viernes, 22 de noviembre de 2013

Enfermedad




"El espíritu es el fruto de una enfermedad de la vida y el hombre sólo un animal enfermo. La presencia del espíritu es una anomalía en la vida."

Emil Cioran


La Noche de Getsemaní - Capítulo VII




VII

Pascal se afana demasiado para convencernos de que "el yo es odiable"; en realidad, emplea todas sus fuerzas para defender nuestro "Yo" contra las exigencias de las verdades abstractas y eternas. En esta lucha, su cinturón de hierro es solamente un arma; otras armas son su enfermedad y su "abismo", que los admiradores quisieran eliminar de su biografía. Si no hubiera encontrado el "abismo", podríamos decir que Pascal habría sido el de las Provinciales. Mientras un hombre siente bajo los pies tierra firme no se expone al riesgo de chocar con la razón y la moral. Solamente condiciones de vida excepcionales pueden librarnos de las verdades abstractas y eternas que regulan el universo. Sin "locura" no nos volvemos contra la ley. Recordemos a nuestro Nietzsche, que invoca de los dioses la "locura", pues le era necesario matar la ley; o, para hablar de manera que es la suya, tenía que anunciar a Roma y al mundo su "más allá del bien y del mal"
Hay que tener estas cosas delante de los ojos de la mente para comprender el odio de Pascal por el estoicismo, por los discípulos de Pelagio; para comprender el impulso que lo lleva hacia san Agustín; y, por medio de san Agustín, al apóstol san Pablo; y, por medio de san Pablo, a ese pasaje de Isaías, a esa narración bíblica de la caída a la que se unió san Pablo. La misma pregunta hallada por Lutero un siglo antes se le presenta también a Pascal: ¿de dónde proviene la salvación del hombre? ¿de sus obras, esto es, de su sumisión a las leyes eternas, o bien de esa fuerza misteriosa que se llama -en el no menos misterioso lenguaje de los teólogos- la gracia de Dios? El problema de Lutero hizo sobresaltar a Europa, a todo el mundo cristiano. Entonces parecía que no podía ya existir ningún problema, parecía que la historia -desde mucho tiempo- hubiera logrado resolverlos todos, eliminando así todos esos problemas que se presentan al hombre. Desde más de mil años Pelagio estaba condenado, y san Agustín, era considerado por todos como una incontestable autoridad. ¿Qué se hacía, entonces, necesario? En efecto, la victoria no era con san Agustín, sino con Pelagio: el mundo aceptaba vivir sin Dios, pero no podía existir sin la "ley"; era posible venerar a san Pablo y las Santas Escrituras, pero había que vivir según la moral de los estoicos y la doctrina de Pelagio. Ello apareció muy claramente en la famosa disputa surgida entre Lutero y Erasmo a propósito del libre arbitrio. Erasmo, con la sutileza y la perspicacia que le eran propias, de súbito -en su diatriba de De libero arbitrio- había propuesto a Lutero el terrible dilema: si nuestras buenas obras (o sea una vida de acuerdo con las leyes de la razón y de la moral) no nos salvan, y si para salvarse existe solamente la gracia de Dios, quien arbitraria y libremente da esta gracia a algunos rehusándola a otros, ¿dónde está, entonces, la justicia? ¿Quién se tomará la molestia de una vida justa? ¿Cómo justificar un Dios que del arbitrio mismo hace un principio? Erasmo no quería discutir ni con la biblia ni con san Pablo. Condenaba, a igual que todos, a Pelagio y aceptaba la doctrina de san Agustín sobre la gracia, pero no podía admitir este monstruoso pensamiento: que Dios se encuentre "más allá del bien y del mal"; que nuestro "libre arbitrio", nuestro consentimiento en someternos a las leyes no se tenga en cuenta delante del tribunal supremo; que, por fin, delante de Dios el hombre sea desposeído de toda defensa, hasta de la justicia. Así escribía Erasmo, así pensaban y aún piensan casi todos los hombres; antes bien, sencillamente, podría decirse: todos los hombres.
