jueves, 21 de marzo de 2024

José Saramago - Discurso de aceptación del Premio ante la Academia sueca 1998



«El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir». 

El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir. A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo día aún venía por tierras de Francia, se levantaba del catre y salía al campo, llevando hasta el pasto la media docena de cerdas de cuya fertilidad se alimentaban él y la mujer. Vivían de esta escasez mis abuelos maternos, de la pequeña cría de cerdos que después del desmame eran vendidos a los vecinos de la aldea. Azinhaga era su nombre, en la provincia del Ribatejo.

Se llamaban Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha esos abuelos, y eran analfabetos uno y otro. En el invierno, cuando el frío de la noche apretaba hasta el punto de que el agua de los cántaros se helaba dentro de la casa, recogían de las pocilgas a los lechones más débiles y se los llevaban a su cama. Debajo de las mantas ásperas, el calor de los humanos libraba a los animalillos de una muerte cierta. Aunque fuera gente de buen carácter, no era por primores de alma compasiva por lo que los dos viejos procedían así: lo que les preocupaba, sin sentimentalismos ni retóricas, era proteger su pan de cada día, con la naturalidad de quien, para mantener la vida, no aprendió a pensar mucho más de lo que es indispensable. Ayudé muchas veces a éste mi abuelo Jerónimo en sus andanzas de pastor, cavé muchas veces la tierra del huerto anejo a la casa y corté leña para la lumbre, muchas veces, dando vueltas y vueltas a la gran rueda de hierro que accionaba la bomba, hice subir agua del pozo comunitario y la transporté al hombro, muchas veces, a escondidas de los guardas de las cosechas, fui con mi abuela, también de madrugada, pertrechados de rastrillo, paño y cuerda, a recoger en los rastrojos la paja suelta que después habría de servir para lecho del ganado. Y algunas veces, en noches calientes de verano, después de la cena, mi abuelo me decía: "José, hoy vamos a dormir los dos debajo de la higuera".

Había otras dos higueras, pero aquélla, ciertamente por ser la mayor, por ser la más antigua, por ser la de siempre, era, para todas las personas de la casa, la higuera. Más o menos por antonomasia, palabra erudita que sólo muchos años después acabaría conociendo y sabiendo lo que significaba. En medio de la paz nocturna, entre las ramas altas del árbol, una estrella se me aparecía, y después, lentamente, se escondía detrás de una hoja, y, mirando en otra dirección, tal como un río corriendo en silencio por el cielo cóncavo, surgía la claridad traslúcida de la vía lactea, el camino de Santiago, como todavía le llamábamos en la aldea. Mientras el sueño llegaba, la noche se poblaba con las historias y los sucesos que mi abuelo iba contando: leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares, muertes antiguas, escaramuzas de palo y piedra, palabras de antepasados, un incansable rumor de memorias que me mantenía despierto, al mismo que suavemente me acunaba. Nunca supe si él se callaba cuando descubría que me había dormido, o si seguía hablando para no dejar a medias la respuesta a la pregunta que invariablemente le hacía en las pausas más demoradas que él, calculadamente, le introducía en el relato: "¿Y después?". Tal vez repitiese las historias para sí mismo, quizá para no olvidarlas, quizá para enriquecerlas con peripecias nuevas. En aquella edad mía y en aquel tiempo de todos nosotros, no será necesario decir que yo imaginaba que mi abuelo Jerónimo era señor de toda la ciencia del mundo. Cuando, con la primera luz de la mañana, el canto de los pájaros me despertaba, él ya no estaba allí, se había ido al campo con sus animales, dejándome dormir. Entonces me levantaba, doblaba la manta, y, descalzo (en la aldea anduve siempre descalzo hasta los catorce años), todavía con pajas enredadas en el pelo, pasaba de la parte cultivada del huerto a la otra, donde se encontraban las pocilgas, al lado de la casa.

Mi abuela, ya en pie desde antes que mi abuelo, me ponía delante un tazón de café con trozos de pan y me preguntaba si había dormido bien. Si le contaba algún mal sueño nacido de las historias del abuelo, ella siempre me tranquilizaba: "No hagas caso, en sueños no hay firmeza". Pensaba entonces que mi abuela, aunque también fuese una mujer muy sabia, no alcanzaba las alturas de mi abuelo, ése que, tumbado debajo de la higuera, con el nieto José al lado, era capaz de poner el universo en movimiento apenas con dos palabras. Muchos años después, cuando mi abuelo ya se había ido de este mundo y yo era un hombre hecho, llegué a comprender que la abuela, también ella, creía en los sueños. Otra cosa no podría significar que, estando sentada una noche, ante la puerta de su pobre casa, donde entonces vivía sola, mirando las estrellas mayores y menores de encima de su cabeza, hubiese dicho estas palabras: "El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir". No dijo miedo de morir, dijo pena de morir, como si la vida de pesadilla y continuo trabajo que había sido la suya, en aquel momento casi final, estuviese recibiendo la gracia de una suprema y última despedida, el consuelo de la belleza revelada. Estaba sentada a la puerta de una casa, como no creo que haya habido alguna otra en el mundo, porque en ella vivió gente capaz de dormir con cerdos como si fuesen sus propios hijos, gente que tenía pena de irse de la vida sólo porque el mundo era bonito, gente, y ése fue mi abuelo Jerónimo, pastor y contador de historias, que, al presentir que la muerte venía a buscarlo, se despidió de los árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver.


