domingo, 1 de diciembre de 2013

El precio de lo que se da




Casablanca, 3 de enero (1927)

Tengo que contarte otra cosa triste. Tenía un amigo delicioso y murió hace tres meses en Tánger. En Tánger hice un peregrinaje extraño. Lo busqué. En qué lugares quieres que lo buscara. Pensé en las fulanas de los bares. Era encantador: seguro que ellas le querían. No han guardado su recuerdo, Rinette. Le han sido infieles, han dejado escapar sus preciosos recuerdos. Y, sin embargo, era allí donde debía buscar, era el esfuerzo más razonable puesto que uno da a quien puede lo que tiene de sí mismo para dar. Su familia estaba compuesta de imbéciles. Pero ellas no sabían el precio de lo que se da alguna vez. Y lo que él tenía de más encantador y espiritual se lo han quitado sin maravillarse siquiera.        

Mi vieja Rinette, no entiendo nada de la vida.

Cartas a una Amiga Inventada - Antoine de Saint-Exupéry


Contentarse con poco




Toulouse, 24 (de noviembre de 1926) 


Acabo de regresar. No he encontrado nada tuyo. No me escribas, no vale la pena. Mira, para no esperar nada no te doy ni la dirección de allá. Soy excesivamente ridículo. No tiene sentido ir mendigando así una amistad. Yo tenía necesidad de escribirte y tú no tenías ninguna necesidad de que lo hiciera. Puede ocurrir. Quizá te juzgue injustamente pero así sufriré menos y es mejor. Ya no te escribo más, aunque me hayas contestado, da lo mismo: no has sido capaz de hacerlo la noche en que lo habías prometido. No sé por qué razón voy a mandar esta carta. Hace unos días rompí tres, bien puedo romper la que hace cuatro. ¡Bah! será mi despedida. Y no te veas obligada a un recuerdo: ahora ya pienso que todo me da igual. Mi fallo está, Rinette, en haberte pedido demasiado. En haber esperado demasiado de ti... Ahora me doy cuenta y me sabe mal. Pierdo una buena amistad y no te tengo rencor. Es culpa mía si no sé retroceder y contentarme con poco.

Cartas a una amiga inventada - Antoine de Saint-Exupéry


sábado, 30 de noviembre de 2013

La Noche de Getsemaní - Capítulo X (final)