A la diatriba de Erasmo contestó Lutero con el De servo arbitrio, su libro más fuerte y terrible. Como muy raramente sucede en las disputas, Lutero no solo no busca debilitar la argumentación de su adversario, sino -al contrario- hace todo lo posible por reforzarla. Con una insistencia mayor que la de Erasmo subraya la "incongruencia" de la doctrina de san Pablo respecto de la gracia. Son de Lutero estas afirmaciones, inauditas por su temeridad: Hic est fidei summus gradus, credere illum esse clementem qui tam paucos salvat, tam multos damnal; credere justum qui sua voluntate nos necessario damnabiles facit, ut videatur, referente Erasmo, delectari cruciatibus miserorum et odio potius quam amore dignus. Si igitur possem ulla ratione comprehendere, quomodo is Deus misericors est, qui tantam iram et iniquitatem ostendit, non esset opus fide (El más alto grado de la fe consiste en creer clemente a aquel que salva tan pocas almas y que condena tantas; creer justo a aquel que por su voluntad nos hace necesariamente condenables, de modo que parece -como dice Erasmo- extraer goce de nuestras torturas, y digno mas bien de odio que de amor. Ahora, si se pudiera comprender con un sistema cualquiera cómo puede ser misericordioso un Dios semejante, que muestra tanta cólera y tanta iniquidad, no habría necesidad de fe.)
A Erasmo se lo oía quejarse de la "incongruencia" y de la "injusticia"; a Lutero (lo veis) lo entusiasma; Erasmo, con sus objeciones, le ha dado las alas, le ha inspirado la audacia de decir lo que había callado hasta entonces. Lutero, como Pascal, tenía su "abismo"; y, por muchos años, como Pascal, se había defendido usando una "silla": y la "ley" era su "silla". El repentino descubrimiento de que la ley no salva, que solamente es -en la superficie del abismo- una telaraña delgada que esconde por un período determinado la perdición, fue su más profunda y horripilante experiencia. Lutero era un monje, había aceptado y observado conscientemente los difíciles votos monásticos, en la esperanza de salvar su alma con las propias "obras buenas". Y el mismo Lutero, como contó luego, se convenció de repente que, al aceptar esos votos, había contrariado la voluntad de Dios y perdido su alma. semejante experiencia es tan extraordinaria, tan poco semeja a lo que generalmente sucede a los hombres, que muchos rehusan prestarle fe, o la interpretan de manera tal de poderla "conciliar con nuestras habituales ideas respecto de la vida interior de los hombres". Pero se puede, debe creerse a Lutero. No tenemos el derecho de repudiar una experiencia, aunque sea extraordinaria, aunque sea contraria a todas nuestras ideas a priori. Ya he señalado cómo la misma cosa le ha sucedido a Nietzsche, y cómo aquí se encuentra el origen de su frase "más allá del bien y del mal", que sencillamente es una moderna traducción de la sola fide de Lutero. O nosotros nos engañamos, y por mucho, o bien la visión de san Pablo a lo largo del camino de Damasco es un caso análogo: a san Pablo, que perseguía a Cristo en nombre de la "ley", Él se le apareció de "repente" (¡Oh, cuán precioso es este de "repente" y cuán poco la filosofía sabe utilizarlo, a causa del error de sus métodos tradicionales, y por el temor que experimenta delante del "Yo" irracional!), y está claro que la ley había venido "para que aumentara el delito" (ina pleonáse to paráptoma). Es difícil imaginarnos la sacudida sufrida por el hombre al imaginar semejante "descubrimiento", y más difícil aún el imaginarnos cómo el hombre puede -después- continuar viviendo. La ley, las leyes guían el mundo; recordamos que Horacio, junto con los estoicos, afirmaba: Si totus illabatur orbis,impavidum ferient ruinae; Hegel, a igual que él, se jacta del mismo valor que los filósofos paganos, y de no temer, aunque el cielo se le cayera sobre la cabeza. Pero con las leyes que sostienen el cielo, caen en la misma caída las leyes que sostienen el valor y las virtudes paganas. Sin embargo, estas virtudes ¿son en verdad virtudes? ¿No tiene razón san Agustín cuando dice: Virtutes gentium potius vitia sun? ¿Y Horacio, Epicteto, Marco Aurelio y nuestro Hegel son los hombres menos virtuosos del mundo, dignos de ser imitados? Con Lutero, ¿no deben todos quizá repetir la confesión, la terrible traducción que nos da de su voto monástico: Ecce, Deus, tibi voveo impietatem et blasphemiam per totam meam vitam? (He aquí, Dios mío, que para toda mi vida te consagro la perversidad y la blasfemia). La sumisión a la ley es el original de toda perversidad; y el máximo de la perversidad consiste en hacer divinas las leyes, estas "verdades eternas y abstractas que dependen de la única verdad" de que nos ha hablado Pascal.
