domingo, 2 de octubre de 2016

Los garrones de la cultura




Los cirujanos, los sacamuelas, los locutores, los periodistas y los actores de teatro -que son, como se sabe, los espíritus rectores de la opinión filosófica- han dicho miles de veces que la característica más notable de nuestro tiempo es la velocidad. 
Algunas personas sensibles suelen quejarse amargamente de este hecho, afirmando que nuestros galopes existenciales levantan demasiada polvareda. 
No les falta razón a estos sofocados pensadores, deseosos de resuello. Pero hay que decir en defensa de la velocidad, que hay ocasiones en que no causa daño ninguno y hasta ayuda a hacer la vida un poco mejor. Por ejemplo, no es malo que el subterráneo tarde 20 minutos entre Chacarita y Leandro Alem, en vez de dos horas. 
Tampoco es malo reducir las tardanzas de un avión que va a París. Y es mejor curarse alguna peste en dos días que en un año. 
La velocidad nos ayuda a apurar los tragos amargos.
Pero esto no significa que siempre debamos ser veloces. 
En los buenos momentos de la vida, más bien conviene demorarse. 
Tal parece que para vivir sabiamente hay que tener más de una velocidad. Premura en lo que molesta, lentitud en lo que es placentero. 
Entre las cosas que parecen acelerarse figura -inexplicablemente- la adquisición de conocimientos.
En los últimos años han aparecido en nuestro medio numerosos institutos y establecimientos que enseñan cosas con toda rapidez: haga el bachillerato en seis meses, vuélvase perito mercantil en tres semanas, avívese de golpe en cinco días, alcance el doctorado en diez minutos. 
Muchas veces me he imaginado estos cursos bajo la forma de una película filmada a cámara rápida, con alumnos atropellándose en los pasillos, permisos para ir al baño denegados y capítulos de la historia groseramente mutilados.
Capítulo seis: los fenicios. Los fenicios eran un pueblo de mercaderes, etcétera. Capítulo siete: Grecia. Los griegos inventaron la tragedia, las cariátides, etcétera. Capítulo veinte: La Edad Contemporánea. La Edad Contemporánea comienza con la Revolución Francesa y todavía sigue, etcétera. 
Calculo que el asunto no será tan grave. Supongo que se tratará de conseguir la máxima concentración mental por parte del alumno. Supongo también que no se perderá tiempo en tonterías. De todos modos, no sé si esto es suficiente para reducir el tiempo de un aprendizaje a la quinta parte. Quizá se supriman algunos detalles. ¿Qué detalles?
Desconfío. 
Yo he pasado siete años de mi vida en la escuela primaria, cinco en el colegio secundario y cuatro en la universidad. 
Y a pesar de que he malgastado algunas horas tirando tinteros al aire, fumando en el baño o haciendo rimas chuscas, puedo decir que para aprender las pocas destrezas que domino tuve que usar intensamente la pensadora. Y no creo que ningún genio recorra en un ratito el camino que a mí me llevó decenios.
¿Por qué florecen estos apurones educativos? Quizá por el ansia de recompensa inmediata que tiene la gente. A nadie le gusta esperar. Todos quieren cosechar, aún sin haber sembrado. Es una lamentable característica que viene acompañando a los hombres desde hace milenios.
A causa de este sentimiento algunos se hacen chorros. Otros abandonan la ingeniería para levantar quiniela. Otros se resisten a leer las historietas que continúan en el próximo número.
Por esta misma ansiedad es que tienen éxito las novelas cortas, los teleteatros unitarios, los copetines al paso, las señoritas livianas, los concursos de cantores, los libros condensados, las máquinas de tejer, las licuadoras y en general, todo aquello que nos ahorre la espera y nos permita recibir mucho entregando poco.
Todos nosotros habremos conocido un número prodigioso de sujetos que quisieran ser ingenieros, pero no soportan las funciones trigonométricas. O que se mueren por tocar la guitarra, pero no están dispuestos a perder un segundo en el solfeo. O que le hubiera encantado leer a Dostoievsky, pero les parecen muy extensos sus libros.
Lo que en realidad quieren estos sujetos es disfrutar de los beneficios de cada una de esas actividades, sin pagar nada a cambio. 
Quieren el prestigio y la guita que ganan los ingenieros, sin pasar por las fatigas del estudio. Quieren sorprender a sus amigos tocando ‘Desde el Alma’ sin conocer la escala de si menor. Quieren darse aires de conocedores de literatura rusa sin haber abierto jamás un libro. 
Tales actitudes no deben ser alentadas, me parece. Y sin embargo eso es precisamente lo que hacen los anuncios de los cursos acelerados de cualquier cosa. Emprenda una carrera corta. Triunfe rápidamente. Gane mucho vento sin esfuerzo ninguno. 
No me gusta. No me gusta que se fomente el deseo de obtener mucho entregando poco. Y menos me gusta que se deje caer la idea de que el conocimiento es algo tedioso y poco deseable. No señores: aprender es hermoso y lleva la vida entera. 
El que verdaderamente tiene vocación de guitarrista jamás preguntará en cuánto tiempo alcanzará a acompañar la zamba de Vargas. ‘Nunca termina uno de aprender’ reza un viejo y amable lugar común. Y es cierto, caballeros, es cierto.
Los cursos que no se dictan 
Aquí conviene puntualizar algunas excepciones. No todas las disciplinas son de aprendizaje grato. Y en alguna de ellas valdría la pena una aceleración. Hay cosas que deberían aprenderse en un instante. 
El olvido, sin ir más lejos. He conocido señores que han penado durante largos años tratando de olvidar a damas de poca monta (es un decir). Y he visto a muchos doctos varones darse a la bebida por culpa de señoritas que no valían ni el precio del primer Campari. 
Para esta gente sería bueno dictar cursos de olvido. Olvide hoy, pague mañana. Así terminaríamos con tanta canalla inolvidable que anda dando vueltas por el alma de la buena gente.
Otro curso muy indicado sería el de humildad. Habitualmente se necesitan largas décadas de desengaños, frustraciones y fracasos para que un señor soberbio entienda que no es tan pícaro como él supone. Todos -el soberbio y sus víctimas- podrían ahorrarse centenares de episodios insoportables con un buen sistema de humillación instantánea. 
Hay -además- cursos acelerados que tienen una efectividad probada a lo largo de los siglos. Tal es el caso de los sistemas para enseñar lo que es bueno, a respetar, quién es uno, etcétera. Todos estos cursos comienzan con la frase ‘Yo te voy a enseñar’ y terminan con un castañazo. Son rápidos, efectivos y terminantes.
Elogio de la ignorancia 
Las carreras cortas y los cursillos que hemos venido denostando a lo largo de este opúsculo tienen su utilidad, no lo niego. 
Todos sabemos que hay muchos que han perdido el tren de la ilustración y no por negligencia. Todos tienen derecho a recuperar el tiempo perdido. Y la ignorancia es demasiado castigo para quienes tenían que laburar mientras uno estudiaba. Pero los otros, los buscadores de éxito fácil y rápido, no merecen la preocupación de nadie. Todo tiene su costo y el que no quiere afrontarlo es un garronero de la vida. De manera que aquel que no se sienta con ánimo de vivir la maravillosa aventura de aprender, es mejor que no aprenda.
Frecuento a centenares de personas bondadosas, sensibles y llenas de virtud que desconocen minuciosamente el teorema de Pitágoras. Después de todo, es preferible ser ignorante a ser estúpido. Más aún cuando la estupidez es el producto de una mala educación. Oscar Wilde vio mejor que nadie este asunto de la estupidez ilustrada. ‘Hay hombres llenos de opiniones que son absolutamente incapaces de comprender una sola de ellas’. Tenía razón el irlandés.
Yo propongo a todos los amantes sinceros del conocimiento el establecimiento de cursos prolongadísimos, con anuncios en todos los periódicos y en las estaciones del subterráneo. 
Aprenda a tocar la flauta en cien años. 
Aprenda a vivir durante toda la vida. 
Aprenda. No le prometemos nada, ni el éxito, ni la felicidad, ni el dinero. Ni siquiera la sabiduría. Tan solo los deliciosos sobresaltos del aprendizaje.