X

En Pascal todo ha cambiado radicalmente. En otros momentos temía más que nada a la "razón" con sus sentencias, a la conciencia con sus "implacables" juicios. Ahora, sentencias y juicios ya no existen para él. Podríamos tal vez expresarnos con fuerza aún mayor: Pascal parece que siente cómo todo cuanto está prohibido por la razón y por la conciencia sea precisamente aquello que especialmente necesitamos. pero aquí, quizá, sería menester hacer una reserva para no dar pretexto a interpretaciones falsas. Recordemos que Pascal -al contrario que Descartes y otros filósofos- bajo el nombre de verdad no comprendía lo que cada uno podría ver cuando se la mostraran. Dios -afirma Pascal- quiere que algunos vean, que otros permanezcan ciegos. Y el ser ciegos o videntes no depende de nuestra voluntad: Dios engaña a quien quiere engañar, y no disponemos de ningún medio para obligarlo a revelar la verdad a todos. En consecuencia, la verdad no necesita esconderse a los hombres: vaga entre ellos, sin velo alguno, y quien no debe verla, no la verá: quiere decir que le falta el órgano necesario.
Quizá no esté fuera de lugar aquí cómo la teoría pascaliana del conocimiento no es tan original como puede parecer a primera vista. No es que Pascal la haya tomado de otros, la descubrió él personalmente o, para decir mejor, la encontró precisamente donde nadie va a buscar una teoría del conocimiento: esto es, en las Santas Escrituras. Pero otros filósofos, hasta paganos, habían ya dudado de algo. Platón decía a Diógenes que no tenía el "órgano" necesario para ver las "ideas"; y Plotino sabía que la verdad no era un "juicio obligatorio para todos". Para ver la verdad, enseñaba, hay que "sobrevolar" todas las cosas obligatorias, elevarse "más allá" de la razón y de la conciencia. Todo ello fue dicho por Platón y por Plotino, pero la historia nos ha hecho llegar cosas muy distintas. La historia nos dice: Platón nos enseña que la mayor desdicha consiste en volverse misólogos (o sea hostíl a la razón); y Plotino: arké un lógos kai pánta lógos (el principio es la razón, y todo es razón). La historia ha rechazado el resto como inútil, y las teorías contemporáneas del conocimiento (si bien apoyan casi todas a Platón y tienen en gran cuenta a Plotino) toman como punto de partida el aristotélico: "verdad es aquello que puede enseñarse a todos".
Ahora bien, Pascal afirmaba que no se puede comprender nada de la obra de Dios sin tener claro en la mente que él quiere "cegar" a algunos e "iluminar" a otros. Me parece que Pascal no lo ha dicho todo. Parece que Dios ya "ciega", ya "ilumina" a un único y mismo hombre: en consecuencia, ese hombre ya ve la verdad, ya no la ve. Y muy comunmente sucede que el hombre, al mismo tiempo, vea y no vea. Por esto, en las "últimas" preguntas -así como nos explica Pascal- no hay, no puede haber y no debe haber nada estable, nada cierto: y precisamente por esto él mismo parece formado de contradicciones. Pascal mismo nos hace saber que los pensamientos le acuden a la mente y le huyen según el capricho de ellos. En la serie sistemática de las deducciones sobrias que componen su teoría de la "apuesta" fulguran de pronto las palabras absurdas: "volverse autómatas". En una página glorifica la razón; en otra, brutal y desdeñosamente vuelve a colocarla en el lugar que le corresponde. Y el "Yo" declarado "odiable", y del que dice que "la verdadera y única virtud consiste en odiarlo", este "Yo" se vuelve la cosa más preciosa del mundo, mucho más preciosa que todas las virtudes abandonadas por Pascal a los discípulos de Pelagio y a los habitadores de los establos. La máxima: "El corazón tiene razones que la razón no conoce" se mezcla con todo, provocando las más inesperadas y milagrosas transformaciones. En realidad, volviendo su tesis, con igual derecho podría decirse: "La razón tiene razones que el corazón no conoce" Efectivamente es así. La razón hace oír sus exigencias sin tener en cuenta al corazón, y otro tanto hace el corazón sin tener en cuenta a la razón. El "corazón" -mas, ¿qué es este corazón misterioso?- dice con Job: "Si se colocara mi dolor sobre una balanza, se lo vería más pesado que la arena del mar". La razón contesta: "Si en una balanza se pusiera el dolor, aunque fuera el del universo entero, no podría levantar un solo granito de arena"