Pero también en la Biblia -se nos dirá- hay algunas leyes que Moisés trae del Sinaí: ¿para qué sirven? Dejemos hablar a Lutero, quien nos dirá lo que Pascal oye en el tribunal supremo delante del cual presenta su causa contra Roma y contra el mundo: Deus est Deus humilium, oppressorum, desperatorum et eorum, qui prorsus in nihilo redacti sunt, ejusque natura est exaltare humiles, cibare esurientes, illuminare caecos, miseros et afflictos consolari, peccatores justificare, mortuos vivificari, desperatos et damnatos salvari, etc. Est enim creator omnipotens ex nihilo faciens omnia. Ad hoc autem suum naturale et proprium opus non sinit eum pervenire nocentissima pestis illa, opinio justiciae, quae non vult esse peccatrix, immunda, misera et damnata, sed justa, sancta, etc. Ideo oportet Deum adhibere malleum istum, legem scilicet, quae frangat, contundat, conterat et prorsus ad nihilum redigat hanc belluam cum sua vana fiducia, sapientia, justitia, potentia, ut tandem suo malo discat se perditam et damnatam (Dios es el Dios de los humildes, de los oprimidos, de los desesperados y de aquellos que están enteramente desheredados; su naturaleza es la de exaltar a los humildes, nutrir a los hambrientos, iluminar a los ciegos, consolar a los pobres y a los afligidos, justificar a los pecadores, resucitar a los muertos, salvar a los desesperados y a los condenados… En realidad es el creador omnipotente que de la nada ha hecho todas las cosas. Pero en el llevar a cabo la tarea que le es propia y natural es impedido por la más dañosa de las pestes: la conciencia de la justicia, que no quiere reconocerse pecadora, inmunda, miserable y condenada, sino justa, santa… Es necesario entonces que Dios traiga este martillo -o sea la ley- que rompe, aplasta, maja y reduce enteramente a la nada semejante bestia salvaje con su inútil confianza, su sabiduría, su justicia, su poder, para que se sepa por fin perdida y condenada por su mal). Tales son los orígenes y el destino de la "ley", de eso que los filósofos reputan es la verdad eterna y abstracta, por ello última y divina. Pero he aquí la conclusión de Lutero: Ideo quando disputandum est de justitia, vita et salute aeterna omnino removenda est ex oculis lex, quasi nunquam fuerit aut futura sit, sed prorsus nihil est (Cuando debe discutirse en torno a la justicia, la vida y la salvación eterna, es menester totalmente alejar la ley de nuestros ojos, como si nunca hubiera existido, o no deba nunca existir; como, en una palabra; si nada fuera). Con pesar, no puedo citar todo lo que dice Lutero en su comentario a la Epístola a los Gálatas, a propósito de las palabras de san Pablo: Lex propter transgressionem apposita est. Toda su lucha con Roma, de una audacia nunca vista, ha sido una lucha con la "ley", con las verdades "abstractas y eternas", a las que el catolicismo -aún después de la condena de Pelagio- no ha podido nunca renunciar. Él mismo, mejor aún que sus adversarios, comprendía hasta qué punto se había dejado arrastrar. Claramente veía abrirse bajo sus pies un abismo que amenazaba tragarlo, no solo a él, sino tragar también al mundo. A igual que todos, sabía que la "ley" es la base de todo. Y escribió: Nec ego ausim ita legem appellare, sed putarem esse summum blasphemiam in Deum, nisi Paulus prius hoc fecisset. (No me habría atrevido a definir de esta manera a la ley, sino que la habría considerado la mayor blasfemia a Dios, si ya antes no lo hubiera hecho Pablo.)
No estuvo menos afligido san Pablo por su descubrimiento; tampoco él se habría atrevido a decir lo que dijo, si no se hubiera podido -a su vez- "apoyar" en el profeta Isaías, cuya temeridad lo atraía y lo asombraba al mismo tiempo. "Isaías se atrevió y dijo -Esaias de apotolma kai leghei-: fui encontrado por aquellos que no me buscaban. Claramente me manifesté a aquellos que nada pedían de mí." ¿Cómo aceptar tales afirmaciones temerarias? Dios, Dios mismo falta a la ley suprema de la justicia: se manifiesta a aquellos que no piden, es hallado por aquellos que no lo buscan. ¿Es acaso posible tratar con un Dios hecho de este modo, el Dios de los filósofos, esto es, la verdad abstracta y única? ¿Y no han tenido razón el Renacimiento, que se había apartado del Dios de la Biblia, y Descartes, que -propenso a las aspiraciones de su tiempo- ha intentado "prescindir de Dios"? ¿Y Pascal, que llamaba a los hombres delante del tribunal del Altísimo, no ha traicionado la obra humana común, no es un apóstata? ¿Dónde está la verdad? ¿Qué hay que elegir?


