz. La voz de Dios no viene del Sinaí, la voz no viene de la Biblia. La esencia del amor, belleza y santidad no reside en el cristianismo o en la antigüedad, o en Goethe o Tolstói, reside en nosotros, en cada uno de nosotros. Ésta es la eterna y única doctrina, una sola verdad eterna. Es la doctrina del «Reino de los Cielos» que llevamos en lo íntimo de nuestro ser.

¡Encended las velas del árbol de Navidad para los niños! ¡Dejadlos que canten villancicos! ¡Pero no os engañéis, no os conforméis, año tras año, con el mezquino, patético sentimiento que manifestáis al celebrar las festividades! ¡Exigid algo más de vosotros mismos! El amor y el gozo y esa cosa misteriosa que llamamos «felicidad» no está aquí ni allá, está solamente dentro de nosotros mismos.

Hermann Hesse - Diciembre de 1917



domingo, 21 de octubre de 2018

Nada es Casualidad




Es el 22 de enero de 1961, en Montagnola,
en la parte italiana de Suiza. Almuerzo
en casa de Hermann Hesse. Afuera cae la
nieve; pero el cielo está claro. Miro a
través de la ventana; luego, a mi plato
de curry; al levantar la vista encuentro,
al otro extremo de la mesa, los ojos
también claros y transparentes de Hesse.

-¡Qué suerte -digo- hallarme hoy almorzando
aquí, con usted!

-Nada sucede casualmente -responde Hesse-,
aquí sólo se encuentran los huéspedes justos;
éste es el Círculo Hermético.

Miguel Serrano - El Círculo Hermético



viernes, 12 de octubre de 2018

No es Prudente





La lectura de unos comentarios en una entrada sobre Jung, me llevó a buscar un libro que desconocía: El Círculo Hermético. En este libro, su autor, Miguel Serrano, narra sus encuentros con Hermann Hesse y Carl G. Jung. 
Nada más empezar a leer encuentro una frase que siempre me ha gustado, desde que la leí en alguno de los libros de Hesse que me acompañan desde hace décadas, no recuerdo cuál ya, y que Serrano dice que el propio Hesse tenía en la puerta de su casa, en Montagnola. 
Ya la había compartido, pero me encanta tanto, que vuelvo a hacerlo...

"Cuando uno se ha hecho viejo  y ha realizado lo suyo, 
le corresponde poder hacer migas con la muerte en silencio. 
No necesita de los hombres. 
Los conoce, ha visto bastante de ellos. 

Aquello que necesita es silencio. 
No es prudente ir en busca de tal individuo,
hablarle y torturarlo con charla insípida. 
Es aconsejable seguir de largo por la puerta de su casa, 
como si se tratara de la morada de nadie." 

Meng Hsia.


viernes, 5 de octubre de 2018

Insensato




¡Ay, se sabe tan poco, tan horriblemente poco de los hombres! ¡En la escuela nos enseñaron cien fechas de ridículas batallas y mil nombres de ridículos reyes, y diariamente se leen artículos y más artículos sobre los impuestos o los Balcanes; pero de los hombres no se sabe nada! Si un timbre no suena, si una estufa hace humo, si una rueda de una máquina no gira, se sabe enseguida dónde hay que buscar la avería, y se hace con celo, y se encuentra, y se sabe cómo hay que repararla. Pero esa cosa que llevamos dentro, ese resorte secreto que da sentido a la vida, esa cosa, la única capaz de vivir, de sentir gozo o dolor, de anhelar la dicha, de experimentar placer, es desconocida, no sabemos nada de ella, enteramente nada, y cuando enferma, no hay curación posible. ¿No es insensato? 

Hermann Hesse - El último verano de Klingsor



jueves, 4 de octubre de 2018

Nada




A los verdaderos hombres no les pertenece nada. El tiempo y el dinero pertenece a los mediocres y superficiales.

Hermann Hesse - El Lobo Estepario



Exigente




Eres demasiado exigente y hambriento, el mundo te rechaza, tienes para él una dimensión de más.

Hermann Hesse - El Lobo Estepario


Nacimiento




Nacimiento significa desunión de todo, anulación de la dolorosa individualidad.
Dios significa ensanchar tanto el alma que pueda volver a abarcar todo.