He aquí una nueva controversia, y de nuevo no se sabe quién la decidirá. La razón insiste: "El hombre es un débil junco perdido en los espacios infinitos: el menor soplo de viento, una gota de agua pueden matarlo; pero el viento, la gota de agua, el mismo universo inmenso no se dan cuenta de su fuerza, ni de la debilidad del hombre: por tanto, su fuerza es ilusoria e ínfima." ¿Es ésta una argumentación? ¿Se puede discutir y luchar con la evidencia? Naturalmente, la razón se opone: reconoce fuerza demostrativa solamente a esas verdades abstractas a la que no pueden destruir ni la gota de agua ni el universo inmenso. Tal potencia aniquiladora es para la razón una potencia delante de la cual -ateniéndose a sus leyes- todos deben inclinarse devotamente. La razón enseño a Pascal -y, antes aún, a los filósofos griegos- que el "yo es odiable" por no ser eterno, porque conoce la ghénesis y la ftorá, el nacimiento y la muerte; por ella le fue inspirada su ley fundamental: "Hay que tender a lo general". Tal regla ha servido como sonda y como base a toda la filosofía antigua y moderna, y sin ella no son posibles ni la ética ni la teoría del conocimiento. Pero el "corazón" odia lo "general". Delante de cualquier amenaza o promesa de la razón, no quiere tender a lo "general", así como no quiere reconocerle las cualidades de suprema legisladora. Pascal recurre a las "verdades" halladas en la Biblia para derrotar con su ayuda la razón y sus exigencias. Vosotros consideráis evidente que haya un fin para todo lo que tiene principio. Y halláis la muerte un acontecimiento tan "natural" como todos los otros acontecimientos naturales. Pero vuestra "evidencia" no es más que vuestra ceguera. Descartes, en su sabia ingenuidad, ha creído que Dios no quiere y no puede engañar a los hombres: una cosa así le está prohibida por la teoría del conocimiento y por la ética de los paganos. Pero ahora sabemos que hay otra teoría del conocimiento y otra ética; sabemos que Dios puede y quiere engañar a los hombres. Y su mayor engaño -del que fue víctima el mismo divino Platón- consiste en esta persuación: que todo lo que tiene un principio tiene también que tener un fin; y que, en consecuencia, la muerte es el hecho natural entre los hechos naturales. Por cierto, muchas cosas que tienen un principio tienen también un fin; pero no todas. Y en realidad, la muerte ("comprendida" por la razón como necesaria consecuencia de los principios por ella establecidos) es la cosa más incomprensible y menos natural de todo cuanto observamos en el mundo. Aún menos natural, el hecho de que los hombres hayan podido aceptar las verdades de la razón, amar lo "general", las "leyes", y odiar su propio "Yo"; que hayan podido experimentar tal interés por las verdades "abstractas" como para olvidar su propio destino: "La inmortalidad del alma nos preocupa tanto, nos toca tan profundamente, que hay que haber perdido el juicio para no preocuparse por saber que es" Y aún: "Nada es tan importante para el hombre como la eternidad. Y así, en nada es cosa natural hallar hombres indiferentes ante la pérdida de la vida y ante el peligro de una eternidad de miserias. Éstos, delante de todas las otras cosas, se muestran muy diferentes: medrosos aún para las más leves, las preven, las sienten; y aquel que pasa tantos días y tantas noches en la ira y en la desesperación por la pérdida de una dignidad o por alguna ofensa imaginaria a su honor, es el mismo que, tranquilo y sin emoción, sabe que ha de perderlo todo con la muerte. Es monstruoso advertir, en el mismo corazón y al mismo tiempo, tanta sensiblidad por las cosas mínimas, y tanta extraña insensibilidad por las mayores. Tal incomprensible aturdimiento y tal sobrenatural amodorramiento revelan una fuerza omnipotente que los produce.
Veis como cualquier cosa se altera en la mente de Pascal. La ética y la teoría del conocimiento griego, con su aversión por todo lo que es irracional, con su afirmación de que el "yo es odiable", con su tendencia a lo "general", con su creencia en el carácter "natural" de la muerte pierden todo su poder. Donde la "filosofía" encuentra la verdad y advierte la evidencia absoluta, Pascal ve el "aturdimiento" y el "sobrenatural amodorramiento". Y tal vez, ahora, ya no nos atreveremos a repudiar su exorcismo: "Humíllate, razón impotente". ¿Cómo podrá nunca el hombre librarse de los encantos sobrenaturales, si nuestras "verdades eternas" nos procuran solamente "aturdimiento" y "amodorramiento"; si vivimos en un reino hechizado? Despreciamos las supersticiones, estamos convencidos de que los exorcismos son absurdos: he aquí todavía otra de nuestras "verdades eternas". Pero esto podía valer mientras nuestra teoría