Cap I: http://castalia-tegularius.blogspot.com.ar/2013/09/la-noche-de-getsemani.html
Cap II: http://castalia-tegularius.blogspot.com.ar/2013/09/la-noche-de-getsemani-capitulo-ii.html
Cap III: http://castalia-tegularius.blogspot.com.ar/2013/09/la-noche-de-getsemani-capitulo-iii.html
Cap IV: http://castalia-tegularius.blogspot.com.ar/2013/09/la-noche-de-getsemani-capitulo-iv.html
Cap V: http://castalia-tegularius.blogspot.com.ar/2013/11/la-noche-de-getsemani-capitulo-v.html
Cap VI: http://castalia-tegularius.blogspot.com.ar/2013/11/la-noche-de-getsemani-capitulo-vi.html
Cap VIII: http://castalia-tegularius.blogspot.com.ar/2013/11/la-noche-de-getsemani-capitulo-viii.html
Cap IX: http://castalia-tegularius.blogspot.com.ar/2013/11/la-noche-de-getsemani-capitulo-ix.html
Cap X: http://castalia-tegularius.blogspot.com.ar/2013/11/la-noche-de-getsemani-capitulo-x-final.html


jueves, 21 de noviembre de 2013

Un Cronopio Enamorado




¿Qué hace un cronopio cuando se enamora? 

Pierde la cabeza, eso es lo primero y prácticamente lo único que hace. Se olvida de cambiar el reloj alcaucil, y ni siquiera recuerda cómo funciona. Definitivamente deja de dibujar en las pizarras de las tortugas, y comienza a dibujar en todas partes. ¿Qué hace un cronopio cuando se enamora? Pierde la cabeza, eso y se dedica a cortar margaritas. 

Cuando a un cronopio le rompen el corazón, llora un poco, y luego un poco más. Se sabe desdichado y húmedo. Pero mientras llora, piensa en que a todos alguna vez les rompen el corazón. En que enamorarse significa también llorar un poco. Y que a diferencia de los famas, el cronopio llora cuando tiene ganas, y como tiene ganas, llora un poco más. 

¿Qué hace una fama cuando se enamora? 

Lo anota minuciosamente en una libreta. Lo anota minuciosamente sin olvidar escribir la fecha y la hora en que se enamoro. Lo anota minuciosamente. 

Compra rosas. Seis. Siempre seis. Y las regala. 

Un fama jamás se enamora de un cronopio. Los famas solo se enamoran de famas. 

Cuando a un fama le rompen el corazón, decide que el amor es cosa de cronopios. Corta minuciosamente la hoja de su libreta en la que había escrito “me enamoré” y la envuelve de pies a cabeza en una sabana negra y la coloca parada en una pared con un cartelito que dice «cuando creí (erróneamente) que una fama podía enamorarse». 

¿Qué hace un cronopio encubierto cuando se enamora? 