Hermann Hesse - El Lobo Estepario



domingo, 19 de agosto de 2018

El Caminante




Ni siquiera ha crecido la hierba. No se puede ser vagabundo y artista y al mismo tiempo un burgués sano y cuerdo. Si quieres embriaguez, ¡acepta también la resaca! Si quieres sol y bellas fantasías, ¡acepta también la suciedad y el hastío! Todo está dentro de ti, el oro y el barro, el deleite y la pena, la risa infantil y la angustia mortal. ¡Acéptalo todo, no te aflijas por nada, no intentes rehuir nada! No eres un burgués, tampoco eres un griego, no eres armónico y dueño de ti mismo, eres un pájaro en plena tormenta. ¡Déjala rugir! ¡Déjate llevar! ¡Cuánto has mentido! ¡Cuántos miles de veces, incluso en tus libros y poesías, has fingido ser el armonioso y sabio, el feliz, el iluminado! ¡Lo mismo han fingido ser los héroes al atacar en la guerra, mientras las entrañas temblaban! ¡Dios mío, qué simiesco y fanfarrón es el hombre, sobre todo el artista, sobre todo el poeta, sobre todo yo!


Herman Hesse - Fragmento de "El Caminante".



lunes, 5 de marzo de 2018

Saberte cerca...




¿Crees que acaso te he preguntado si tú me quieres?
Yo no pretendo que tú me quieras;
solo deseo saberte cerca, y que en silencio,
de vez en cuando,
me des tu mano...

Hermann Hesse

martes, 24 de mayo de 2016

Un viaje al Oriente




Fue el destino quien me deparó aquella fabulosa aventura. Pertenecía al círculo y, como miembro del mismo, participé de aquel viaje único, cuyos milagrosos incidentes brillaron como meteoros, para sumirse rápidamente en el olvido por el camino del descrédito. Esta coyuntura me anima hoy a intentar la descripción breve y concisa, de aquella increíble odisea; odisea que desde los tiempos de Hüon y de Roldan el Furioso no ha sido llevada a cabo por ningún hombre hasta el presente: esta época turbia, llena de desesperanza y, a la vez, fructífera de la posguerra. No creo engañarme respecto de las enormes dificultades, no me refiero tan solo a las que pueden surgir desde un punto de vista subjetivo, aún admitiendo que, por si solas, ya han de ser considerables. Piensen que no dispongo de ningún punto de apoyo firme -dato, documento, diario de viaje-, y que, en el transcurso de estos difíciles años rebosantes de infortunios, enfermedades y desgracias, se han esfumado también gran parte de mis recuerdos. Los golpes adversos del destino, los continuos descorazonamientos, han ido minando mi memoria, así como la ciega confianza que antaño tenía depositada en ella, hasta debilitarla lamentablemente. Pero prescindiendo de estas cuestiones personales, aún así, me encuentro ligado por mi antiguo juramento y si bien tal juramento no me priva en absoluto narrar mis aventuras personales, me prohíbe en cambio, revelar cualquier secreto referente al Círculo. No ignoro que, al parecer desde hace tiempo, el Círculo no tiene una existencia visible. Sin embargo, pese a que no he vuelto a ver a ninguno de sus miembros, ninguna tentación o amenaza podría obligarme a quebrantar mi juramento. Por el contrario, si en el presente o en el futuro fuera conducido ante un tribunal militar y me colocasen en la alternativa de dejarme matar o revelar los secretos del Círculo, ¡Con qué ardiente alegría moriría sin despegar los labios!...
... Sería relativamente fácil hacer comprender al lector la región en que se desarrollaron nuestras hazañas, la parte del alma a que pertenecían, si me fuera posible revelar los secretos íntimos del Círculo. Pero el juramento sella mis labios y, debido a esto, muchas cosas, tal vez todas, le parecerán increíble e incomprensibles al lector. Pero, aunque parezca paradójico, lo que en sí mismo es imposible, debe ser intentado siempre de nuevo. Estoy en todo de acuerdo con Siddartha, nuestro sabio amigo de oriente, que alguna vez dijo: "Las palabras no sirven para explicar un sentido secreto: siempre lo modifican algo, lo falsifican, lo ridiculizan"...