del conocimiento y nuestra ética se apoyaban en la hipótesis de que Dios debía ser verídico y debía, a igual que los hombres, someterse a una ley superior. Ahora, si Dios quiere que unos sean ciegos y otros videntes, la cosa cambia de aspecto por entero: el exorcismo aparece como el único medio -si bien "sobrenatural"- para romper las evidencias-errores creados por una fuerza otro tanto sobrenatural; y la búsqueda de la verdad no debe ser ya una tranquila y desapasionada investigación. De ahora en adelante hay que confesar que solamente aquellos que "buscan gimiendo" lo hacen útilmente; de ahora en adelante el abismo del que no podía defenderse Pascal y su loco terror frente a este abismo son más deseables que la "estabilidad" y la "seguridad". Solamente el horror que el hombre experimenta cuando siente desaparecer la tierra bajo sus pies, y el de cuando cae en una profundidad sin fin pueden conducirlo a la "loca" resolución de repudiar la "ley" y de sublevarse contra todas las verdades reconocidas. He aquí por qué, en sus Pensamientos, Pascal habla largamente de las terribles condiciones de nuestra existencia terrenal.
La razón repite sus propias verdades: A = A - La parte es más pequeña que el todo - Dos magnitudes iguales a una tercera son iguales entre sí - Lo que tiene un principio tiene que tener un fin - La moral exige que la virtud se satisfaga en sí misma - que el yo humano, hostil por su naturaleza a cualquier ley, sea vuelto a la obediencia - que Dios mismo se someta a la ley…todas cosas que Pascal comprende; son cosas que sabe: vivió en las dos Romas, en la secular y en la espiritual; pasó tanto por la escuela de Epicteto y de Montaigne como por la de Descartes, así como pasaron todos sus tímidos amigos de Port-Royal. Hizo suyas todas las verdades abstractas y eternas, aprendiendo a reducirlas a una única verdad, por los hombres llamada Dios; aprendió que, entre los hombres, no hubo nunca otro Dios, y que el "poder de las llaves" fue confiado por Dios mismo a aquel que, en una sola noche, renegó de Él tres veces.
En el juicio final Pascal aprendió aún otra cosa. En contestación a su ruego: "Haz (oh Señor) que me considere en esta enfermedad como en una especie de muerte, separado del mundo, privado de todo lo que fue objeto de mi apego, solo ante vuestra presencia", Dios le ha enviado aquella "conversión de su corazón" por él esperada. "Solo ante vuestra presencia": de este deseo que Pascal experimenta de ponerse cara a cara con Dios (Plotino: fughé m´nu pros mónon) nació la decisión de llamar a Roma y al mundo a la presencia de Dios. He aquí lo que lo apartó del camino habitual; lo que le dio fuerza y audacia necesarias para hablar imperiosamente a la razón, que no admite ningún amo; lo que le ha enseñado a aplicar a los juicios netos y precisos su mágico: "Disípate", "humíllate, razón impotente". Se puede, y aún se debe, sacrificar todo para hallar a Dios; y lo primero nuestras "verdades eternas y abstractas", con que la filosofía positiva, en consideración a su abstracción -cierta- y su eternidad solamente presupuesta-, sustituye a Dios. Nunca se le podrá perdonar a Descartes, no se le debe perdonar: los hombres, por su culpa, fueron de nuevo cegados, reconducidos hacia aquel maravilloso "aturdimiento" y hacia aquel "amodorramiento" de que nos ha hablado Pascal. ¿Cómo sustraer el mundo al torpor? ¿Cómo arrancar a los hombres del poder de la muerte? ¿Quién inyectará la fuerza activa al exorcismo "Disípate"? ¿Quién nos ayudará a hacer de la "falta de claridad" nuestra "profesión"? ¿Quién nos dará la gran abundancia de renunciar a los bienes de la razón, de "volvernos autómatas"? ¿Quién hará que el dolor de Job venza en peso a la arena del mar?
Pascal contesta: "Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo". Dios mismo ha agregado sus sufrimientos a los de Job, y, hacia el fin del mundo, el dolor divino y humano, victoriosos, superarán el peso de la arena del mar. Durante esta espera -y aquí se halla lo esencial de la filosofía pascaliana, tan distinta de todo lo que habitualmente designamos con este nombre- "no buscamos la seguridad y la estabilidad" en nuestro mundo embrujado; no quedamos tranquilos; no dormimos…Tal mandamiento no es válido para todos, sino solamente para algunos y raros "elegidos" o "mártires". Si también ellos, a su vez, se duermen, como lo hizo ya el gran apóstol durante la noche memorable, el sacrificio de Dios habrá sido inútil, y la muerte triunfará definitivamente y para siempre. 