Pierde un poco la cabeza, pero lo disimula. Lo anota en una libreta minuciosamente, luego olvida la libreta y lo anota en todas partes. No usa reloj, porque no lo entiende. Pero si usara y lo entendiera, olvidaría como usarlo. No corta margaritas pero se tienta. No compra rosas. Se las roba y las regala. No dibuja en tortugas, pinta al oleo y se llama así mismo: artista. 

Un cronopio encubierto jamás se enamora de una fama. Los cronopios encubiertos solo se enamoran de cronopios. Los famas son tentaciones pasajeras. 

Cuando a un cronopio encubierto le rompen el corazón, bebe whisky salado sentado en algún barcito donde nadie lo conozca. Fuma tabaco caro. Y decide que prefiere ser fama. 

Julio Cortázar - Historias de Cronopios y de Famas


Libertad




"-Cada uno de nosotros es en verdad una idea de la Gran Gaviota, una idea ilimitada de la libertad -diría Juan por las tardes, en la playa-, y el vuelo de alta precisión es un paso hacia la expresión de nuestra verdadera naturaleza. Tenemos que rechazar todo lo que nos limite. Esta es la única causa de todas estas prácticas a alta y baja velocidad, de estas acrobacias...
... y sus alumnos se dormirían, rendidos después de un día de volar. les gustaba practicar porque era rápido y excitante y les satisfacía esa hambre por aprender que crecía con cada lección. Pero ni uno de ellos, ni siquiera Pedro Pablo gaviota, había llegado a creer que el vuelo de las ideas podía ser tan real como el vuelo del viento y las plumas.
-Tu cuerpo entero, de extremo a extremo del ala -diría Juan en otras ocasiones-, no es más que tu propio pensamiento, en una forma que puedes ver. Rompe las cadenas de tu pensamiento, y romperás también las cadenas de tu cuerpo..."

Richard Bach - Juan Salvador Gaviota


Juan Salvador




"... La mayoría de nosotros progresamos con mucha lentitud. Pasamos de un mundo a otro casi exactamente igual, olvidando enseguida de dónde habíamos venido, sin preocuparnos hacia dónde íbamos, viviendo solo el momento presente. ¿Tienes idea de cuántas vidas debimos cruzar antes de que lográramos la primera idea de que hay más en la vida que comer, luchar, o alcanzar poder en la Bandada? ¡Mil vidas, Juan, diez mil! Y luego cien vidas más hasta que empezamos a aprender que hay algo llamado perfección, y otras cien para comprender que la meta de la vida es encontrar esa perfección y reflejarla. La misma norma se aplica ahora a nosotros, por supuesto: elegimos nuestro mundo venidero mediante lo que hemos aprendido en éste. No aprendas nada, y el próximo mundo será igual que éste, con las mismas limitaciones y pesos de plomo que superar..."