Hermann Hesse - Viaje al Oriente


Esta historia corta de Hesse, me refiero a Viaje al Oriente, me encanta tanto, que siempre vuelvo a ella, una y otra vez, como si necesitara refrescar algún detalle o volver a revisar, por si algo se me hubiera escapado.
Son ciertas las enormes dificultades que entraña un viaje de este tipo, como es cierto el descrédito que el mismo tiene fuera del Círculo, pero quienes lo inician no miden su realización por dificultades y descréditos. Solo lo inician.
Vuelvo siempre a esta historia, decía, y siempre encuentro lo que me lleva a volver. Está ahí, entre lo no dicho, solo basta remover algunas letras y vuelve a surgir, donde siempre estuvo, donde lo encontré la primera vez... y donde suponía que estaba, antes de buscarlo la primera vez.

viernes, 5 de febrero de 2016

Amar y ser amado




«Supe que ser amado no es nada, que amar, sin embargo, lo es todo. Y creí ver cada vez más claro que lo que hace valiosa y placentera la existencia es nuestro sentimiento y nuestra sensibilidad. Donde quiera que viese en la tierra algo que pudiera llamarse “felicidad”, ésta se componía de sentimientos. El dinero no era nada, el poder tampoco. Veía a muchos que poseían ambas cosas y eran desdichados. La belleza no era nada; veía a hombres y mujeres bellos, que a pesar de toda su belleza eran desdichados. Tampoco la salud contaba demasiado. Cada cual era tan sano como se sentía; había enfermos que rebosaban de vitalidad hasta poco antes de su fin, y personas sanas que se marchitaban, angustiadas por el temor de sufrir. La dicha, sin embargo, siempre estaba allí donde un hombre tenía sentimientos fuertes y vivía para ellos, sin reprimirlos ni violarlos, sino cuidándolos y disfrutándolos. La belleza no hacía feliz al que la tenía, sino al que sabía amarla y venerarla.
Aparentemente existían muy diversos sentimientos, pero en el fondo todos eran uno. A cualquiera de ellos puede llamársele voluntad o cualquier otra cosa. Yo lo llamo amor. La dicha es amor y nada más. El que es capaz de amar es feliz. Todo movimiento de nuestra alma en el que ésta se sienta a sí misma y sienta la vida, es amor. Por tanto es dichoso aquel que ama mucho. Sin embargo, amar y desear no es exactamente lo mismo. El amor es deseo hecho sabiduría; el amor no quiere poseer, sólo quiere amar. Por eso también era feliz el filósofo que mecía en una red de pensamientos su amor al mundo y que lo envolvía una y otra vez con su red amorosa. Pero yo no era filósofo».


Hermann Hesse


domingo, 20 de diciembre de 2015

Ein Brief




Carta de un joven

Admirada y distinguida señora:
Me ha invitado usted a que le escriba. Ha pensado que, para un joven con dotes literarias tenía que ser delicioso poder escribir cartas a una dama hermosa y celebrada. Tiene usted razón, es delicioso.
Además,usted ha observado que soy capaz de escribir mucho mejor que de hablar. Así pues, escribo. Para mi es la única posibilidad de darle a usted un pequeño gusto, y desearía mucho conseguirlo. Porque yo la amo, distinguida señora. ¡Permitame que entre en detalles! Es necesario, porque de lo contrario me interpretaría usted mal, y también es justo, porque esta carta será la única que voy a dirigirle. Pero, basta ya de introducciones.