La Noche de Getsemaní, León Chestov - Editorial Sur, Buenos Aires 1958




Progreso




Mi corazón al desnudo

La creencia en el progreso es una doctrina de perezosos, una doctrina de belgas.
Es el individuo el que cuenta con sus vecinos para hacer su trabajo.
No puede haber progreso (verdadero, es decir, moral) mas que en el individuo y por el individuo mismo.
Pero el mundo está hecho de gentes que no pueden pensar más que en común, en bandas. Así, las sociedades belgas.
También hay gentes que no pueden divertirse más que en grupo. El verdadero héroe se divierte solo.

Charles Baudelaire - Diarios Íntimos


La Noche de Getsemaní - Capítulo IX




IX

La característica más sorprendente de la filosofía de Pascal (filosofía tan poco semejante a eso que, entre los hombres, se ha convenido en considerar como verdad) consiste en el esfuerzo por librarse de la razón. Por cuanto reprimido el control de Port-Royal y por las tradiciones griegas de la teología, y aplicado a dar a sus afirmaciones carácter "obligatorio" -o sea justificarlas delante del tribunal de la razón-, siempre su "último" pensamiento (a través de la cadena de argumentos de que hizo uso, como conviene a un apologista que tome por principio la hipótesis de que la verdad divina -a igual que la humana- se encuentra en la "ley" a la que cada "Yo odiable" debe obedecer de manera absoluta) termina por estallar en una aguda disonancia. Hasta en su famosa Apuesta, en la que se propone demostrar matemáticamente que la razón quiere del hombre la fe; hasta en ese razonamiento arquitecturado tan "científicamente" pronuncia -como si repentinamente olvidara su tema- esa frase que ha escandalizado tanto: "Naturalmente, ello os hará creer y os volverá autómatas". Si su imaginario interlocutor contesta: "precisamente eso temo", Pascal rebate, con la mirada clara y serena, como si en verdad se tratara de algo del todo natural: "¿Por qué? ¿Qué tienes que perder? ¿Qué pierdes si renuncias a la razón? Si estas palabras la hubiera dicho otro y no Pascal, nos encogeríamos de hombros, con una estruendosa carcajada. Evidentemente, tales palabras son de un tonto o de un loco. Pero no en vano tales expresiones pascalianas, como "volverse autómatas", "¿qué tienes que perder?" provocan alarma tal aún entre nuestros contemporáneos, a medias adormecidos y hechizados por los encantos de las teorías modernas del conocimiento. Así como, según nuestro parecer, en estas palabras -como en la caja de Pandora- están todas las absurdidades posibles, también están todos los horrores. Destapad la caja, y a la luz del sol saldrán todos esos non pudet, quia pudendum est, prorsus credibile quia ineptum, certum quia impossibile, y junto con cada "Yo" humano considerado por la razón sumiso y silencioso, los numerosos "Yo" que el mismo Pascal temía y odiaba con tanta fuerza. Con todo ello Pascal apotolma kai leghei, se atrevió y dijo, olvidando todos los terrores y todas las desdichas que nos amenazan, dijo lo que quería decir. Escribamos mas bien que no olvida y que, con cognición de causa, camina hacia el enemigo. La razón puede muy bien intentarlo todo para convencerlo, pero es inútil. Sus alabanzas o sus amenazas no logran el propósito. ¿De dónde proviene ello? ¿Que sea, según la expresión de Platón, una reminiscencia -anámnesis- o bien eso que nosotros desdeñosamente llamamos hoy atavismo? Pascal recuerda la narración bíblica de la caída, y sobre él la razón no tiene poder. Como les sucede a los demás, como poco antes le sucedía a él mismo, ya no tiene miedo de que se le considere un tonto; se burla de la virtud satisfecha de sí misma, y de sus fieles vasallos, los habitantes de los establos. recordemos su retroceso delante de la única verdad abstracta proclamada por el Renacimiento, el odio por Descartes, el desprecio por el Summum bonum de los antiguos filósofos.
Existe solo un medio para evitar todo esto: renunciar a las veritates aeternae, a los frutos del árbol del conocimiento; "volverse autómatas", no creer en nada de cuanto afirma la razón; evitar aquellos puntos que poseen las "luces", porque la luz hace ver la mentira; amar las tinieblas: No se nos reproche la falta de claridad, porque nosotros la profesamos". Pascal, inspirado por la revelación bíblica, crea una "teoría del conocimiento" que por entero quema las naves con nuestras ideas sobre la esencia de la verdad. La primera, fundamental premisa, el axioma del conocimiento, es éste: todo hombre normal puede ver la verdad cuando se le muestra. Pascal, para quien la Biblia es la principal fuente del conocimiento, declara: "si no se toma como principio el que Dios ha querido (Port-Royal, naturalmente, ha salteado este "querido") cegar a unos para iluminar a otros, nada se puede comprender de sus obras". Nadie, creo, en toda la historia de la filosofía se ha atrevido a proclamar "principio" más ofensivo para nuestra razón, y hasta Pascal nunca llegó a tanta temeridad (excepto cuando habla del Summum bonum de los filósofos y de los caballos que realizan, es sus establos, el ideal de la virtud estoica). Repito que la condición fundamental de la posibilidad del conocimiento consiste en esto: la verdad puede ser vista por todo hombre normal. Así la había formulado Descartes: Dios no quiere ser engañador ni puede serlo. Ahora Pascal afirma que Dios puede ser engañador y quiere serlo. A algunos, algunas veces, revela la verdad; pero ciega deliberadamente a la mayor parte de los demás, para que la verdad no les llegue. ¿Quién tiene razón: Pascal o Descartes? He aquí aún la maldita pregunta que ya muchas veces nos ha embarazado: ¿cómo decidir? ¿y quién decidirá dónde se encuentra la verdad? No podemos dirigirnos a la razón, ni siquiera podemos dirigirnos, a igual que Descartes, a la moral: la moral nos dice que engañar a los hombres sería indigno de Dios; ahora Pascal nos dice que el establo es el lugar de la moral. estamos reducidos a la desesperación, y Pascal triunfa. esperaba este momento. Ebrio de gloria puede gritar: "Humíllate razón impotente; calla naturaleza imbécil. Aprended que el hombre excede infinitamente al hombre, y aprended de vuestro señor vuestra real condición, que ignoráis". era lo que necesitaba Pascal Siente que "esta hermosa razón corrompida ha corrompido todo"; siente que en librarse reside la única salvación del hombre. hasta que la razón se convierta en aquello por lo que nos laudabiles vel vituperabiles sumus; hasta que encontremos el Summum bonum en sus alabanzas, y el Summum malum en sus quejas, no saldremos de nuestra situación desesperada.
"La razón tiene un hermoso gritar: no puede dar valor a las cosas". Nuestra razón, con las verdades que le son propias, hace de nuestro mundo el reino encantado de la mentira. Vivimos como tantos hechizados, y lo sentimos. Pero sobre todo tememos el despertar, y los esfuerzos que hacemos para permanecer en nuestro sopor, cegados por Dios o, para decir mejor, por las "verdades" que nuestro antepasado recogió del árbol prohibido, los consideramos como la actividad natural de nuestra alma. Consideramos como amigos nuestros y benefactores a aquellos que nos ayudan a dormir, que nos acunan, que glorifican nuestro sueño; y en aquellos que tratan de despertarnos vemos a nuestros acérrimos enemigos, casi como malechores. No queremos pensar, no queremos estudiarnos a nosotros mismos, para no ver la realidad verdadera. He aquí por qué el hombre acepta cualquier cosa con tal de evitar la soledad. Busca a sus semejantes, a los hombres que sueñan, con la esperanza de que los "sueños en común" (Pascal no teme decir "sueños en común") lo confirme aún en sus ilusiones. En consecuencia, el hombre odia sobre todo la Revelación, por ser ella el "despertar", la liberación de las cadenas impuestas por las verdades "abstractas", a las que los descendientes del decaído Adán se han habituado a tal punto que no pueden percibir la vida fuera de ellas. La filosofía ve el bien supremo en un reposo perfecto, o sea en un sueño profundo sin visiones inquietantes. Por esto, con mucho cuidado aleja de sí lo incomprensible, lo enigmático, lo misterioso, y evita todas esas preguntas para las que la gente no tiene respuestas listas.
Pascal, en cambio, en las cosas incomprensibles y enigmáticas que nos circundan ve la señal de una existencia mejor, y considera blasfemo cualquier intento que se haga para simplificar la vida, para llevar lo que no se conoce a lo conocido. Recordad lo que nos dice Pascal en sus Pensamientos: A cualquier sujeto a que aplique su mente, la realidad se arranca, se rompe, pierde todo significado, toda unidad interior: si la nariz de Cleopatra hubiera sido un poco más corta, la historia universal habría sido distinta; nuestra justicia tiene por límite un arroyo: de este lado de él no se debe matar; pero del otro lado está permitido matar; los reyes y los jueces son tan miserables como los súbditos y los acusados, etc. Éste no es un "juego de la inteligencia": todo ello tiene raíces profundas en su alma. Realmente está convencido de que la historia universal se encuentra determinada por accidentes ínfimos; y realmente lo ve así. Si viviera en nuestros días, en los que todos ven en la historia universal -repitiendo a Hegel- el desarrollo del espíritu, no renegaría de sus palabras. Si Hegel y Pascal fueran enfrentados (hipótesis admitida por nosotros), ¿quién puede decir que el tribunal supremo no hallaría mayor "penetración" en la breve frase pascaliana que en los grandes volúmenes hegelianos?