Richard Bach - Juan Salvador Gaviota


La Noche de Getsemaní - Capítulo VI




VI

Pascal se atrevió a hacerlo: de aquí el carácter paradojal, de aquí también la fuerza, el potente atractivo ejercido por su filosofía. Las alabanzas y las aprobaciones, los lamentos y reproches de la razón (de esa razón qua nos laudabiles vel vituperabiles sumus, y que, ateniéndonos a la doctrina de los estoicos y de los discípulos de Pelagio, es única en poder elevar o disminuir a los hombres), de repente se vuelven para él adiáfora, indiferentes.
La inversión es total. Indiferente, según la concepción griega, era lo real; para Pascal, indiferente es el reino de las ideas. El Summum bonum de los filósofos se vuelve para él objeto de burlas continuas y extremadamente mordaces: "Aquellos que os creen", escribe de esos filósofos, "son los más vacíos y los más estúpidos..." Y aún, con tono más provocador y fuerte: "Los animales", dice en alguna parte, "no se admiran entre ellos. Un caballo no admira a su compañero. No es que les falte emulación en la carrera, pero no comporta consecuencias: porque, vueltos al establo, el más lento y desgarbado no cede su avena al otro, como los hombres quieren que se haga con ellos. La virtud de aquellos se satisface en sí misma." De este modo Pascal encuentra el ideal de los estoicos -la virtud como recompensa de sí misma- realizado en los establos. Se sabe que san Agustín experimentaba desmesurado disgusto por el estoicismo, denigrándolo de todas las maneras, siempre, viniera o no viniera a cuento. Si no pronunció la frase que se le atribuyó largamente: virtutes gentium splendida vitia sunt (las virtudes de los gentiles son vicios maravillosos), manifestó por lo menos un juicio casi semejante: virtutes gentium potios vitia sunt (las virtudes de los gentiles son mas bien vicios). Sin embargo, nunca se le ocurrió buscar o encontrar la realización del ideal estoico cerca de los animales: estaba demasiado apegado a la filosofía antigua, y su "cristianismo" estaba demasiado embebido de helenismo.
Tampoco a Pascal le fue fácil sustraerse al poder de la ideología que dominaba en su época. Se ríe de los estoicos; se siente indignado por la virtud "que se satisface en sí misma", o, para decirlo con lenguaje moderno, por la "moral independiente": encuentra que su lugar está en el establo, encuentra que corresponde a los caballos y no a los hombres. Ello no le impide declarar, hasta la saciedad: "El yo es odiable", principio en que la moral está otro tanto contenida plenamente como en este otro que ridiculiza y rechaza: "La virtud se satisface en sí misma". Toda moral, sea la de Epícteto o de Marco Aurelio, de Kant o de Hegel, alcanza la propia fuerza en el odiar el yo humano. ¿Qué quiere decir esto? ¿Pascal vuelve, como san Agustín, a la moral? ¿A las teorías de Pelagio? Así piensan muchos críticos, deseando ver en él un moralista; pero es un grave error.
Por cierto, Pascal había heredado de la filosofía antigua la idea de que "el yo es odiable". Ello no obstante, el odio de nuestro yo tiene para él un significado muy distinto de aquel que le dan todos los filósofos, antiguos y modernos. Su sumisión al destino no tiene nada en común con la de los estoicos; lo mismo su ascetismo, que provocó, y provoca todavía, tanta irritación hasta entre sus más fervientes admiradores. Los estoicos perseguían el "Yo", y realmente lo perseguían, para matarlo y aniquilarlo, porque solamente con este criterio podían asegurar el triunfo de sus "ideas" y de sus principios.
Para que un principio pueda celebrar su victoria definitiva es menester que ya nadie luche contra él, que ya nadie lo contradiga. Ahora, desde el comienzo de los siglos, ¿quién si no este "Yo" se ha opuesto al principio del estoicismo y lo ha combatido? ¿Qué enemigo le ha procurado mayor afán y más inquietud? En la creación del Señor, el "Yo" es la cosa más "irracional": personifica la no sumisión. Pascal lo sabe, no olvida las palabras: Subjicite et dominamini -somete y domina- que Dios, luego de la bendición, había dirigido al primer hombre. ¿Estaría tal vez a punto de abandonar al hombre al poder de los principios absolutos y muertos? Escuchadlo: "Aunque un hombre estuviera persuadido de que las proporciones de los números son verdades abstractas, eternas, dependientes de una primera verdad en que subsisten y que llamamos Dios, no me parecería muy adelantado para su salvación" Así habla Pascal, mientras toda la nueva filosofía, que deriva de la antigua, no ha hecho mas que soñar (después de Descartes, y también antes que él) en poder expresar en fórmulas matemáticas la esencia de la creación. Una verdad única, eterna y abstracta, de donde brotan -con inexorable naturalidad- muchas verdades igualmente abstractas e igualmente eternas: y bien, no podríais hallar definición mejor del ideal de la nueva filosofía. Efectivamente, hasta hoy, trescientos años después de Descartes, los hombres no han progresado ni un paso en la realización de este ideal, pero lo aprecian tanto que lo veneran y lo cuidan como si ya lo hubieran realizado: Nasciturus pro jam nato habetur (Que se considere nacido al que debe nacer). Pero Pascal, que ha llevado un ideal así a la presencia del tribunal supremo, donde no se tiene en cuenta ni nuestra "miserable justicia" ni nuestra "razón incurablemente presuntuosa", declara: Aunque lograseis procuraros estas eternas y abstractas verdades, que tan bien se entrelazan las unas a las otras, su valor sería nulo. No os ayudarían a salvar vuestra alma.