Cuando tenía dieciséis años, veía con una tristeza singular, y tal vez precoz, cómo se hacían extrañas y se perdían las alegrías de la infancia. Veía a mi hermanito construir canales de arena, arrojar lanzas y cazar mariposas, y le envidiaba el placer que sentía y cuya apasionada intimidad recordaba aún tan bien. Lo había perdido, no sabía cuándo ni cómo, y en su lugar aparecieron la insatisfacción y la nostalgia, porque aún no podía compartir adecuadamente los goces de los adultos.
Con impetuosa diligencia, pero sin constancia, me dedicaba tan pronto a la historia como a las ciencias. Me pasaba una semana entera, día tras día, hasta muy entrada la noche, confeccionando preparados botánicos, y luego, durante otras dos semanas, no hacía otra cosa que leer a Goethe. Me sentía solitario y apartado contra mi voluntad de todo contacto con la vida, y procuraba llenar el vacío existente entre la vida y yo de un modo instintivo, a base de aprender cosas, de conocer y de saber. Por primera vez conocí nuestro jardín como una parte de la ciudad y del valle, el valle como un corte en la montaña, la montaña como un sector claramente delimitado de la superficie terrestre.
Por primera vez contemplaba las estrellas como cuerpos del universo, las formas de las montañas como productos surgidos inevitablemente de las fuerzas terrestres y por primera vez comprendí la historia de los pueblos como una parte de la historia de la tierra. Por entonces no podía aún expresar todo aquello ni darle nombre, pero ya lo llevaba dentro y vivía en mi interior.
En una palabra, por aquel entonces empecé a pensar. Es decir, reconocí que mi vida era algo condicionado y limitado, y por ello despertó en mi el deseo que los niños aún desconocen, el deseo de hacer de mi vida algo que fuese lo mejor y lo más hermoso posible. Probablemente todos los jóvenes experimentan algo semejante, pero yo lo cuento como si se tratase de una experiencia eminentemente individual, puesto que lo era para mí.
Insatisfecho y consumido por el anhelo de lo inalcanzable, viví unos cuantos meses llenos de actividad, pero también de inestabilidad, en pleno ardor, pero también con una gran necesidad de calidez. Entretanto, la naturaleza era más inteligente que yo y resolvía el enojoso enigma de mi situación. Un día me enamoré y, de improviso, recobré todos los contactos con la vida, de un modo más intenso y vario que nunca.
Desde entonces he tenido horas y días mucho más grandes y deliciosos, pero jamás he vuelto a vivir aquellos meses y semanas en los que me llenaba y me daba calor un sentimiento que fluía sin cesar. No le contaré a usted la historia de mi primer amor, porque nada hay en ella que interese, y las circunstancias externas podían haber sido muy otras. Pero sí que intentaré describirle un poco de mi vida de entonces, aunque sé que no voy a conseguirlo. La búsqueda precipitada tocó a su fin. De pronto, me vi inmerso en el mundo viviente y me sentí atado a la tierra y a los seres humanos por millares de hilos. Mis sentidos parecían diferentes, más agudos y despiertos. En especial los ojos. Miraba las cosas de un modo completamente distinto a como lo hacía antes. Las veía más claras y multicolores, como un artista; me daba gozo la mera contemplación.
El huerto de mi padre se hallaba en todo su esplendor estival. Había matas floridas y árboles con toda la fronda espesa de la estación veraniega, recortada en el cielo profundo. La hiedra se encaramaba por el alto muro de contención, y encima se levantaba la montaña de rocas rojizas y bosques de abetos, entre negros y azules. Yo me detenía a contemplarlos y me emocionaba que cada detalle fuese tan milagrosamente bello y vivo, coloreado y radiante. Algunas flores se mecían en sus tallos con tanta dulzura, y nos miraban desde sus pintados cálices con una delicadeza y una intimidad tan conmovedoras, que yo me enamoraba de ellas y gozaba de sus encantos como del canto de un poeta. También muchos sonidos, que antes se me escapaban, me atraían ahora y me hablaban y me daban que pensar: el sonido del viento entre los abetos y la hierba, el canto de los grillos en los prados, los truenos de la lejana tormenta, el rumor del río en la esclusa y las múltiples voces de los pájaros. Al caer la tarde, veía y oía los enjambres de moscas a la dorada luz tardía, y escuchaba las ranas del estanque. Mil cosas insignificantes se volvieron súbitamente amables e importantes para mí, y me afectaban como experiencias. Por ejemplo, cuando, por la mañana, regaba para pasar el tiempo unos cuantos bancales del huerto, y la tierra y las raíces se bebían el agua con tanta avidez y agradecimiento. O bien observaba una pequeña mariposa azul que oscilaba como embriagada a la luz resplandeciente del mediodía. O contemplaba como se abría una rosa joven. O por la noche, desde la canoa,  dejaba colgar la mano sobre el agua y sentía entre los dedos la dulce y tibia corriente del río.