¿No podéis comprenderlo, no podéis aceptarlo? Sin embargo, si deseáis estar con Pascal disponéis de un solo camino: "volveros como autómatas" y, con él, repetir continuamente las palabras que encantan: "Humíllate, razón impotente; calla, naturaleza imbécil". El tribunal supremo ignora nuestras veritates aeternae. Precisamente de él recibe Pascal instrucciones y la autorización de repudiar nuestra razón impotente y nuestra naturaleza estúpida. Escuchadlo: "¡Gran asombro produce, sin embargo, cómo el misterio más alejado de nuestro entendimiento, esto es aquel de la transmisión del pecado (original), sea algo sin lo cual no podemos tener conocimiento alguno de nosotros mismos! Porque no hay nada que más choque a nuestra razón cuanto el decir que el pecado del primer hombre haya vuelto culpables a aquellos que parecían incapaces de tener parte en él, tan alejados están de la primera fuente. No solo nos parece imposible una transmisión así, sino que también nos parece injustísima; ¿qué hay, en realidad, más contrario a las reglas de nuestra justicia mezquina que condenar eternamente a un niño incapaz de razón, por un pecado en que parece ha tenido muy poca parte, desde el momento en que ha sido cometido seis mil años antes de su nacimiento?. por cierto, nada nos choca más duramente que una doctrina como ésta; sin embargo, sin este misterio, el más incomprensible de todos, somos incomprensibles a nosotros mismos. El nudo de nuestra condición extrae de este abismo sus giros y sus volutas; de modo que el hombre es más inconcebible sin este misterio de cuanto este misterio es inconcebible al hombre"
El pensamiento que constituye el fondo de esta página nunca llegará a alcanzar esas verdades eternas comunicadas a los hombres por las luces de la razón. Pascal lo sabe exactamente. Nada fuera del misterio de la caída y del pecado original podría indignar más nuestra razón y nuestra conciencia (él mismo nos lo hace notar). El pecado original se nos aparece como una encarnación de todo lo que consideramos inmoral, vergonzoso, absurdo, imposible; sin embargo- nos dice Pascal-, aquí está la verdad mayor. A igual que Tertuliano y que Lutero, claramente ve todos los pudet, ineptum, impossibile que forman la narración bíblica; y ello no obstante nos declara: Non pudet, prorsus credibile est..., y hasta la última palabra, el triunfal: certum. En esta misma afirmación está la "conversión" de Pascal: lo confirma la hoja de papel que llevaba cosida en su ropa. Aquí se aparta definitivamente de la verdad griega: "Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, no de los filósofos y de los sabios"; de esta manera, con estas frases breves, puestas rápidamente sobre el papel, formula el resultado al que llegó.
Así, siempre es el mismo "abismo", el mismo inextricable nudo de contradicciones inconciliables. Todo hay allí; y también la frase terrible: "Dios, por qué me has abandonado?", y las lágrimas de alegría, y las dudas, y la certidumbre.
Y, por encima de todo esto, un deseo único, loco y apasionado: olvidar el universo, olvidarlo todo, excepto a Dios; olvidar toda regla, toda ley, todas esas verdades eternas y abstractas en que la filosofía coloca nuestro bien supremo; soportar todos los sufrimientos físicos, y también los morales, para alcanzar la meta: "Eternamente en la alegría por un día de prueba en la tierra"
La libertad perdida por Adán y la primera bendición de Dios deben ser restituidas al "Yo odiable". Y junto a estos grandes dones del Creador, ¡no tienen ningún valor nuestras terrenas "verdades eternas", nuestras virtudes!






jueves, 28 de noviembre de 2013

Puntos de vista




Una niña indígena perseguía al director del equipo, silenciosa sombra pegada a su cuerpo, y lo miraba fijo a la cara, de muy cerca, como queriendo meterse en sus raros ojos azules. El director recurrió a los buenos oficios de Ticio, que conocía a la niña y entendía su lengua. Ella confesó: –Yo quiero saber de qué color ve usted las cosas. 

–Del mismo que tú –sonrió el director. 

–¿Y cómo sabe usted de qué color veo yo las cosas?



Eduardo Galeano


El Hacedor




Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.

No sé cuál de los dos escribe esta página.



El hacedor - Jorge Luis Borges.
Fragmento


Wabi sabi

Encontrar la belleza en la simplicidad, la paz en lo imperfecto, lo impermanente y lo incompleto: estas palabras te inspirarán a bajar el ri...