La razón y la moral protestan: Lo cierto, si es inútil al alma, ¿sería quizás menos cierto? ¿lo cierto se pondrá al servicio del alma? ¿hay alguien suficientemente descarado para rehusarse a obedecer a la moral y difamar a la justicia? La verdad y la moral son autónomas, y legisladoras ellas mismas. No se someten, no obedecen: mandan. Han brotado de esa razón de la que Pascal mismo decía no había mas terrible que desobedecerlas. ¿Qué, entonces, se yergue contra la razón, contra sus eternas y abstractas verdades? ¡El alma! O sea este "Yo" ínfimo, que Pascal -pasado a través de la escuela de Epicteto- nos enseña a odiar. En efecto, se ve, con evidencia perfecta, que nada sabría humillar mejor las tendencias "egoístas" del hombre que la verdad abstracta y eterna anunciada por los filósofos; en consecuencia, si fuera necesario buscar el principio capaz de domar la oposición de individuos revoltosos, no se podría inventar un Dios más eficaz que el dios griego, propuesto a Pascal por los "filósofos". Nada podría servir mejor para "domar" que el Summum bonum de ellos, sobre todo el Bien Supremo de Epicteto y de sus discípulos hasta Marco Aurelio, el filósofo laureado. En efecto, vivir a la manera de los estoicos, conforme con la naturaleza -té fúsei- quiere decir: vivir según la razón, esto es, contra la naturaleza. Los estoicos hasta habrían aprobado el cinturón de hierro de Pascal, que simbolizaba su voluntad de someter su "Yo" a una, o más, verdades eternas y abstractas. A igual que Pascal, los estoicos veían claramente esto: sin matar antes nuestro "Yo", no se habría obtenido nunca ninguna unidad, ningún orden. Infinitamente numerosos son estos "Yo" humanos; cada uno se considera como el centro del universo, y exige que nos comportemos en sus relaciones como si fuera el único que existe. Evidentemente, no hay ninguna posibilidad de conciliar y de satisfacer todas estas exigencias. Hasta que no se suprima el "Yo", habrá siempre -en de la unidad y de la armonía- un caos y una "incongruencia" increíbles. Deber de la razón es precisamente el de introducir el orden en la creación, y por ello ha recibido la potestad de exigir obediencia. A ella se debe -siempre para que haya orden en el mundo- la creación de la moral, y con ésta ha codividido sus prerrogativas supremas. La suerte última del hombre consiste en humillarse frente a las exigencias de la razón y de la moral, de someterse a sus principios autónomos. Tal obediencia contiene en sí, contemporáneamente, nuestro supremo bien, Summum bonum.
Los filósofos (hago notar) enseñaron todo esto, y Pascal -después de ellos- lo repite. Pero es singular su modo de seguirlos: aún repitiendo sus palabras, dice exactamente lo contrario de lo que ellos enseñan. Pascal no muestra ningún interés por esa tranquilidad que la razón y la moral prometen a los hombres. A sus ojos significa solamente el fin, el no-ser, la muerte. De aquí proviene esa enigmática regla "metodológica" suya: Buscar gimiendo, de la que no oiréis hablar ni en los manuales de lógica contemporánea de Pascal, y tampoco en las obras modernas. Por lo contrario: el sabio debe olvidar sus deseos, sus temores, sus esperanzas y estar pronto a aceptar una verdad cualquiera, que -por su misma esencia- ignora la necesidad del hombre. Todo ello es de tal modo obvio, que en el Discurso del Método no se dice casi una palabra. Verdad es que en Bacon se hallan varias consideraciones sobre todas las especies de Idola que impiden nuestras investigaciones objetivas; pero solamente Spinoza (casi como si contestara a Pascal, de quien, probablemente, nunca oyó hablar) declara con impaciencia e irritación: Non ridere, non lugere, neque detestari sed intelligere (No hay que reír ni llorar ni odiar, sino comprender).
Pascal pretende otra cosa: hay absolutamente que ridere, hay absolutamente que lugere, hay absolutamente que detestari; si no de nada valdrán vuestras búsquedas. ¿Dónde alcanzó Pascal el poder de hacer brotar semejantes exigencias, que -quizás- no poseen significado alguno? La pregunta es fundamental: nacen aquí todas las divergencias entre Pascal y la filosofía moderna. Adoptando la regla metodológica pascaliana tendréis una verdad; adoptando la de Spinoza tendréis otra, del todo distinta. Spinoza tenía como ideal la inteligencia; y para él, en realidad, el "Yo" ha sido siempre "odiable". En efecto, nuestro "Yo" -nunca debemos olvidarlo- es la cosa menos domable, y por ello la más incomprensible, la más irracional que hay en el mundo. La "comprensión" se vuelve posible solamente cuando el "Yo" humano está despojado de todos sus derechos particulares, de todas sus prerrogativas, cuando se vuelve una "cosa" o un "hecho" en medio de otras cosas o hechos de la naturaleza. Hay que elegir: por una parte el orden ideal e intangible con sus verdades eternas y abstractas, orden rechazado por Pascal y cuya adopción nos lleva a considerar la idea "medieval" de la salvación del alma como la encarnación de todas las absurdidades: por otra parte, un "Yo" caprichoso, descontento, inquieto, agitado, y que no consiente en reconocer por encima de él el poder de "verdades" materiales o ideales. Quien asumiera la tarea de alcanzar la comprensión, debería (con los estoicos y con los otros maestros antiguos) ahuyentar el "Yo", odiarlo y matarlo, para poder así hacer posible la realización del orden objetivo del mundo. Pero ¿puede odiar el "Yo", quien (a igual que Pascal) en la "comprensión" ve solamente el principio de la muerte, y descubre que la vocación propia consiste en luchar contra la muerte? En el "Yo" y únicamente en él, en su irracionalidad, se encuentra la esperanza de que no es imposible llegar a disipar la hipnosis de la verdad matemática propuesta por algunos filósofos (seducidos por aquello que de "abstracto" y de "eterno" hay en ella) para ocupar el lugar de Dios.