Mientras me estuvo atormentando el sufrimiento de un primer amor desconcertado y sin guía, y mientras me movían la miseria incomprendida, la nostalgia, la esperanza y la decepción diarias, no había ni un solo momento en que no fuese feliz en el fondo de mi corazón, a pesar de la melancolía y de la angustia amorosa. Todo cuanto me rodeaba me resultaba amable y tenía algo que decirme, no había nada muerto ni vacío en el mundo. Nunca más me han abandonado del todo aquellas sensaciones, pero jamás han regresado a mí con tanta intensidad ni con tanta insistencia. Y la posibilidad de volverlas a experimentar, de hacerlas mías, de retenerlas, constituye la idea que hoy tengo de la felicidad.
¿Desea usted seguir escuchando? Desde entonces hasta el día de hoy, he estado siempre enamorado. De todas las cosas conocidas, nada me pareció tan noble y fogoso y arrebatador como el amor de las mujeres. No siempre tuve relaciones con mujeres o con muchachas, ni tampoco amé siempre de un modo consciente a una mujer determinada, pero mis pensamientos se hallaban constantemente ocupados de un modo u otro con el amor, y mi adoración de lo bello era de hecho un culto incesante a las mujeres.
No voy a contarle historias de amor. Una vez tuve una amante, durante unos meses, y ocasionalmente recogí al pasar algún beso y alguna mirada, y alguna noche de amor,casi sin querer; pero cuando amaba de verdad siempre se trataba de un amor desgraciado. Y cuando lo recuerdo con precisión, veo que las cuitas de un amor sin esperanza, el miedo y la vacilación, y las noches de insomnio, son algo mucho más hermoso que todos los pequeños éxitos y lances afortunados.
¿Sabe que estoy muy enamorado de usted, querida señora? Va a hacer un año que la conozco, aunque solo cuatro veces he entrado en su casa. Cuando la vi por primera vez, llevaba usted un broche con un lirio florentino sobre una blusa azul celeste. Una vez, en la estación, vi que tomaba usted el tren de París. Tenía usted un billete para Estrasburgo. Entonces aún no me conocía.
Después fui a su casa con mi amigo; entonces ya estaba enamorado de usted. Usted no lo notó hasta mi tercera visita, durante aquella velada con música de Schubert. O así me lo pareció. Primero bromeó sobre mi seriedad, luego sobre mis líricas expresiones, y al decirnos adiós, estuvo usted bondadosa y un poco maternal. Y la última vez, tras darme su dirección de verano,me permitió que la escribiera. Y hoy lo he hecho, tras pensarlo mucho.
¿Cómo hallar ahora una conclusión para esta carta? Ya le he dicho que esta primera carta mía será también la última. Acepte usted mis confesiones, tal vez algo ridículas, como lo único que puedo ofrecerle y lo único que me permite mostrarle que la amo y que le tengo un alto aprecio. Cuando pienso en usted y me confieso que he representado muy mal el papel de enamorado, no dejo de sentir algo del maravilloso estado que le he descrito. Es ya de noche; los grillos siguen cantando bajo mi ventana, en la húmeda hierba del huerto, y hay muchas cosas que vuelven a ser como las de aquel verano legendario. Tal vez, pienso, me será dado poseer otra vez todas esas cosas y vivirlas de nuevo, si permanezco fiel al sentimiento que me ha inducido a escribir esta carta. Quiero renunciar a todo aquello que, para la mayoría de los jóvenes, sigue al enamoramiento, a lo que yo mismo he conocido con una frecuencia más que suficiente: al juego, entre auténtico y artificioso, de las miradas y de los gestos, a la mezquina utilización de un estado de ánimo y de una oportunidad, al contacto de los pies bajo la mesa y al uso abusivo de un beso en la mano.
No acierto a expresar correctamente lo que pienso. Puede que, a pesar de todo, usted me comprenda. Si es como a mí me gusta imaginarla, puede usted reírse sinceramente de mi confuso escrito, sin menospreciarme por ello. Es posible que algún día también a mí me haga reír; hoy no puedo, ni tampoco lo deseo.
Su rendido admirador, que la adora.

