domingo, 4 de marzo de 2018

Transformación Silenciosa




¿De dónde viene aquello que se produce incansablemente ante nuestros ojos, aquello que es lo más efectivo, que es patente, ciertamente, pero no se ve?
Es efectivo, sin duda alguna: tiene un efecto tan real que, a fin de cuentas, es lo que sentimos más intensamente y nos asalta en pleno rostro. Porque no se trata de una invisibilidad interior, secreta, psicológica, como la de los sentimientos; ni de la invisibilidad de las ideas, que la filosofía ha decretado de entrada que tiene otra esencia que lo sensible. No, la invisibilidad de la que hablo es propia del "fenómeno" y paradójica: aquello que no cesa de producirse y de manifestarse abiertamente ante nosotros -continua y globalmente- y, sin embargo, no discernimos.
Es discreto por su lentitud al mismo tiempo que demasiado quieto para que lo distingamos. No produce un deslumbramiento súbito que cegaría la mirada si surgiera; sino, por el contrario, algo más banal: se ofrece a la vista en todos los lugares y todo el tiempo, y por eso mismo nunca lo percibimos. No constatamos más que el resultado.
Crecer, no vemos crecer: ni los árboles, ni a los niños. Pero un día, cuando los volvemos a mirar, nos sorprendemos de que el tronco sea ya tan grueso o de que el niño nos llegue ya a los hombros. Envejecer: no vemos envejecer. No solo porque envejecemos sin cesar y el envejecimiento es demasiado progresivo y continuo para que salte a la vista; sino también porque todo en nosotros envejece. Todo: no solo los cabellos encanecen, sino que también las ojeras se ahondan, los rasgos se abotargan, las formas se ablandan y el rostro se vuelve inexpresivo. Y la piel cambia de color y se agrieta, a la vez que la carne se hunde y se afloja, etc. Lo dejo. Hace mucho tiempo que, con ironía o piedad, en todas las literaturas del mundo se describe el proceso del envejecimiento, y, por larga sea la enumeración, nunca abarcará ese todo. "Todo", es decir que nada se escapa de él: la mirada envejece y la sonrisa y el timbre de la voz y el gesto de la mano; todo se encorva y, por supuesto, nuestro "porte", con suelas de plomo, como dice Proust, que se pegan a los pies.
Ahora bien, como es todo lo que se modifica y nada es aislable, la manifestación de ese proceso, aunque ocurre ante nuestros ojos, no lo vemos. Quizá una mañana nos hayamos dado cuenta de que tenemos en la sien algunos cabellos blancos que antes tenían color, pero, lo tomamos como algo anecdótico. Porque no son los cabellos blancos los que nos harán tener el aspecto de viejo y que un día alguien se levante para cedernos el asiento en el autobús. No, es el "aspecto", es decir, es todo, está en todo…Los que se someten a la cirujía estética, ¿no se han dado cuenta de eso? Al intentar reparar el envejecimiento en el rabillo de los ojos o en el rostro, aquel se vuelve más patente por contraste con la espalda encorvada o con el timbre debilitado de la voz. En resúmen, esos pocos cabellos blancos no son más que un indicio accidental, tal vez un poco más llamativo, de la "transformación silenciosa" que no vemos desarrollarse. 
"Silencioso" es más exacto que invisible, incluso más expresivo. Porque no solamente esa transformación no se percibe, sino que se produce sin llamar la atención, sin alertar, "en silencio": sin hacerse notar y como independientemente de nosotros; se diría que no quiere molestarnos, aunque es en nosotros donde sigue su trayectoria hasta destruirnos. Un día encuentra una fotografía de hace veinte años y la impresión repentina es irreprimible. La mirada escrutadora se centra en la pregunta: ¿este rostro es el mío? No soy "yo", ¿pero quién es, si no? Es verdad que poco a poco me voy reconociendo en él, recomponiendo pacientemente los rasgos, pero solo de manera alusiva y desde fuera: ante la mirada perpleja. el "yo" se deshace. O, también, al cruzarnos con un amigo al que no habíamos visto desde hace años: "...mantenía muchas cosas de antes. Pero no podía comprender que fuese él" (Proust, al final de El tiempo recobrado)...
...¿Qué brecha se ha abierto entre los dos, que la razón no consigue estrechar? ¿Qué carencia -ola carencia de qué- opone ahí su resistencia? Incluso reconocemos que la pregunta que surge entonces y nos mantiene perplejos nos parece que repentinamente prevalece sobre cualquier otra pregunta (con ella empezamos a tirar de un hilo desde lo anodino y lo cotidiano, y presentimos que nos puede llevar demasiado lejos...) Y, sin embargo, ¿no será esa pregunta, en el fondo, la más importante? En cualquier caso está claro que nos conduce, de pronto, a una profundidad, una radicalidad, mayor que las demás al abrirse a lo imprevisto, como por descuido, a algo más verdadero que cualquier otra verdad. Es la pregunta más viva, la más clara, la más discreta.
Claro que se trata de una "revelación", como se suele decir en esa tesitura, pero en este caso no tiene nada que ver con una tentación mística, porque lo que tenemos ante nosotros es tan patente que nos arrastra en su remolino. "He envejecido". Pero ¿es suficiente una palabra para decirlo? ¿O esa palabra es más "grande" que cualquier otra palabra? Porque, silenciosa hasta ese momento, la transformación se impone entonces de la manera más estridente y brutal, y su efecto real nos salta en pleno rostro. Eso es lo que se ha producido secretamente en mi "yo" (hasta el punto de que ya ni hay "yo") y, sin embargo, ha escapado a mi conciencia. Algo que expulsa repentinamente fuera de nosotros -como elementos abstractos o secundarios- los famosos problemas del conocimiento en los que tanto se ha complacido la filosofía.

Las Transformaciones Silenciosas - Francois Jullien (Edicions Bellaterra)
ISBN 972-84-7290-480-4


Un texto que es un disparador impresionante.
Muchas cosas pueden pensarse sobre él. La foto que elegí dice, al menos para mí, que a pesar de la destrucción hay cosas que se conservan intactas. Que son intangibles, es cierto, invisibles y silenciosas también, pero están ahí, como siempre estuvieron. Parece que la mano las hubiera apresado simbólicamente y las trajo hasta hoy, sin soltarlas.

También puede pensarse, desde un punto de vista muy antiguo o muy moderno, que el envejecimiento no es tal. Que son estados sucesivos y distintos, sin una hilación material, no se si lo explico bien, presentes sucesivos en los que solo una pauta, reconocible, eso sí, es lo que permanece, pero que no necesariamente es nuestra, sino de la naturaleza en su conjunto.
No necesariamente es un "yo".
Este viejo que hoy transcribe lo que transcribe no es el mismo tipo que está en esa foto, es otro... con una pauta común y la memoria de un largo camino recorrido que fue guardándose en pequeñísimas partículas y, de algún modo, transmiten información que puede ser rastreada en el tiempo…todo esto puede ser un desvarío, claro, pero estaba ahí y se disparó con el texto y la interlocución que hizo de combustible. Lo agrego porque me gusta y porque, quien sabe, quizás haya más esperando por salir...

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