José Saramago

miércoles, 8 de junio de 2022

Mi Historia Entre Tus Dedos

 



Yo pienso que

no son tan inútiles las noches que te di.

Te marchas ¿y qué?

yo no intento discutírtelo, lo sabes y lo sé.

Al menos quédate sólo esta noche,

prometo no tocarte, estás segura,

tal vez es que me voy sintiendo solo,

porque conozco esa sonrisa, tan definitiva,

tu sonrisa que a mí mismo me abrió tu paraíso.

Se dice que

con cada hombre hay una como tú,

pero mi sitio, luego,

lo ocuparás con alguno

igual que yo o mejor lo dudo.

¿Por qué esta vez agachas la mirada?

me pides que sigamos siendo amigos.

¿Amigos para qué? ¡Maldita sea!

A un amigo lo perdono, pero a tí te amo,

pueden parecer banales mis instintos naturales.


Hay una cosa que yo no te he dicho aún,

que mis problemas sabes qué se llaman tú.

Sólo por eso tú me ves hacerme el duro,

para sentirme un poquito más seguro.

Y si no quieres ni decir en que he fallado,

recuerda que también a tí te he perdonado,

y en cambio tú dices: "lo siento, no te quiero"

y te me vas con esta historia entre tus dedos.

¿Qué vas a hacer?

busca una excusa y luego márchate,

porque de mí

no debieras preocuparte, no debes provocarme.

Que yo te escribiré un par de canciones

tratando de ocultar mis emociones.

Pensando, pero poco, en las palabras,

y hablaré de la sonrisa, tan definitiva,

tu sonrisa que a mí mismo me abrió tu paraíso.


Hay una cosa que yo no te he dicho aún,

que mis problemas sabes qué se llaman tú.

Sólo por eso tú me ves hacerme el duro,

para sentirme un poquito más seguro.

Y si no quieres ni decir en que he fallado,

recuerda que también a tí te he perdonado,

y en cambio tú dices: "lo siento, no te quiero"

y te me vas con esta historia entre tus dedos.


Gianluca Grignani



viernes, 1 de mayo de 2020

Afán




"¿Qué es, entonces, lo que debe impulsar nuestro afán? Tan sólo eso: un pensamiento justo, unas actividades consagradas al bien común, un lenguaje incapaz de engañar, una disposición para abrazar todo lo que acontece, como necesario, como familiar, como fluyente del mismo principio y de la misma fuente."

Marco Aurelio, Emperador Romano


Retiro




"Ninguna acción debe emprenderse al azar ni de modo divergente a la norma consagrada por el arte. Se buscan retiros en el campo, en la costa y en el monte. Tú también sueles anhelar tales retiros. Pero todo eso es de lo más vulgar, porque puedes, en el momento que te apetezca, retirarte en ti mismo. En ninguna parte un hombre se retira con mayor tranquilidad y más calma que en su propia alma; sobre todo aquel que posee en su interior tales bienes, que si se inclina hacia ellos, de inmediato consigue una tranquilidad total. Y denomino tranquilidad única y exclusivamente al buen orden. Concédete, pues, sin pausa, este retiro y recupérate. Sean breves y elementales los principios que, tan pronto los hayas localizado, te bastarán para recluirte en toda tu alma y para enviarte de nuevo, sin enojo, a aquellas cosas de la vida ante las que te retiras. Porque, ¿contra quién te enojas?"

Marco Aurelio, Emperador Romano


jueves, 23 de abril de 2020

La Revelación de Poe




"El universo es un ser vivo y tú estás dentro de él. Ahora, imagina todas las células de tu cuerpo: están en una situación similar a la tuya respecto del Universo. No tienen ni idea de lo que está pasando. No saben qué es un cuerpo humano, ni mucho menos que hay millones de seres allá afuera, en un mundo desconocido, aún mayor."

Rhodes, Steve. El Código de Dios: ¡Somos robots! (Spanish Edition) (p. 9). RME Publishing. Edición de Kindle. 