(Escrito en 1906, publicado por "Simplicissimus", 11, 1906-1907, con el título "Ein Brief")

Hermann Hesse


domingo, 27 de septiembre de 2015

San Francisco de Asis




Desde tiempos remotos han vivido ocasionalmente sobre la tierra grandes y maravillosas personalidades, que no se empeñaron en hacerse fama mediante extraordinarios hechos puntuales o a través de obras poéticas y de libros. Sin embargo estos espíritus tuvieron una inmensa influencia sobre pueblos y épocas enteras; todos los conocían, hablaban de ellos con fervor y deseaban saber más sobre sus personas. Su nombre y alguna noticia de su existencia estuvieron así en boca de todos, y tampoco con el correr de los siglos llegaron nunca a perderse, pese al ir y venir y a la mutación de los tiempos. Pues aquellas personas así labradas no ejercían su influjo a través de obras o discursos o artes dispersas, sino meramente porque toda su vida parecía haber nacido de un único gran espíritu propio y se desplegaba ante la vista de todos como una luminosa y divina imagen y ejemplo.
Estos seres ejemplares,aún cuando no hayan realizado ni una sola gran obra visible, se adueñaron y conquistaron los corazones de manera inolvidable por medio de sus vidas, pues guiaron la totalidad de su quehacer y de su existencia a partir de un único espíritu superior, del mismo modo que un arquitecto y artista lleva infaliblemente a cabo una catedral o un palacio, no según sus correspondientes caprichos o vacilantes humores, sino siguiendo un pensamiento claro y un vívido plan. Todas ellas fueron almas fogosas y potentes, consumidas por una fuerte sed de infinito y eternidad que no les concedía descanso ni bienestar hasta que no reconocieron, por fuerza de las costumbres y los modos de sus días y de sus contemporáneos,una ley eterna según la cual regir sus acciones y esperanzas...
En aquel tiempo lejano, al que denominamos aevum medium o Medioevo, se fueron alzando entre los espíritus y los pueblos fuerzas colosalmente hostiles, y los países se hallaban atravesados por los temblores y los gemidos de las penurias bélicas y las grandes batallas. Sangrienta discordia ardía entre los reyes y los Papas, las ciudades combatían a los gobernantes, la nobleza y la plebe se hallaban aquí y allí en amarga querella. Y la Iglesia romana,como patrona del mundo, estaba más afanosamente ocupada en armamentos, alianzas y nunciaturas, excomuniones y castigos, que en la paz de las almas. Entre los angustiados pueblos surgió una profunda escasez. En varios lugares aparecieron nuevos maestros y comunidades, que hacían frente a las duras persecuciones de la Iglesia sin importarles su propia vida; otros siguieron en masa las violentas campañas hacia la tierra prometida. En ninguna parte había una guía o una seguridad, y la impresión era que el occidente y corazón de la Tierra, pese a su brillo exterior, estaba cerca de desangrarse.
Entonces sucedió que en Umbría, un joven desconocido, presa de dilemas morales y con una profunda humildad, decidió en su fuero interior, de modo ingenuo y desinteresado, ser con su vida un modesto y fiel discípulo del Redentor. Los feligreses lo siguieron, al principio dos y tres, luego cientos, más tarde muchos miles, y de ése humilde hombre de Umbría partió una luz de vida y una fuente de renovación y amor sobre la Tierra, de la que un rayo brilla aún en nuestros días.
Era él Giovanni Bernardone, llamado San Francisco de Asís, un soñador, héroe y poeta. De él se ha conservado un solo rezo o canción, pero en lugar de palabras y versos escritos nos ha legado el recuerdo de su vida sencilla y pura, que se ubica en belleza y silenciosa grandeza muy por encima de muchas obras poéticas. Por eso es que quien cuente su vida no precisa más palabras o reflexiones, de las que entonces yo me abstengo ahora con alegría.

Hermann Hesse - San Francisco de Asís


sábado, 14 de marzo de 2015

Mi Credo




"El credo al que me refiero no es fácil de expresar en palabras. Podría explicarlo así: creo que, a pesar de su aparente absurdo, la vida tiene sentido, y aunque reconozco que este sentido último de la vida no lo puedo captar con la razón, estoy dispuesto a seguirlo aun cuando signifique sacrificarme a mí mismo. Su voz la oigo en mi interior siempre que estoy realmente vivo y despierto. En tales momentos intentaré realizar todo cuanto la vida exija de mí, incluso cuando vaya contra las costumbres y leyes establecidas. Este credo no obedece órdenes ni se puede llegar a él por la fuerza. Sólo es posible sentirlo"