Alejandro Dolina


miércoles, 7 de septiembre de 2016

El valioso tiempo de los maduros






“Conté mis años y descubrí, que tengo menos tiempo para vivir de aquí en adelante, que el que viví hasta ahora…

Me siento como aquel chico que ganó un paquete de golosinas: las primeras las comió con agrado, pero, cuando percibió que quedaban pocas, comenzó a saborearlas profundamente.

Ya no tengo tiempo para reuniones interminables, donde se discuten estatutos, normas, procedimientos y reglamentos internos, sabiendo que no se va a lograr nada.

Ya no tengo tiempo para soportar absurdas personas que, a pesar de su edad cronológica, no han crecido.

Ya no tengo tiempo para lidiar con mediocridades.

No quiero estar en reuniones donde desfilan egos inflados.

No tolero a maniobreros y ventajeros.

Me molestan los envidiosos, que tratan de desacreditar a los más capaces, para apropiarse de sus lugares, talentos y logros.
Detesto, si soy testigo, de los defectos que genera la lucha por un majestuoso cargo.

Las personas no discuten contenidos, apenas los títulos.

Mi tiempo es escaso como para discutir títulos.

Quiero la esencia, mi alma tiene prisa…

Sin muchas golosinas en el paquete…

Quiero vivir al lado de gente humana, muy humana.

Que sepa reír, de sus errores.

Que no se envanezca, con sus triunfos.

Que no se considere electa, antes de hora.

Que no huya, de sus responsabilidades.

Que defienda, la dignidad humana.

Y que desee tan sólo andar del lado de la verdad y la honradez.

Lo esencial es lo que hace que la vida valga la pena.

Quiero rodearme de gente, que sepa tocar el corazón de las personas…

Gente a quien los golpes duros de la vida, le enseñó a crecer con toques suaves en el alma.

Sí… tengo prisa… por vivir con la intensidad que sólo la madurez puede dar.

Pretendo no desperdiciar parte alguna de las golosinas que me quedan…

Estoy seguro que serán más exquisitas que las que hasta ahora he comido.