Edgar Allan Poe, en su pequeño libro Eureka, sostenía que el origen del universo había sido la unidad, y que el fin último de todo esto, es volver a ella.
Cito a Poe y a su pequeño libro, en lugar de citar a cualquier físico más laureado, por la belleza de su revelación, por la belleza de su obra, y porque sus verdades no tienen, como ninguna verdad que se precie de tal, argumento científico alguno.
Pienso en Poe y su "revelación", porque me fue dado experimentar esto que describe Poe de una manera cabal. Mi vida ha sido, y es, una pequeña muestra de ese camino. He podido leer, más precisamente sentir, esas tensiones que me llevan a esta situación, a aquella persona, en definitiva, que me llevan a la unidad con aquello que alguna vez fue uno conmigo. 
Como contrapartida, también he podido sentir con claridad lo que me separa de aquello que, a pesar de ser mi punto de partida consciente, no forman parte de aquella unidad a la que tiendo.
Qué fuerzas tan poderosas nos unen, a través del tiempo y la distancia? Que extraño magnetismo nos hace tender a esa unidad primigenia? No puedo saberlo. No nos fue dado ese conocimiento, ni la posibilidad de lograrlo, creo entender. Pero cuando te sueño, cada noche, siento esas fuerzas operar con todo su poder. La felicidad que me provoca, ese sentimiento indescriptible, es la prueba concluyente de su poder invisible. Si, Poe estaba en lo cierto.



jueves, 13 de febrero de 2020

Seguir Jugando




En un momento de su carrera James M. Barrie (autor de "Peter Pan") escribió una biografía de su madre que tituló “Margaret Ogilvy”. Este libro contiene la frase reveladora de toda su literatura. Dice así:

“…el horror de mi infancia fue que yo sabía que se acercaba el tiempo en que debería renunciar a mis juegos, y eso me parecía intolerable. Resolví seguir jugando en secreto…”

Hace algunos años, alguien con el propósito de insultarme me dijo que yo parecía Peter Pan. Y entonces garabateé esto en algunos papeles que hoy he encontrado:
El mundo que hoy nos toca vivir nos tienta con el progreso personal, con el ingreso a los circuitos de consumo y con la plena posesión de los derechos de la adultez. Por cierto se fomenta la admiración por la precocidad. Nos encanta que los niños vivan situaciones adultas. Ahora bien, ¿qué es una situación adulta? Según parece, tener deseos sexuales y ansias de posesión. O quizás adquirir cierto aplomo mundano que permite usar palabras tales como: “igualmente”, “saludos por su casa” o “muy amable de su parte”.
Bueno, a todo esto contesto que para ser un imbécil no hay apuro. La precocidad de un niño pianista es admirable. La precocidad de un miserable que aprendió demasiado pronto los riesgos de prestar libros es basura.
Como quiera que sea, el mundo exige abandonar los juegos y “progresar”. Y los que se quedan jugando reciben desprecio y burla.
Por eso hay quienes como Sir James Barrie, el autor de Peter Pan, que han resuelto seguir jugando en secreto.
Hay personas que, sin que nadie lo sepa, recorren las calles y juegan. No pisan las baldosas azules para no matar ángeles, y sí las rojas para matar demonios o juegan a que morirán si se cruzan con una rubia en la siguiente cuadra o gritan en los zaguanes, o pisan las hojas secas para deleitarse con el crujido.
Pero no nos engañemos, estamos hablando de otra cosa, no de mera afición lúdica. Se trata de seguir en secreto profesando una moral heroica. De seguir creyendo. De creer, no con la estupidez de los mamertos, sino con la locura de los que jamás podrán aprender a acomodarse en un universo burgués de mezquindad, de seguros contra robos y de electrodomésticos como parámetros de dicha.
James Barrie no quería crecer. Peter Pan no quería crecer. No quería crecer en el peor de los sentidos. No quería esa mediocre resignación que algunos llaman “madurez”.
Nosotros en este programa hemos resuelto seguir jugando en secreto. Jugamos a que un buen verso salva una vida. Jugamos a que el amor es más importante que la prosperidad. Jugamos a pensar, a enloquecernos con un acorde. Jugamos a creer que lo mejor de la vida todavía no sucedió.
Claro que allí están las personas razonables que nos desprecian y nos dicen Peter Pan. Y se ríen de nuestros juegos y de nuestros sueños.
Para ellos es todo el mundo. El mundo de los adultos y de los burgueses. El mundo de la televisión. El mundo de los concursos o el del rating tampoco es el mundo de los juegos. Porque los juegos, el sueño secreto de la juventud, es cosa de gente seria.

Un texto de Alejandro Dolina


jueves, 9 de enero de 2020

Otra Vuelta al Sol




Una vuelta más al sol... me gustó eso. No me había dado cuenta. Nunca me doy cuenta de las cosas, hasta que me explotan. "Estás muy distraído", me dicen, "no le das bola a nada a tu alrededor". Mis hijos se ríen de ese estado de ensimismamiento en el que vivo. Otros, como mi madre, se enojan, mucho, siempre se enojó. Algunos creen que es una pose o una manera más "cómoda" de vivir, sin comprometerse. Pero se equivocan, estoy plenamente comprometido, no saben cuánto. Solo hay compromiso, pero con mi vida, con el vacío tras las máscaras. No hago otra cosa.
En fin, una vuelta más. Hasta acá han sido plenas, no cambiaría nada, solo agradezco lo que me ha tocado, porque creo que he tenido suerte, mucha suerte, justamente por andar siempre distraído. Un amigo me dijo alguna vez que yo tenía la suerte de los improvisados... nunca me dieron una definición más certera.


Wabi sabi

Encontrar la belleza en la simplicidad, la paz en lo imperfecto, lo impermanente y lo incompleto: estas palabras te inspirarán a bajar el ri...