Hermann Hesse - Mi Credo

lunes, 3 de noviembre de 2014

Arboles




LOS árboles han sido siempre para mí los predicadores más eficaces. Los respeto cuando viven entre pueblos y familias, en bosques y florestas. Y todavía los respeto más cuando están aislados. Son los solitarios. No como ermitaños, que se han aislado a causa de alguna debilidad, sino como hombres grandes en su soledad, como Beethoven y Nietzsche. En sus copas susurra el mundo, sus raíces descansan en lo infinito; pero no se pierden en él, sino que persiguen con toda la fuerza de su existencia una sola cosa: cumplir su propia ley, que reside en ellos, desarrollar su propia forma, representarse a sí mismos. Nada hay más ejemplar y más santo que un árbol hermoso y fuerte. Cuando se ha talado un árbol y éste muestra al mundo su herida mortal, en la clara circunferencia de su cepa y monumento puede leerse toda su historia: en los cercos y deformaciones están descritos con fidelidad todo el sufrimiento, toda la lucha, todas las enfermedades, toda la dicha y prosperidad, los años flacos y los años frondosos, los ataques superados y las tormentas sobrevividas. Y cualquier campesino joven sabe que la madera más dura y noble tiene los cercos más estrechos, que en lo alto de las montañas y en peligro constante crecen los troncos más fuertes, ejemplares e indestructibles.

  Los árboles son santuarios. Quien sabe hablar con ellos, quien sabe escucharles, aprende la verdad. No predican doctrinas y recetas, predican, indiferentes al detalle, la ley primitiva de la vida.

  Un árbol dice: en mí se oculta un núcleo, una chispa, un pensamiento, soy vida de la vida eterna. Es única la tentativa y la creación que ha osado en mí la Madre eterna, única es mi forma y únicas las vetas de mi piel, único el juego más insignificante de las hojas de mi copa y la más pequeña cicatriz de mi corteza. Mi misión es dar forma y presentar lo eterno en mis marcas singulares.

  Un árbol dice: mi fuerza es la confianza. No sé nada de mis padres, no sé nada de los miles de retoños que todos los años provienen de mí. Vivo, hasta el fin, el secreto de mi semilla, no tengo otra preocupación. Confío en que Dios está en mí. Confío en que mi tarea es sagrada. Y vivo de esta confianza.

  Cuando estamos tristes y apenas podemos soportar la vida, un árbol puede hablarnos así: ¡Estate quieto! ¡Estate quieto! ¡Contémplame! La vida no es fácil, la vida no es difícil. Estos son pensamientos infantiles. Deja que Dios hable dentro de ti y en seguida enmudecerán. Estás triste porque tu camino te aparta de la madre y de la patria. Pero cada paso y cada día te acerca más a la madre. La patria no está aquí ni allí. La patria está en tu interior, o en ninguna parte.

  El ansia de vagabundear me acelera el corazón cuando oigo al atardecer el susurro de los árboles. Si se escucha durante largo rato y con la quietud suficiente, se aprende también la esencia y el sentido de esta necesidad del caminante. No es, como parece, una huida del sufrimiento. Es nostalgia de la patria, del recuerdo de la madre, de nuevas parábolas de la vida. Conduce al hogar. Todos los caminos conducen al hogar, cada paso es un nacimiento, cada paso es una muerte, cada tumba es una madre.

  Esto susurra el árbol al atardecer, cuando tenemos miedo de nuestros propios pensamientos infantiles. Los árboles tienen pensamientos dilatados, prolijos y serenos, así como una vida más larga que la nuestra. Son más sabios que nosotros, mientras no les escuchamos. Pero cuando aprendemos a escuchar a los árboles, la brevedad, rapidez y apresuramiento infantil de nuestros pensamientos adquieren una alegría sin precedentes. Quien ha aprendido a escuchar a los árboles, ya no desea ser un árbol. No desea ser más que lo que es. Esto es la patria. Esto es la felicidad.

Hermann Hesse - El Caminante

La ilustración es una acuarela del propio Hermann Hesse.



jueves, 30 de octubre de 2014

Para nacer




El pájaro rompe el cascarón.
El huevo es el mundo.
El que quiere nacer tiene que romper un mundo

Herman Hesse

Wabi sabi

Encontrar la belleza en la simplicidad, la paz en lo imperfecto, lo impermanente y lo incompleto: estas palabras te inspirarán a bajar el ri...