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Cap II: http://castalia-tegularius.blogspot.com.ar/2013/09/la-noche-de-getsemani-capitulo-ii.html
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Cap V: http://castalia-tegularius.blogspot.com.ar/2013/11/la-noche-de-getsemani-capitulo-v.html
Cap VII: http://castalia-tegularius.blogspot.com.ar/2013/11/la-noche-de-getsemani-capitulo-vii.html
Cap VIII: http://castalia-tegularius.blogspot.com.ar/2013/11/la-noche-de-getsemani-capitulo-viii.html
Cap IX: http://castalia-tegularius.blogspot.com.ar/2013/11/la-noche-de-getsemani-capitulo-ix.html
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La Mala Racha




Mientras dura la mala racha, pierdo todo. Se me caen las cosas de los bolsillos y de la memoria: pierdo llaves, lapiceras, dinero, documentos, nombres, caras, palabras.
Yo no se si será gualicho de alguien que me quiere mal y me piensa peor, o pura casualidad, pero a veces el bajón demora en irse y yo ando de pérdida en pérdida, pierdo lo que encuentro, no encuentro lo que busco, y siento mucho miedo de que se me caiga la vida en alguna distracción.

Eduardo Galeano - El Libro de los Abrazos




Mientras dura la mala racha
se me cae todo
de los bolsillos
y la memoria.

Mientras dura la mala racha
pierdo las llaves,
los documentos,
el tren y el rumbo
tal como si
tuviese al mundo
en contra de mí.

Mientras dura la mala racha...

Tropiezo con
mi propio pie,
me llueve sal
si tengo sed.

Mientras dura la mala racha
todo lo mezclo,
todo lo enredo,
todo lo rompo.

Mientras dura la mala racha
olvido nombres,
confundo caras
y tengo dudas
si eso será
tan solo pura
casualidad.

Mientras dura la mala racha...

O alguien que no
me quiere bien.
Maldito quien
me maldijo.

Mientras dura la mala racha,
dame cobijo.

Joan Manuel Serrat


El Maestro y el Pájaro

  El maestro y el pájaro Un sabio maestro quería evaluar la madurez y comprensión de sus tres alumnos más dedicados.  Un día, los llamó, le ...