Mi meta es llegar al final satisfecho y en paz con mis seres queridos y con mi conciencia.

Espero que la tuya sea la misma, porque de cualquier manera llegarás…”


Mario de Andrade.


jueves, 1 de septiembre de 2016

Aprender




Podrás hacerte viejo y tembloroso, podrás permanecer despierto de noche escuchando el desorden en tus venas, podrás añorar tu único amor, podrás ver el mundo alrededor devastado por maníacos malvados, o tu honor pisoteado en las cloacas de las mentes simples. Sólo queda una cosa entonces: aprender. Aprender por qué el mundo se mueve y qué lo mueve. Es la única cosa que la mente nunca puede agotar, alienar, ni ser torturada por ello, ni temer ni desconfiar, y ni soñar con lamentarlo.

T. H. White, El único y futuro rey

Leído en Ikigai, los secretos de Japón para una vida larga y feliz, Ed. Urano


sábado, 27 de agosto de 2016

Qué va a ser de mí




Qué va a ser de mí, volveré a mentir de nuevo, 
llenaré mi cama de fantasmas, de muertos, 
contaré los días, las calles que nos separan, 
las tardes de domingo esperaré tu llamada. 

Maldeciré a las parejas que, abrazadas, 
sueñan con habitaciones de hotel desocupadas. 
Y odiaré con calma tu risa, 
todas mis palabras, nuestra despedida. 

Qué va a ser de mí, les diré barbaridades 
a las mujeres hermosas que pasen por mi calle. 
Sin que me invites, me colaré en tus fiestas, 
cuando venga tu recuerdo, reiré con violencia. 

Iré a buscarte a los sitios acordados 
aunque tú no vengas, aunque me hayas olvidado. 
Te escribiré los versos que nunca te hice, 
seré puntual como siempre quisiste. 

Qué va a ser de mí, emprenderé un largo viaje 
para que el eco de tus noches nunca me alcance. 
Qué va a ser de mí, dudo que en ningún bar 
me puedan servir todo el alcohol que necesito para olvidar. 

Iré a buscarte a los sitios acordados 
aunque tú no vengas, aunque me hayas olvidado. 
Te escribiré los versos que nunca te hice, 
seré puntual como siempre quisiste.

Ismael Serrano


Concentración de una vida




No pretendo ser el mejor. Únicamente quiero volar tan alto que nadie pueda alcanzarme. No para demostrar nada, sólo quiero llegar a donde se llega cuando entregas tu vida entera y todo lo que eres a una única cosa.

James Dean

martes, 9 de agosto de 2016

Tropezar y caer




Tropezamos y caemos constantemente incluso cuando estamos iluminados. Pero cuando estamos en la oscuridad espiritual, ni siquiera sabemos que hemos caído.


Thomas Merton.


viernes, 5 de agosto de 2016

30 consejos de literatura y vida de Jack Kerouac




1. Cuadernos secretos garabateados y salvajes páginas escritas a máquina,

para tu propia dicha.

2. Obediente a todo, abierto, escuchando.

3. Trata de nunca emborracharte fuera de tu casa.

4. Enamórate de tu propia vida.

5. Algo que sientes encontrará su propia forma.

6. Sé un demente estúpido-santo de la mente.

7. Sopla tan profundo como quieras soplar.

8. Escribe lo que quieras insondablemente desde el fondo de la mente.

9. Las visiones inefables del individuo.

10. Sin tiempo para la poesía más que exactamente lo que es.

11. Tics visionarios estremeciéndose en el pecho.

12. Fijación del trance soñando sobre un objeto ante ti.

13. Desaloja inhibiciones literarias, gramáticas y sintácticas.

14. Como Proust, sé un viejo adicto al té del tiempo.

15. Diciendo la verdadera historia del mundo en un monólogo interno.

16. El centro de la joya del interés es el ojo dentro del ojo.

17. Escribe en reminiscencia y asombro por ti mismo.

18. Trabaja desde el néctar del ojo medio afuera, nadando en el mar del

lenguaje.

19. Acepta la pérdida para siempre.

20. Cree en el sagrado contorno de la vida.

21. Lucha por trazar el flujo que ya existe intacto en la mente.

22. No pienses en palabras cuando te detengas sino para ver mejor el

cuadro.

23. Registra todos los días el día blasonado en tu mañana.

24. Sin miedo o pena en la dignidad de tu experiencia, conocimiento y

lenguaje.

25. Escribe para que el mundo lea y vea tus precisas imágenes de él.

26. El libro-película es la película en palabras, la forma visual americana.

27. En homenaje del Personaje en la solitaria Penumbra inhumana.

28. Componiendo salvaje, indisciplinado, puro, viniendo de abajo, entre más

loco mejor.

29. Eres un genio todo el tiempo.

30. Guionista-director de películas terrestres auspiciadas y angeladas en el

Cielo.


Jack Kerouac


En negrita e itálica las que, de algún modo, siento afines...


Wabi sabi

Encontrar la belleza en la simplicidad, la paz en lo imperfecto, lo impermanente y lo incompleto: estas palabras te inspirarán a bajar el ri...